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La segunda Guerra de la Independencia: gloria argentina en Vuelta de Obligado

El 20 de noviembre se recuerda la heroica defensa en 1845 de la Soberanía Nacional, en las costas bonaerenses. Algo que los argentinos recién entendimos en los dos mil.

Historia
Independencia argentina

El proceso independista americano tuvo sus gestas que no concluyeron en 1816 con la Independencia argentina, ni con la entrada de San Martín en Lima en 1821, ni tampoco en las libertadoras victorias de Bolívar. Durante el siglo XIX las jóvenes estados latinoamericanos, sin constituciones, menos instituciones republicanas y federales, debieron soportar con lo que tenían a mano, las agresiones del renovado imperialismo europeo, una orgullosa Inglaterra y una herida Francia, junto a los avances de sus propios vecinos, cercanos, el imperialismo esclavista brasileño, y el expansionismo norteamericano. Sobran los ejemplos, Francia bombardea la costa mexicana por un pastelero francés defraudado, Inglaterra usurpa las Islas Malvinas, Estados Unidos invade Texas con excusas, Brasil conspira contra los gobiernos de Buenos Aires y Asunción. Decía el primer ministro inglés con claridad a la cámara de los lores, lord Palmerston, “Hasta el presente el Plata, el Amazonas y el Orinoco y sus afluentes no han sido aprovechados para el tráfico comercial en el interior, pero en el futuro próximo (gracias a la navegación a vapor) podrán usar estas vías para los propósitos comerciales” Luego esos barcos a vapor, fuertemente artillados, lo intentarán a los cañonazos.

La estrategia de los colonialistas de esos años era golpear y negociar, y sus flotas estaban en los mares a la espera de oportunidades. En el caso de la reaccionaria Francia había movilizado hacia fines de 1837 una vasta Marina a Montevideo, que en una supuesta protección de la defensa de franceses inmigrantes se había erigido en una cuasi colonia. Allí contaban con el apoyo del sedicioso Rivera, que no reconocía al presidente Manuel Oribe, aliado de Juan Manuel de Rosas, y los exiliados antirrosistas, la tristemente apátrida Comisión Argentina con Valentín Alsina, Florencio Varela y muchos otros.  Triste no sólo porque eran compatriotas que apoyaban invasiones extranjeras con tal de derrocar al “tirano monstruo, vampiro” Rosas, sino además por el daño a la imagen nacional en el mundo: Rivera Indarte escribe “Tablas de sangre” financiado por una editorial inglesa con el detalle de que se pagan dos peniques y medio por cada muerte violenta de la Mazorca que apareciera en el libelo. Varela estampó 480 en un pasquín que apareció primero en inglés.

Con la prensa internacional en contra, que Rosas intentaba contrarrestar sobornando a periodistas europeos a través de su cónsul Manuel Moreno, hermano de Mariano, y las potencias del momento aliadas a los unitarios, y federales opositores, todos apuntando a su cabeza, las horas del Restaurador de los Leyes parecían agotarse.  Sin embargo no sabían que el niño Juan Manuel había arrojado piedras y agua caliente en las Invasiones Británicas de 1806 y 1807, siendo condecorado por Liniers. Y que defendía en los papeles, y con las armas, el sueño de la Patria Grande en ese momento contra la agresiones de la Confederación Boliviano-Peruano de Santa Cruz, un ex general realista, y la pretensiones territoriales del paraguayo Carlos Antonio López, que quería quedarse con una parte de Corrientes y Misiones. Pronto el mundo lo conocería, en esa mezcla de viveza gaucha y astucia política que le permitió liderar la Confederación Argentina por un cuarto de siglo, y sería llamado el “Gran Americano” desde Santiago de Chile a Boulogne-Sur-Mer.

 

Primer round: bloqueo francés 1838-1840 o La Guerra del Plata

En julio de 1837 el ministro francés Molé ordena a la flota francesa apostarse en la rada de Buenos Aires, al mando del contralmirante Leblanc ¿El motivo? El encarcelamiento del litógrafo César Bacle, que había hecho planos a las fuerzas invasoras bolivianas, y Pierre Lavié, nacionalizado reciente francés, y condenado por un robo en Dolores. Además se agregaba en el ultimátum la excepción a la leva forzada para los ciudadanos galos, en una equiparación de los ingleses que gozaban ese privilegio desde Rivadavia, y que Rosas prorrogó en sus excelentes relaciones con los comerciantes británicos -por algo la ruta del exilio fue Inglaterra, aunque allí vivió pobre y vigilado.  En una de los típicas guerra de nervios del gusto del gobernador, y que desconocía un inexperto vicecónsul Roger, las relaciones fueron empeorando hasta que el gobierno representante de la Confederación nacional, con un poder emanado en el Pacto Federal de 1831, le espetó “exigir sobre la boca del cañón privilegios que sólo pueden concederse por tratados, es a lo que este gobierno, tan insignificante como se quiera, nunca se someterá” A partir de mayo de 1838 se declamó oficialmente el bloqueo francés y la Confederación Argentina declaró la guerra a la poderosa Francia. Para ponderar la magnitud de este primer enfrentamiento ocultado por la historiografía clásica, Francia envía 36 naves que se sumaron a las 17, y embarcó 6 mil soldados, mientras que el británico Beresford en 1806 tomó Buenos Aires con 1600 y algunos barcos.

En 1839 los 110 bravos del teniente coronel Jerónimo Costa en la isla Martín García resisten hasta el último perdigón a mil franceses y uruguayos, y el fuego cerrado de los buques galos que navegaban hostigados por la escuálida pero valiente armada nacional al mando del Almirante Brown. Se inició una muy real amenaza de invasión que se extendió 900 días, “La Guerra del Plata”, y que fue la chance para la pérfida reacción unitaria al mando del General Lavalle, una que llegó a las puertas de la ciudad al año siguiente. Además estimuló el contrabando perjudicando las arcas públicas de la Confederación toda. Esto motivó medidas proteccionistas y punitivas de un Estado en guerra, y que organizaba milicias principalmente de gauchos, negros e indios que repelía una y otras vez a los ejércitos profesionales.

“En junio pudieron pisar tierra cerca del Arroyo del Sauce”- relataba Adolfo Saldías- pero fueron rechazados por los milicianos del comandante Valle, dejando algunos muertos y entre éstos el teniente Rendón. Así era como los milicianos mal armados humillaban el orgullo de sus injustos agresores. Para defender el suelo había detrás de Rosas un pueblo viril al cual deberían concluir para obtener lo mismo que habían exigido a cañonazos en México y Argel” en un hecho que se había repetido en Zárate y en Magdalena, costa la última donde los gauchos a caballo llegaron a incendiar varios barcos. El coraje en defensa del suelo argentino, ante la relativa indiferencia de varios gobernadores, incluso Urquiza que se enriquecía por el contrabando de cueros y carnes, y la obstinada e inteligente diplomacia base los intereses nacionales del “bárbaro” Rosas, rindió sus frutos recién en 1840 con el acuerdo Arana-Mackau. Era básicamente la capitulación humillante de los franceses ante los argentinos. Incluso Rosas consiguió que los franceses devolvieran dos barcos artillados y ni un peso salió del tesoro hacia Europa -en aquel entonces este tipo de acciones eran un sucedáneo de la piratería y rapiña, México después de “La Guerra de los Pasteles” obló miles de pesos oro. Entre las causas del cambio de actitud de las fuerzas monárquicas europeas es indiscutible el fervor americanista que había despertado en el Continente, similar a las Guerras de la Independencia, y que hacían peligrar los negocios extranjeros. Amanecía la leyenda de Rosas, el “Gran Americano” Por cierto, Rosas también hizo que las naves francesas se despidieran de las aguas argentinas saludando con 21 cañonazos la bandera patria.

Ganar una batalla no es ganar la guerra: Vuelta de Obligado

Como bien sabía Rosas aquella ofensa no iba a ser olvidada y en 1845 las relaciones con Francia vuelven a tensarse, con el agregado de Inglaterra. Tras la victoria aplastante de los federales en India Muerta, Uruguay, al mando de Urquiza,  los restos del ejército de Rivera, uruguayos, argentinos antirrosistas y franceses, se refugian en Montevideo. Rosas decidido a liquidar la resistencia dentro, y fuera del país, sitia la ciudad uruguaya por tierra, con su aliado Oribe, y por mar, con el almirante Brown. Pero el francés almirante Lancé vuelve a entrometerse apoyando a los sitiados en nombre de una “mediación por la paz” Rosas entonces decreta que no toque puerto de Buenos Aires ninguna nave que haya pasado por Montevideo. En respuesta los extranjeros capturan los únicos tres buques de la armada argentina, entre ellos el San Martín, e invaden las costas rioplatenses con una política de saqueos y violaciones que comanda Garibaldi -héroe de la unificación italiana, su paso criminal en la Argentina y Uruguay dista mucho del bronce que hoy se levanta en Plaza Italia.

En agosto en la quinta de Palermo de San Benito los compadres Rosas y Lucio N. Mansilla planean cómo enfrentar a las dos potencias del momento. Es como si Estados Unidos y China nos declararan hoy la guerra. Y se les ocurre tender líneas resistentes de costa a costa, a lo ancho del Río Paraná. Tras desechar una fortificación en Las Hermanas, a sugerencia de Thurner, uno de los 110 bravos que habían resistido en Martín García en 1839, se decide fortificar el paraje Vuelta de Obligado, en la margen derecha del río, y amparados en las dificultades que propicia el canal principal. E instala cuatro baterías, anticuadas, de escaso calibre, pocos cañones, Manuelita, Mansilla, Brown y Restaurador Rosas -la última al mando de un Álvaro Alsogaray, ironías de la historia, tatarabuelo de un político ultraliberal del siglo XX. Unos dos mil patriotas entre gauchos, indios y negros, y el apoyo del Regimiento de Patricios de San Nicolás, se aprestaban a entrar a la gloria frente a un armada combinada francesa e inglesa a vapor, que venía con cien modernos cañones, experimentados marinos y mercenarios, y  protegiendo decenas de embarcaciones mercantiles. Al frente iba el rebautizado Saint Martin, la nave insignia argentina de Brown que había sido pirateada. Esa vista enardecía aún más a los argentinos aunque las decenas de banderas argentinas en lanchones encallados, pilotes y cadenas alentaba la lucha soberana.

“¡Allá los tenéis! Considerad el insulto que hacen a la soberanía de nuestra patria, al navegar, sin más título que la fuerza, las aguas que corre por el territorio de nuestro país ¡Pero no lo conseguirán impunemente!” – arengaba Mansilla en la mención de Pacho O´Donnell; y era el quid de la lucha: la exigencia de las potencias por la libre circulación de los ríos, algo que consagraría la liberal Constitución de 1853- “Tremola en el Paraná el pabellón azul y blanco, y debemos morir todos antes que verlo bajar de donde flamea” Al fin del himno argentino, interpretado por los Patricios, y al grito de “Viva la Patria” los criollos descargan su fuego, tiran con lo que tienen, sea municiones o balas caseras. Eran las 8.43 de la mañana del 20 de noviembre de 1845.

Enseguida inutilizan al Saint Martin y el bergantín nacional “Republicano”, al mando del capitán Craig, agota sus municiones dejando  fuera de combate a imponentes vapores. La desigualdad era evidente, la lucha no iba a durar, y sin embargo todo el día resisten las cuatro baterías, con gauchos a la carrera que hace retroceder a los sablazos y boleadoras a los invasores. Thorne dispara hasta herraduras desde la batería Manuelita y se le agotaron también -cuentan que recibió un bombazo, se paró al dicho “no fue nada” y siguió peleando. El teniente José Romero cuando se acabaron los proyectiles se lanzó a un cuerpo a cuerpo sin armas, a los puños, hasta morir. A fin de la tarde el comandante inglés Hontham emprende personalmente un desembarco de mil franceses y británicos contra cien valientes al mando de Mansilla, que cae herido por el fuego de metralla con la bayoneta en la mano. En el fragor de la batalla mueren varias mujeres de San Nicolás y San Pedro que peleaban con sus compañeros y, además, socorrían a los heridos con las directivas de Petrona Simonino. Una milicia entera de negros, libertos por Rosas, yace en la batería Restaurador. Mueren 250 argentinos y son heridos 400. Pasan los invasores y Florencio Varela los felicita desde Montevideo. Pero fue tal el daño que se infringió la flota invasora que hizo terriblemente dificultosa su navegación río a arriba, y sumado al desprecio de los puertos latinoamericanos que tocaban para comerciar en vano, más el hostigamiento de las milicias de Mansilla que obtuvo resonantes triunfos en San Lorenzo -el mismo campo de la gloria sanmartiniano-, Tonelero y Punta del Quebracho, la derrota circunstancial se transformó a la larga en una victoria de las armas argentinas. La estrategia de Rosas, que combinaba también tierras arrasadas y ataques de guerrillas a los barcos extranjeros hambrientos, determinó el triunfo de la “Campaña del Paraná”, una de las hojas más brillantes de las luchas por la Independencia, ahora que reclamaba la soberanía económica. Una que aún no se estudia en los aulas.

“El fracaso de la presión internacional contra Buenos Aires aumentó el prestigio y adornó de leyenda y popularidad del rostro sombrío de Juan Manuel de Rosas”, afirma el historiador brasileño Pedro Calmon, adverso a Rosas, citado por Osvaldo Cura, “Por un error extranjero (sic) se convirtió en el mayor criollo sudamericano…hacia él toda la América del Sud volvía su mirada conmovida. Si necesitaran una espada para combatir al intruso, lo convocarían a él, el caballero de la Pampa. La estatura titánica del dictador argentino proyectaba una sombra extensa en el continente; tras los navíos del bloqueo tremolaba en el aire con su poncho punzó. Desafiaba a las potencias del mundo”

 

Fuentes: Cura, O. La penúltima guerra del Restaurador en revista “Todo es Historia” nro. 595 Febrero 2017. Buenos Aires; Gálvez, M. Vida de Don Juan Manuel de Rosas. Buenos Aires: Ediciones Trivium. 1971; O´Donnell, P. La gran epopeya. El Combate de la Vuelta de Obligado. Buenos Aires: Aguilar. 2012

Fecha de Publicación: 20/11/2020

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