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La mano dura del Virrey Vértiz. Destierro a las Islas Malvinas al que no cumpla.

Durante al mandato del progresista Vértiz y Salcedo, el único criollo de los once virreyes en el Río de la Plata, se emitió un bando que iba desde la prohibición del juego a la construcción de veredas. Haciendo Buenos Aires.

Historia
Virrey Vértiz

Cuando se instituye el Virreinato del Río de la Plata el 1 de agosto de 1776, una medida tardía de controlar la lejana colonia americana díscola al sur, tierra de contrabando, es nombrado primer Virrey Pedro de Cevallos, un guerrero que asciende por haber derrotado a los portugueses y recuperado Colonia de Sacramento, pero de escasas luces de gobernante. Detrás de él estaba el prolijo administrador Juan José de Vértiz y Salcedo, nacido en México, que desde 1770 llevaba un gobernación de Buenos Aires aliado a los mercaderes contrabandistas como Medrano, Sarratea y Altolaguirre, altos oficiales además de las corona. Natural fue que en 1778 tome el control del virreinato y extienda las medidas progresistas que los vecinos porteños empezaban a disfrutar. Y tuvo un plan de Hacer Buenos Aires. Fue el primero en traer las luces a la sucia y oscura aldea, literalmente, colocó los primeros faroles de alumbrado público, y ordenó la construcción de veredas. Lo último habría que esperar a 1894 para su real implementación municipal. Y dictó una serie de modernos bandos, los decretos de la época, que ordenaron a los rebeldes rioplatenses, que ya ejercitaban el deporte de oponerse por oponerse a cualquiera sentado en el Fuerte/Casa Rosada, nuestros lejanos y cercanos parientes. Vértiz tuvo que batallar con los vecinos hasta para que empiece a funcionar la primera imprenta de estas Pampas, el bing bang de la Revolución de Mayo.    

El mandato Vértiz de 1778 a 1784 impresiona por la cantidad de medidas benéficas llevadas a cabo en tan corto periodo.  Pueblos y pueblos surgían en las fronteras, en diálogos pacíficos con los pueblos originarios. Al Virrey Vértiz los entrerrianos deben la identidad, ya que los separó institucionalmente de Santa Fe y Buenos Aires. Creó las Intendencias, asentadas en los cabildos locales, futuros bastiones del federalismo, y que se extendían las ocho desde Cochabamba a Buenos Aires, del cual dependían Carmen de Patagones, que fundaría, y las Islas Malvinas. También estimuló la cría y explotación de la ganadería en el Litoral, nuestra primera industria, para evitar el robo y saqueo de los gauchos brasileños. Varias de estas iniciativas progresistas resultaron entonces defensivas en un inmenso territorio poco conocido. Contamos así  las alianzas con los guaranís para combatir con los portugueses –con una destacada gestión del padre del Libertador San Martín en Yapeyú, Don Juan-, los tratos amistosos con los indios del Chaco gracias a los salteños, y las pioneras misiones de exploración al Río Negro, que servían de patrullas atentas a invasiones inglesas en la Patagonia. Sin embargo, este reformista borbónico, influído por el Siglo de las Luces, pese al humanismo en el trato con pehuenches o ranqueles, dirigió la violenta represión en el Alto Perú, instigada por Túpac Amaru Condorcanqui en 1781, y que dejó un tendal de muertos y vejaciones, solamente en la reconquista de La Paz, sitiada por miles de nativos, murieron 6 mil tucumanos. Y un odio profundo a los “abajeños” que padecerían los primeros ejércitos patrios.

Fue Vértiz también quien ordenó el primer censo en Buenos Aires, que arrojó a 24.083 en el radio urbano, y 9.439 en la campiña, en sus tiempos de gobernador. Preocupado por el crecimiento poblacional, en aumento por las ilícitas ganancias de una ciudad que empezaba a tener peso económico, decretó las primeras veredas, y que recién se empezaron a construir derrocado Juan Manuel de Rosas sobre la calle Victoria (hoy Hipólito Yrigoyen), y siguió por Rivadavia, Piedad y Entre Ríos. De acuerdo con lo establecido por el virrey americano, las veredas debían ser de piedra con pendientes mínimas del 2 por ciento hacia los adoquines. Para aquellas cuadras más alejadas, en las que estaba permitido el ladrillo, la pendiente para desagües debía ser mayor al 5 por ciento. El fango y las inundaciones fueron los graves problemas porteños desde siempre. Este viejo bando de 1780 recién se impondría en la Ordenanza del 6 de junio de 1894, intendencia de Torcuato de Alvear, en el punto "Sobre Cercos y Veredas"

“Que todos los vagabundos y personas que no viven de su trabajo salgan de esta Ciudad o desterrados a las Islas Malvinas”

En octubre de 1780  emitía un bando Vértiz que incluía la orden de construir veredas en Buenos Aires  y varias más, de importancia como fundamento futuro de la legislación del municipio. Y que arrancaba, “Don Joseph de Vertiz, Cavallero Comendador de Puerto Llano, de la orden de Calatrava, Inspector General de todas las tropas veteranas y milicias de estas provincias del Río de la Plata, Mariscal de Campo de los Reales Ejércitos, Gobernador y Capitán General, etc. Por la presente ordeno y mando a todos los vecinos y moradores de esta ciudad, y su jurisdicción, observen y cumplan lo siguiente: 1. Primeramente que ninguna persona ande de día ni de noche, con dagas, puñales, rejones, cuchillos, macanas…si fuese español o persona de privilegio de tal, de ser desterrado a las Malvinas o las obras de…Montevideo, a ración y sin sueldo, por término de seis años. Y si fuese negro…doscientos azotes por las calles públicas de esta ciudad y de tres años de destierro a dichos presidios”, arrancaba evidentemente preocupado por limitar una sociedad –de castas- que empezaba a armarse peligrosamente, mucho antes de las invasiones británicas y las guerras de la Independencia. Más adelante exime a los carniceros, aunque limita el uso y portación de armas filosas al campo. A quienes están en guerra con los “Indios”, se les permite armas de fuego, siempre y cuando fuera de los límites urbanos.  

Muchos de los puntos siguientes refieren a limitar el tránsito nocturno, quizá en el intento de controlar el comercio ilegal que financiaban holandeses e ingleses, y soliviantaban españoles y criollos “Cinco: Que todas las tiendas, pulperías y quartos de oficio que tengan a la calle, pongan de noche faroles en las puertas…que no se permiten juegos, cenas y otras concurrencias…-Seis-que en la casa de juegos de Truco, ni otras particulares se permiten juegos de envite…-Ocho- que ninguna persona, saque de esta ciudad y su jurisdicción, mulas –el gran negocio del siglo XVIII para transportar mercaderías y caudales-, bacas, novillos, sebo, trigo ni otro frutos, sin lisencia de este Gobierno, pena de doscientos pesos”, y en el punto once, niega el trabajo nocturno de las Ataonas, los molinos de las panaderías, que cometen “excesos”. En la Buenos Aires colonial el pan, escaso por la falta de cultivos y trabajo manual, era una cuestión de Estado, y los panaderos se enriquecían tanto como se los perseguía.

El control social no era descuidado por la tolerancia cero de Vértiz, “Nueve: que se prohíben los Bayles indecentes que al toque de tambor acostumbraban los negros…se prohiven las juntas de que estas, los mulatos, Indios y mestizos tienen para los juegos que ejersitan en los Huecos –orígenes de las actuales plazas-, vajos del Río y extramuros…pena de doscientos azotes…-Diez- Que las canchas de juego que hay en el vajo del Río…que sirven de noche para abrigo de maldades…los dueños deban cerrarlas…siendo negro, mulato, Indio o mestizo…dos años de destierro a las Islas Malvinas”, enfatizaba en el bando, y que en el punto veinticuatro establece “Que todos los vagabundos y personas que no viven de su trabajo –celosamente mediado por el virreinato que exigía papeletas- salgan de esta Ciudad o desterrados a las Islas Malvinas”, en una orden que persistiría en la mentalidad de los funcionarios argentinos. Ejemplos sobran con las topadoras  barriendo casillas en la dictadura, y el forzado éxodo al Interior de cientos antes del Mundial 78, a las imágenes de 2021 en la Villa 31.

El Virrey Vértiz, precursor de la salud pública

“Catorce: Que los médicos y cirujanos avisen a las Justicias de las personas que mueren..-con- enfermedades contagiosas para que se tomen las correspondientes providencias…-Dieciséis- Que no arrojen a la calle las almoadas y otros muebles con que llevan a enterrar a los muertos”, so pena de severas multas, firmaba Vértiz, responsable del Protomedicato, la fundación de la medicina argentina. Y sigue, “-Diecinueve: que no echen ni se permitan en la calle ni en el vajo del Río, animales muertos, basuras e inmundicias…-Veintiuno- Que los aguateros o acarreadores que venden agua por las calles, no la carguen en la extensión del Río que está frente a la Ciudad por estar en este sitio el agua sucia –el agua, otra grave deficiencia porteña, que se solucionaría recién en la década del cuarenta del siglo pasado-…-Veintitrés- Que los que traen comestibles a la Plaza, no dejen en ellas las vasuras, y todos los desperdicios lo saquen ese mismo día al campo”, convenía bajo amenaza de duras condenas, en el problema sempiterno de los residuos, aún sin solución.

El punto veinticinco es quizá el más curioso, “que ninguna persona de cualquier condición, y calidad que sea, ande disfrazado, con máscaras, ni con traje que no le convenga, a pie ni a cavallo, bajo de la pena: que si fuera persona vaja, se le darán doscientos azotes disfrazándose de noche (sic), y si fuera persona noble o honrada (sic), se lo desterrará de la ciudad por un año”…a las Islas Malvinas, en otro documento colonial que prueba los derechos nacionales sobre el archipiélago. 

Al cierre encarga a los alguaciles, patrullas nocturnas y corregidores la estricta observancia del bando, previa publicación y voceo, para que nadie alegue “ignorancia” Así el virrey Vértiz, que fundó el Hospital de Expósitos o Casa Cuna, sostenido con los fondos de la imprenta de los Niños Expósitos, embargada a la jesuitas expulsados de Córdoba; el Colegio San Carlos, futuro Nacional Buenos Aires; un hospicio para mendigos, un hospital y correccional de mujeres; la Casa de la Comedia, la Ranchería que estrenaría la primera pieza teatral criolla, “Siripo” de Manuel de Lavardén; y organizó los gremios de artesanos, sólo algunos puntos salientes de una tarea social notable en líneas generales, pretendió fijar un rumbo. A cada paso criticado por los porteños, acostumbrados a la falta de reglas de dos siglos. Un sucesor de Vértiz, el Virrey Avilés, comentaría en el horizonte del 25 de Mayo de 1810, “el Río de la Plata es el río de las congojas y desabrimientos” Fallecido en 1799 el único virrey criollo, el más relevante gestor colonial, habría asentido. Resignado.

 

Fuentes: Levene, R. Lecturas históricas argentinas. Tomo 1. Buenos Aires: Editorial Belgrano. 1978; Memorias de los virreyes del Río de la Plata. Buenos Aires: Bajel. 1945; Lynch, J. Administración colonial española. Buenos Aires: Eudeba. 1967

Imagen: Buenos Aires Cultura

Fecha de Publicación: 07/10/2021

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