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Juan Perón – Parte I: antecedentes históricos

"Los peronistas no son buenos ni malos, son incorregibles" (Jorge Luis Borges). La discusión entre peronismo y antiperonismo representa acabadamente nuestro comportamiento social a través del tiempo.

Saavedristas contra morenistas en la Primera Junta, clericales y anticlericales, federales y unitarios desde 1816 en adelante. La verdad es que en octubre de 1945 las acciones y reacciones políticas tomaron un rumbo inimaginable. Como una imitación feroz de luchas que aún no habían acabado, la mayoría de nuestras rivalidades colisionaron con el nacimiento del peronismo.

Cuando escribir no lo ocupaba, Jorge Luis Borges, cual francotirador ilustrado, supo disparar desde el bastión de los intelectuales antiperonistas, munición de alto voltaje político a diestra y siniestra. “Yo detesto a los comunistas”, dijo alguna vez: “pero, por lo menos, tienen una teoría”. La idea general era señalar, de modo amable, las diferencias entre el comunismo y lo que se daría en llamar la “doctrina de Perón”, que a su vez también proponía, desde sus bases, “combatir al capital”.

Tan importante es este movimiento en el escenario histórico argentino que cabe preguntarnos seriamente: ¿qué es el peronismo? ¿Por qué prendió tanto en la política local y recurrentemente vuelve al poder con  una capacidad casi mágica de conferirse en una suerte de solución a nuestras más oscuras problemáticas?

Sin embargo, si hay alguien que marcó la memoria de los argentinos en infinidad de sustratos, dimensiones políticas y sociales, es este hombre también conocido como “el general”.

De origen militar, Juan Perón terminó siendo conocido también como “el general”.

Para contestar algo así, sería necesario dividir este proceso histórico en varias instancias sociales dignas de analizar. No es posible reducir semejante racconto a una simple instantánea. Cualquier narración retrospectiva que tenga a Juan Domingo Perón como protagonista, necesita de un análisis que evite tanto las obviedades como las adjetivaciones.

Durante la década del 40, un crecimiento inesperado de la industria fabril, trajo a Buenos Aires gran cantidad de inmigración interna. Fue la segunda etapa de la creación de los asentamientos precarios bonaerenses. La primera oleada había tenido lugar después de la Conquista del Desierto. Sucedió que, en los años de la Segunda Guerra Mundial, el sector fabril superó en ingresos al sector agropecuario y habían aparecido en las fábricas de Buenos Aires, personas de todas las regiones.

La inmigración interna creará nuevas rispideces con las clases acomodadas. La llegada a Buenos Aires de grandes masas de trabajadores del interior, será capitalizada por el peronismo. Es aquí donde termina encontrando su verdadera sustancia política.

Los años de Uriburu, Pedro Pablo Ramírez, Agustín Justo, Roberto Ortiz, Ramón Castillo y Edelmiro Farrell estuvieron marcados por el ritmo global. Claro está que las relaciones espurias con el nazifascismo europeo por parte de Justo habrían resultado, por lo menos, inapropiadas para el desarrollo de una república.

Como vimos en “Los dueños de la plata” (diciembre de 2019), antes de la Segunda Guerra grandes fortunas se pusieron en juego para financiar el ascenso del partido nazi en Alemania. Luego desembarcaron en Argentina. Pero, más allá del mito y la verdad, ¿cuánto tiene que ver este asunto con el nacimiento del peronismo?

Para dilucidar esta vieja relación, antes deberíamos entender qué fue de la Argentina durante los años que comprendieron a la Década Infame. Sin su existencia, los reclamos sociales peronistas no habrían tenido sentido. La conspiración de la que fue víctima Hipólito Yrigoyen, su derrocamiento en 1930 y el golpe que destituyó al presidente Ramón Castillo el 4 de junio de 1943, revisten una serie de matices imposibles de evitar.