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Buenos Aires - - Lunes 19 De Abril

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La nieta argentina de Napoleón

En los años del rosismo, arribó un hijo natural del primer Emperador Francés a mediar en el bloqueo anglofrancés. En Buenos Aires nació y falleció María Isabel Batista Elisa, nieta del hombre que cambió el mundo del siglo XIX.

Historia
La nieta argentina de Napoleón

Madame, ahora, una ligazón os une a los proscriptos. Es la fraternidad de las lágrimas, Madame”, aparecía en El Comercio del Plata en Montevideo, el 3 de agosto de 1847, de la verba de un inflamado José Mármol, autor de “Amalia” y furibundo enemigo de Juan Manuel de Rosas que no pierde oportunidad de denotarse lacrimógeno exiliado, “Usted ya no podrá olvidar jamás la tierra argentina ya que un tierno suspiro ha cesado en Buenos Aires. Vuestras lágrimas y vuestros gemidos de dolor se han perdido en las brisas del Plata salvaje (sic) Pero a vuestras lágrimas se unen las lágrimas de miles de madres argentinas. Pero Usted ha podido llorar con los ojos finos en una tumba, mientras ellas no pueden llorar a sus hijos en tumba alguna, ni llevarles flores” remata Mármol, y estimamos la cara de extrañeza de la condesa Walewski si leyó la nota ¿Qué tenía que ver la muerte de su beba con la campaña contra el Restaurador de las Leyes? De todas maneras ese día estaba partiendo desde Uruguay de regreso a Francia,  en compañía de esposo, el cónsul Alexandre Colonna, conde Walewski,  e hijo natural de Napoleón Bonaparte. Quien luego sería ministro de Napoleón III, y que se había casado con María Anna de Ricci, de un linaje italiano que se remontaba a Maquiavelo,  reconoce que Rosas se mostró un “consumado hombre de Estado” y acelera su vuelta a Europa, no tanto por la muerte de su primogénita, sino por el “fracaso  estrepitoso” de la misión anglofrancesa que pretendía un acuerdo amañado pasada la Segunda Guerra de la Independencia, la campaña litoraleña,  y el Combate de Vuelta de Obligado en 1845.

Pero dejemos de lado los vericuetos de las negociones argentinas con la dos mayores potencia mundiales, que pretendían embarrar el anterior acuerdo Hood-Arana, y retomemos esta tragedia familiar francesa en el Río de la Plata. Habían embarcado en Tolón el 14 de marzo de 1847 en compañía de Alfred Brossard, gracias a quien recuperaríamos los sucesos, y Joseph Le Predour, el capitán de navío que se haría cargo de la flota francesa,  aquellos navíos que continuarían el hostigamiento a la costa bonaerense en soledad con el retiro de la flota inglesa, lideradas en su ida por el “Fireband” y el “Fulton” -aún con las secuelas de los cañonazos de los patriotas en el Río Paraná. Atravesado un accidentado viaje con escalas en Cádiz, Senegal y Bahía, la Madame María Anna transitaba el último mes de embarazo, y con dolores entra en el puerto de Montevideo, que en ese momento era defendido por barcos ingleses, franceses, brasileños, sardos (Reino de Cerdeña, Italia) y españoles, un total de cuarenta barcos con cinco modernos vapores ingleses y cuatro franceses. Esta seguridad marítima, plataforma del pillaje a las costas argentinas, no era la misma que la terrestre en la capital uruguaya, que diariamente sufría el  bombardeo desde el cerro cercano por el aliado rosista Manuel Oribe, héroe de la independencia de su país. Por este motivo deciden a bordo del vapor de guerra “Cassini” no demorar el traslado a Buenos Aires aunque no era precisamente un puerto con las comodidades para los viajeros, y menos para una joven a punto de dar a luz.

Buenos Aires, una ciudad sin salida al mar

“Desembarcamos, sufriendo otro disgusto y decaimiento en nuestro sueños dorados. Sólo los que se hayan encontrado   en igual caso podrán valorar el mal efecto que causa llegar desde Europa”, señala el español Hortelano antes de empezar con las quejas sobre el puerto de Buenos Aires, “saltar desde la lancha a una carretilla, en medio de la playa, nadando los caballos, con hombres que parecen jabalíes en vez de personas, gritando, pateando y navegando en carro hasta llegar a tierra, teniendo que recorrer una distancia de tres o cuatro cuadras, ignorando el viajero si hay mucha o poco profundidad, creyendo, y no sin fundamento, que allí acabará su existencia, después de haber atravesado el océano”, sumándose a las protestas cargadas de ironía del cónsul inglés Parish, “no puede haber nada más desagradable que el actual embarcadero…que los pasajeros son arriados en carretillas de grandes ruedas a 40 o 50 varas de tierra firme…unidas por una soga de cuero…a veces giraba la carretilla y se empujaba como se podía…por primera vez en mi vida vi la carreta delante de un caballo” La delegación francesa no fue la excepción  y pasajeros y equipajes eran zarandeados y empapados de pies a cabeza hasta la Alameda (actuales Perón y Leandro N. Alem), mientras negros de pantalones rojos se peleaban por los equipajes a requisar en la cercana Vieja Aduana. El capitán del puerto, Pedro Ximeno, se presentó cortésmente con una gigantesco sombrero de plumas,  y aseguró la casa para la familia en la calle Piedad 117 (hoy Bartolomé Mitre), que Rosas se había ocupado de preparar la casa con muebles, espejos y colgaduras de damasco carmesí.      

Otra de las medidas de protocolo fue el recibimiento con cañonazos desde el Fuerte (en la inmediaciones de la actual Casa Rosada), sede de los virreyes y gobernadores, un rectángulo siniestro de donde salían varios cañones, y tres carruajes rojos que esperaban en la Capitanía del Puerto (actuales Corrientes y Leandro N. Alem) Ante un multitud que recibía a los ilustres visitantes, en una ciudad que no superaba las 55 mil almas, rodaron las cuadras a la residencia, con la condesa visiblemente nerviosa y dolorida. Allí acudieron la crema y nata de la aristocracia porteña, encabezada por Manuelita Rosas, y se pavoneaban los Escalada, los Alvear, los Sarratea, los Anchorena, los Pineda y los diplomáticos extranjeros, entre ellos el italiano barón d´Hermillón, que intentaba calmar en su lengua a la joven madre primeriza. Tanto boato y respetos a los delegados extranjeros era moneda corriente en los tiempos del régimen rosista y las actitudes contrarias podían ser penadas con gravedad.  Esto lo podía confirmar el general José María de la Oyuela, defensor de la ciudad en las invasiones británicas, lugarteniente de Belgrano y capitán de los Granaderos, que ese mismo año tuvo la desgracia de cruzarse por Florida, a la altura de la actual Rivadavia, con el riquísimo cónsul de Portugal, Souza Leite. Desgracia porque nadie quería bajarse de las angostas veredas al barrial que eran las callejuelas de la ciudad y, tachame la doble, porque el hermano del general había sido desterrado a Luján debido a comentarios sobre “negociados” del encargado del reino europeo. Pasó de guapo Oyuela, el cónsul tuvo que apartarse contra la pared, y encima el portugués recibió un chicotazo en la cabeza del sobrino político de Oyuela, Federico Lofforte, al grito “deje pasar a un General de la Nación Argentina” Souza Leite se quejó ante Rosas y el héroe de la Independencia Oyuela terminó desterrado en Lobos. Rosas defendió siempre los intereses y negocios extranjeros, y les confirió seguridad jurídica, a menos que se interpusieran con la soberanía nacional. Pocos gobiernos argentinos ostentan este mérito.

Una ciudad que conservaba mucho del estilo colonial en casas de ventanales de hierro forjado, y donde apenas se elevaban las Recovas Viejas y Nuevas, que dividían la Plaza Mayor (actual Plaza de Mayo),  las simples iglesias como Santo Domingo y la solitaria San José de Flores, y las pocas mansiones, algunas, la Virreina Vieja en la calle Perú con el escudo de los Medrano,  y la Basavilbaso, en la esquina de Belgrano y Balcarce. A esta chata ciudad llegó damoiselle Isabelle el 12 de mayo a las tres de la madrugada, con la asistencia del médico de Rosas, el inglés James Leper. Se la inscribió en la delegación de Cerdeña  y el bautismo ocurrió un mes después en la iglesia de la Merced.  En el acta de ese día firmada por J. A. Argerich dice “ El 13 de junio de 1847, con mi permiso, el religioso franciscano fray Pierre Durand, ha bautizado solemnemente a una niña, nacida el 12 de mayo, con el nombre de Isabel Batista Elisa, hija de don Alejandro Ornano José Colonna Walewski, enviado extraordinario el Rey de los franceses, y de doña María Ana Condesa Walewski de Riccio (sic) El padrino ha sido don Fortunato José L. Predour, jefe de las fuerzas navales de Francia en el Río de la Plata, y doña Gracia Vizcondesa de Chabannes” 

Sin embargo la salud de la niña era precaria y la madre intranquila prácticamente no salía a la calle, en donde se respiraba una extraña calma, con el miedo a la brutalidad de la Mazorca que se escapaba de los mandos de Rosas. Todo estaba teñido de rojo sangre para impresión de los franceses que lo tomaban de mal presagio “El tipo exterior de la ciudad era original y curioso por más de un motivo. Todo en ella respiraba un tinte rojizo, que empezando en los pisos de las calles iba a terminar en la atmósfera misma….los federales templados pintaban el friso y el frente de colorado…lo mismo el forro de los muebles…los hombres…de puro compadres, se  cubrían media cara con pañuelos de seda o algodón, colorados siempre. Y muchos llegaban a pintársela de rojo con pimentón o agua de remolachas, para expresar pasión por la santa causa federal”, graficaba Eduardo Gutiérrez, autor de Juan Moreira, en “Una tragedia de 12 años”

La nieta argentina de Napoleón

Tampoco el conde Walewski salía demasiado aunque el  motivo era el enojo y tirria que le producía su colega inglés, lord Howden.  Este príncipe de Gales, y emparentado con Catalina de Rusia, será uno más rápidamente de la claque de Manuelita. Incluso se convierte en un candidato más de la Princesa Federal, “dueña adorada de mi corazón” Ella lo lleva a domas y días de campo, que se coronan con  brindis “al ilustre jefe de la Confederación” encabezados por el lord. Inglaterra está en el bolsillo de Rosas y lord Howden termina produciendo fricciones entre los extranjeros declarando que pese a que, no tiene la potestad de su gobierno,  considera “justas” las exigencias argentinas de garantizar la “no intervención” de potencias europeas en Uruguay,  y la potestad soberana de navegación sobre los ríos.  Fue Howden que ordenó la retirada del flota inglesa debido, fundamentalmente, a que el “bloqueo se ha convertido en un medio de procurar dinero, sea  al gobierno de Montevideo, sea a ciertos extranjeros…los orientales en Montevideo no obran por su libertad”

Parte de la familia de Napoleón descansa en la Recoleta

A la casa de Piedad 117 llegaban muchos obsequios, varios de Manuelita, que estaba encantada,  como su padre,  de tener a una nieta de Napoleón en la aldeana Buenos Aires. Era el comentario desde Palermo al barrio Mondongo. Pero poco duró la alegría y la beba fallece el 2 de julio de 1847. Al día siguiente se realiza el funeral con  gran asistencia popular,  y se depositan sus restos en el cementerio porteño de la Recoleta, desconociéndose el lugar exacto aunque se estima que comparte bóveda con alguna familia patricia. Inmediatamente parte Walewski de retorno a Francia con su esposa, este diplomático quien sería luego ministro de Relaciones Exteriores durante la última monarquía francesa, y confidente de Juan Bautista Alberdi en París. De todas formas el regreso estuvo más motivado por las fallidas negociaciones y la pérdida de credibilidad con su gobierno,  y los proscriptos antirrosistas que lo vivaban en Montevideo. El 3 de agosto de 1847 embarca en Montevideo, no si antes prometer una fuerza de seis mil franceses que levantaría el sitio, y destinados a cumplir un objetivo, que “Francia viene a clavar la bandera en la América del Sur, sobre los márgenes del Río de la Plata” Nada de esto ocurriría pese a los llamados belicistas de  Louis Thiers en el parlamento francés, en medio del descalabro del reinado de Luis Felipe, y el ascenso de Napoleón III.

Cincuenta y un días vivió entre nosotros la nieta del Corso, “déspota ilustrado” para algunos, “loco y tirano” para otros, pero cuyos ejércitos difundieron el humanismo fundado en la libertad, la igualdad y la fraternidad.  Esos mismos principios que encendieron el Sol del 25 de Mayo.   

Fuentes: de Venosa, E. Nace en Buenos Aires una nieta de Napoleón en revista Historia Año XVI Nro. 61  Marzo-Mayo 1996. Buenos Aires;  Quesada, E. La época de Rosas. Buenos Aires: Del Restaurador. 1950; Balmaceda, D. Estrellas del pasado. Buenos Aires: Sudamericana. 2015.

Fecha de Publicación: 07/02/2021

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