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Juan Perón – Parte I: antecedentes históricos

"Los peronistas no son buenos ni malos, son incorregibles" (Jorge Luis Borges). La discusión entre peronismo y antiperonismo representa acabadamente nuestro comportamiento social a través del tiempo.
Historia
Historia50
| 02 enero, 2020 |

Saavedristas contra morenistas en la Primera Junta, clericales y anticlericales, federales y unitarios desde 1816 en adelante. La verdad es que en octubre de 1945 las acciones y reacciones políticas tomaron un rumbo inimaginable. Como una imitación feroz de luchas que aún no habían acabado, la mayoría de nuestras rivalidades colisionaron con el nacimiento del peronismo.

Cuando escribir no lo ocupaba, Jorge Luis Borges, cual francotirador ilustrado, supo disparar desde el bastión de los intelectuales antiperonistas, munición de alto voltaje político a diestra y siniestra. “Yo detesto a los comunistas”, dijo alguna vez: “pero, por lo menos, tienen una teoría”. La idea general era señalar, de modo amable, las diferencias entre el comunismo y lo que se daría en llamar la “doctrina de Perón”, que a su vez también proponía, desde sus bases, “combatir al capital”.

Tan importante es este movimiento en el escenario histórico argentino que cabe preguntarnos seriamente: ¿qué es el peronismo? ¿Por qué prendió tanto en la política local y recurrentemente vuelve al poder con  una capacidad casi mágica de conferirse en una suerte de solución a nuestras más oscuras problemáticas?

Sin embargo, si hay alguien que marcó la memoria de los argentinos en infinidad de sustratos, dimensiones políticas y sociales, es este hombre también conocido como “el general”.

Juan Domingo Perón
De origen militar, Juan Perón terminó siendo conocido también como “el general”.

Para contestar algo así, sería necesario dividir este proceso histórico en varias instancias sociales dignas de analizar. No es posible reducir semejante racconto a una simple instantánea. Cualquier narración retrospectiva que tenga a Juan Domingo Perón como protagonista, necesita de un análisis que evite tanto las obviedades como las adjetivaciones.

Durante la década del 40, un crecimiento inesperado de la industria fabril, trajo a Buenos Aires gran cantidad de inmigración interna. Fue la segunda etapa de la creación de los asentamientos precarios bonaerenses. La primera oleada había tenido lugar después de la Conquista del Desierto. Sucedió que, en los años de la Segunda Guerra Mundial, el sector fabril superó en ingresos al sector agropecuario y habían aparecido en las fábricas de Buenos Aires, personas de todas las regiones.

inmigrantes
La inmigración interna creará nuevas rispideces con las clases acomodadas. La llegada a Buenos Aires de grandes masas de trabajadores del interior, será capitalizada por el peronismo. Es aquí donde termina encontrando su verdadera sustancia política.

Los años de Uriburu, Pedro Pablo Ramírez, Agustín Justo, Roberto Ortiz, Ramón Castillo y Edelmiro Farrell estuvieron marcados por el ritmo global. Claro está que las relaciones espurias con el nazifascismo europeo por parte de Justo habrían resultado, por lo menos, inapropiadas para el desarrollo de una república.

Como vimos en “Los dueños de la plata” (diciembre de 2019), antes de la Segunda Guerra grandes fortunas se pusieron en juego para financiar el ascenso del partido nazi en Alemania. Luego desembarcaron en Argentina. Pero, más allá del mito y la verdad, ¿cuánto tiene que ver este asunto con el nacimiento del peronismo?

Para dilucidar esta vieja relación, antes deberíamos entender qué fue de la Argentina durante los años que comprendieron a la Década Infame. Sin su existencia, los reclamos sociales peronistas no habrían tenido sentido. La conspiración de la que fue víctima Hipólito Yrigoyen, su derrocamiento en 1930 y el golpe que destituyó al presidente Ramón Castillo el 4 de junio de 1943, revisten una serie de matices imposibles de evitar.

La idea general de los comentadores del peronismo, se centró en señalar las diferencias entre el comunismo y lo que se daría en llamar la “doctrina de Perón”, que a su vez también proponía, desde sus bases, “combatir al capital”. Como alternativa al socialismo soviético se confirió en una doctrina local ecléctica y fundamentalmente pragmática. Fuentes: sobre opiniones de Borges, Monti, Pinie Wald, Centenera, Keynes, Camusso, López, Orfali y Sztajnszrajber.

Según una visión muy de aquellos años, el “otro”, aquel que no formaba parte de las élites dominantes, étnica o socialmente, pertenecía a un sistema ajeno y amenazante. Las masas que habían votado al radicalismo, supieron ser descalificadas apelando al fracaso de Yrigoyen.

Esta denostación, proviene de nuestra antigua manera colonial de ver a la sociedad según un comportamiento binario. Existe una forma de entender la realidad que se sostiene gracias a la negación del prójimo. Las élites de las primeras décadas del siglo XX, se consideraban dueñas de una serie atávica de privilegios. Se autopercibían como una aristocracia. Por lo tanto, comprendían estos privilegios como parte del desprecio hacia las diferencias ajenas. Esto no era nuevo. Venía de los tiempos del virrey Arredondo y se había instalado ya en los estertores del siglo XVIII.

Sucede que con el paso de los años, “el otro” se fue transformando en alguien indeseable. El indio, el criollo, hasta el inmigrante, incluso el mítico orillero de Borges se convirtieron en grupos desacreditados.

Semana Trágica, 1919. El llamado “antisemitismo criollo” sería anterior a la importación del nazismo. Probablemente, más clericalista, esta forma vernácula de combatir a los judíos marxistas, haya prendido más en las clases acomodadas argentinas que el “anticlericalismo de Hitler”. “La muerte de cuatro trabajadores en huelga de los talleres metalúrgicos Vasena a manos de la policía el 7 de enero de ese año desencadenó un paro general en la capital argentina y la posterior represión obrera de las fuerzas policiales y militares. En ese clima, los judíos fueron atacados por sus presuntos vínculos con la Rusia comunista” (referencia al libro Koshmar -pesadilla- Pinie Wald, Mar Centenera para El País, España 2019).

Durante la primera parte de los años 30, el mito del comunista ruso que venía de Europa Oriental a destruir la propiedad privada, dio origen a un cierto antisemitismo criollo que preexistió al nazismo. Este miedo al desembarco del comunismo unió a las antiguas élites singularmente a las ideas nacionalistas.

Sin embargo, la simpatía hacia la educación inglesa y el anticlericalismo germánico, las formas de respuesta a las contribuciones con la Segunda Guerra Mundial, se hicieron muy heterogéneas.

Aquí el miedo era a quienes podían “avivar” al inmigrante cooptado por los gremialistas, a los villeros que venían del interior, al desocupado que se acercó a las urbes porque buscaba trabajo y hacía ciudad de maneras alternativas.

Esta forma de incongruencia entre las clases sociales, se basaba en el sustento del poder y la ignorancia hacia las diferencias. Ignorar o denostar al que no puede acercarse a sitios de poder, en tiempos de Justo, Castillo, RamírezFarrell, se había convertido en un sistema de exclusión ideológica.

La defensa de lo propio frente la aparición sorpresiva de estos colectivos que año a año aumentaban en número, invitó en esos días a los nacionalismos a cerrarse en grupos sociales endogámicos. Creó grandes bloques que se unían por una causa común, separándose de los otros. Había que conservar el patrimonio que la aristocracia consideraba originales, propios y enteramente de su pertenencia. Se apropiaron del concepto de nación, de los símbolos y eventos heroicos y, por supuesto, de la noción de patria.

La aparición de las diferencias se convirtió entonces en un problema. El nacionalismo es en sí el sistema más negador de la existencia ajena. Caldo de cultivo para la xenofobia, el racismo, el individualismo o la sectorización. El diferente, es despersonalizado y visto como un objeto. Una piedra en el zapato capaz de obstruir la caminata a la construcción del país. Semejante actitud no sería del todo una receta recomendable. Dio paso a persecuciones nefastas de anarquistas y comunistas, como lo demuestra la Semana Trágica de 1919.

En estos actos podemos entrever que, negar a los “otros” en nombre de la patria establece el odio y no es más que una legitimación nacida desde la más dura raigambre decimonónica. Algo así hace a un grupo dueño de la patria. Esto ignorando que, para volver a citar a Borges, la patria es nadie, pero somos todos.

Entendiendo que la distribución económica es la que genera los lugares de este ansiado poder nacional, deberíamos comprender, sin convalidar, la psicología de las élites nacionalistas argentinas de los años 40. Por otra parte y sin mucho insistir, la reacción más sólida en términos de movimiento de masas y liderazgo surgida en esos días, fue sin duda, el tan mentado peronismo.

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5 Comentarios to “Juan Perón – Parte I: antecedentes históricos”

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