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La Semana Trágica: aquel enero sangriento de 1919

En una semana luctuosa nació el movimiento obrero argentino como unidad de negociación. Y el primer pogromo de la historia nacional.

La llegada a la presidencia de Hipólito Yrigoyen en 1916 hizo visible las nuevas estructuras sociales, las nuevas caras, que sacudían un país para pocos.  La masiva ocupación de jóvenes hombres y mujeres en puestos claves de gobierno, un gesto de revancha del radical hacia el Antiguo Régimen de aristocráticos ancianos del Jockey Club y la Sociedad Rural, denotaba la raíz inmigratoria de la primera generación nacida en Argentina. Algo similar ocurría en la arena de las luchas obreras, donde los sindicalistas, en su mayoría hijos de inmigrantes de actividades de gran escala y empleados públicos, reemplazaban a los anarquistas,  y socialistas, delegados de las pequeñas industrias, y  venidos de la convulsionada Europa.  Además los sindicalistas concordaban con el anciano líder de la primera presidencia de masas, antiguo conspirador, que las conquistas vendrían de una reforma pacífica, negociada, y no por las armas de la revolución. La Semana Trágica de 1919, ocurrida entre el 7 y 15 de enero, significó el máximo punto de una resolución vía armada entre los patrones,  las clases obreras y el Estado. Y una vuelta de página con un naciente sindicalismo fortalecido que cimentaría la próxima etapa del movimiento obrero, ya pieza fundamental de la Argentina con el peronismo.

“Estábamos almorzando en Harrods y de pronto se apareció Sebastián Chico (el chofer) a avisarnos que había barullo, que en algunas calles los huelguistas habían levantado barricadas”, recordaba la escritora y activista María Rosa Oliver en su autobiografía, “La vida cotidiana” (1969), la charla con su madre en un regreso inesperado hacia una señorial quinta en Merlo, y en un sofocante verano de enero de 1919, “Tu papá no quería creer, hasta que en Liniers unos hombres con fusiles detuvieron  el coche, sigan nomás, dijeron”, termina la anécdota que pinta la situación que se vivía en las calles porteñas. Armas repartidas a gusto entre huelguistas, policías, “niños bien” y rompehuelgas, trincheras improvisadas a lo largo de Rivadavia, San Juan y Corrientes, ventanas y persianas cerradas, eran las postales de la batalla urbana que amplificaban los graves incidentes vistos y sufridos en 1910.

 

Desde la asunción  de los radicales, la cuestión obrera empezó a tratarse con estrategias diferentes al tradicional garrote.  Si  bien Yrigoyen no deroga las leyes represivas, y anticonstitucionales, como la Ley de Residencia y Defensa Social, aboga por el acuerdo sin conflictos mayores, y muchas veces a favor de los trabajadores, el caso de la huelga de marítimos de 1916 o la de los ferroviarios de 1917. Asimismo la FORA del IX Congreso, apolítica y distanciada de las tendencias revolucionarias, comienza a imponerse en el país con casi 70 mil afiliados sobre dos millones de trabajadores, y se hace fuerte con su poder de negociación base los sectores que perfilan el sindicalismo nacional, los transportes, el comercio, el campo y el empleo público. En tanto método de reclamo gremial, la huelga logra importante conquistas en amplios sectores, y van mejorando salarios y condiciones laborales.  Así que no era de extrañar que los metalúrgicos de los Talleres Vasena en San Cristóbal (actual plaza Martín Fierro) iniciaran el 2 de diciembre de 1918 una huelga reclamando mejoras salariales de un 20% -los salarios estaban a la baja desde 1914- y una jornada de 8 horas. Las extraordinarias ganancias de los talleres en los inicios de la industria nacional de importaciones, obligada por la Gran Guerra, la feliz resolución de las 327 huelgas de ese año, y cierta permisividad del Ejecutivo hacían presagiar que en las fiestas los trabajadores iban a brindar con algo más que un pan dulce.  Como vieron que la patronal hacía oídos sordos al reclamo, subieron la apuesta, y sumaron la reincorporación de los huelguistas despedidos.  Los esperaba un enero sangriento.      

La revolución en la puerta de tu casa

El pueblo está para la Revolución” arranca el diario anarquista “La Protesta” el 10 de enero de 1919, que se había plegado a la huelga general decretada por la FORA IX luego que la policía y las patotas de aristócratas asesinaran huelguistas en las puertas de los talleres, el 7 de enero, y a varios trabajadores sin distinciones el 9 de enero, en el cortejo fúnebre que pasaba por Almagro y Chacarita –de la otra trinchera, los huelguistas y agitadores de todo tipo arrasaban iglesias, asediaban armerías y copaban comisarías-, “Lo ha demostrado ayer al hacer causa común con los huelguistas de los talleres Vasena. El trabajo se paralizó en la ciudad y los suburbios. Ni un solo proletario traicionó la causa de sus hermanos en dolor. Entre los incidentes mencionamos: el auto del jefe de Policía fue incendiado en San Juan y 24 de noviembre– era el auto del ministro de guerra, Elpidio González, designado por Yrigoyen a cargo de la policía; en un primer paso lamentable de los injerencia institucionalizada de las fuerzas armadas en los asuntos civiles. Al jefe de policía, general Dellepiane, se lo erige Gobernador Militar (sic) de la ciudad- Los talleres Vasena fueron incendiados por la muchedumbre…en San Juan y Matheu fue desvalijaba una armería. En Perú y Cochabamba se levantó una barricada con tranvías con la ayuda de quince marinos. En Boedo y Carlos Calvo fue asaltada otra armería…los manifestantes obligaron a las ambulancias a llevar banderitas rojas…fueron quemados dos coches de la Empresa Lacroze…por calle Rivadavia el pueblo marcha armado con revólveres y máuseres –idéntico que los militares y policías, aunque sumaban modernas metralladoras. Las fuerzas armadas estaban descontentas con Yrigoyen por bajos salarios, y desprestigio de los mandos por la “chusma radical”, y entonces se descargaron con los obreros  e inmigrantes. Compartían enconos y odios –y miedos- con la aristocracia del Jockey Club y los Clubes de Armas, que inauguraron un nuevo deporte, en palabras del mismo jefe de policía, “la caza del pobre” (sic)- En Cochabamba y Rioja fue volcada una chata con mercadería y repartida al pueblo…la policía tira con balas dum-dum –una bala expansiva inventada por los imperialistas británicos en 1896, en la India, y que causaba un horroroso diámetro de herida por lo que las limitaron a los mercados no europeos-, Buenos Aires se ha convertido en un campo de batalla”, finalizaba el medio que imprimía 15 mil ejemplares al día. En medio de la crisis, González vuelve a negociar con la FORA IX y esta vez no lo incendian el auto. En Casa Rosada,  los empresarios, terratenientes y la oligarquía exigen una dura represión, bombardear las calles –tendrían que aguardar al 16 de junio de 1955 para concretar semejante idea repudiable- y suma en la solicitud al embajador británico. Yrigoyen echa de Balcarce 50 al representante de la Reina y a los poderosos. Allí parece retomar el control y acuerda con los sindicalistas los puntos solicitados menos la liberación de los presos.

Cuando parecía el 12 de enero que las aguas se aquietaban, pese a que Buenos Aires era un reguero de pólvora a punto de explotar, un rumor de que había una conspiración soviética digitada desde Montevideo derrumba la frágil paz. Policías, militares y los paramilitares conservadores y fascistas de Liga Patriótica,  y la Asociación del Trabajo,  protagonizan una noche de terror en los barrios humildes y, especialmente, nuevamente contra los judíos. A ellos se los acusaba de “maximalistas”, “elementos subversivos”, “agitadores revolucionarios” aunque tanto los sindicalistas como los anarquistas venían advirtiendo al gobierno de infiltrados, no obreros, en sus filas. Incluso negaron accionar de los trabajadores en los violentos asaltos al Correo Central y la Jefatura de Policía. Finalmente el 13 de enero de 1919 ante el ministro del Interior, y  en la casa de gobierno,  Pietro Vasena en persona, y los huelguistas, rubrican el acuerdo que otorga las reivindicaciones sabidas desde diciembre, y la liberación de 1500 presos a partir del 15, muchos torturados en la Penitenciaría Nacional que se ubicaba en el actual Parque Las Heras. Así termina la primera huelga general argentina, con 70 muertos para Félix Luna, 700 muertos para la policía y 1500 para la Embajada de Estados Unidos. El cierre del conflicto vino después de una reunión privada entre el presidente y FORA IX, en nombre de los metalúrgicos de Vasena, en un estilo de manejar política obrera desde el Estado que haría escuela.

Yrigoyen siente que salva a la República “En esa oportunidad me pidieron que derrocara al presidente”, recordaría Dellepiane. Entre el “pánico de la revolución social”, en palabras de un cercano Manuel Gálvez, y “la disolución social”, que debía evitarse “a sangre y fuego”, en palabras del conservador Sánchez Sorondo, el presidente optó en su estilo “un piadoso velo del olvido”, ahora una frase de Jorge Abelardo Ramos. Como en la Patagonia Rebelde de 1921 y 1922 no habría culpables de la masacre.

Triste crónica del primer brote antisemita argentino

A medida que las huelgas aumentaban en la presidencia de Yrigoyen,  los capitales extranjeros, los primeros afectados en reclamos obreros en sus ferrocarriles y frigoríficos, encontraron aliados en el empresariado local, y la aristocracia,  que reclamaban airosos mancomunados ante un “impávido gobierno”, “los anarquistas y bolcheviques han tenido acceso irrestricto para organizar reuniones políticas…y para enarbolar la bandera roja, el símbolo de la destrucción” El temor “rojo” argentino aparece primigenio en 1918, en donde las élites recogen la “restauración nacionalista”  bajo la “cruz que había civilizado el mundo”, y a diferencia del fascismo italiano también por su liberalismo económico, aquí el lema es “Dios, Patria y Propiedad” En el Centro Naval de Córdoba y Florida se organizan los grupos rompehuelgas que chocarían violentamente el 7 enero en los Talleres Vasena; y también se contratan obreros golondrinas “carneros (rompehuelgas)” Son paraguayos y correntinos que traen en camiones cerrados desde tierra adentro, muchos que pisan Buenos Aires de esa manera inhumana por primera vez –como los hacían dormir en barracas de su propiedad por temor a los linchamientos de los huelguistas, existe la tragicómica historia de una noche que esos pobres vaciaron una reserva de caviar ruso y champagne francés en la Barraca Sido. Y desde el coqueto centro porteño partieron, con la anuencia de la policía y el ejército, y la “impavidez” del presidente Yrigoyen,  la Asociación del Trabajo, comandada por Joaquín Anchorena, y la Liga Patriótica de Manuel Carlés y Félix Bunge. Partieron a la caza de maximalistas, revolucionarios, anarquistas, que ellos señalaban mayoritariamente judíos, al igual que en la Rusia zarista y stalinista, al igual que la Alemania nazi. Partieron una noche del 9 de enero de 1919 al primer hecho grave de violencia antisemita de la historia argentina.  

“Oí decir que estaban incendiando el barrio judío…al llegar a Viamonte, a la altura de la Facultad de Medicina,  me tocó presenciar lo que podría denominarse el primer pogrom en la Argentina”, relata el nacionalista Juan Carulla, “en medio de la calle ardían piras formadas de libros y trastos viejos, entre los cuales podían reconocerse sillas,  mesas y otros enseres domésticos, y las llamas iluminaban tétricamente la noche destacando con rojizo resplandor los rostros de una multitud vociferante y estremecida…se luchaba dentro y fuera de los edificios…supe que se trataba de un comerciante judío que se acusaba de propaganda comunista…pero me pareció que el cruel castigo se hacía extensivo a otros hogares hebreos…los ruidos se mezclaban con gritos “mueran los judíos, mueran los maximalistas”…nunca olvidaré el rostro cárdeno y la mirada suplicante de uno de ellos, entre viejos barbudos y mujeres desgreñadas, que arrastraba a un par de mozalbetes, así como la de un niño sollozante que se aferraba a una levita…aparté mi mirada de aquel cuadro chocante…-para fijarla- en que los ataques a los negocios y hogares hebreos se había propagado a varias manzanas a la redonda”  A unas cuadras de las violaciones en manada de esos mismos “niños bien” en la calle Lavalle durante el Centenario,  a la voladura de la AMIA el 18 de julio de 1994, MEMORIA.    

 

Fuentes: Rock, D. La Argentina autoritaria. Los nacionalistas, su historia y su influencia en la vida pública. Buenos Aires: Ariel.1993; Cattaruzza, A. Historia de la Argentina 1916-1955. Buenos Aires: Siglo XXI. 2009; Godio, J. La Semana Trágica de enero de 1919. Buenos Aires: Hyspamerica. 1984

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