Ser Argentino. Todo sobre Argentina

Juana Gorriti. Es necesario marchar, marchar siempre

Primera entre los escritores de la literatura latinoamericana del siglo XIX, fina polemista de un Continente desangrado en luchas fratricidas, Juana Gorriti fue una progresista mujer que desafió los mandatos de su época y cualquier época.

En 1841 Juana Gorriti regresa a Salta, vestida de varón, de incógnita, a visitar el castillo de Miraflores, patria de la infancia. Su apellido asociado peligrosamente al populista general boliviano Manuel Isidoro Belzú, con quien compartía un matrimonio desdichado, dos hijas y la misma pasión por una América democrática e igualitaria. También resonaba que era la hija de una familia patricia salteña, pilar de la Independencia, unitaria, y que en su paso por las sierras bolivianas había escandalizado con su afición a la lectura y su vasta cultura. Era Juana Gorriti una peligrosa mujer independiente, amiga de Juana Azurduy, luego de Juana Manso, mujer de letras bravas, “no me quedaba de la herencia de mis padres ni una piedra en que reposar la cabeza”, viendo la finca familiar, resignada ante la destrucción de las refriegas entre hermanos. Los fantasmas acosaban a Juana como el gaucho Gubi Amaya, quien enseñaría de niña el secreto de las sierras y los hombres, o el más bello, valiente y honorable hombre que conoció, y quien la llamó a la rubia Gorriti, “Flor de la maleza”. Era el general Martín Miguel de Güemes. “Silencioso como una de esas imágenes que cruzan la mente precediendo el sueño”, reflexionaría más tarde la escritora, en un viaje por el Camino Real que la cambió para siempre con una fuerza sobrenatural. Dejaría a su marido Belzú, partiría sola a Lima, madre soltera, y abriría escuelas para niñas. Salones para iluminar América. Y escribiría, mucho, aún a la espera de lectores más atentos a una pluma que inventó el romanticismo latinoamericano a la par de Esteban Echeverría y Ricardo Palma. De las ruinas, hija orgullosa de la revolución de la Patria Grande de Bolívar y San Martín, Gorriti movió las olas con todos a bordo, “para qué empujarnos cuando todos cabemos”

Esta mujer que participó de las más importantes asociaciones culturales de su época, el Club Literario de Lima, la Tipográfica Bonaerense y la Sociedad de Amantes de la Instrucción  y Educación Popular de Montevideo, nació en Horcones, un árido campamento fortificado situado en Rosario de la Frontera, Salta, el 15 de junio de 1816. De una familia rica de la zona, su padre fue un activo patriota, él firmó el Acta de la Independencia en Tucumán, y un tío canónigo Juan Gorriti, el intelectual norteño propagador de la Revolución de Mayo, creció en una estancia que era más un puesto militar de los leales de Güemes. En ese ambiente convulsionado viviría la niña Juana, a quien los sirvientes que asistían a papá José Ignacio, indios y gauchos, entre ellos Amaya, un saltador de caminos redimido, contaban historias ancestrales. Sumaba a su imaginación que el padre poseía la mejor biblioteca de la Puna argentina, con las últimas novedades literarias y filosóficas. 

Esta vida que pasaba entre la gran estancia y las escuelas de la capital salteña, a Juana montaraz gustaba cabalgar y escuchar cuentos en fogones, impropio en una niña decente, acabó violentamente con el avance federal de Facundo Quiroga en 1831. Exiliados en Tarija, Bolivia, los Gorriti, confiscada su fortuna, acusados de “criminales de lesa majestad popular”, subsisten vendiendo la vajilla y empanadas, con la buena voluntad de las familias patricias locales. Allí Juana, o Emma para los íntimos, entraría en contacto con otra realidad, menos acomodada, que la signaría, y, además, conocería al marido Belzú, militar gallardo que conspiraría una y otra vez hasta llegar a la presidencia de Bolivia en 1848. Tendrían un inédito matrimonio a la distancia, ella en Lima, él en La Paz, que sólo los reencontraría con la violenta muerte de Manuel en 1865. Gorriti, que escribiría una imparcial biografía de Belzú, y el retrato de uno de los primeros intentos populistas americanos, rescató y veló el cuerpo del marido muerto. El pueblo boliviano la llamaba Juana, la “Mamay”.  

“Todo descanso parece una deserción”

Inspirada en parte en el ejemplo de la francesa George Sand, desafiante también de los mandatos sociales, y autora de la novela romántica, “Indiana” (1832), con una heroína que defiende ideas liberales y republicanas, y tamizando sus experiencias personales, algo que aparece invariable en “novelas, fantasías, leyendas y descripciones americanas”, se autopresentaba la escritora;  en 1845, en formato de folletín, se publica en Lima “La quena”, una novela ambientada en la colonia entre dos amantes que se disputan una mujer. La primera novela argentina. Ya estaba asentada en Lima en un caserón de la calle Jesús María, dirigiendo su propia escuela de niñas, y a pesar de que era vista como una “excéntrica” –y volaban los rumores de infidelidad con el mejor amigo de su esposo, el capitán Ballivián-, se transforma su hogar en el faro del periodo donde la rica Lima, explotando el guano,  era conocida como la París de Sudamérica.

Alrededor de 1850 conoce a Julio Sandoval, con quien tendría dos hijos más, y una década más tarde, un quinto, del cual jamás revelaría quién era el padre para escándalo de la inquisidora sociedad limeña. Su protección, además de su defensa acérrima de la educación, venía en que se transformó en una escritora y polemista reconocida con ediciones de Bogotá a Buenos Aires. Gorriti fue, además, la primera autora argentina de bestseller como “El pozo de Yocci” (1869), suceso continental, y las compilaciones que en Buenos Aires empezaron a editarse, “Sueños y realidades” (1865), con la amistad de Vicente Quesada y varios notorios de la Generación del 80. Sarmiento y Mitre escriben elogiosas páginas a Gorriti y la reincorporan al linaje argentino, aunque la escritora desplegaba altas miras uniendo distintos pueblos hermanos. La tradición, el orgullo patrio, el culto al héroe, lo irracional, el exceso sentimental, las situaciones ilógicas, en fin las fuerzas naturales que devuelven el polvo de la Historia, hilos conductores del romanticismo, permean la producción de Gorriti, quien cuenta las alegrías y los dramas americanos, con la relevancia inaudita de las voces femeninas para los lectores -censores- varones.

A fines de la década del sesenta Gorriti alcanza el mayor reconocimiento literario mientras se empiezan a suceder tragedias familiares con la pérdida de hijos, “no se puede sufrir tanto como yo sufrí sin morir”, confesaría a Quesada.  En tanto, sus finanzas no eran las mejores, sumado al asedio de la flota española al Perú –Juana sirvió de enfermera en los bombardeos de 1868- y decide volver a la Argentina – a la cual culpaba por el exterminio del Paraguay-  por la promesa del presidente Sarmiento de una pensión, que cumpliría otro admirador de sus escritos, el presidente Avellaneda.  “Una vez que se ha entrado en el camino de las letras, es necesario marchar, marchar siempre. Nada de reposo. Todo descanso parece una deserción”, sostendría la fundadora del periódico “La alborada del Plata” (1877), inmersa en una fiebre de escritura, al igual que un creciente interés por el espiritismo que importaría al Río de la Plata.

Buenos Aires acoge a la “distinguida señora de pluma exquisita”, la llena de homenajes, aunque recela que una mujer opine -con pruebas fundadas- sobre cómo fue la Historia y que inculpe por igual de los males del país a unitarios y federales. Además propugnaba la tolerancia política, tal cual aparece en otro bestseller, “La hija del mashorquero” (1863). Recibe 1875 en la quinta de su sobrino Federico Puch – dedicaría a Dionisio Puch un biografía en 1868 que revela aspectos desconocidos de la Salta de Güemes, la Guerra Gaucha y la lucha de la Independencia- , en la actual avenida Santa Fe al mil, los límites de la ciudad. Sin embargo a los meses solicita extrañando  permiso para volver a Lima, la pensión exigía que viva en el país, y la elite intelectual porteña, desde José Hernández a José María Estrada, la primera poeta entrerriana Josefina Pelliza la única mujer, le obsequió un albúm con escritos en su honor y una medalla de oro – que vendería en Perú debido a la magra pensión argentina. “Peregrinaciones de un alma triste” (1876), que rezuma las experiencias de viajera incansable y la tristeza de las guerras civiles, es editado en Buenos Aires junto a los dos tomos compilatorios de “Panoramas de la vida” (1877) –el “divino” perfil de Camilia O´ Gorman de Gorriti es el suelo de leyenda posterior de la amante fusilada.  

“Olvidados de su antigua enseña: unión y fraternidad”

Recién en 1884 se asentaría definitivamente en Buenos Aires, con viajes ida y vuelta, a través del estrecho de Magallanes, a su Lima, donde seguía con el emprendimiento educativo y azuzando a las nuevas camadas de literatos americanos. Ese año concretaría el ansiado regreso a Salta, con graves impedimentos físicos que la obligaban a viajar postrada, y es recibida por el nieto de Güemes, Luis. “El hogar es el santuario doméstico; su ara es el fogón; su sacerdotisa y guardián natural; la mujer…Yo, ay!, nunca pensé tamaña verdad”, prologaba Gorriti su “Cocina ecléctica” (1888), un recetario de los platos regionales, provistos por sus amigas, que visto mejor es un “lugarcito de cosas buenas” de la gran mesa americana que nos une. “Mi alma ha abierto ya sus alas a la muerte” dicen que suspiró por última vez Juana Gorriti, en la manos de Queseda, el 6 de noviembre de 1892 en Buenos Aires; que había criticado la escritora en la vileza de la especulación financiera, y el enriquecimiento espúreo, con los cañones de la Revolución del Parque (1890) a punto de atronar.  Los porteños la homenajearon con la presencia de las autoridades nacionales y las delegaciones bolivianas y peruanas, con las palabras delicadas de Carlos Guido Spano, “el perfume y la luz de su talento, como se siente en la noche, allá en los valles, el perfume de las flores”.

“Los héroes de la Independencia, una vez coronada con el triunfo su generosa idea, conquistada la libertad, antes que pensar en cimentarla  uniendo sus esfuerzos, se extraviaron en celosas querellas y, arrastrando a la joven generación en pos de sus errores, devastaron con guerras fratricidas la Patria que redimieron con su sangre”, líneas en mármol de Juana Gorriti en “El pozo de Yocci”, con el perfume agreste, bien de terruño, nada adocenado, de la Flor de la Maleza, “Olvidados de su antigua enseña: unión y fraternidad, divididos por ruines intereses, devolvieron odio por odio, exterminio por exterminio”

 

Fuentes: Gorriti, J. M. Relatos. Buenos Aires: Eudeba. 1962; y Cocina Ecléctica. Córdoba: Buena Vista Editores. 2006; Efrón, A. Juana Gorriti. Una biografía íntima. Buenos Aires: Sudamericana. 1998; Delies, M. de Titto, R. Arguindeguy, D.L. Mujeres en la política argentina. Buenos Aires: Aguilar. 2001

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