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La generación que inventó la Argentina

La llamada generación del 80 fue fundamental para nuestra nación. Conozcamos a quienes soñaron una Nación para el mundo.

Historia
1880: inicio de la Nación Argentina

Quienes escriben la historia argentina en 2020 tienen la oportunidad de poner en la balanza a hombres, y pocas mujeres cierto, que fueron endiosados y vilipendiados: la generación del 80. A 150 años de un parteaguas argentino, queda encontrar un acuerdo dinámico entre un cuento que ensalza las figuras de los Roca y Pellegrini; y la otra que habla de la “degeneración del 80”. Porque son los mismos hombres que llevaron al país del malón al subterráneo, con las implicancias dramáticas que aún llagan al ser argentino. O que, en solamente en diez años, bajo el lema de “Paz y Administración”, expandieron los límites subidos a bordo de ferrocarriles y alambres, generosos en las políticas de inmigración y librecambistas, y cambiaron una realidad cuasi colonial por una república contemporánea. Una que se cayó a pedazos en la crisis financiera de 1890 que terminó con el presidente Juárez Celman, otro de los hijos de la generación del 80, y que explotó básicamente por continuar la política roquista de endeudamiento internacional y emisión de moneda descontrolada.

Aparece un Zorro

“Intenciones sinceras; voluntad firme para defender las atribuciones del poder y hacer cumplir estrictamente nuestras leyes; mucha confianza en mis propias fuerzas; fe profunda en la grandeza futura de la república; un espíritu tolerante para todas las opiniones, siempre que no sean revolucionarias, y olvido completo de las heridas en las luchas electorales…continuaré las operaciones militares sobre el sud y norte de las líneas actuales de la frontera, hasta completar el sometimiento de la Patagonia y Chaco… no haya un solo palmo de tierra argentina que no se halle bajo la jurisdicción de las leyes de la Nación”, declamaba Roca en octubre de 1880 ante un Congreso Nacional que hace unos meses atrás estaba amenazado de muerte por los separatistas porteños y bonaerenses. Había ocurrido la sangrienta federalización de Buenos Aires. Y el electo presidente, un verdadero cuadro del naciente Estado argentino, que había estudiado en el Colegio de Concepción del Uruguay, una escuela de liberalismo y positivismo en nuestro suelo, pone en marcha un plan sostenido a “ley y remington” por la Liga de los Gobernadores y los porteños ilustrados. 

Palabras que iban dirigidas, entre otros, a posibles bonaerenses segregacionistas que sentían haber perdido la chance de construir con Buenos Aires a la cabeza, y una provincia rica atrás, una nueva Uruguay. Palabras que aniquilaban el factor centrífugo de la unidad argentina –al menos, un capítulo–. Como dice el historiador revisionista Jorge Abelardo Ramos: “Esta victoria nacional fue obra de la generación del 80”. Ya conocido como el “Zorro”, un par de años después Roca enviaba la Ley Orgánica de la Municipalidad de la Capital, el golpe final a cualquiera intentona mitrista y porteña de autonomía ya que establecía, en la práctica, al intendente como un funcionario más del Ejecutivo Nacional. Una medida intervencionista y antidemocrática, reforzada en 1884 con el aplazamiento de las elecciones a concejales, y que duró hasta la reforma de 1994.

Aquella generación enarbolaba un pensamiento laico sostenido por una naciente opinión pública, un hecho sociológico nuevo en el país. Si bien era limitada a los centros urbanos, el movimiento de secularización tuvo a una opinión pública, restringida a la ilustración de decenas de diarios y revistas que aparecían y desaparecían, que impulsaba fervorosamente el progreso técnico y económico sin mediar en sus consecuencias humanas ni culturales. Es significativo, como dice el historiador liberal Tulio Halperín Dongui, que hayan sido los defensores de la Iglesia como Pedro Goyena quienes advertían el terrible choque cultural que producía repudiar el pasado. Pero la fe en el progreso, en un futuro sin fisuras, aplastó las diferencias.

Defensores de la reformas como Eduardo Wilde, otro de las pensadores prominentes de la generación del 80, reflexionaba anciano sobre aquella batalla intelectual contra los catolicistas y conservadores: “Aquello era un contínuo rebatir de opiniones, prestigios e ideas. Sólo en una sola cosa coincidíamos todos: en ser ultraliberales y revolucionarios en arte y política. Era necesario reformar creencias, instituir el socialismo, pero el socialismo liberal, inteligente, ilustrado; reorganizar la República; aún más: América, y hacer de toda ésta una gran nación”, concluye el médico, escritor y funcionario público en una continuidad del pensamiento de la generación del 37, aquella de Esteban Echeverría y Juan Bautista Alberdi, la primera en pensar en el ser argentino con alas americanas.

“Se han sustraído a la tiranía de un credo determinado los cuatro momentos decisivos de la vida: el nacimiento, la educación, el matrimonio y la muerte… laicos son ya nuestra cuna, nuestro hogar, nuestra escuela y nuestra tumba”, se alegraba Ricardo Rojas, un intelectual prominente de la generación posterior, la generación del Centenario. El progresista ciclo finalizado con la Ley de Matrimonio Civil de 1889, que se entroncaba con la Ley de Registro Civil, lo había iniciado la Ley de Educación Común de 1884, un modelo en el mundo entero de educación pública “obligatoria, gratuita y gradual” donde se podía impartir clases de culto “antes o después de las horas de clase”. Dicha ley sentó las bases de la escuela primaria argentina por más de cien años con una instrucción mínima en aritmética, lectura y escritura, historia argentina y civismo e incluía educación artística y, pionera, gimnasia. Dolida la Iglesia en lo que era efectivamente una intromisión en sus áreas de influencia –y poder– comenzó una campaña virulenta de ataques, con epicentro en Salta, Paraná y Córdoba, y que finalizó con la expulsión del internuncio de la Santa Sede, monseñor Luis Mattera. Las relaciones se restablecieron en 1900 durante la segunda presidencia de Roca. El Zorro lo hizo de nuevo.

Una generación bien argentina

La generación de los 80 moldeó un país apoyado en sus inquebrantables creencias y fe en el progreso. Y por varias décadas la economía le daría la razón y el país crecía a lo que hoy llamaríamos tasas chinas. Pero era un país con una democracia mocha, una inmigración pensada solo como brazos sin alma y un poder autoritario centralizado en el Ejecutivo. Ellos cumplieron ideales de la generación que combatió a Rosas y legisló en Paraná. En el análisis de Halperín Donghi, “hoy tendemos a ver en el roquismo la suprema encarnación de la república posible alberdiana; sus críticos del momento –Sarmiento, Estrada y otros– advertían mejor que nosotros que había colocado ya en el orden del día los problemas de la república verdadera… la pregunta central…: si es posible la república verdadera, la que debe ser capaz de armonizar libertad e igualdad, y poner a ambas en la base de una fórmula política eficaz y duradera”. 150 años después es una asignatura pendiente.

Fuentes: Halperín Donghi, T. El espejo de la Historia. Problemas argentinos y perspectivas latinoamericanas. Sudamericana: Buenos Aires. 1987; Lanús, J. A. La Argentina inconclusa. Buenos Aires: Editorial El Ateneo. 2015     

 

Fecha de Publicación: 04/09/2020

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