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La 9 de Julio: historia de la avenida más ancha del mundo

Estandarte porteño de la modernidad y el progreso, ecos de antaño vuelven en la memoria popular

Historia
Buenos Aires

Aún se discute cuál es la avenida más ancha del mundo, si la porteña 9 de Julio o el Eje Monumental de Brasilia. También si tras la conexión a las autopistas en los noventa, y el reciente Metrobus, no se acerca más a la definición de una autopista. Lo que queda fuera de discusión es que la avenida 9 de Julio es un orgullo de Buenos Aires que atraviesa cuatro históricos barrios, Constitución, Monserrat, San Nicolás y Retiro,  en sus tres kilómetros de largo y 140 metros de ancho. Y que en su racconto desfilan las ciudades futuras que soñamos y qué quedó –o dejamos.

La Avenida 9 de Julio arranca oficialmente en 1827 con Bernardino Rivadavia, quien la propone como una manera de integrar Norte a Sur, saladeros a puertos, y en un eje no muy distinto del actual. Ya en aquellos años se proponían ensanches y avenidas que demuelan el damero colonial por la actividad comercial, en aumento, y mucho antes de las oleadas inmigratorias.  En 1861 el futuro intendente Seeber (1889-1890) reflota el proyecto y, tres décadas después, el Congreso aprueba las obras. El Concejo Deliberante porteño la refrenda en 1894, los planos se aceptan en 1907 con el proyecto Bouvard, y la Ley 8855 de 1912, la aprueba para su concreción.  Aquel primer paso, que no contemplaba cómo financiarlo, aspiraba a expropiar 33 manzanas desde el Paseo de Julio a la avenida Brasil en el eje norte-sur rivadaviano,  y construir una avenida de 33 metros de ancho, con dos calles laterales y edificios “públicos y privados de estilo caracterizado y arquitectura especial”.  Aparece por primera vez en las discusiones del Concejo las dos vertientes en cómo entender la avenida, si desde al aspecto funcional del tránsito o desde el embellecimiento urbano.  También, en una mirada más amplia, cómo se integrará la futura urbe, sin observar la integración este-oeste,  o cómo se entiende el flujo centro y barrios, que quedará definitivamente mediado por la avenida. También entraba a tallar una dicotomía ideológica, aún vigente, entre el vecino y el ciudadano, con la subyacente discusión entre el vecinalismo y la tecnocracia del ejecutivo.

El intendente Anchorena (1910-1914) intenta que se inaugure para el Centenario de la Independencia,  y fracasa en medio de las denuncias de corrupción  que arrastran también al Concejo Deliberante en 1915. Pasarían otras tres décadas para que el intendente Mariano Vedia y Mitre (1932-1938), un conservador designado por el presidente de la Década Infame Justo, y cercano al nacionalismo, retome la idea con aspectos del paisajismo presentes en el Plan Noel de 1925, la modernidad criolla de los seguidores de los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna, “Sol, espacio, árboles, cemento y acero”, y los proyectos del socialista C. M. della Paolera. El último era funcionario de la municipalidad desde 1928 y soñaba un corredor en Buenos Aires que uniera La Plata con el Tigre. Así proponía una “cirugía mayor” en el ejido con un ancho de 140 metros, que finalmente se impuso, y que alentara el desarrollo regional, no solamente el porteño. Algo que no se impuso.

El hombre desea lo nuevo

Pese a las restricciones financieras de los años treinta y la oposición de los partidos socialistas y –proscriptos- radicales, Vedia y Mitre llevaba adelante un ambicioso plan de reformas, que incluyeron un maratón de obras públicas como el ensanche de Corrientes y Belgrano o la avenida Juan B. Justo,  y que confluyó en la inauguración del Obelisco en 1936, un momento de los festejos por los 400 años de la ciudad inmortalizado por Horacio Coppola. Pero el real objetivo del intendente, ante propios y extraños, fue clavar una bandera de mojón 0 para la Avenida 9 de Julio.  Y una Buenos Aires moderna que avanzaba sobre su pasado. Cuestión que ocurrió en una construcción récord de siete meses de la “avenida más ancha del mundo”, donde se derribaron manzanas completas en juicios veloces de expropiación forzada. Una gran fiesta popular el 12 de octubre de 1937 señaló su apertura y  que el gobierno de Justo destacó de “un gran efecto moral” sobre la población “Terremoto devastador” calificaban los diarios y radios de la época, desde La Vanguardia a La Nación y Radio El Mundo aunque con los días atemperaron sus críticas.  Halperín Donghi pondera estas grandes obras públicas vividas bajo un clima “hechizado y fantasmagórico”, no muy diferente al “Hombre que está solo y espera” de Raúl Scalabrini Ortiz o “el hombre desea lo nuevo” de la afiebrada aguafuerte de Roberto Arlt.   Ya volveremos a los fantasmas.

7 manzanas. 138 expropiaciones. 1500 obreros. 240.000 metros cúbicos de tierra que hoy están debajo de la avenida Costanera Norte. Se plantaron decenas de jacarandás y palos borrachos, y se diseñaron dos playas subterráneas, hoy una terminal de minibuses.  Edificios inconfundibles entraban en el pasado como la iglesia San Nicolás de Bari, en donde se izó por primera vez la bandera argentina , el circo del payaso Frank Brown o el primer Teatro del Pueblo, que en su medianera derruida dejaba la leyenda “Mucho hay que hacer sobre la tierra: ¡apresurate!” Prontamente se ve la inconveniencia de la avenida ante el tránsito, ya que formaba un embudo, y se plantea desde la influyente,  y racionalista, revista “La Arquitectura Hoy” la construcción de una autopista sobre la actual traza, en uno de los primeros de este tipo en la ciudad. Debajo se imaginaban una activa vida comercial y social, que en parte solvente el endeudamiento municipal de 30 millones de pesos. Nada de esto ocurrió y durante el peronismo se avanza hacia la avenida Belgrano en la dirección de urbanismo popular del Plan Bonet (1948-1949). Recién en la primera mitad  de los setenta se extiende hasta Caseros al Sur,  y Santa Fe al norte, en la “gula de la Avenida 9 de Julio” diagnosticaba Manuel Mujica Láinez. Que se acrecentaría durante la dictadura militar con el plan de autopistas en Constitución, que recién se concluiría en el  actual oficialismo porteño, y Retiro, finalizada por el último intendente elegido por el Ejecutivo Nacional, Jorge Domínguez (1994-1996) 

Este intendente del presidente Menem propuso demoler el actual edificio del Ministerio de Desarrollo Social, una estampa clásica de la ciudad ahora más aún con las imágenes de Eva Perón, algo que ya habían proyectado los iniciales constructores municipales, los mismos que lo inauguraron en 1936,  y los militares en los setenta, con una surrealista iniciativa japonesa de trasladarlo “ladrillo a ladrillo” a un zona lindera. Queda en pie solitario como símbolo de un proyecto argentino –y sus circunstancias.

Cortada Carabelas: El teatro y la literatura porteña zarpan

Con la inauguración de la Avenida 9 de Julio una luz de la vida porteña empezaba a apagarse. Era aquella entre el Mercado del Plata (1856-1947), que terminaría siendo el solar del gran edificio municipal inaugurado en 1961,  ahora en proceso de reconversión,  y el pasaje Carabelas. Allí dramaturgos y verduleros, actrices y almaceneros, escritores y fondistas, sabiondos y suicidas, se mezclaban en un guiso nacional fundante de los casi todos géneros artísticos del novecientos hasta mediados de los cuarenta.  Entre puestos coloridos y bodegones humeantes, estas cuadras fueron el segundo hogar de los melenudos criollistas del Centenario, el dramaturgo Florencio Sánchez, el dibujante Cao o el anarquista Alberto Ghiraldo, y puente amistoso entre los tangueros de la Guardia Vieja con la Nueva, en los veinte. Por algo la cortada antes de Carabelas (1893) fue Cortada de Artes. Sigamos de cazafantasmas. En el Hotel Volta se hospedaban los mayores artistas extranjeros como Teresa Mariani o “La” Jacinta Pezzana. Carlos Gardel era un habitué del “San Bernardo” del español Modesto Martínez, uno de los pocos taberneros entre mayoría italiana; al igual que en el Mercado aunque más entreverados con criollos inmigrantes de las provincias. Hipólito Yrigoyen, que vivió sus años finales en Sarmiento 944, apreciaba las manzanas del puesto de Luis Pérsico, también el preferido de su rival radical, Marcelo T. de Alvear.

“Fernet para uno,¡ Curupaití!”, decían los parroquianos recuperando con malicia la peor derrota en la Guerra contra el Paraguay de los ejércitos argentinos dirigidos por Mitre, comparable según expertos con los desatinos de los militares en la Guerra de Malvinas, “Martín –Cinzano- para dos ¡Mendes de Andés-“, pedían otros con los apellidos compuestos que se inventaban en el Hotel de los Inmigrantes, y explica en sus memorias Silvestre Otazú, “¿Qué sería eso de Curupaití o Mendes de Andés? Y estaba lejos de sospechar que se trataba de un santo y seña para advertir al del mostrador que quien había hecho el pedido era uno del mercado y que, por lo tanto, no se le debían despachar bebidas adulteradas, o como allí se decía, berretines”,  comenta jocoso sobre un origen del término lunfardo.

“La fabricación de canastas dábale para vivir…su bohemia fue auténtica –aunque-… nunca conoció la miseria”, ahora recuerda a Florencio Sánchez, que “se había aquerenciado con la cortada. Seguramente allí escribió la mayoría de las obras que dio al teatro entre 1903 y 1910…lo que no es poco para una época en que el teatro acababa de salir con Pepino el 88 –Pepé Podestá- de la etapa de la pantomima…Florencio escribía habitualmente en formularios del telégrafo…en aquel entonces era detestable el papel para originales que se empleaban en los diarios, y muchos periodistas  se habían habituado a proveerse del magnífico papel obra suavemente satinado que empleaba el Telégrafo Nacional. Tan cuantioso era el saqueo y tan difícil de evitarlo, que el director de Correos y Telégrafos se vio obligado imprimir al dorso unos artículos de la ley, con lo cual inutilizó  de ese lado, y escritores y periodistas tuvieron que volver al papel áspero y basto de los diarios de la época”, recordaba Otazú, y cerraba con otra anécdota del escritor de la bohemia,  Antonio Monteavaro, donde fue echado de Caras y Caretas porque en un cuento en el “Ochentón”, un bodegón de Sarmiento y Maipú donde se comía con ochenta centavos en los diez, remataba con un intempestivo, “Buenos, estamos hablando de tonterías, ¿vamos a tomar un chopp?” Capaz que caminamos por esas mismas veredas, y algún fantasma reviva en un conjuro Adán Buenosayres,  a la sombra del Obelisco.    

 

Fuentes: Otazú, S. Cortada Carabelas (anecdotario). Informes del Sur. Buenos Aires: Ediciones del Sur. 2005; Molina y Vedia, J. Mi Buenos Aires Herido. Buenos Aires: Colihue. 1999; Aizenberg, M. La 9 de Julio. Retrato de una ciudad demolida. En revista Legado, Publicación Digital Nro. 4 septiembre 2016. Buenos Aires: AGN.

http://historiapolitica.com/datos/biblioteca/Dell%20Oro%20Maini%201.pdf;

Fecha de Publicación: 14/10/2020

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