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Joaquín V. González. El espíritu de la discordia, mal argentino

Educador, jurista, político, historiador, escritor y más fue el riojano, una de las mentes brillantes de la Argentina que entraba en la modernidad. Y que advirtió sobre la grieta y el remedio, educar al soberano.

Historia
Joaquín V González

Un día de 1886 arribó a Buenos Aires un joven riojano para incorporarse como diputado en el Congreso de la Nación. De aspecto apagado y esmirriado, no tenía la edad legal, apenas 23 años. Pero era doctor en ciencias sociales y había escrito el único tratado legal sobre la minería.  Además era una pluma periodística famosa en el Noroeste. La Facultad de Derecho abre sus puertas pero surge un problema. Joaquín V. González no era abogado, en ciernes la tesis “Estudios sobre la Revolución”, de larga influencia en la historiografía. Y la materia que adeudaba era justamente legislación en minas, la cátedra que inauguraba para él la Universidad de Buenos Aires. Puntilloso al extremo, ya había solicitado a la Cámara permiso para que le permitan ejercer la docencia, la vocación ineludible del fundador de mil escuelas, parte el riojano a Córdoba a rendir la asignatura pendiente. Que claro, se estudiaba con su texto seminal en la materia. González se graduó rindiendo con el libro de González. Joaquín V. González, el cerebro del orden conservador con ansías de modernizarse,  aunque fracasó en el intento, dejó la imagen de un Nación posible sin grietas. El conservador González que aplaudió a los socialistas Alfredo Palacios y Enrique del Valle Iberlucea. El conservador González que fundó con Lisandro de la Torre el Partido Demócrata Progresista. El conservador González que nacionalizó y dirigió la Universidad de La Plata con espíritu reformista y federal.   

Había nacido en Nonogasta, Chilecito, La Rioja, el 6 de marzo de 1893. Retoño de una antigua familia de la zona, estudia en la escuela rural del pueblo y completa estudios secundarios en el Colegio Monserrat de Córdoba.  Para cuando obtiene el título de abogado era ya considerado uno de los principales juristas del país. De regreso en su provincia, se lo nombra miembro de la Comisión Redactora de la nueva Constitución de La Rioja, a la vez que resulta electo diputado nacional, cargo que ocupa hasta 1889 y nuevamente entre 1898 y 1901. Se casa con Amalia Luna Olmos el 9 de julio de 1889, y de ese matrimonio nacerán diez hijos,  a lo largo de dieciocho años. Ese mismo año resulta elegido gobernador de La Rioja, cargo que ocupa impulsando políticas liberales, activo dirigente del Partido Autonomista Nacional junto a Julio A. Roca y Carlos Pellegrini, y le toca atravesar la crisis económica de 1890, a pesar de lo cual se dedica a la fundación de escuelas y hospitales. Se instala en la capital de la provincia, donde construye una casa que aún existe,  y que aparenta un castillo de ladrillos, sede del Archivo Histórico Provincial. Renuncia a la gobernación luego de dos años intensos,  y vuelve a la literatura, el periodismo y la historia –por moción del legislador Palacios, el Estado Argentino publicaría sus “Obras Completas”, que se despliegan en 13 mil páginas- Retorna a Buenos Aires con una nueva diputación y abre el estudio de abogados, reconocido González como nuestro primer constitucionalista a partir del “Manual de la Constitución Argentina” (1897). En 1893 publicaría “Mis montañas”, que incorpora a La Rioja a la geografía literaria nacional, en un fresco vibrante del paisaje de la infancia.

El operador político del régimen conservador –en retirada

Se multiplica González enseñando en la Facultad de Filosofía y Letras, la convención para la reforma constitucional de 1898, y nuevas publicaciones, “Patria” e “Historias”, pioneros textos de la educación secundaria.  Con la llegada del novecientos, se va a convertir en un ministro indispensable en las presidencias de Roca, Manuel Quintana y José Figueroa Alcorta. En la segunda de Roca será el principal operador político del Zorro y ocupará, a veces simultáneamente, los ministerios de Instrucción Pública, Relaciones Exteriores e incluso Hacienda. González firmaría los Pactos de Mayo por la cuestión limítrofe con Chile, impondría la reforma electoral que posibilitó la elección del primer diputado socialista en 1904, Palacios, y advertiría visionario que la cuestión social, y la lucha obrera, no podía resolverse con las cargas de caballería de Falcón. A pedido de Roca reúne a la “juventud dorada de izquierda que trabajaba con el poder”, señala Jorge Abelardo Ramos, Manuel Ugarte, del Valle Iberlucea, el ingeniero Bialet Massé -  a quien encargaría el célebre informe en 1903, la pieza definitiva de la deplorable situación del trabajador durante la Belle Époque  y una valorización del criollaje- y Leopoldo Lugones –en su fase anarcosocialista- A pesar de que Palacios saludó el ingreso del proyecto, que presentaba la jornada de ocho horas, el descanso semanal, el salario mínimo, la responsabilidad patronal y tribunales mixtos obreros-patrones, además lógicamente del conservadorismo, la mayor oposición partió del Partido Socialista, que recusaba ciertas medidas represivas del proyecto, y lo tildaba, en general,  de burgués.  Para la tribuna.  José Ingenieros, otro de los consultados, retrucará a Juan B. Justo en 1904, “costará diez, veinte, cincuenta años de lucha conseguir lo que ahora se combate” Más precisamente, agregamos, 41 años cuando Perón ponga en práctica la mayoría de los ideas de los jóvenes de Roca. 

Asimismo en 1904 funda el Seminario Pedagógico en la capital de la república, antecedente del Instituto Superior del Profesorado que hoy lleva su nombre. Una mancha negra ocurre en la foja de González al finalizar la presidencia de Roca: encargado del monumento a  Manuel Belgrano en el Convento de Santo Domingo, se descubre que había hurtado la mandíbula del prócer y la exhibía en su despacho. Roca, ante el pedido de renuncia del arco político, salva al ministro todoterreno con un viaje oportuno y lo llama a silencio. Algo parecido cuando superados los cincuenta se enamora Joaquín de una sobrina y causa un terremoto en las familias aristocráticas, que lo apartan de los centros de poder paulatinamente,  en la última década, casi olvidado después de tantos servicios que prestó al régimen conservador.  

Joaquín V. González. El juicio del siglo.

Fallecido el presidente Quintana, Figueroa Alcorta designa en 1906 a González al frente de la Universidad de La Plata, cargo que ejercería hasta 1918, reelegido por tres periodos consecutivos, y homenajeado apoteóticamente en el retiro voluntario de su “hija dilecta”,  en el Teatro Argentino platense. No por ello deja al Congreso Nacional, el jurista senador desde 1907 hasta su fallecimiento. Ni tampoco el periodismo, siendo editorialista estrella en los diarios La Prensa y La Nación.  En el Centenario de la Revolución de Mayo escribe un histórico artículo en la publicación de Mitre, “El juicio del siglo”, verdadera pieza llave del pensamiento conservador en aras de aggionarse. Revalorizando la línea Mayo-Caseros pone un foco más amplio y ubica los orígenes de la argentinidad desde la Colonia, “la fuerza y la vitalidad de una Nación, es la constancia y convencimiento de la ley de unidad que vincula el núcleo viviente con sus remotos orígenes ancestrales”.  Y diagnostica un mal argentino en el avance de la civilización, hermanadas la España conquistadora y la inmigración europea pues, “el espíritu de discordia”  Esta ley histórica de la discordia intestina, que viene desgarrando a la Patria desde 1810 según González, y que daría origen, en su visión, al caudillismo.  Que serían expresiones, Rosas, Quiroga o el Chacho Peñaloza, de la mala democracia, una democracia que instaura la dictaduras de las mayorías – por ello se opondría González al sufragio universal en la posterior discusión en la Ley Sáenz Peña, el riojano que fue uno de sus inspiradores. Para evitar este escenario promovía la máxima de sarmientina de “educar al soberano”,  en el tarea pendiente de la construcción de ciudadanía. Y así evitar las trampas de las prácticas clientelares y caudillescas.    

Con al ascenso del yrigoyenismo, González trabajaría en más escritos, muchos cercanos a la religión, la patria y las tradiciones, y sobresale “Patria y democracia”, que es la defensa ante las acusaciones de xenófobo y reaccionario que motivaron sus intervenciones en el debate del Censo Nacional. En 1917 fue convocado como juez en varios casos que se discutían en el Tribunal Arbitral de La Haya, en Holanda, antecedente de la Corte Internacional. Por su labor como historiador fue nombrado miembro de número de la Academia Nacional de la Historial, sumándose a la membresía en la Real Academia Española de la Lengua. El 21 de septiembre de 1922 cuando el radicalismo en apogeo cuestionaba su pasado ligado al roquismo, en un debate de la Cámara, González respondió que estaba henchido de orgullo, que no tenía que ruborizarse de haber pertenecido al régimen, “un régimen que comenzó con Rivadavia, que siguió con Urquiza, Mitre, Sarmiento, Avellaneda, Roca y Quintana, cuyos nombres tan solo son una historia de crédito, de justicia y aún de gloria para la historia de los partidos políticos que hoy se confunden con la denominación de conservadores” , acota Vicente Cutolo. Sería la última vez que pise el Congreso, uno de los mayores legisladores en su recinto, y de las últimas públicas, ya que la última fue el 25 de enero de 1923, cuando se descubrió un óleo en su honor en el templo masón de la calle Perón; González ostentó el máximo orden de la Logia, a la cual ingresó con el aval de Sarmiento.

Fallece Joaquín V. González el 21 de diciembre de 1923 en la casa de Belgrano y, tres años después, a pedido de La Rioja, los restos son trasladados a su estancia Samay Huasi –Casa de Reposo en quechua- en Chilecito. Nunca perdió la tonada de las sierras riojanas de quien para sus contemporáneos era el “mejor intelecto de su generación”, erudito en Shakespeare como en derecho internacional.  Que escribía sobre los males argentinos, ayer y hoy, “la congénita desconfianza recíproca de las clases altas hacia los que de educación se ocupan, ya porque las influencias religiosas dominan aún el alma de la clase plutocrática, ya porque una indiferencia censurable parece aquejar el ánimo de las gentes acaudaladas acerca del fomento de la cultura pública” Educar al soberano, ayer y siempre.

 

Fuentes: Scenna, M.A. Joaquín V. González en revista Todo es Historia nro. 101 Octubre de 1975. Buenos Aires; Vanossi, J. R.  Joaquín V. González. Del hombre a la Constitución. Buenos Aires. 1963; Terán, O. Historia de las ideas en la Argentina. Diez lecciones iniciales 1810-1980. Buenos Aires: Siglo XXI. 2008

Imagen: Universidad Nacional de La Plata

Fecha de Publicación: 06/03/2022

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