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Juana Azurduy. Libertadora de América

Los pasos de la heroína boliviana merecen el reconocimiento de los países del Cono Sur que contribuyó a emancipar. La primera mujer con rango militar del mundo, madre y guerrera.

Historia
Juana Azurduy

La leyenda pintará a Juana Azurduy, Flor el Alto Perú, de mil maneras. Todas con parte de verdad, parte de mito, tal cual su rostro mestizo verdadero, que sigue siendo un misterio. Su vida y obra ha sido reescrita varias veces, en la encrucijada de discursos políticos y sociales, de acuerdo a las luchas ideológicas del presente. Pero lo que el codo no puede borrar es la constancia de su ardor independista, que aún resuena en sus queridos cerros y valles de la actual Bolivia, cuando peleaba junto a su marido, Manuel Padilla, injustamente disminuido, por un sueño americano, unidos. En este sentido, Juana, la guerrillera, pero también la mujer y madre, emerge como un modelo de femeneidad nacido al calor de avanzadas ideas revolucionarias “Sobre estos cimientos sólidos levantaría la Patria un edificio eterno”, escribía el matrimonio Azurduy-Padilla al general porteño José Rondeau, protestando por la “desconfianza rastrera de Buenos Aires”, en momentos que se los dejaba solos y solas contra un poderoso ejército realista, el tiempo necesario para un San Martín que alistaba el Ejército de los Andes. El sangriento escenario defendido con vidas y fortunas por los “arribeños”, los gauchos, indios y cholas, sería el bastión del sueño de la Independencia de Argentina, Uruguay, Paraguay, Chile, Perú y Bolivia.  Países que rompían cadenas detrás de la espada de Azurduy.      

Nació Juana Azurduy en las cercanías de Chuquisaca, cantón de Toroca, La Plata, actual Bolivia, un 12 de julio de 1780 –algunos registros ubican el año 1781- Hija del español Matías Azurduy y la chola Eulalia Bermudes, poseía una desahogada posición económica; y de pequeña aprendió las tareas rurales del servicio de los indios de su padre. Juana les hablaba en quechua, enseñado por vía materna. Cerca de su finca vivían los Padilla, y su hijo Manuel establece amistad con Juana, que terminaría en romance. Pero antes ocurrió el misterioso fallecimiento de ambos padres, afirman los historiadores por una disputa económica Matías, y con su hermana Rosalía, quedan al cuidado de unos tíos. La bibliografía tradicional señala que ingresó al Monasterio de Santa Teresa, con la directiva familiar de convertirse en monja, sin embargo, no existe documentación que lo respalde, ni tampoco menciones posteriores de la misma Juana. 

Un dato a considerar en el futuro guerrero de Azurduy es que no era descabellado que las mujeres acompañen a sus maridos en los levantamientos andinos, desde Micaela Bastidas, compañera de Tupac Amaru, Catalina Salas y Tomasa Comendaita, que fueron asesinadas, ahorcadas y descuartizadas,  el mismo año de nacimiento de Juana.  Esto influenciaría a generaciones de altoperuanas a favor de la gesta independentista, al igual que al alto grado de militarización de la región, con españoles y milicias rurales en permanente pugna.  Así que cuando llegaron los ejércitos auxiliares  de Buenos Aires, después de la Revolución de Mayo de 1810, los caudillos locales rápidamente plegaron recursos materiales, que podían ser dinero y armas pero también lanzas y macanas, y humanos,  en donde las mujeres cumplieron activa participación en combate. Si bien la historiografía ortodoxa cuestiona el grado concreto de las intervenciones de las mujeres en las guerras de la independencia, en aquella zona hubiese sido imposible la denodada resistencia a los godos sin las mujeres, en tareas de combate como en logística y espionaje.

Apenas llegaron los rioplatenses, los Azurduy-Padilla abrieron sus haciendas y colaboraron sin reticencias. Manuel como líder que conocía a los hombres que habían estudiado en Charcas, entre ellos Mariano Moreno y Bernardo de Monteagudo, o sea el ala más radical de los revolucionarios. Alistó Padilla más de 8000 “cuicos”, reclutas altoperuanos, y se puso a las órdenes de Juan José Castelli, que lo despojó de sus milicianos, y presenció como un subalterno más el desastre de Huaqui –no le iría mejor luego con su admirado general Belgrano, que en Vilcapugio inmolaría a sus indios destinándolos a la artillería en vez de la carga en montonera, su especialidad. Una de las consecuencias de la derrota de 1811 fue que dejaba abierta la ruta a Salta, Tucumán y Buenos Aires, por lo que Belgrano, en los preparativos del éxodo jujeño, destina a Padilla la defensa en guerra de guerrillas, o republiquetas. Y le encomienda una extensa zona desde el norte de Chuquisaca a las selvas de Santa Cruz, en donde se hallaban Pomobamba, actual Azurduy, y La Laguna, hoy Padilla.  En esta última ciudad se refugiaría más tiempo el matrimonio perseguido cruelmente por los españoles, que veían en Padilla el enemigo público número uno en las levantiscas provincias del Alto Perú. Allí llegarían los cuatro niños de la pareja revolucionaria, Manuel, Mariano, Mercedes y Juliana, quienes fallecerían por paludismo.           

La Santa de la Espada

Escondida la familia en las alturas de Tarabuco, Padilla continúa su eficaz acción de hostigar a los “tablacasacas”, como se conocían a los realistas por su aspecto de rígidos soldados de madera. Azurduy en tanto se adiestraba en el manejo del sable, la lanza y las boleadoras, y recibía las noticias de la inmolación de decenas de cochabambinas, luchando a pedradas y mazazos ante el avance del sanguinario Goyeneche. Sugiere Pacho O´Donnell que esta noticia, más la certeza de un  nuevo jefe de los “abajeños”, menos reaccionario con los paisanos, el general Manuel Belgrano, torció hasta el momento la negativa de Padilla para que Juana se integre a las milicias.  En Chuquisaca se incorpora el ejército patriota y organiza el batallón conocido como los “Leales”, un cuerpo de caballería con veinticinco “amazonas” como su escolta, ella sin instrucción militar pero con la experiencia de tantos años de guerras entre montes, “-Azurduy- vistió pantalón blanco de corte mameluco, chaquetilla escarlata o azul con franjas doradas y una gorrita militar con pluma azul y blanca, los colores de la bandera de Belgrano”, enseña que había sido repudiada por los autoridades porteñas. Su primera victoria es en Sucre, “cuando salieron los expertos coroneles ya Doña Juana habíase apoderado de la parte alta de la ciudad con sus famosos “Leales” y esta vez acompañada de las mujeres de las provincias, tan diestras y hábiles amazonas, como valientes y decididas”,  cierra un cronista de la época de este grupo militar, no Húsares como denominaban los porteños, y que Azurduy resistía a cambiar de nombre porque sonaba extranjero. Participaría  mandando a estos patriotas en las batallas de Salta, Tucumán y Vilcapugio. En la penosa retirada de la última derrota, conocen a Juan Hualparrimanchi, soldado patriota y poeta, y lo adoptan como un hijo, quedando de guardia personal de la familia de Azurduy. Varios testigos aseguran una relación estrecha con Juana, “Tus ojos, titilando cual estrellas/en la noche oscura/fuera el relámpago/que me hicieron delirar”, del poeta Hualparrimanchi, de un linaje real español e inca.

Juana Azurduy empieza a ser mencionada insistentemente en los partes de los jefes porteños y realistas, por el increíble rescate de su marido y Hualparrimanchi en una de las tantas trampas enemigas, por la batalla de Presto de 1815 donde “destrozó a los realistas”, o en uno de los tantos sitios criollos a su natal Chuquisaca. Un famoso coronel realista comenta, “una gallarda amazona montada en brioso caballo corría velozmente impartiendo órdenes a los grupos populares. Alzaba en su diestra brillador acero, y sobre la cabeza llevaba ahora el gorro punzó de la libertad, que entonces habían dado en usar las mujeres de los patriotas. Un chal celeste envolvía de los hombros a la cintura su cuerpo esbelto…aquella   mujer tan arrogante actitud y singular belleza, despertaba un interés cada vez mayor entre los jefes realistas, que la veían aparecer en todas partes y concurrir a la pelea; algunos oficiales, admirados de su arrojo, dieron la orden a sus soldados de no hacerle puntería”, refleja un sentimiento casi místico que irradiaba Juana, La Santa de la Espada, y que era seguida con devoción por indígenas y mestizos. Insobornable de la causa americana, además, con las fortunas que ofrecían los desesperados godos.

Llegaría así la acción con la cual sería designada como “Teniente Coronel de las Milicias Partidarias de los Decididos del Perú”, en 1816 de las manos del general Belgrano.  Embarazada de Luisa, su quinta hija, comenta Padilla, “dándoles  fuego de día y noche, los obligó a una fuga vergonzosa, quitándoles la presa de mayor estimación que es la bandera reconquistadora de las ciudades de La Paz, Puno, Arequipa y el Cuzco”, por el cual Belgrano le ofrendaría su espada.  Asistiría a las reuniones de  los caudillos locales, Azurduy una leyenda mestiza del Norte,  y el Congreso de Tucumán. A la muerte de su esposo Manuel en el combate de Villa III del 14 de septiembre de 1816, se enrola con los huestes de Martín Miguel de Güemes hasta que en 1821 se aleja de la contienda  por la Independencia. De los 109 caudillos arribeños que comenzaron la gesta americana, quedaban sólo nueve; y poblaciones enteras habían sido destrozadas por patriotas y españoles, por igual. Resignada, Azurduy se interna en la selva viendo cómo varios de sus antiguos enemigos, ahora pasados al lado criollo, manejan los destinos de la región. Encontrada en la miseria por los gauchos del monte, acude al cabildo salteño, “renuncié los indultos y las generosas invitaciones con que se empeñó atraerme el enemigo…para no ser testigo de la humillación de mi patria, ya que mis esfuerzos no podían concurrir a salvarla…abandoné mi domicilio y me expuse a buscar mi sepulcro en país desconocido” El gobierno salteño pagaría con una mula y, cincuenta pesos, sus servicios a la Patria. Juana regresa a Chuquisaca en 1825, año de la Independencia de Bolivia, ella que tanto había luchado para que no se desmiembren las Provincias Unidas de Sud-América.

Solitario final de una Madre de la Patria

“Señora, habéis honrado a las mujeres de América y nos habéis enseñado valor a los hombres”, la recibe el Libertador Bolívar en Chuquisaca, y la confiesa que Bolivia debería llamarse Padilla, o Azurduy, en su homenaje.  El mariscal Sucre la apoya para recuperar la hacienda que la había sido expropiada, y que era administrada impunemente por su hermana, y establece una pensión mensual.  Juana pasó con Luisa solamente unos pocos años con solvencia económica, la pensión dejó de pagarse con los cambios recurrentes de gobierno, y en 1839 perdería la hacienda, debido a que fue dada de dote para el casamiento de su hija, con quien mantuvo una pésima relación.  Del matrimonio de Luisa nacería su única nieta, Cesárea.  Sus últimos años de pobreza y soledad los pasaría en compañía de un pariente, Inaldesio Sandi. Fallecería Azurduy en una humilde casa de la calle España el 25 de mayo de 1862, aferrada a unas pocas posesiones, entre ellas una polvorienta caja que guardaba las condecoraciones,  el diploma del rango militar y las memorias de Padilla, que serían dadas por sus descendientes al escritor Velazco Flor. Sería enterrada sin los honores correspondientes por su grado militar, y en una tumba de “un peso” En los dos mil, Bolivia y Argentina otorgaron el grado máximo de sus respectivos ejércitos a Azurduy, y en Buenos Aires se erigió un fallido monumento, hoy frente el CCK.

“Llegar a esta edad con las privaciones que me siguen como sombra, no ha sido fácil; y no puedo ocultarle mi tristeza cuando compruebo que los chapetones contra quienes guerreamos en la revolución, hoy forman parte de la compañía de nuestro padre Bolívar… patriotas de última hora”, respondía una amargada Azurduy a Manuela Sáenz, heroína colombiana, coronel como ella, y compañera de Bolívar, y agrega, “mentiría si les dijera que me siento triste cuando pregunto y no veo…a todas las mujeres que a caballo, hacíamos respetar  nuestra conciencia de libertad”

Fuentes: Wexler, B. C. Juana Azurduy, la Flor del Alto Perú en revista Todo es Historia Nro. 538 Mayo 2012. Buenos Aires; O´ Donnell, P. Juana Azurduy. Buenos Aires: Planeta. 1998; Gantier, J. Doña Juana Azurduy de Padilla. La Paz. 1973.

Imagen: Minist. De Cultura

Fecha de Publicación: 12/07/2021

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