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La silenciosa despedida de un héroe

José de San Martín falleció en 1850. A 169 años de su deceso, aún impresiona el legado del único hombre capaz de ser definido como el Padre de la Patria.

El General San Martín vivió sus últimos años en una casa que no le pertenecía. Alquilaba solamente un piso con tres habitaciones. La principal estaba ocupada por él. En la siguiente se habían instalado su hija Mercedes y el marido, Mariano Severo Balcarce. La tercera habitación, más pequeña que las otras dos, estaba ocupada por María y Josefa, hijas del matrimonio y nietas del General.

Con ese auténtico ensimismamiento que caracteriza la soledad de los grandes hombres, el abuelo de María y Josefa salía cada mañana a caminar por la costa. Desayunaba en el segundo de los cuatro pisos de la casa, al que se definía entonces como un espacio común. La familia del dueño vivía en la planta baja y compartía el comedor con sus inquilinos.

Ignorando el bullicio matinal, una vez que atravesaba la puerta hacia la calle, el General San Martín quedaba envuelto en sus pensamientos. El mar profundo, las gaviotas que volaban incesantemente y el recuerdo de una vida tan intensa como difícil, le permitían viajar quién sabe dónde.

Boulogne-sur-Mer se encontraba frente al Canal de la Mancha y hay quienes piensan que su cercanía con Inglaterra no era accidental. Fue en Londres donde San Martín quiso instalarse cuando dejó definitivamente Sudamérica. Allí debían estar aquellos viejos amigos que le habían ayudado a armar la Logia Lautaro. Pero tras la muerte de Francisco de Miranda, los llamados Caballeros Racionales se habían dispersado por el mundo. Pocos quedaban en Inglaterra y los únicos que pudo encontrar ya estaban lejos de sus ideales. Por eso peregrinó por Escocia y Bélgica.

Resultó muy difícil encontrar un lugar para vivir. El héroe que había liberado medio continente, ya no tenía propiedades. Tampoco venía de una familia adinerada y había negado los honores de su posición. Los militares de las guerras independentistas recibían tierras y estancias por cada una de sus victorias. A pesar de la derrota de Cancha Rayada, la carrera de San Martín era absolutamente impecable. Entonces, ¿por qué no vivía de sus numerosas rentas?

Uno de los cuñados de San Martín administraba casi la totalidad de sus bienes y terminó estafándolo al invocar una supuesta inversión en la Bolsa de Valores. La economía del General, desde ese momento, fue de mal en peor. Únicamente logró ver la luz cuando llegó a su vida Alejandro Aguada, el principal banquero de Francia.

Parece ser que Aguada había sido también un hombre de Miranda y compañero de armas de San Martín. Se encargó del alquiler de la casa y restableció la pensión vitalicia que Perú le otorgó al Libertador después de haber luchado contra los ejércitos realistas. Por otro lado, Aguada compensó también las diferencias del cambio por las rentas que desde el Nuevo Mundo le enviaban a Europa. Las monedas sudamericanas tendían a devaluarse. La inflación destruía cualquier beneficio otorgado en las antiguas colonias españolas.

Ahora bien, a diferencia de otros héroes, San Martín vivió cada victoria con un cierto sabor amargo. Su cuerpo era incapaz de soportar la multiplicidad de batallas a las que fue expuesto. Misteriosamente la salud del Libertador  se debilitaba al tiempo que su nombre lograba ubicarse entre los más grandes de la historia. Es verdad que era dueño de un espíritu inquebrantable. Sin embargo el paso de los años hizo del dolor su más cruel y constante compañero. Cuando caminaba por la costa de Boulogne-sur-Mer, ya había padecido cólera y el reuma no le permitía andar sin bastón.

Como vaticinando su partida ya había redactado un testamento donde prohibía que se le hiciera cualquier tipo de “funeral en el lugar en el que falleciere”. Además pedía que se condujera su cuerpo “directamente al cementerio sin ningún acompañamiento”. San Martín consideraba que la soberbia era una  incapacidad de los inútiles y todo aquello que fuera presuntuoso, carecía de sentido. “Seamos libres”, dijo en el discurso a sus soldados antes de combatir en Chacabuco, “lo demás no importa nada”. 

María y Josefa, jóvenes e inquietas, esperaron cada día de aquel agosto a que su abuelo se levantara a desayunar. Imaginaban que sus pensamientos silenciosos lo esperaban en la bruma insondable del Canal de la Mancha. Pero una fiebre sostenida debilitó a San Martín durante muchos días y ya no lograba levantarse. Vomitaba sangre. Semejante síntoma se había repetido tantas veces a lo largo de su vida, que seguramente escondía antiguas úlceras que jamás habían cicatrizado. Todo parecía estar mal. Dificultades para respirar, anemia, quizás una infección avanzada. El agudo temblor de la mano derecha que lo afectó en 1818 y mucho más desde 1837, ya no le permitía escribir. Además los ataques de gota, lo atormentaban con demasiada frecuencia. A partir de los 72 años, sus enfermedades se hicieron mucho más difíciles de sobrellevar que en las guerras por la independencia.

Un momento después del mediodía, a las tres de la tarde del 17 de agosto de 1850, San Martín exhaló su último suspiro. El cuerpo del General fue trasladado a la Basílica de Boulogne-sur-Mer, donde estaba la llamada Necrópolis Romana. Su voluntad sería respetada por Mercedes y Mariano Balcarce hasta el final.

María y Josefa lloraron. Posiblemente se preguntaron un millón de veces “por qué”. Fue en ese instante cuando, silenciosas, caminaron entre las gaviotas que solían seguir al General. Eran como sus antiguos ejércitos, iban tras él como soldados con alas. Solamente entonces entendieron que su abuelo no volvería a evocar aquellos antiguos recuerdos, esos días lejanos que le habían revelado la gloria en América del Sur. Ahora, aquel hombre de bigotes y bastón, ya había partido a fundirse en la bruma de su propia memoria. Liberado del dolor de su cuerpo, pelearía una y otra vez sus batallas en nuestros relatos, en nuestros mitos escolares, en nuestras emociones icónicas, en todo lo que contamos. Sucede que el abuelo de María y Josefa, se había convertido aquel triste 17 de agosto, en el héroe que los argentinos estaban esperando.

 

Boulogne-sur-Mer, es una villa costera ubicada al norte de Francia. Frente al Canal de la Mancha, resulta muy cercana a Inglaterra.

 

Hoy la casa donde vivió San Martín es un museo. Fue comprada en 1926 por el Estado Argentino. Se pagó por entonces unos 400.000 francos.