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La Batalla de Caseros: la historia (im)perfecta

Comprender este combate del 3 de febrero de 1852, el mayor despliegue armado latinoamericano de mediados del siglo XIX, significa comprender los destinos de un país y un continente.

Historia
La Batalla de Caseros

La Pax Rosista tenía un fin, en palabras de Sarmiento, como lo tuvo la Pax Romana. Y como en la historia clásica, tú también Brutus, Rosas será traicionado por su espada, Urquiza. En 1850 los ojos azules del Restaurador de las Leyes avizoraban a lo lejos la única amenaza, el  imperialista Brasil. Error. Debajo de sus pies todos complotaban, no solamente los unitarios en Montevideo y Río de Janeiro, y tanto los estancieros bonaerenses como los ganaderos litoraleños comprendían que el modelo nacionalista del régimen rosista era un escollo para los negocios con los capitales extranjeros/británicos. La hacienda de Rosas no era el granero del mundo.  Y en este nuevo paradigma estaba la clave de la Organización Nacional, que más que suprimir a los caudillos (Urquiza lo era a su modo),  era un nuevo modelo superador del perimido proteccionismo cuasi virreinal.  Por algo una de las primeras medidas del vencedor Urquiza fue la inmediata liberalización de los ríos,  y la nacionalización de las aduanas exteriores  “La cuestión del tesoro  -escribe Ernesto Quesada sobre el arca pública sustentada en la época bajo los exportaciones saladeras, y que declinarían desde allí con la explotación ovina y la renta financiera-es, en el fondo, el eje de toda la política argentina desde la emancipación hasta el presente.  Las luchas civiles, las disensiones partidistas, las complicaciones políticas, el enardecimiento de unitarios y federales, de porteños y provincianos, el caudillaje mismo, toda ha nacido de ahí y ha gravitado en su derredor. Tocar esa cuestión es pisar “arena candente”: aclararla, es encontrar el hilo de Ariadna que nos guíe en el laberinto de la política” El manejo de la famosa “Caja” rechina en el fondo de Caseros y más lejos, aún.     

Justo José de Urquiza en 1850 vivía su hora señalada. Una gobernación exitosa y  moderna en su provincia, financiada en el contrabando de los productos de sus extensos establecimiento rurales vía Uruguay, con un ambicioso plan de escuelas,  y colonias agrícolas, las primeras del país, y que se complementaban con los puestos militares (el servicio militar era obligatorio en Entre Ríos) Este Estado seudomilitarizado, cuasi autónomo de Buenos Aires, era soportado por Rosas debido a que Urquiza había liquidado sangrientamente la confederación unitaria/imperialista entre las provincias litoraleñas argentinas, Paraguay , Uruguay y Rio Grande do Sul en 1845. Pero en esa posición victoriosa alineó a la díscola Corrientes, que se opuso desde siempre al gobernador de Buenos Aires,  primero con Joaquín Madariaga, después con Benjamín Virasoro.  En simultáneo, los unitarios Esteban Echeverría y Juan Bautista Alberdi en sus exilios intentan acercar las posiciones de Urquiza y Brasil. Incluso  los imperiales tantean  en abril al gobernador Urquiza sobre la posibilidad del paso de su ejército en caso que Rosas declarase la guerra  “No puedo hacer eso sin traicionar a mi Patria…borraría con esa ignominiosa mancha mis antecedentes” respondía un ofendido Urquiza, que unos meses después aprestaría todos sus recursos para que invadan los ejércitos brasileños. Son esos mismos meses que Rosas obliga a los ganaderos entrerrianos liquidar sus divisas en el Banco de Buenos Aires (sic), con una moneda inconvertible, y prohíbe la producción de pólvora, la principal industria litoraleña detrás del cuero y el tasajo.  Y son esos idénticos días que Urquiza firma un acuerdo con Corrientes, Uruguay y Brasil, y que comprometía un fuerte empréstito brasileño a pagar por el Estado Argentino. Quien cobró este dinero fue Urquiza.

El 1 de mayo de 1851 ocurre el famoso pronunciamiento de Urquiza, que en principio era aceptar la sempiterna triquiñuela de Rosas de renunciar a la representación  argentina en el exterior. Además reemplaza el consabido “mueran los salvajes unitarios” por “mueran los enemigos de la Organización Nacional” Fue una declaración de guerra.  Sarmiento señala que existió una versión anterior donde el Emperador Pedro II “establecía un artículo humillante por el cual constaba que el Brasil había impuesto como un soborno la condición de rebelarse a un jefe de provincia, lo cual sería una mancha para la historia argentina. El Emperador convino gustoso en esta modificación póstuma, y se rehízo el documento, sin borrar por eso la mancha ni el recuerdo”, cierra el sanjuanino que terminó siendo un enemigo más de Urquiza.  A todo esto, digamos que el Brasil también aspiraba a la liberación del río Paraná para sus provincias del Sur, resignado de malagana Uruguay por la presión británica –y deseaba soterrar este imperio esclavista algunos de los derechos a las negros que impulsaba Rosas más algunas ilusiones de los federales de restituir el Paraguay, y parte de Bolivia, a la Confederación Argentina.  Al igual que Rosas, el garante de las leyes para la nación posible en el desierto de Sarmiento, Urquiza, el arquitecto de la organización nacional de Alberdi, son estadistas de su tiempo, y sus contradicciones.  

Pese a los anhelos de Urquiza y los publicistas unitarios, las provincias se mantuvieron fieles a Rosas. Más aún después que declarase la guerra al Brasil el 18 de agosto, aunque se ocupó de dejar afuera a Urquiza,  quien ya había invadido la Banda Oriental y derrotaría casi sin resistencia al ejército de Manuel Oribe. Este general de la independencia uruguaya había sitiado durante casi una década Montevideo, cuna de las repetidas conspiraciones contra el régimen rosista, financiada por franceses y brasileños –y Urquiza “Mandar a la República en un largo periodo de agitación y trastorno social; salvar la tierra de la guerra fratricida; acompañarla en la gloriosa defensa de sus derechos…fue la misión que los pueblos argentinos me impusieron y que acepté reconocido”, les dirigía un mensaje a los gobernadores Rosas, que gobernaba con mano de hierro vidas y economías desde 1835, “cuando la tranquilidad de la República me lo prometía, es cuando levantó el loco traidor Urquiza la bandera de la rebelión y la anarquía…se vendió al gobierno brasileño…no puedo rehusar la continuación de mi gobierno -pese-a que anhelé el retiro a una posición subalterna…combatiré unido a los virtuosos argentinos…consolidar la independencia, los derechos , la honra y el porvenir nacional” Expresiones populares de apoyo se sucedieron en distintos puntos del país, y Buenos Aires se abocó a la contienda de manera lenta y descoordinada, ninguneando a sus más leales oficiales como el mismo Oribe,  o librando a su suerte a Pascual Echagüe en Santa Fe. Rosas parecía haber enviado un mensaje de despedida anticipada.  

caseros

“Lo único que le faltaba era la música de Offenbach”

La campaña militar que derrocó un gobierno argentino, “liberar a los pueblos de la dominación tiránica de Rosas”, se inició en Montevideo. Allí confluyeron los entrerrianos, correntinos, brasileños, mercenarios europeos, antirrosistas, antiguos federales que se pasaban a los unitarios –seducidos por el buen trato inicial de Urquiza aunque fueron más bien pocos los desertores como lo demostraría la división de Aquino-, y uruguayos. En varios aspectos este invasor Ejército Grande de la América del Sur fue un ensayo a escala del Ejército de la Triple Alianza que arrasaría el Paraguay quince años después, en cuanto dificultades de mandos, diferencias militares  y recelos nacionalistas.   Brasil se ocupó con su escuadra de bloquear los ríos y tomar las islas, entre ellas Martín García, e inutilizó las baterías en el Paraná de un ahora errático Lucio N. Mansilla, héroe del Combate de la Vuelta de Obligado.  Los 28 mil hombres del ejército multinacional se diferenciaban claramente entre los gauchos de poncho, rojo los entrerrianos y celeste los correntinos, y los infantes brasileños, ataviados como para un desfile, y los antirrosistas, vestidos a la manera europea “Yo era el único oficial del ejército argentino que en la campaña ostentaba una severidad de equipo estrictamente europea”, recuerda Sarmiento, que junto a Bartolomé Mitre se presentaron ante Urquiza con en el grado autoproclamado de tenientes coroneles, y el sanjuanino se adjudicó  a sí mismo el cargo de boletinero con un estipendio a cargo del gobierno argentino, “Silla, espuelas, espada bruñida, levita abotonada, guantes, quepí francés, paletot en lugar de poncho,  todo yo era una protesta contra el espíritu gauchesco…era una parte de mi plan de campaña contra Rosas y los caudillos, discutido con Mitre…dispuesto hacerlo triunfar sobre el chiripá…detalles de mi propaganda culta, elegante y europea en aquellos ejércitos de apariencias salvajes” remataba quien extendía su prédica Civilización y Barbarie a límites insospechados –y ridículos, objeto de risas y chanzas por Urquiza, sobre todo por las “velas de esperma –de ballena”  El observador mexicano Carlos Pereyra anotó que “lo único que le faltaba era la música de Jacques Offenbach (autor de farsas operísticas) para inmortalizarse en todos los escenarios del Universo” Todo ocurría al paso lento de esta poderosa fuerza se acercaba a Buenos Aires, con varias oportunidades para que la vanguardia sea hostigada, algo que Rosas resistía inexplicablemente, salvo algunas réplicas aisladas del federal Hilario Lagos en Luján. Asimismo había defecciones en los altos mandos de la Confederación Argentina, y el general Ángel Pacheco  abandonaba sus puestos defensivos “para retirarse a su estancias”  “Pacheco nos está traicionando” le dice el coronel Bustos a Rosas el 27 de enero, y él decide hacer caso omiso a las advertencias sobre un acuerdo con Urquiza de su comandante desleal “Dejemos el trabajo para mañana” fue la respuesta de Rosas que olfateaba la vuelta de la taba de la Historia. En contra.  

“Se trató primero de la triste decepción que acabamos de experimentar respecto al espíritu de que habíamos supuesto animada a la provincia de Buenos Aires”, refiere una conversación  el uruguayo capitán César Díaz con Urquiza, en el tránsito por Pergamino y Chivilcoy, campos quemados en las retinas y olfato,  “El general se quejaba y con razón, de que no había encontrado en ella la menor cooperación. La más leve muestra de simpatía…”Si no hubiera sido, dijo, el interés que tengo de promover la organización de la república, yo hubiera debido conservarme aliado de Rosas, porque estoy persuadido de que es un hombre muy popular en este país”” cerraba Urquiza, que sería de los pocos que mantendría una discreta mensualidad a Rosas en el exilio, y Díaz agregaba, “el prestigio de su poder en 1852 era tan grande…y la confianza del pueblo en la superioridad de su genio no lo había abandonado jamás”, remataba sobre el Jefe de los Gauchos, como se le conocía a Rosas –y temía- en Europa. Por algo treinta años después el escritor Cunninghame Graham aseguraba que en las pulperías de las fronteras de Bahía Blanca, los humildes y campesinos, brindaban con un “¡Viva Rosas!”  

Caseros, la madre de todas las batallas

El Restaurador de las Leyes no dudó nunca de su ascendencia popular  pero su destino parecía echado, en parte por una incomprensión de la nueva realidad económica del mundo, en otra, porque estaba avejentado y cansado. No era el primer Conquistador del Desierto de 1833 sino un burócrata que pasaba días enteros sin salir de Palermo. Y confió más en sus viejos instintos que en los consejos de su Junta de Gierra, entre ellos el unitario que se hizo federal para defender la patria en 1845, Martiniano Chilavert. Varios de sus generales recomendaban replegarse hasta Buenos Aires, que estaba con el ánimo por las nubes contra el “salvaje y traidor Urquiza”, y resistir con los recursos de una provincia rica, aislando la logística de la fuerza invasora –algo similar a la estrategia exitosa contra Lavalle en 1841 “Coronel Chilavert, es usted un patriota”, contesta Rosas el 2 de febrero de 1852, “Esta batalla será decisiva para todos. Urquiza, yo o cualquier otro que prevalezca, deberá trabajar inmediatamente en la Constitución Nacional sobre las bases existentes (algo que el Tratado de San Nicolás efectivamente efectúo aún con los cañones humeantes de Santos Lugares,  y con  Rosas ya en Inglaterra) Nuestro verdadero es el Imperio del Brasil, porque es Imperio”, y nosotros republicanos y federales, sumaron sus oficiales.

“En cuanto a la batalla”, redactaba Sarmiento el día después del 3 de febrero de 1852, “puede leerse en el Boletín Nro. 26 una novela muy interesante que tuvimos el honor de componer Mitre y yo” Incluso hay historiadores como Jorge Abelardo Ramos que la titulan de “simulacro” De todos modos hubo un combate que se extendió unas cinco horas entre el ejército multinacional, al mando de Urquiza,  y los 23 mil hombres que Rosas reunió entre milicianos y veteranos soldados, hartos de guerrear  “¡Soldados! Hoy…combatiréis por la libertad y la gloria ¡Soldados!  Si el tirano y sus esclavos os separan, enseñad el mundo que son invencibles…éste es el deber  que os impone a nombre de la Patria, vuestro general y amigo”, arengaba Urquiza, y enfrente Rosas, que era perfectamente visible debido a la corta distancia que se encontraban los formidables ejércitos,  decía sereno, “Coronel Chilavert, sea usted el primero que rompa sus fuegos sobre los imperiales que tiene a su frente”, recortando el enemigo,  a los brasileños. Chilavert sería el primero que descargaría la artillería a las nueve de la mañana  y, también, el último que resistiría hasta el final, y cerca de las tres de la tarde,  los embates de los imperiales. Nuevamente Rosas elige a sus enemigos, “los macacos”, sentenciaba despectivamente al emisario inglés Gore,  quien lo refugiaría en su casa en las horas de la derrota, después de renunciar a la gobernación de Buenos Aires en el Hueco de los Sauces -la actual Plaza Garay en Constitución. Y cerrar un capítulo de la Historia de la Nación.

Hubo dos mil muertos, una cifra verdaderamente baja por la cantidad de combatientes, y la mayoría se concentraron entre los imperiales y gauchos,  y el centro del campo de los rosistas, defendido por Chilavert hasta que se quedó sin municiones –y mandó a buscar las dispersas en el campo de batalla. Chilavert entendió perfectamente de qué se trataba: en Brasil se considera la batalla de Caseros como un triunfo de las armas brasileñas, algo cierto ya que el resto del ejército comandado por Urquiza tuvo una actuación deslucida, de hecho el mismo gobernador de Entre Ríos cargó al frente de un batallón,   y el posterior desfile de los imperiales en Buenos Aires  el 20 de febrero, una reivindicación de la derrota del Imperio en Ituzaingó en ese misma fecha pero de 1827 –en varias versiones se corre adrede la fecha, un manto de piedad hacia Urquiza por esta humillación. A su favor, el entrerriano los hizo desfilar al trote, desde balcones les gritaban “asesinos”, e impidió que se lleven las banderas obtenidas en la Guerra contra el Brasil. Como premio a la valentía de Chilavert, que incluso sin armas se enfrentaba a los soldados del Ejército Grande hasta que fue reducido, Urquiza al día siguiente, tras un breve diálogo, uno que le dice traidor de los unitarios, el otro que responde que el único traidor era Urquiza que recibió dinero brasileño para derrocar un gobierno argentino,  sale al grito “¡Fusílenlo de inmediato! “ y lo matan a disparos y culatazos,  con un Chilavert que se resiste hasta el último aliento. Quedaría días sin sepultura, al igual que los casi 1500 federales en Caseros, varios ultimados luego del cese al fuego, como Claudio Cuenca, que atendía a los heridos, o Martín Santa Coloma, héroe de Vuelta de Obligado y Quebracho, degollado por orden del mismo Urquiza.  Toda la división de Aquino, que había desertado rechazando combatir junto a los brasileños, fue colgada en Palermo. En  días posteriores se asesinaron a 500 personas y Buenos Aires fue saqueada por un ejército multinacional, en un hecho único e irrepetible para los porteños.

No, la caída de Rosas no había cambiado a Urquiza, ni el país. Un fanático del orden era reemplazado por otro muy similar, Urquiza propietario de economía y vidas en el Litoral, que tenía en mente una organización nacional que oriente el progreso hacia el librecambismo, con raíces federales. En aquel desfile el Brigadier General Urquiza se obstinó en entrar con poncho y cintillo punzó por Florida, en el caballo de Rosas, para  horror de la alta sociedad bonaerense. Y los unitarios, los emigrados y los rosistas se unieron sin grietas contra el vencedor de Caseros, batalla punto de partida de la Constitución, y origen de la consolidación de la hegemonía porteña.

Fuentes: Rube, J. H. Hacia Caseros. 1850-1852. Buenos Aires: Ediciones La Bastilla. 1975; Sáenz Quesada, M. La Argentina. Historia del País y su Gente. Buenos Aires: Sudamericana. 2001;    Sarmiento, D. F. Campaña en el Ejército Grande. Buenos Aires: Kraft. 1957; Saldías, A. Historia de la Confederación Argentina Tres Volúmenes.  Buenos Aires: Hypamerica. 1986.

Fecha de Publicación: 03/02/2021

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