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Buenos Aires - - Sábado 24 De Septiembre

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La desconocida batalla de San Lorenzo

De la primera victoria de San Martín en América desconocemos detalles fundamentales como que Baigorria fue tan importante como Cabral y que la marcha posterior iba a tener el título de un general nacido a unas cuadras del Convento.

Historia
Batalla de San Lorenzo

La batalla de San Lorenzo es tan conocida que terminó siendo desconocida. Todos nos quedamos con las postales de la “Marcha de San Lorenzo” y “el clarín estridente sonó/ Y a la voz del Gran Jefe, a la carga ordenó”. Bueno, no era clarín, fue corneta aquel 3 de febrero de 1813. Que la carga lejos de la limpia danza de caballería de los flamantes granaderos estuvo a punto de fracasar por la demora, con algo de impericia y nervios, del capitán Justo Bermúdez. Batalla que duró quince minutos y que a los tres estaba resuelta para el gobierno patrio, pese a que los españoles se adjudicaron la victoria. Que “Cabral, soldado heroico”, salvador del Liberador de medio Continente, fue ayudado por otro Juan Bautista Baigorria, que aseguró el escape del maltrecho San Martín. Que el capitán realista Zabala pasó la tarde posterior durmiendo la siesta en el Convento de San Lorenzo, plácido, e invitado por un ex camarada, el coronel San Martín. Y que fracasó en el objetivo primario, doblegar a la flota realista, que siguió con las tropelías por el Paraná hasta que fue aniquilada por el Almirante Brown. Pero estos son detalles comparados a que garantizó la marcha del primer congreso argentino, la Asamblea del Año XIII, alentó a los patriotas americanos en el camino de la Independencia y mostró al mundo que un Gran Capitán estaba del lado de los criollos. Batir al doble de efectivos significó un símbolo al mundo de rotas cadenas.   

Desde la llegada a bordo del Canning, en compañía del enemigo íntimo Carlos María de Alvear y los camaradas masones, casi San Martín no tuvo sosiego en la aldeana e insurgente Buenos Aires. Quien si bien desconfiaba del treintiañero coronel de brillante foja en España, entre el tono andaluz y la cara aindiada, no dudó en ponerlo al frente del golpe de Estado que destituyó al Primer Triunvirato en octubre de 1812, San Martín entró sable en mano el Cabildo; casarlo en noviembre con una de sus hijas predilectas, la quinceañera María de los Remedios de Escalada; y encomendarle la cuna de héroes de la Independencia americana, desde Chacabuco a Ayacucho, el Regimiento de Granaderos a Caballo. Este cuerpo estaba animado por el espíritu de libertad de raigambre masón, constituído al principio por oficiales de flor y nata bonaerense y experimentados soldados de otras provincias -los cuales no ascendían más allá de tenientes-, más libertos negros y mulatos, pero sobre todo por un férreo código militar que incluía vigilancia entre compañeros y duelos de honor a sables largos, que el mismo San Martín enseñaba a manejar. Los granaderos eran letales y eso sorprendió más de una vez a los enemigos, al igual que la compasión que tributaban a los heridos una vez acallados los cañones.

En el verano de 1813 se sumaban las quejas de las poblaciones litoraleñas del vandalismo español, que en realidad más de una vez resultaba un pacífico desembarco a comprar provisiones para la sitiada Montevideo; ellos tampoco deseaban ganarse el rencor de los vasallos. Alentado por las buenas noticias que venían del norte con las victorias de Manuel Belgrano, el abogado que se hizo General de la Revolución, el Segundo Triunvirato encarga a San Martín el patrullaje de kilómetros desde Buenos Aires a Santa Fe. Por ello planea un acertada estrategia de vigilancia y seguimiento de la superior flota realista, unos once barcos con aproximadamente 400 hombres entre marinos e infantes, y que es coordinada por Ángel Pacheco, con postas en Retiro, Santos Lugares, San Antonio de Areco, San Pedro, Rosario y San Lorenzo. Fue una verdadera proeza, fruto de una perfecta coordinación, que realizara el trayecto en seis días junto a las 125 granaderos, elegidos de lo mejor que tenía, cabalgando tordillos. Incluso en el apuro de partir aún no contaban con los sables necesarios, e hizo que los mismos soldados confeccionaran lanzas de tacuara, algo que seguramente había visto (¿recordaría?) a los guaraníes. Así que la primera carga de un ejército moderno argentino alternó las enseñanzas napoleónicas y las montoneras. En los tramos finales el convento, que ya habían visitado los españoles el 1 de febrero y se tirotean con una vanguardia gaucha de Emeterio Escalada, el Libertador disfrazado con un poncho, en medio de un calor sofocante, bajaba al río a medir fuerzas.

“¿Quién anda ahí?” se escuchó en el camino cercano al Convento San Carlos de San Lorenzo, Santa Fe, la noche del 2 de febrero de 1813. Era el vozarrón de San Martín. Dentro del carruaje el comerciante inglés John Parish Robertson, amigo de las tertulias en la casa de los Escalada y en viaje al Paraguay, se sobresaltó. Compartieron un vino en el fino habitáculo del británico y  Parish Robertson, aventurero, quiso acompañar la vigilia del ansioso coronel en el campanario. A las cinco y media de la mañana del 3 de febrero vieron cómo desembarcaban 250 soldados y dos pequeños cañones, el doble de hombres que los que tenía San Martín brida en mano en los muros laterales esperando sus órdenes; seguramente los europeos intrigados, algo confiados, en qué podían atesorar en ese austero convento debido a la escaramuza previa “En dos minutos estaremos sobre ellos”, dijo San Martín a Parish Robertson y se montó al bayo.  Delante de los Granaderos, trescientos metros de potrero santafesino a la Gloria.  

Batalla San Lorenzo

Baigorria, tan importante como Cabral

El plan del coronel patriota era simple y efectivo: cargar a degüello sobre los realistas por ambos lados, que nunca sabrían de dónde venían. Pero algo falló y el capitán Bermúdez se retrasó más de lo esperado en dar un pequeño semicírculo, por lo que el primer impacto lo tuvo la fracción liderada por San Martín, como siempre al frente de sus hombres “Despreciando el fuego de nuestros cañoncitos” era el informe del capitán español Zavala, impresionado por una perfecta y vistosa formación, similar a las europeas, y constatando que San Martín apareció sable corvo, morisco, al viento. Una descarga de metralla mata el caballo, tomándole una pierna a Don José. Enseguida se vinieron los infantes realistas a liquidarlo con bayonetas pero el cuerpo del correntino Cabral sirvió de escudo, recibiendo dos estocadas mortales que lo harían agonizar dos horas (no hay referencias fehacientes del famoso “Muero contento, hemos batido al enemigo”; tampoco si alguna vez fue ascendido post mortem) En el interín apareció el puntano Baigorria que a los lanzazos mató al español de la bayoneta asesino de Cabral, libró a San Martín, y lo puso a resguardo, mientras al fin Bermúdez completó el cerco, destrozando el cuadrado rival, y poniéndolos en desesperada carrera a la barranca. Desde que el Libertador subió al caballo, asistido por el fiel Gatica, pasaron tres minutos a la caída y rescate gracias a sus leales granaderos, y quince que los realistas bajaran aterrados a la playa, dejando 40 muertos, 14 prisioneros, 50 fusiles y los dos cañoncitos. Hipólito Bouchard, futuro héroe de la marina argentina, sostenía victorioso la bandera del Rey Fernando VII. Bermúdez, quizá imprudente, persiguió casi hasta el agua a los españoles y un cañonazo desde un barco lo haría rodar, casi desangrado. Moriría once días después, pese a los esfuerzos del doctor Francisco Cosme Argerich que partió el 5 de febrero a la carrera desde Buenos Aires, el padre de la medicina militar argentina. Bermúdez fallece sacándose el torniquete luego de la amputación de la pierna. Daniel Balmaceda habla de un estado depresión producto del fin de la carrera militar, tal vez en la mente del capitán Justo estaba aún fresco el error que casi  cuesta la vida al Libertador. Y al Gran Jefe, no se le fallaba.

Los granaderos tuvieron 15 muertos en total y 27 heridos, siendo interesante comprobar en el parte de bajas que había correntinos, porteños, puntanos, riojanos, cordobeses, uruguayos y santiagueños. O sea que era el verdadero ejército de las Provincias Unidas del Sud, por primera vez. Mientras se curaba a los heridos cómo se podía, en ellos fueron importantes los monjes del lugar -que luego pedirían como devolución de gentilezas a San Martín que no se los persiga ni expulse por ser españoles-, el capitán Zabala se apareció con el uniforme blanco, manchado de sangre tras un lanzazo, y solicitó provisiones. El Libertador recibió al vencido con honores, le ofreció un suculento desayuno y permitió que descanse en una habitación contigua. Luego entregó media res de vaca y concedió el intercambio de prisioneros -los argentinos jamás mataron en el campo de batalla a los prisioneros, como hicieron los españoles o los criollos de Bolívar-, entre ellos un desfalleciente Manuel Díaz Vélez, que murió con la bandera blanca apenas pisó suelo americano. Dos años después Zavala quiso combatir al lado de San Martín, el Gran Capitán declinó, solamente confiaba en los hombres que él formaba, pero solicitó una pensión para el español, que viviría en Mendoza largos años “Los granaderos en mi mando, en su primer ensayo, han agregado un nuevo triunfo a las armas de la Patria” informaba San Martín al Triunvirato, y Vicente López y Planes, en el futuro himno nacional solicitado por la Asamblea del Año XIII, dejó incorporada la batalla de San Lorenzo a la Gloria de la Patria, a la altura de Salta y Tucumán.

¿La Marcha de San Lorenzo o Riccheri?

De las marchas militares e himnos escolares, la más querida de los argentinos es la de San Lorenzo, tanto que fue de las primeras en versionarse en rock por Billy Bond y la Pesada en 1972. Esta composición de Carlos Benielli y Cayetano Silva, en la primera versión instrumental de 1902, tenía otro nombre para el capitán de banda del ejército, el mulato uruguayo Silva. Se llamaba “Riccheri”. Ocurría que este notable músico, que llegó a dirigir tres bandas en Rosario, era gran amigo del hacedor del ejército moderno nacional, Pablo Riccheri, y quiso dedicarle una pieza que había compuesto un año antes a insistencia del diputado provincial Celestino Pera “Querida, escucha, estos acordes nacieron con nuestro hijo y algún día los van a escuchar en todas partes” dijo Silva a la esposa en 1901, y dio como título tentativo “San Martín”, aún no conforme del todo con la melodía, señalan Lauro Noro y Fabián Brown.

El 28 de octubre de 1902 el sanlorencino Riccheri, el joven ministro de Roca que impulsó el servicio militar obligatorio -no solamente herramienta de inclusión social, sino la simiente en el pensamiento de los jóvenes oficiales que percibieron que algo no andaba bien en el Granero del Mundo porque recibían conscriptos desnutridos y analfabetos; entre ellos, claro, el teniente Juan Perón-, el general de escritorio Riccheri que más hizo por unas fuerzas armadas respetuosas de la democracia, asistía a un homenaje a San Martín, a la sombra del glorioso pino del convento. Silva arremete con los acordes de su marcha y la gente delira, debiendo repetirla tres veces.

“-Bravo, capitán Silva, su marcha es una obra maestra que inflama de patriotismo nuestros corazones.

-Agradezco su gesto, mi coronel – contestó a Riccheri

- ¿Cómo se llama?

- Riccheri

- Vamos, Silva, déjese de macanas. Creo que sería justo que le pusiera “San Lorenzo” por ser el lugar de su primera presentación y que resultó todo un éxito.

- Esta bien, si así lo prefiere le pondré ese título”

Un lustro después el poeta Benielli escribiría la letra de la Marcha de San Lorenzo. Esta pieza que la ejecutan todas las bandas militares del mundo, y se escuchó en coronaciones de dos reyes ingleses, partió de la humildad de dos militares, uno que ofrendó la mayor obra a un amigo, otro que comprendió la excepcionalidad de la marcha. Ambos por la Patria, en un ejemplo que lamentablemente,  salvo algunos casos honrosos, héroes en Malvinas o Antártida,  otros impulsores de la industria pesada y la explotación petrolífera, pero a fin de cuenta aislados militares argentinos que continuaron el ejemplo de San Martín, Riccheri y Silva en el siglo XX.

 

 

Fuentes: Maren, A. Riera, X. Hechos memorables del soldado argentino. Buenos Aires: EUDE. 2016; García Hamilton, J. I. Don José. La vida de San Martín. Buenos Aires: Sudamericana. 2000; Noro, L. Brown, F. Riccheri. El ejército del Siglo XX. Buenos Aires: Editorial María Ghirlanda. 1999

Imágenes: Gobierno de la ciudad de Nogoyá

Fecha de Publicación: 03/02/2022

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