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Juan Galo Lavalle. Un corazón con espada

Un guerrero incansable de la Independencia Americana se transformó en la espada de una de las facciones que desangraron Argentina en el siglo XIX.

Historia
Juan Lavalle

En la persona de Juan Lavalle se libran cien batallas, tantas como las que sostuvo contra los realistas o los caudillos. Puede transformarse en el mártir de la libertad, que luchó hasta el último suspiro contra la tiranía española, luego la rosista. También en el odioso unitario que con el fusilamiento del federal Manuel Dorrego desató en 1828 los demonios de la guerra civil que recién concluiría en 1880, con la federalización de Buenos Aires.  O del heroico militar de Montevideo a Chimborazo  del cual sólo se tejían leyendas de sable brillante al vuelo  “Lo que Lavalle haga como valiente, muy raro será el que lo imite y el que lo exceda, ninguno”, diría el Libertador San Martín, “el comandante Lavalle es un león,  a quien es preciso tener enjaulado para soltarle el día de la pelea”,  ahora del otro Libertador, Bolívar, “Lavalle es una espada sin cabeza”, del decepcionado Esteban Echeverría, en la comodidad del exilio  montevideano.  En una de las mejores descripciones del campeón de Maipú, Riobamba e Ituzaingó, en sus aciagas horas finales en la Puna, Patricia Pasquali, “aquel puñado de leales  cuidó muy bien de preservar, la parte de su organismo que mejor simbolizaba a quien había vivido siempre con el pulso acelerado, ora por la cólera, ora por el entusiasmo: su generoso, puro y apasionado corazón”     

Por la sangre de Juan Lavalle corría en la rama paterna la sangre de guerreros españoles, Los La Valle, que habían peleado en la expulsión de los árabes y en la autodenominada Conquista de América, unidos a la familia de Hernán Cortés. Su padre Manuel José era un ilustrado abogado y funcionario colonial, que estaba en Buenos Aires para el nacimiento de Juan el 17 de octubre de 1797. Su familia fue una de las pocas de la aristocracia realista que mantuvieron los empleos públicos tras la Revolución de Mayo, algunos hablan de la influencia de un amigo de la familia, Bernardino Rivadavia. Juan ingresa al flamante Regimiento de Granaderos fundado por San Martín en 1812, que con su severo código y honor calaría profundamente en el alma romántica de Lavalle, “mi patria y mis padres son mis primeros deberes, y son los que más respeto, nuestro porvenir es de gloria” Una que ansiaba el impaciente Lavalle, que como tantos hijos de la clase alta porteña en la milicia había asociado el apellido para acriollarlo, y en 1813, con un rango de alférez, recrimina duramente al general Alvear porque en el “pueblo se lo considerase inepto y cobarde” No le queda otra al niño general, como le decía el Libertador San Martín, de incluirlo en el asalto de Montevideo de 1814, un escenario en que luce inaugural su valentía rayana a la locura –algo que el mismo San Martín alentaba, al igual que cierta soberbia de los granaderos; dos conductas de las cuales se arrepentiría viendo el resultado de sus generales matándose junto a sus paisanos por treinta años.

“Mi espada sentiré mancharla con esa turba de caciques que no son otra cosa que enemigos de la patria y asesinos del nombre ilustre de los porteños. Amo a mi patria y odio a la barbarie –me decía- ésta la veo en los montoneros caciques que están manchados de la traición…no empeñemos el nombre porteño; las glorias de ese gran pueblo serán las que afirmarán la grandeza de las provincias del Río de la Plata, cuna de hombres  ilustres”, remitía Lavalle a sus amigos bonaerenses en la campaña contra José Artigas de 1815, y bajo el mando Dorrego, del cual desconfiaba por su acercamiento a la “chusma”, “juro por nuestro honor que éste loco –Dorrego- nos hará padecer desgracias”

En 1816 estaba enrolado en el Ejército de los Andes y cruza la Cordillera, siendo de los primeros en enfrentarse a los realistas el 4 de febrero de 1817, venciendo con 25 coraceros –la caballería de los granaderos que utilizaba una pechera metálica- a cien españoles.  Sus tácticas corajudas de furiosas arremetidas serían así temidas desde el Río de la Plata a Quito.  El 12 de febrero en Chacabuco destrozó a degüello –otras de sus tácticas favoritas-  a la infantería rival y fue ascendido a capitán en Chacabuco.  Acompañaría al general O´ Higgins en la campaña al sur chileno, tomando los fuertes de Arauco y asediando Talcahuano.  Luego vuelve para sobrevivir al desastre de Cancha Rayada y se baña de la gloria con sus coraceros en Maipú, en una carga infernal al grito “!Viva la Patria!” En ese momento solicita la baja de la milicia, con la salud quebrantada, y  queriendo permanecer en Mendoza junto a la prometida María Dolores Correa, pero San Martín niega la solicitud para gran disgusto de Lavalle. El Libertador sabía de la valía del Coracero Lavalle en la campaña que liberaría el Alto Perú, Juan Galo no haría más que acumular resentimientos a quien  definiría despectivamente,  “el Rey José”

De la gloria de Riobamba a la ignominia de Navarro    

En 1820 partía Lavalle de Valparaíso y consiguió sus primeras victorias peruanas en Pisco, Nazca y Cangallo. Hacia fin de año en las batallas de Jauja y Pasco su valerosa intervención puso en fuga al grueso de la caballería realista. En esta acción capturó al coronel Andrés Santa Cruz, futuro presidente de la confederación peruano-boliviana.  El 21 de abril de 1822 se libró uno de los principales combates de caballería de la Guerra de Independencia, la batalla de Riobamba, donde al mando de 96 granaderos vence a 420 realistas “El coraje brillaba en los semblantes de los bravos granaderos y era preciso ser insensible a la gloria”, informaba Lavalle a San Martín, que honró a estos “Granaderos de Riobamba”; luego el gobierno del Perú  daría un escudo celeste que lo acompañó en todos sus infortunios.  Asiste Lavalle en Pichincha, fin de la campaña del Ecuador, y se toma más de mil prisioneros gracias a sus estrategias de caballería envolventes, las “figuras de contradanza” que imitaría el general Paz.  Al año siguiente marcha contra el godo Carratalá, última resistencia colonial, que vence a los patriotas en la denominada campaña de los Puertos Intermedios,  y huye Lavalle a través del desierto peruano y el mar, hostigado con sus cien granaderos por mil enemigos, arribando a duras penas a Lima. Alejado del teatro de operaciones San Martín, a quien señalaba errores militares y venalidad en el cargo limeño, queda bajo el mando de Bolívar. Fueron meses de fricciones y fricciones, la soberbia de la oficialidad argentina chocaba con la arrogancia de los venezolanos y colombianos, “no tardará mucho el día en que pasearé triunfante el pabellón de Colombia por suelo argentino”, espetó Bolívar, a lo cual Lavalle recuerda “que desde el 25 de Mayo de 1810 los argentinos se emanciparon sin ayuda externa”, y, la cereza del postre, “¡Estoy habituado a fusilar a generales insubordinados!”, del Libertador venezolano ante un nuevo desplante del impertinente héroe de Riobamba, “”Esos generales no tenían una espada como ésta!”  Lavalle terminaría en Buenos Aires en 1824 con altas recomendaciones de Bolívar y la bienvenida de un amigo, Rivadavia.

El gobernador Las Heras encomienda la organización de un cuerpo de coraceros, destinado a la frontera con el indio en Chascomús, y allí conocería a Juan Manuel de Rosas en 1825. En 1826 se apresta Lavalle en el ejército que combatirá en el Guerra contra el Brasil, con el grado de coronel.  Como ocurriría en las campañas de Chile y Perú, cupo a Lavalle protagonizar el primer choque con el enemigo. Con la orden de los superiores de observar las posiciones de los imperiales  en el río Bacacay, Lavalle responde en la memoria del cirujano Francisco Muñiz, “diga a Ud. a su coronel que es como Ud. buen mozo, que busque un par de polleras, y que se presente con ellas en el cuartel general, que yo voy con 40 hombres a acuchillar esos miserables”, y carga el militar frente a sus leales hombres, a degüello, causando el desbande de los brasileños. A partir de esa acción valerosa, el general Alvear, que comandaba un ejército que tenía leyendas americanas como Lavalle y Paz, apacigua los recelos, y confía plenamente en sus hombres, clave en la victoria en el campo de batalla contra los brasileños –e ingleses-, que tan deshonrosamente cedió la diplomacia argentina. Los triunfos de   Ituzaingó, ascenso a general porque con 500 granaderos bate a 1500, Camacuá y Yerbal, en donde recibe insólitamente su única herida en combate, Lavalle que cargaba al frente de los soldados de línea, engrosa su luminosa foja de servicio, por lo cual su llegada a la convulsionada Buenos Aires, a mediados de 1828, no pasa desapercibida. Dorrego intenta congraciarse con su antiguo subordinado con una pensión de mil pesos, ambos altivos y rebeldes, pero Lavalle tiene otros planes, y confabula con el “partido de la civilización”, viejos dictatoriales y unitarios, unidos en deponer  al “loco y corrupto” Dorrego, líder de los federales porteños y con el apoyo de las masas populares en las calles–contrariamente a lo que se puede suponer, los primeros tiempos de la Independencia  tuvieron una elevada participación política motivada por recurrentes elecciones, incluso durante el rosismo, y los continuas levas militares.

“Vosotros sabéis si se han tentado las vías legales para corregir sus extravíos –Dorrego quizá el primero que se le promueve juicio político en la legislatura; el primero que es lapidado por la prensa y la opinión pública, mucho antes que el presidente Ilia-…lo que veis no es una revolución; el pueblo ha reivindicado sus derechos con el apoyo de una fuerza que sabrá defenderlos. El medio ha sido violento, pero indispensable ya…el que os habla, no quiere mandar; quiere ver libre a la Patria…¡Porteños! Todos los somos: hagamos feliz a nuestra querida Patria. Esos son los deseos de Juan Lavalle”, declama el gobernador provisorio el primero de diciembre de 1828. Enterado que Dorrego alistaba fuerzas en la campaña, sale Lavalle delegando el mando al Almirante Brown, que junto a Tomás Guido y Tomás Manuel de  Anchorena solicitan clemencia a otro de los héroes de la Independencia; un pedido al que luego se sumaría la alta sociedad porteña y la diplomacia extranjera; incluso Estados Unidos ofrece asilo a Dorrego.

Pero el Coracero estaba alucinado por las voces que levantaban imaginarios laureles a su paso, y la verba de Florencio Varela y Salvador María del Carril, acérrimos unitarios y con sitios en Buenos Aires que los homenajean, que aconsejaban “cortar la cabeza de la hidra”, cobardemente,  sin dejar escrito una determinación de la hegemonía portuaria que flotaba en el aire “Yo lo he fusilado por mi orden y sobre mí caerá toda la responsabilidad. La Historia me juzgará”, les dijo al pelotón de granaderos que asesinó a Dorrego el 13 de diciembre de 1828 en Navarro, en una fecha que vivirá en la infamia de la Historia Argentina. Una mancha de sangre de la liberal Buenos Aires que se expande a un país, presto a lanzarse a la guerra civil.  Unos meses después, en las vísperas del pacto de Cañuelas con Rosas, “he jurado olvidarlo todo” diría marchando al Uruguay Lavalle, dejando el camino libre al ascenso del Restaurador de las Leyes, San Martín escribe sin desembarcar en Buenos Aires, como “compañero de armas”, que será un gran bien para el país que intente  “economizar aunque sea una sola víctima, sea cual sea la contienda” Nadie escuchó el Libertador, que jamás regresaría a su querida Patria.

El Ejército Libertador contra el Restaurador de las Leyes

Pese a que participa de las intentonas unitarias de la primera mitad de la década siguiente, dos fracasos de invadir Entre Ríos en 1830 y 1831, el tesón de Lavalle estaba enfocado en su finca de Colonia, en donde cría a sus cuatro hijos en una humilde estancia que levanta con sus propias manos. Parecía que al fin el guerrero había encontrado su reposo, lejos de las diatribas que los federales esparcen en el país al “inmoral Lavalle” Ni siquiera lo conmueve el poder que acumulaba el general Paz en Córdoba, con la Liga del Interior; con el cordobés aún molesto Lavalle porque no lo había acompañado en 1829, ni informado debidamente de sus triunfos ante los federales de Facundo Quiroga. Ahora el León de Riobamba se dedica a criar conejos y plantar alfalfa. “Ojalá que no haya jamás un gobierno en nuestra patria a quien se le ocurra la idea, ni aún de volverme a dar la lata, en nuestra erguida lista de generales”, escribe en 1834 a su acaudalado hermano Francisco, quien financia sus emprendimientos ganaderos. La selva de la política argentina reclamaría pronto al león.

Con la presidencia en Uruguay de Manuel Oribe –mucho debe la organización del país hermano con las bambalinas de la política argentina-, el pérfido colorado Fructuoso Rivera –prócer en Uruguay-  y Lavalle sufren de persecuciones, y no tarda el Coracero en ponerse al mando de las tropas insurreccionales orientales,  con la victoria final sobre el presidente constitucional en El Palmar, el 15 de junio de 1838. Rivera ofrece el cargo de brigadier, a lo que Lavalle contesta, “que no había dejado, ni dejaría de ser un general argentino” Similar respuesta reciben los emigrados unitarios, y ahora federales de “lomo negro” perseguidos por Rosas, cuando le sugieren que se aliste bajo bandera francesa e invada la Confederación Argentina, entre ellos Juan Bautista Alberdi.   

Queda saber por qué Lavalle cambia de opinión y, a bordo de buques franceses que bloquean el Río de la Plata, toma la isla Martín García en julio de 1839. Algunas versiones señalan que lo decidió el violento asesinato de Manuel Maza, cercano a la familia, en medio del levantamiento de los estancieros del Sur, nunca esclarecido quién fue el autor intelectual.  Los cierto es comenzaría los casi dos años de descenso a los infiernos, comandando un ejército fantasma por rutas polvorientas, traicionado primero por Rivera y el gobernador correntino, Pedro Ferré.  Pero no es el mismo Lavalle de 1828 sino uno que en 1839 viste a mitad de camino entre el compadrito porteño y el gaucho de la montonera, algo que el general Paz critica; como así también un cambio de táctica del León de Riobamba debido a la constante escasez de hombres y recursos, más cercana a los malones que a las brillantes cargas de los granaderos. Es un Lavalle que lanza en Entre Ríos una desconcertante proclama federal.  En Yeruá tendrá el bautismo de fuego el autodenominado Ejército Libertador, que con los escuálidos casi 500 hombres bate a los 1500 del gobernador rosista Vicente Zapata en Entre Ríos, poniendo en fuga a los bravos gauchos de Justo José de Urquiza.  Desinteligencias en el frente unitario, y la derrota de Sauce Grande, hacen que Lavalle inesperadamente opte por invadir Buenos Aires, y quede en Merlo, a pocos kilómetros de la Plaza de la Victoria/Mayo, esperando el alzamiento de la campaña. Cosa que nunca ocurrió pese a que Rosas temía al rubio general, “el hombre se nos viene y no tenemos cómo pararlo” “Quisiera el cielo que no les pese mi retirada” recriminaba a los porteños mientras se dirigía al norte, donde una nueva coalición se enfrentaba al Restaurador.  Pasó por Navarro, “anda buscando su tumba”, comentaría un aliviado Rosas.

“¡Qué pobre triunfo la toma de Santa Fe! ¡Y qué derrotas grandes en Quebracho Herrado (1840) y San Cala (1841)”, aparecen en las memorias de José María Guerra en 1866, uno de los últimos leales a Lavalle en su camino a la muerte, y que señala que en el último enfrentamiento fueron degollados dormidos por los rojo punzó de Oribe, que los iban desmigando de a poco, hombre a hombre, caballo a caballo,  “una interminable caminata por desiertos, por bosques…Piedra Blanca, los llanos de La Rioja, la Calamita, Sañogasta, Aimogasta…hambres terribles; penurias, una sed devoradora…En La Rioja los auxiliaron una monedas –a los soldados del deshilachado Ejército Libertador pagaban con pesos bolivianos -…Chumbicha…Catamarca…Lules…en Tucumán…nuestros compañeros no querían creer que fuésemos nosotros…un ponchito, fabricado con media frazada…todos, incluso el general Lavalle”, narraba aquella penosa marcha inmortalizada en “El Romance a la Muerte de Juan Lavalle” con música de Eduardo Falú, textos de Ernesto Sábato – de  la novela de “Sobre héroes y tumbas” (1961)- y la voz de Mercedes Sosa. Lavalle se había convertido en el caudillo de las derrotas.

La dura caída de Famaillá el 19 de septiembre de 1841, que destrozó los restos de su ejército de paisanos, y originó una masacre en Tucumán por la mano de los mazorqueros, motivó que el  Héroe de la Independencia intente el escape a Bolivia, vía Jujuy. Allí encontraría la muerte el 9 de octubre de 1841 por los balazos de José Bracho, parapetado Lavalle detrás de una puerta.  Como la orden de Rosas era exhibir la “inmunda y salvaje cabeza de Lavalle” en Buenos Aires, los pocos que quedaron con él transportaron el cadáver por la Quebrada de Humahuaca, y en el paraje El Volcán, Alejandro Danel separó miembro superior, cuerpo y corazón. Faltarían 170 leguas para el entierro en Potosí, con un recibimiento en el Alto Perú de libertadores, y que no sería el descanso final. Sobre su cuerpo enterrado se depositó la bandera nacional que había bordado jóvenes argentinas emigradas en Montevideo, entre ellas Juana Manso.  La esposa consiguió que siete fieles, entre ellos Guerra, desentierren el cuerpo, y la cabeza, más buscadas del antiguo Virreinato del Río de la Plata, y trasladen aquellos restos a Chile.  En 1861 los porteños consiguen la repatriación de los despojos de su hijo dilecto, con la sombra del triunfo de Pavón sobre el Interior, y en 1889 se erige el monumento que se encuentra frente a los Tribunales, con un ardoroso discurso de Carlos Pellegrini, que eleva a un “mártir de la libertad” Desde lo alto, la estatua de este prócer, que al final de sus días aceptaba los servicios de federales y unitarios que ansíen vencer la tiranía, antes realista, ahora bonaerense,   vería más sangre de sus hermanos derramada en el Revolución del Parque de 1890.    

 

Legación Argentina en Washington 1865

 

Fuentes: Pasquali, P. Juan Lavalle. Un guerrero en tiempos de revolución y dictadura. Planeta: Buenos Aires. 1997; Saravi, M. G. La suma del poder. 1835-1840. Buenos Aires: La Bastilla. 1976; Lanuza, J. L. Memorias de un soldado de Lavalle en revista Todo es Historia. Año l Nro. 2. Junio 1967. Buenos Aires.

Imagen: Historia hoy / AGN

Fecha de Publicación: 17/10/2021

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