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Historia Argentina del Crimen. Isidro Velázquez, El Vengador del mensú y el toba

Popularmente venerado en Argentina y Paraguay, la vida y el prontuario de Isidro Velázquez ha sido objeto de litros de tinta, kilómetros de cintas, mil chamamé. Para unos Robin Hood, para otros un violento secuestrador y asaltante, el enigma flota sobre el Último Sapucai.

Historia
Historia Argentina del Crimen

En una lejana La Higuera, Bolivia, el 8 de octubre de 1967 era acribillado a balazos el Che Guevara. Su cuerpo, de ojos abiertos y un rictus de sonrisa, fue exhibido como trofeo de guerra por los militares bolivianos. En medio de la selva. En el medio del monte del Chaco, Argentina, otro cadáver iba a correr el mismo destino trágico y espectacular. Isidro Velázquez era ultimado con casi 500 tiros, en una emboscada en Pampa Bandera, el 1 de diciembre de 1967. Fin de la Era los Bandidos Rurales. Su cadáver fue paseado por varios pueblos, a fin de intimidar, aunque fue lo contrario porque el mensú, el jornalero, tareferos, el peón golondrina y el toba lo canonizaron inmediatamente, como santo popular de la Argentina y Paraguay. Al igual que el Che, Isidro cae por una traición. Y al igual que el Che, desnudo, mostraba los ojos abiertos y una sonrisa en el rostro. Rodeado de armas de la policía chaqueña, un desafío indeleble a la autoridad y a las injusticias inmortalizado en una foto. Al igual que el legado del gaucho rebelde por antonomasia, Martín Fierro, difícil de atraparle.

Isidro Velázquez parece cercano a Juan Bautista Bairoletto y Mate Cosido –Segundo Peralta-, incluso a lo lejos cabalga Juan Cuello, pero no habita la década del 30 sino que está a la vuelta de la esquina, medio siglo atrás, cuando las sucesivas  modernizaciones  políticas y sociales podrían hacer pensar que la  de explotación esclavista en el Noroeste argentino habían caducado. Pero no, seguían siendo sometidos los correntinos y chaqueños como en la época de La Forestal. Y el bandolerismo, que algunos llaman social, otros simplemente criminal, era aún  moneda corriente, con el cuatrerismo, el secuestro de hacendados y el asalto violento. Isidro había nacido el 15 de mayo de 1928 en Mburucuyá, Corrientes, hijo de Feliciano y Tomasa Ortiz, una familia de 22 bocas que alimentar por Don Feliciano. El primer contacto con la problemática de la región la tendrá Isidro casi niño, ya que su padre junto a 300 correntinos fueron a reemplazar a chaqueños en huelga en los establecimientos de San Ignacio, propiedad de los Roca, a mediados de los treinta, en uno de los últimos alzamientos incitados por anarquistas.

Una de las tantas leyendas de la infancia de Isidro en Lapachito, Chaco, la recoge Jorge Pedro Solans, uno de los tantos biógrafos del Vengador, “Tenía siete años cuando se quedó dormido debajo de un lapacho en plena siesta de verano. El cansancio lo había vencido y, de repente, un cosquilleo suave que le subía por el cuerpo lo despertó. Era una yarará que estaba a la altura de su ombligo. Abrió los ojos, respiró suavemente, contuvo el aire y permaneció inmóvil. Cerró los ojos y siguió con la mente el recorrido de la víbora, que se paralizó a la altura de su pecho. Giró apenas la cabeza, lo hizo primero hacia un lado y luego hacia el otro, para luego, muy lentamente, bajarse del cuerpo de Isidro Velázquez. El niño se levantó como si nada hubiese pasado. Se sentó, se miró un rato largo y luego dijo a su amigo imaginario Ángel: Mirá como se va”, parecida a aquella otra leyenda de que Velázquez detuvo un puma con la mirada de muchacho, a la manera de Facundo Quiroga.

De aquella vida temprana poco se sabe, apenas la detención menor en 1952 por el robo de un arado,  hasta que con apenas segundo grado consigue un buen empleo y se hace de un buen nombre, fiel colaborador en la Cooperadora Escolar de Colonia Elisa. Allí vive con su mujer y cuatro hijos en media hectárea, “pobre pero honrado”, pero en algún momento de 1961 la policía lo empieza a hostigar, no quedando claro si por los delitos del hermano Claudio o por un problema familiar. Jamás volvería a ver a la esposa ni a los hijos ni los mantendría. Sin mirar atrás, escapa al monte que conocía con “la rapidez de un  guazuncho –ciervo- y la inteligencia de un zorro” e inicia la cinematográfica carrera delictiva de solamente seis años.  

“Bandidos populares de leyenda y corazón/ Todos fuera de la ley, todos fuera de la ley/ Bandidos rurales, difícil de atraparles”. León Gieco.

La revista masiva Así fabulaba, "Famosos por su puntería, los dos hermanos usaban para hacer fuego indistintamente ambas manos. Sus revólveres, calibre 38 largo, que llevaban bajos, al estilo de los pistoleros del cine americano, disparaban plomos certeros. En su prontuario iban anotándose nuevos pedidos de captura por robos, homicidios y atentados a la autoridad", y agregaba el medio amarillista: "Ambos se desplazaban cómodamente por todo el territorio chaqueño, protegidos por el monte, amparados en los rancheríos humildes donde entregaban a los necesitados parte de lo que obtenían en sus atracos espectaculares". Hablamos del territorio chaqueño en descomposición por el cierre de los grandes explotadores de tanino del quebracho, que se reinstalan en África con el descubrimiento de la mimosa. Y que dejó un tendal de desocupados, en una zona que de 47 mil habitantes en 1920 había pasado a 530 mil en 1960, agravado por la crisis algodonera que bajó de 400 mil hectáreas cultivadas a 287 mil en 1967. Por aquí andaban los ya bandoleros Velázquez, a los tiros con retenes policiales y asaltando pequeños comercios, incluso en el mismo pueblo de la infancia, Lapachito,  agosto de 1962, robando en el almacén de ramos generales de Antonio Marcelino Camps, a dos cuadras de la comisaría, en donde matan a un vecino y un hijo del dueño, que había sido compañero en la escuela primaria de los Velázquez. Raptan a un par de hacendados y acopiadores, ganándose la admiración –y el miedo- de los pobladores, aunque dura poco más de un año por la fanfarronada de Claudio. Para el día de su cumpleaños en mayo de 1963 se instala en un almacén de campo de Costa Guaycurú, invitando al pueblo a comer y beber a costa del despachante, y desafiando a la policía que lo busque. Totalmente ebrio es acribillado, inconfundible con su poncho punzó, junto a un joven de Colonia Elisa, que se pensó que era Isidro, en un principio.  

Isidro retorna del monte un año después, tampoco se conoce mucho cuál fue su subsistencia, algunos especulan que vivió en Paraguay y formó familia, y con un temible compañero, el correntino Vicente “Chiflón” Gauna, un violento homicida. Allí escalan en pretensiones y cobran millonarios rescates de hacendados y alcaldes. A principios de 1965 eran leyenda, a Isidro pusieron el alias de “El Vengador”, y se tejen todo tipo de leyendas sobrenaturales por la gracia de su inefable payé, la mirada. La Sociedad Rural chaqueña ofrece en 1966 una recompensa de dos millones de pesos "a toda persona que entregue a estos delincuentes de cualquier forma o suministre información concreta que permita su detención" y la alta sociedad rural del país entra en pánico, no tanto por los cifras de los rescates, sino porque se habla del trato de los bandoleros en los pueblos, repartiendo los botines. “Por más que le tiremos, las balas no le van a entrar”, decía un resignado oficial chaqueño en julio de 1967, y ante la mirada azorada del cronista porteño, los Velázquez eran cuestión de Estado para la autodenominada golpista Revolución Argentina, “él le saca dinero a los ricos para repartirlo entre los pobres. Si me llego a topar con ellos les diría que maten a un hacendado, no a mí justamente”. Isidro podría esquivar un tiro, no 500.

 

¿El fin de una leyenda?

“El fin de una leyenda”, y agrega la revista Así: “Los famosos bandoleros chaqueños Velázquez y Gauna murieron con la ametralladora en la mano”. La foto central de la primera plana  muestra el cadáver de Isidro abatido en el pastizal, abajo la cabeza de Gauna cercana a un agujereado Fiat 1500. Uno días antes Isidro había remitido sus infaltables historietas a la policía chaqueña, ante la llegada de policías correntinos, con el recuadro “Acéptenles, para que engorden los mosquitos chaqueños. Nosotros no peligramos ni aunque se vengan todos los correntinos”; varias de estas verdaderas piezas maestras de malestar social quedaron en el destruido auto. Los delincuentes habían sido delatados por dos carteros y una preceptora de secundario, que los transportaban algunas veces luego de las fechorías, y obligados a colaborar por los oficiales debido a que tenían dinero marcado de los secuestros –gentileza del Ministerio del Interior y los servicios secretos de la Policía Federal-  

Lo cierto que bajo el puente de la ruta provincial de la ruta 9, camino a Bandera Blanca como dice el chamamé de Oscar Valles -prohibidísimo durante el Proceso y habitual escucharlo silbado en la peonada y las fábricas- el 1 de diciembre de 1967 los esperaba una decenas de efectivos, parte de los casi 800 que movilizaron las fuerzas de seguridad en la zona –infructuosa búsqueda al momento debido a que estaban escondidos por los tobas. Los cuerpos de Isidro Velázquez y Vicente Gauna fueron expuestos como trofeos en las comisarías de Quitilipi y Machagai, donde una multitud hizo cola y rezaba, lo mismo en el árbol cercano al que cayó Velázquez –luego, talado- “Yo nací y viví mi infancia en Quitilipi, y tengo presente lo que se vivía con la psicosis colectiva que generaba la presencia de Isidro Velázquez y Vicente Gauna. Tenía 8 años y participaba con mi padre de un asado en el club Vendaval de Quitilipi para recaudar fondos y crear la Asociación de “Amigos de Quitilipi”. Esa noche, del 1° de diciembre de 1967, ingresó al asado una comitiva policial y avisó que habían matado a “Los Velázquez” e invitaba a que viéramos los cadáveres. De allí fuimos todos a ver los cuerpos que los exhibían como trofeos en la Comisaría. Esas imágenes nunca se borraron de mi memoria y con el tiempo explotaron”, recordaba Solans en 2012, en la revista El Federal. Por decreto provincial se fijó al 1 de diciembre como Día de la Policía del Chaco. Para algunos recuerda una victoria del orden, para otros un fusilamiento de héroes populares.

 

“Desde hace un año comencé a preocuparme seriamente por el 'caso de Isidro Velázquez' -escribía en 1968 el sociólogo Roberto Carri, en un seminal artículo de la sociología argentina-. Velázquez y Gauna eran más populares que nadie en la provincia del Chaco, su fama traspasaba las fronteras provinciales y se hablaba de ellos en todo el monte chaqueño, hasta el Paraguay. Las razones de la supervivencia estaban -ya en ese momento no tenía ninguna duda- en el apoyo general de las masas rurales", adelantaba Carri, pasando a denominarlos rebeldes antes que bandoleros. Formas de prerrevolucionarias, establecería el militante montonero detenido-desaparecido,  aunque es sabido que los Velázquez rechazaban el contacto con la guerrilla, detestaban a los de la Ciudad, y, en varias ocasiones, repartían dinero en los ranchos y tolderías a cambio de protección contra la policía, nada más. “Existía un punto en el que la violencia perdía legitimidad ante los ojos del pueblo, algo que quizá no pudieron discernir con claridad quienes más tarde reconstruyeron esa historia”, señala Luis Bruschtein en 1987 en la revista Crisis , en un larga polémica sobre cómo tratar la figura de Isidro Velázquez, tan cercana espacio-tiempo, y sin demasiados cambios del contexto. Quitilipi, Chaco,  posee los mayores índices de mortalidad y desnutrición infantil del país.

Falta indagar cómo influyeron los medios de comunicación, en una zona analfabeta y, en los sesenta, sin presencia televisiva, instalando la representación de “bandoleros-santos” y “héroes-justicieros”, en el perimido formato del melodrama radioteatral, o cómo influyeron las arcaicas formas de vecindad y resentimientos que aún se comprueban en el Impenetrable Chaqueño –a pesar de que los árboles no existan más, ni La Forestal.  También resta ponderar la “falta de conciencia política” de Velázquez, ya notada en Carri en 1968, y que obliga a contrariar algunas versiones más recientes de interpretación, como aquellas que relacionan a Velázquez con los últimos caudillos, Chacho Peñaloza o Ricardo Lopez Jordán, ya que ellos y sus montoneras representaban una organización política con fines federales. Muy lejos de la rebeldía delincuencial de Velázquez, asistemática e individualista. Parte del enigma de Isidro es que tantas veces se reescribió su vida, canciones, documentales, libros y artículos, que cuesta darle carnadura al niño de Lapachito que se fue al monte para nunca más volver, en la mirada ancestral de la yarará.

 

 

Fuentes: Chumbita, H. Jinetes Rebeldes. Historia del bandolerismo social en la Argentina. Buenos Aires: Vergara. 1999; Bruschtein,  L. El fugitivo de Pampa Bandera en revista Crisis. Julio 1987. Buenos Aires; Solans, P. J. Isidro Velázquez, retrato de un rebelde.  Córdoba: M&D Editores. 2010.

Imagen: Freepik

Fecha de Publicación: 26/02/2022

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