Ser Argentino. Todo sobre Argentina

Juan Moreira, un héroe involuntario

Vida del gaucho de carne y hueso que inspiró a diversas artes nacionales, a partir del folletín de Eduardo Gutiérrez. La cultura argentina en la sombra del matrero de Flores.

Apenas ocho meses de la Vuelta del Martín  Fierro en noviembre de 1879, en el diario La Patria Argentina  aparecen los primeros folletines  titulados “Juan Moreira” El  autor, un joven escritor que había sido oficial en la frontera contra el indio, Eduardo Gutiérrez, en sucesivas entregas iría figurando al matrero, asesino y renegado, que encandilaría las mentes de los lectores urbanos de un país en organización. Parecido y diferente a José Hernández, se reivindica a los gauchos y se los idealiza con los códigos de la novela romántica, el campo queda atrás frente a éstos gauchos de ciudad, el espectacular éxito de la saga modeló la primera trama original del teatro argentino con los hermanos Podestá. Y, como se dice, el resto es leyenda. Aunque no tanto. Porque hubo un Juan Moreira concreto que aterrorizó los pagos bonaerenses hasta el 30 de abril de 1874 en Lobos, que Leonardo Favio  imaginó por siempre en ese  fatal “¡Moreira! ¡Chirino!” de la película “Juan Moreira”  (1972) Un Moreira que fue manipulado por los poderes políticos de turno, un lejano pariente de las actuales barras.  Un Moreira que fue el enemigo público número uno y se debatió en el Congreso. Un Moreira criminal lejano a la “vida poderosamente tallada en bronce” que pintaba Gutiérrez, quien con las exorbitantes ganancias de su “Juan Moreira” compró una quinta en los mismos pagos natales de su criatura literaria.  

 “Moreira es un hombre terrible –aparece en la novela de Gutiérrez-, con el que no hay que descuidarse, pues por más y mejor gente que usted lleve la ha de pelear, y si no puede pelearla, la ha de burlar con algún golpe de audacia o travesura”, un semblanza que el mismo escritor había podido constatar con una entrevista con Moreira pocos meses antes de su muerte, “ha quedado en nuestra memoria el poderoso timbre de su voz”, adjetivaba Gutiérrez, y,  también, sumaba información cierta, vital en una pesquisa periodística, el otro pedal que impulsaba el folletín, otorgando verosimilitud –e impacto-  a sus relatos. Entre los documentos policiales que accedió del departamento que dirigía Enrique O´ Gorman, hermano de Camila, se puede leer en el prontuario de Moreira, “Juan Moreira. Oficio: vago mal entretenido. Edad: 46 a 48. Religión: católico apostólico romano. Estatura regular, algo grueso. Color blanco colorado y picado de viruelas. Pelo castaño, usa poco bigote y el mentón rasurado. Nariz aguileña. Boca grande, con una herida de bala en el labio inferior. Ojos verdosos. Usa pantalón negro” Esta era la descripción que tenía en la cartera de cuero Francisco Bosch, el temible comandante de la Guardia Nacional, veterano sanguinario de la Guerra del Paraguay, cuando atrapan a Moreira en el peringundín La Estrella, lugar de baile de “dudosa reputación”, a la hora de la siesta, traicionado, desprevenido.

De acuerdo a la investigación de Hugo Chumbita, Juan Moreira podría ser hijo de un mazorquero fusilado por Juan Manuel de Rosas, un pariente extra matrimonial de un rico comerciante portugués, aunque no surge clara la fecha de nacimiento en las cercanías de San José de Flores. Se calcula que no fue antes de 1835. De niño aprendió el trabajo de resero y domador, trasladándose de localidad con fama de excelente trabajador, además de sus condiciones de guitarrero. También, algo poco común en la campaña, sabía leer y escribir testimonia el escritor Fray Mocho, posiblemente enseñado por la familia Correa Morales de Navarro, sus protectores políticos.  

A principios de 1860 dos hechos trastocarían sus mañanas y noches de gaucho conchabo, empleado de estanciero mal pago, y errante. Conoce a la madre de sus tres hijos, Andrea Santillán, y se involucra con los autonomistas de Adolfo Alsina, líder del partido enfrentado a los nacionalistas de Bartolomé Mitre –al igual que su futuro ficcionalizador, Gutiérrez, que se enrolaría con los rifleros de Carlos Tejedor y combatió fiero por los separatistas porteños, en el actual barrio de Constitución en 1880. Oficia Moreira de guardaespaldas de Alsina, un caudillo que fue primero gobernador de la provincia de Buenos Aires en 1866, y vicepresidente de la Nación en 1868, durante la presidencia de Sarmiento. Moreira lidera a los crudos de Alsina y Leandro N. Alem, nombre que supuestamente se adjudicó por una peligrosa banda contemporánea,   y  manipula las elecciones en tiempos del voto cantado a punta de pistolas y facones.   A fines de 1867, Moreira decide volver a sus pagos con su familia y el caudillo le regala un “soberbio” caballo, y una enorme daga de 80 cm, que se conserva en el Museo de Luján. Las desgracias estaban por comenzar para el gaucho Moreira.  

   

El gaucho malo en el país de los matreros

“Mata y muere en una cadena de hechos de sangre en cuyo origen se ventila una quisquillosa defensa del honor personal y en cuyo transcurso se juega denodadamente la afirmación instintiva de la libertad”, analiza Adolfo Prieto  en el “drama policial” del Moreira de Gutiérrez, para quien el Estado obligaba a los gauchos al “crimen  o ser carne de cañón en la frontera –que muy bien conocía sirviendo en el fortín General Paz, cercano a Chivilcoy-”, hermanado  del pensamiento de Hernández, pero todo aumentado, siguiendo a  Prieto, “en el Martín Fierro aparecen cuatros combates individuales y uno con la partida policial…en Juan Moreira, el protagonista lucha en diez duelos, enfrenta solo una partida policial con nueve agentes, otra con quince, otra de veinticinco, ahuyenta a cinco asesinos, escapa espectacularmente de las tolderías del cacique Coliqueo, y muere  en un sangriento combate antes dos grupos policiales armados de remingtons”, finaliza graficando el sensacionalismo que no era sólo de Gutiérrez, ni propiedad de las nuevas técnicas periodísticas, sino de amplios sectores contrarios a los ideales de la generación del 80, civilización o barbarie, y que elevaron a los gauchos en paladines contra la opresión estatal.  El matrero terminó siendo en las masas –lectoras-  un hombre que merecía ayuda, respaldo y admiración, por otra parte soporte del culto al coraje, esencial en tiempos turbulentos previos a la federalización de Buenos Aires.  Y más allá, antecesor el matrero del guapo, el malevo y el aguante.

Volvamos al Moreira de carne y hueso. De su raid criminal quedan más que nada testimonios orales, varios recogidos por el mismo Gutiérrez, otros por los periodistas de la época, ente muchos los más sagaces por Fray Mocho, que describiría “el país de los matreros” en la actual Entre Ríos, y artistas de años posteriores, entre ellos Martiniano Leguizamón,  que presentó en teatro una versión redimida del matrero en La Calandria (1896). Lo que se puede reconstruir es que hacia 1867 asesina a un pulpero italiano, por una deuda del genovés con su familia,  y a un teniente alcalde, que pretendía a su mujer en la actual La Matanza, y huye a Saladillo y, luego a Navarro. Allí es nombrado sargento de policía, Moreira ya era leyenda por su supuesta invencibilidad y fiereza, y actúa ahora entre los matones del mitrismo en 1874, año del alzamiento contra el gobierno constitucional de Don Bartolomé. Sus constantes duelos, los feroces encuentros con partidas policiales, y un supuesto desengaño amoroso al comprobar que Andrea vive con otro hombre, llevan al gaucho Moreira a refugiarse un tiempo con los indios del mapuche cacique Coliqueo - el primer poblador originario que consiguió el reconocimiento de tierras por el estado argentino, en Los Toldos-  Esto duraría poco debido básicamente a que Moreira era el hombre más buscado de Buenos Aires por crímenes cometidos - y no cometidos.  Y que las fuerzas oscuras de la política lo llamaron otra vez a combatir contra Avellaneda, a favor de Mitre, contra su antiguo patrón, Alsina.

En los primeros meses de 1874 se realizan elecciones en Navarro y el escandaloso resultado a favor del mitrismo dispara la figura del “reo Moreira” hacia el recinto de los diputados del Congreso de la Nación. Las voces del autonomismo protestaron por el hostigamiento contra sus votantes, denunciaron electores que votaban sin estar en el padrón, y la presencia del “asesino Moreira, que se paseaba impunemente por las calles de este pueblo, cometiendo toda clase de excesos, auxiliado clandestinamente por la policía”, lo que motivó que el gobernador Mariano Acosta destituyera a todas las autoridades, incluído al juez de paz de su mismo partido.  El hijo del presidente Derqui, Manuel, alegó que “hacía un tiempo el criminal conocido por Moreira se paseaba por el Departamento de Navarro, alarmando constante a la población…algunos dicen que vivía en la misma casa del juez de paz…-Moreira- amparado puso al departamento fuera de las condiciones eleccionarias” y sería decisiva su moción para que se anularan los comicios pese a las protestas del mitrismo, que si bien reconocían al “bandido Moreira”, aseguraba que no había elementos suficientes para “prejuzgar” (sic)

 A principios de abril Moreira asesina a un estanciero francés, que supuestamente había jurado entregarlo “vivo o muerto” –en el proceso judicial posterior su constatan “influencias extrañas” que posiblemente instigaron el crimen-, y en compañía de Julián Andrade, escapan a Lobos, donde el gaucho tenía un amor, Laura. No queda claro si fue ella, o un gaucho allegado, “Cuerudo”, quién los delato, pero una docena de soldados de la Guardia Nacional fuertemente armados asentó al matrero incontables bayonetazos,  en el fondo del prostíbulo La Estrella. Hoy hace 147 años. El primero en herirlo, Andrés Chirino, el sargento que recibió un tiro de Moreira en el pómulo, padeció un golpe certero con aquella daga de Alsina,  y perdió cuatro dedos –y nunca cobró la millonaria recompensa y terminó trabajando de encargado de un edificio de Avenida de Mayo y Chacabuco. El médico forense se horrorizó de la cantidad de tajos que tenía el cuerpo de Juan Moreira.

 

La muerte no es el fin

A la noche,  los vecinos de Navarro reclamaron a los soldados del ejército que les entregaran el cuerpo. Moreira era ya un héroe popular de carne y hueso mucho antes que en el papel. La solicitud terminó denegada varios días después por un juez de paz de otra localidad (sic) y el matrero fue enterrado  en el cementerio de Lobos.  Andrade, que se entregó sin resistencia, y consiguió igual salir gravemente herido, recibió la pena de reclusión perpetua por el crimen del francés, si bien más tarde sería indultado por el gobernador Máximo Paz, a pedido de los vecinos de Mercedes, debido a que sofocó un motín en Sierra Chica,  en 1887. Murió  muy querido dicen por su nobleza en Tandil,  en 1928. Inocencio Moreira, primo de Juan que lo había acogido la noche anterior en su rancho, resultó también procesado y  su castigo significó servir de soldado de línea contra su voluntad. 

Las vueltas de los caminos cruzarían a Inocencio con Guillermo Hoyos, la Hormiga Negra, otro matrero famoso, en momentos que era sargento, e intercedió trabajando en conjunto con el futuro presidente Castillo, para que liberaran a Hoyos en 1906 por un crimen injustamente acusado.  Justamente Hoyos había enfrentado a los hermanos Podestá por la caricaturización en su versión teatral de la Hormiga Negra, los padres del teatro nacional que quisieron que la esposa de Moreira, Andrea, se interprete a sí misma sin éxito, y en 1916 señalaría a la revista Caras y Caretas, “ustedes los hombres de pluma le meten nomás, inventando cosas que interesen y que resulten lindas. Y el gaucho se presta pa´todo. Después de haber servido de juguete a la polecía lo toman los leteratos pa contar d´él a la gente lo que se le ocurre”, remata indignado un reo que anduvo matrereando en Pergamino, San Nicolás y Junín mucho antes de Moreira, fue alistado contra su voluntad en la batalla de Cepeda por Urquiza, y pasó largas temporadas en la cárcel.  

Juan Moreira es uno de esos seres que pisan el teatro de la vida con el destino de la celebridad; es de aquellos hombres que cualquiera que sea la senda social por donde el destino encamine sus pisadas….Moreira no ha sido el gaucho cobarde encenegado en el crimen, con el sentido moral completamente pervertido …No ha sido el gaucho asesino que se complace en dar una puñalada y que goza de una manera inmensa viendo saltar la entraña ajena desgarrada por su puñal…No; Moreira era como la generalidad de nuestros gauchos: dotado de una alma fuerte y de un corazón generoso, pero que lanzado en las sendas nobles, por ejemplo, al frente de un regimiento de caballería, hubiera sido una gloria patria, y que empujado a la pendiente del crimen, no reconoció límites a sus instintos salvajes despertados por el odio y la saña con que se le persiguió”, prologaba Gutiérrez  su folletín, y legaría esa semblanza de guapeza, y el gaucho incomprendido, en el ADN nacional.

Pero no es el fin de la leyenda de carne y hueso. Más bien, hueso. Recoge Daniel Balmaceda que fue exhumado Moreira, tal vez para evitar que se convierta la tumba en un santuario del bandolerismo rural, un santito popular,  y el  cráneo quedó en manos del doctor Eulogio del Mármol. Más tarde se la regalaría a su colega Tomás, quien lo mantuvo en la sala de la casa que compartía con Dominga Dutey. Su hijo terminó donándolo al Museo de Luján porque su pequeño Juan Domingo en Roque Pérez –no Lobos como se suele repetir- lo utilizaba para asustar a las vecinas, y de tanto jugar, se le habían caído algunos dientes. Ese niño tendría una extraña ligazón con la necrofilia. Ese niño era Juan Domingo Perón.         

 

Fuentes: Gutiérrez, E. Croquis y siluetas de los militares. Buenos Aires: Eudeba. 1961 y https://es.wikisource.org/wiki/Juan_Moreira:_01; Chumbita, H. Jinetes rebeldes. Buenos Aires: Vergara. 2000; Balmaceda, D. Estrellas del pasado. Buenos Aires: Sudamericana. 2015; Prieto, A. El discurso criollista en la formación de la Argentina Moderna. Buenos Aires: Siglo XXI. 2006

 

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