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Julio Argentino Roca. Un Zorro que imaginó la Argentina

Durante cuarenta años fue el estadista excluyente de la Nación por hacer. El tucumano, dos veces presidente, con luces y sombras, tenía un proyecto: Paz y Administración.

Historia
Julio Argentino Roca

Un otoñal y vencido Sarmiento escribía a su amiga incondicional Mary Ann Taylor, sobre la Argentina del último año de la primera presidencia de Julio Argentino Roca, el Zorro que hizo un país “En toda la América española y en gran parte de Europa, no se ha hecho para rescatar a un pueblo de su pasada servidumbre, con mayor prodigalidad, gasto más grande de abnegación, de virtudes, de talentos, de saber profundo, de conocimiento prácticos y teóricos”, admitía la descomunal transformación ejecutada por un joven de 40 años, hacia 1886, pero, “estos progresos carecen de unidad y consistencia…nada se siente seguro y estable”, cerraba de su enconado rival, y concordaba con Juan Bautista Alberdi que Argentina estaba siendo arrollada por el orden capitalista internacional, más que por las decisiones de los jóvenes de la Generación del 80, liderados por Roca. En pocas líneas ajustaba la visión a la posteridad del denominado Conquistador del Desierto, modernizador y entreguista, conquistador y exterminador del mal llamado desierto, acuerdista y responsable con sus negociados, de la anunciada debacle socioeconómica del modelo agroexportador. Un tucumano que mejor representó los intereses centralistas, y antirepublicanos, de Buenos Aires, y a la vez, con la Ley de Educación 1420, obligatoria, gratuita y laica, forjó el futuro de la democracia “Paz y administración” fue su lema, “nadie debe vivir de ilusiones” su acción de estratega en la batalla del poder, Roca, el primer pragmático de la política criolla que tendrá al Estado como su columna vertebral.    

Toda la trayectoria de Roca puede ser comprendida dentro de la formación y consolidación del Estado Argentino. Nacido el 17 de julio de 1843 en Tucumán, apenas veintisiete años después de la Declaración de la Independencia, fue hijo de Agustina Paz y José Segundo Roca. El padre había guerreado con San Martín, Bolívar, contra los brasileños y contra Rosas. Aún pervivían los recuerdos de luchas y fratricidios en las mesas familiares, José estuvo a punto de pasar por las armas por unitario, y Julio intentaba comprender su mundo leyendo clásicos de la Antigüedad y biografías, en especial su admirado Napoleón. La repentina muerte de la madre, desmembraría la numerosa familia Roca, y Julio con tres hermanos termina estudiando en el moderno estatal Colegio de Concepción del Uruguay, becado por el presidente Urquiza, a quien se padre bien conocía por haber luchado juntos en Caseros. Allí intimaría con las mentes de la futura generación del 80, Eduardo Wilde, Victoriano de la Plaza o Martiniano Leguizamón entre ellos, y varios serían sus colaboradores presidenciales, con cargos públicos en el puño de Roca. También en aquella adolescencia ganaría el mote de Zorro, por su habilidad de tejer amistades y beneficios, un animal mañoso que genera respeto, miedo y odios.  

Con apenas quince años ingresa en el Aula Militar del mismo Colegio y, en 1858, el vicepresidente del Carril firma el decreto que lo designa subteniente de artillería “La personalidad de Roca se explica y se define por su condición de militar”, bosquejaba Leopoldo Lugones, y este llamado “militar pacifista”, posee una carrera impresionante en términos de ascensos y condecoraciones, en lo que llegaría a Teniente General durante sus mandatos. Y si bien en varias de sus misiones intentó una resolución sin derramamiento de sangre, Roca también se caracterizó por su valentía y condiciones “científicas” de estrategia, que lo separaban de varios de sus colegas, no habituados aún en estudiar el arte y la técnica moderna de guerrear. Participó en Cepeda (1859) y Pavón (1861), las dos batallas que decidieron la paz transitoria entre la Confederación y Buenos Aires hasta la federalización de 1880, y se destacó por su arrojo, “disparó hasta el último cartucho sin moverse de su puesto y arengando al batallón”, informó su superior. También hizo sus primeras armas en la política, fue uno de los perseguidores del caudillo Chacho Peñaloza por el noroeste, y tomó contacto con una realidad que definiría su destino, la cuestión indígena, defendiendo fortines en San Luis y Córdoba. La Guerra del Paraguay (1864-1870) jalonaría con sus actos de heroísmo su ascenso a general con apenas 31 años, “el mayor Roca entra en las filas del batallón nro. 12 picando espuelas…trata de animar a los soldados y capitanes que empiezan a flaquear…puedo afirmar que de todos los oficiales jóvenes del Ejército, ninguno reúne mayores condiciones militares y juicio más acertado que el mayor Roca”, narraba Francisco Seeber, en medio del desastre de Curupaytí de 1866, comandado por el negligente presidente Mitre, en donde “cayó gran parte de la juventud ilustrada porteña arengada por un imperativo sagrado”, cerraba Seeber de una de las peores derrotas del ejército nacional. Tal nivel de profesionalismo, y subordinación al gobierno federal, hacen que Roca eleve su consideración en el Ejecutivo, y es mandado a reprimir cualquier levantamiento del Interior, incluso sacándolo a este brillante teniente coronel del complicado escenario bélico continental, en el Chaco argentino-paraguayo. En 1871 el presidente Sarmiento lo ascendió a coronel por sus victorias sobre el caudillo entrerriano López Jordán, y en 1874, el presidente Avellaneda lo asciende a general, cuando vence ejecutando un plan maestro a los partidarios de Mitre, su enemigo íntimo, en Santa Rosa.

“He conocido a un oficial Roca”, dijo Avellaneda una década antes, “que con su zorrería tucumana dará mucho que hablar a la República” Y no se equivocó. Como Sarmiento, “yo no me oponía a su candidatura porque lo creyera a Usted desprovisto de condiciones y aptitudes para la presidencia. Me oponía en razón de su poca edad, pensado que haría usted al término de su mandato”, y Roca, con esos ojos azules imperturbables, y aquel tono medido, ladino, “¿Qué haría yo? Pues aspirar a que me eligiesen de nuevo en la primera oportunidad” Tampoco el sanjuanino se equivocó.

La consagración de este hombre urdido en las entrañas del poder aconteció cuando en 1875 se lo designa con la orden de controlar las fronteras de San Luis, y Mendoza, con los pueblos indígenas. Eran los tiempos de una guerra de malones sin cuartel de Namuncurá, y su tremendo ejército de lanzas y boleadoras de 3500 araucanos y ranqueles. Desde su puesto Roca empieza a tejer las relaciones con los gobiernos provinciales, germen de la Liga de los Gobernadores, futuro hegemónico Partido Autonomista Nacional, y a pergeniar su plan de conquista del mal llamado desierto, una acción que lo encumbraría sin dudas a la presidencia. Fallecido providencialmente su opositor en estos planes, el caudillo bonaerense Adolfo Alsina, quien sostenía “el plan del Poder Ejecutivo es contra el desierto para poblarlo, no para extinguir al indio”, Roca llega al ministerio de Guerra con un plan ofensivo, que acabaría de alguna manera la violenta campaña de Juan Manuel de Rosas de 1833, aunque sin la chance de negociación que dejaba el Restaurador de las Leyes con la posterior Confederación de las Salinas Grandes, la mayor federación de tribus. Si Rosas había aniquilado a 3 mil nativos con tres mil soldados, Roca llegaría a 4 mil con 7 mil experimentados guerreros del Paraguay y con armas de repetición, y tomaría miles de prisioneros, familias enteras, ganando millones de kilómetros  a repartir entre los victoriosos militares, varios de ellos de familias patricias, mitad de la Argentina, que rápidamente pasaron a ser grandes terratenientes. Roca uno de ellos. La campaña que recién finalizaría en 1885, “cuando no queda un solo indio en el Nahuel Huapi”, reportaba el general Villegas, era celebrada en Buenos Aires mientras en el Congreso Nacional de 1879 algunos gritaban que había sido un “paseo militar”, según Sarmiento, con el dato que sólo murieron veinte soldados nacionales. Sarmiento también se opuso a que las 15 mil leguas “conquistadas” sean dejadas a la especulación inmobiliaria terrateniente.    Como tampoco concordaba que Roca sea ascendido a brigadier general pero poco importaba porque una vez federalizada Buenos Aires, “La ciudad de Buenos Aires para toda la Nación”, era el lema de campaña de Roca, se allanó el camino para que el ahora Conquistador del Desierto acceda a la primera magistratura. Tenía 37 años en 1880. Y no dejaría el Zorro el poder del Estado, presidente, senador o embajador, hasta 1914.              

Primera Presidencia: Orden y Progreso

“Paz y administración” fueron las palabras eje de su discurso, en la toma de posesión el 12 de octubre de 1880. Se ha dicho que con él se cimentan las relaciones entre el Estado y los sectores que dominarían la economía, basta con chequear sus experimentados y aristocráticos ministros, aunque también es responsable de la construcción del Estado Argentino para las futuras generaciones, con lo bueno y lo malo. Uno de los primeros objetivos del presidente Roca es un ejército moderno, con lo cual también las comunicaciones estaban orientadas hacia ese fin militar, ferrocarriles y el telégrafo, “se ha alcanzado la unidad nacional, se ha vencido el espíritu de la montonera, y se ha hecho posible la solución de problemas que parecían irresolubles” El Estado, desde Buenos Aires, organiza todo, incluso el poblamiento de los territorios ofreciendo “garantías ciertas a la vida y la propiedad”, anulando los experimentos sociales agrarios, las colonias comunitarias, que habían quedado en desarrollarse como promesa. Y quedarían como promesa cuando se alambre la campaña a mansalva “Una progresiva desvirtuación del elemento democrático”, anota Tulio Halperín Donghi en los escritos de un opositor, José Manuel Estrada, resultaría el camino bien aceitado que garantizaría el orden conservador del roquismo.     

Entre los hitos de su gestión se encuentra el Tratado con Chile de 1881; que sellaría con una nueva resolución en 1899-1902; el progreso tecnológico, la primera línea telefónica con un aparato pionero desde la Casa Rosada a la casa particular del presidente, en San Martín 577 (en Buenos Aires antes había vivido en una mansión de Caballito con su esposa Clara Funes, que una vez fallecida en 1890, hizo del atractivo Roca un abonado de amoríos, incluso con las esposas de sus ministros, incluso antes de la muerte de Clara), más la modernización de las grandes ciudades, primero Buenos Aires; la triplicación de kilómetros de ferrocarril en seis años, aunque orientado por el capital extranjero a las explosivas agroexportaciones; cuadriplicar del ingreso de inmigrantes, las leyes de enseñanza gratuita y registro civil, lo que acarreó un prolongando conflicto con la Iglesia; extensión de la educación en todos los niveles;  y la incuestionable expansión económica, que expandió asimismo el endeudamiento (la Banca de París, la Banca Morgan y la Casa Baring Brothers, a raíz de un préstamo de 8.4 millones de libras, tenían la potestad desde 1885 de decidir si Argentina pedía, o no, un nuevo crédito, por ley del Congreso) “En mis manos no he detenido el progreso de la República: se ha robustecido en todo sentido el poder material y moral de la Nación”, afirmaría el 10 de mayo de 1886, último discurso de su primera presidencia,  en la sede del poder legislativo, cuando funcionaba pegado al ejecutivo, en  la esquina de Balcarce e Hipólito Yrigoyen, y a minutos de haber recibido un adoquín en la cabeza, aún manchado de sangre. Roca luego indultaría al agresor, “lo perdoné desde ese mismo día, y lo prefiero a usted que a otros que pegan por la espalda” Quien lo traicionaría sería Miguel Juárez Celman, que había llegado a la presidencia en una componenda de Roca, parte del arreglo entre parientes que a él había permitido el anterior triunfo electoral. Traición  ya que el ultraliberal Juárez Celman, aparte de rodearse de personajes poco avezados en la cuestión pública, que tan trabajosamente había prohijado el Zorro,  orientó la administración de tal manera que redujo el contralor estatal, dando rienda  a la especulación financiera e inmobiliaria. Roca terminó opinando sarcásticamente contra su cuñado, que si el Estado fuera tan ineficiente, no debería dirigir escuelas ni correos ni hospitales.

La revolución de julio de 1890, en donde Roca actuó de mediador para contener la “santa furia” de los radicales de Leandro N. Alem, fue la primera alarma de que había que remozar el orden conservador. Para ello desarticuló a la Unión Cívica, pactando con su anterior enemigo Mitre un Acuerdo, y que sería la tendencia dominante fraudulenta de gobierno hasta la Ley Sáenz Peña de 1912 –antecedente centenario del Pacto de Olivos de Menem-Alfonsín de 1994; mismo resultado, invitación a un renovado mandato presidencial para el hombre fuerte. Activo reorganizando su partido, oficiando de rival del presidente Roque Sáenz Peña, amigo del vicepresidente Uriburu, en 1896 estuvo nuevamente en el sillón  de Rivadavia por enfermedad del ahora presidente Uriburu, los famosos “100 días”, y que fueron un preludio de su segunda presidencia, más atenta a la inédita cuestión social.

“Era éste un sistema político elemental, en el que apuntaban las viejas tendencias del autoritarismo autóctono, pero que, contenido por el vigoroso freno del formalismo institucional, conducía al mismo tiempo a una solemne afirmación del orden jurídico y una constante y sistemática violación de sus principios por el fraude y la violencia”, analizaba José Luis Romero el clima del cual Julio Argentino Roca asciende a su segunda presidencia en 1898, apoyado por el ex presidente Pellegrini, ya sin sus temidos rivales Alem y Aristóbulo del Valle, ambos muertos en 1896, roto el acuerdo con Mitre –aunque sus electores lo votarían en el Colegio Electoral-, y dispersos los opositores radicales, en especial por el llamado a la abstención de Hipólito Yrigoyen “Merecemos a Roca” fue la expresión de Lisandro de la Torre; “el triunfo de la nefasta política criolla”, señalaba Juan B. Justo.

 

Segunda Presidencia: Final de Ciclo roquista, vislumbre de la democracia de masas

“La República Argentina, que algún día será una gran Nación, -cita de Jorge Lanata- no olvidará jamás el estado de progreso y prosperidad en que se encuentra en estos momentos se debe, en parte, al capital inglés, que no tiene miedo a los distancias y que ha afluido allí en cantidades considerables; en forma de ferrocarriles, tranways, colonias, explotación minera y otras varias empresas”, exclamaba Roca poco años antes de asumir su segunda presidencia a los banqueros ingleses, conmovido con el recibimiento único a un “presidente de América en el Sud” El creciente endeudamiento sería nuevamente una tónica de la gestión, y en 1900 suscribió una misión desesperada de Pellegrini en búsqueda de unificar las ya elefantiásica deuda, pero un fuerte rechazo popular, llegaron a apedrear insólitamente las casas particulares de Roca y Pellegrini, un escrache sui generis, incluído el llamado a Estado de Sitio, motivó que el Zorro recule, y deje caer el proyecto. Algo que le valió el desprecio eterno de su ex amigo, Pellegrini. Pero dio el marco justificatorio para la posterior ley represiva de Residencia, Ley Cané (1902), que permitía la expulsión indiscriminada de opositores, y de las primeras en acallar la protesta social en Latinoamérica.

En líneas generales continuó la diplomacia de acercamiento con la resolución de conflictos limítrofes, desactivando una inminente guerra con Chile en 1899, descollante mediación del Perito Moreno, y los roces por Misiones con Brasil, en 1900. También promovió un singular lazo con Estados Unidos en la visita el país del futuro presidente T. Roosevelt, y una nueva mirada americana con el reconocimiento mundial de la Doctrina Drago, impulsada por su ministro del exterior,  contra la intención de los potencias de reclamar deudas con el uso de la fuerza. Asimismo, nuevas iniciativas de progreso, institución de la enseñanza técnica, 4 mil kilómetros nuevos de líneas férreas, más escuelas-palacios, puertos y hospitales generales, asentamiento argentino en la Antártida, y el primer Código de Trabajo “No hay un solo lugar en el país, por alejado que esté, en el cual no se haya construído o esté en vías de construcción una escuela, un ferrocarril, un puente, una línea telegráfica, un hospital o un cuartel”, declaraba a su discurso despedida presidencial en 1904, con un Mitre, que seis años antes había tomado juramento, y sentenciaba, “vengo a decirle que ha cumplido”  Quedaría en 1913 una última misión del Estado Argentino, un diplomático Roca rubricando un acuerdo antiarmentístico en Río de Janeiro, y su actuación en la Comisión Nacional del Censo de 1914.   

Roca ya pasaba largos meses con sus hijos y nietos en Buenos Aires o La Larga, una inmensa estancia en Daireaux, provincia de Buenos Aires, parte de pago en 1881 de sus servicios en la Conquista del Desierto; y una de las primeras totalmente alambradas. Allí convivía con su último amor, una jovencísima rumana, Elena.  Pero también tenía con sus hermanos grandes extensiones en Córdoba, Ascochinga y Río Cuarto, y en San Antonio de Areco, Buenos Aires. Roca era un hacendado poderoso de la pampa húmeda, indudablemente beneficiado por sus políticas agroexportadoras en las presidencias. Hacia el final de sus días poco se lo veía en las calles céntricas y mucho, “vestido de paisano”, por sus campos, donde introdujo innumerables  adelantos en la flora, la agricultura y la ganadería –importó varias razas de Inglaterra. De sus últimas demostraciones de genio militar fue el pronóstico que Alemania perdería la Gran Guerra, por optar por un combate de trincheras. Fallecería el 19 de octubre de 1914 en Buenos Aires, con un gran monumento porteño en la Diagonal Roca, entre Alsina y Perú, un museo en Recoleta y cientos de edificios y estatuas que lo celebran. Queda en las disputa política exactamente qué homenajean, el Roca ingeniero de una Nación, o Roca, esfinge maldita de la política criolla.

Fuentes: Halperín Donghi, T. Una nación para el desierto argentino. Buenos Aires: Editores de América Latina. 2004; Luna, F. (comp) Julio A. Roca. Buenos Aires: Planeta. 1999; Arce, J. Roca 1843-1914. Su vida. Su obra. Buenos Aires. 1960; Cibotti, E. Historias mínimas de nuestra Historia. Buenos Aires: Aguilar. 2011

Fecha de Publicación: 17/07/2021

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