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Esteban Echeverría, un Padre olvidado de los argentinos

Entre las mentes que influenciaron a la generación del 80, el pensamiento de Echeverría se alza con sus banderas de democracia e identidad nacional.

Buenos Aires 1837, año del rojo punzó y la mazorca del Restaurador de la Leyes, Don Juan Manuel de Rosas. Una negra ciudad donde las luces de las velas son pequeños faros de sociedad. En la angosta vereda de la comercial calle Victoria 59 –hoy Hipólito Yrigoyen–, casi a la vuelta del Cabildo porteño, se escucha la voz apasionada de un joven que está pariendo a la literatura argentina. Esteban Echeverría lee los primeros dos cantos de “La Cautiva”, el 26 de junio y el 1 de julio respectivamente, un poema épico que exalta el heroísmo de los pueblos de campaña, enfrentado a los malones, y que aporta la novedad absoluta de utilizar el lenguaje rioplatense en diálogo con la herencia universal. Este puntapié en la librería Argentina de Marcos Sastre, que en un mojón más del pericón nacional había reunido entre los contertulios a notorios rosistas, como el escritor Pedro de Angelis, y furiosos antirosistas, como Juan Bautista Alberdi,  proyectó fulgurante a Echeverría como el maestro intelectual y artístico de la generación del 37. La primera que pensó en argentino.

Esa misma noche, Sastre le ofreció su famoso Salón Literario y nuestro primer escritor declinó, ya que prefería el llano de la discusión de ideas. Al año siguiente sería el alma máter de La Joven Generación Argentina, junto a “treinta y cinco jóvenes”, entre ellos Juan María Gutiérrez, Vicente Fidel López y Alberdi, y desafía a la peligrosa policía rosista, que antes había prohibido esas reuniones libertarias de la calle Victoria. El camino del exilio forzado será la salvación para este porteño nacido el 2 de septiembre de 1805, que se había codeado veintiañero con los principales intelectuales de la Europa romántica y socialista, y que había regresado al país en 1830 para participar de un ralo clima intelectual apenas alumbrado en los aristocráticos salones literarios de Mariquita Sánchez de Thompson. Un ambiente que recibe en silencio sus primeros trabajos, versos en diarios y el poemario de “Elvira o la novia del Plata”, y que no percibe una novedad fundamental que venía con Echeverría en el barco: el escritor argentino y su público. 

Echeverría, el primer escritor argentino en búsqueda de un público nacional

“Para que la poesía pueda llenar dignamente su misión profética, para que pueda obrar sobre las masas y ser un elemento social,  y no como hasta ahora un pasatiempo fútil, y, cuanto más, agradable, es necesario que la poesía sea bella, grande, sublime, y se manifieste bajo formas colosales”, escribe en las vísperas de la publicación de “Consuelos” (1834), que junto las “Rimas” y “La Cautiva”, completan los únicos libros que Echeverría publicará entre nosotros. Acotemos que las últimas obras fueron escritas en Las Talas, un estancia cercana a Luján donde Echeverría se había recluído por sus recurrentes problemas pulmonares, y que seguramente influyó en su visión de una pampa cargada de misterios y símbolos, tan presente en autores posteriores como Borges o Ezequiel Martínez Estrada.  En estas palabras encierra una modernidad desconocida en el Río de la Plata, Echeverría es el primer escritor que busca construir un público, una opinión que exceda a las mujeres cultas y sensibles que “ojeaban el precioso volumen en busca de las páginas que hablan de amor y en donde dialoga la pasión entre él y ella, dejando en blanco los nombres propios”, ni la devoción de los hombres maduros que descubrían entre líneas “los ardientes rayos que destellan las composiciones consagradas a los recuerdos patrios”.

Echeverría anhelaba para sus versos, como bien lo analiza Adolfo Prieto, salir de las simpatías de las Mariquitas, ilustradas pero antipopulares, e ir en busca de los lectores criollos, del pueblo argentino. No en vano en su “Manual de enseñanza republicana”, una de las primeras manifestaciones políticas maduras de estas ideas entre nosotros, coloca a la educación pública antes que nada en la tarea de elaborar “una cultura nacional, verdaderamente grande, fecunda, original, digna del pueblo argentino”. Junto con su “Dogma Socialista. Código ó Declaración de los principios que sostienen la creencia social de la República Argentina”, escrito para la “emancipación del espíritu americano”, son las piedras basales del signo democrático que insuflará Alberdi a la Constitución argentina. Y, además, su destino inexorable americano.

Echeverría, ideólogo de la democracia y la educación del Río de la Plata

Para aquellos años ya estaba resistiendo en Montevideo entre los cañonazos de las fuerzas rosistas y la incomprensión de sus contemporáneos. “Esa protesta que nos honra”, la seminal narración El Matadero, pasó desapercibido al igual que los números artículos políticos que ahondaban los principios de la democracia del Dogma, aquellos que no hablan de ella como una mera forma de gobierno, sino en la razón de ser de una sociedad libre y justa. Inaugurando una imaginaria línea de Mayo, en el sentido de una revolución con alma democrática y progresista, Echeverría sostiene: “La democracia exige acción, innovación, ejercicio constante de todas las facultades de los hombres, porque el movimiento es la esencia de la vida… en la palabra Mayo hay que volver a la unidad de principios; en Progreso, resultaría el desenvolvimiento constructivo si se aplicaran los principios de Mayo; y en Democracia, era la forma de gobierno nacida en Mayo, y el instrumento necesario para organizar el gobierno del país. Se proclama la unidad, la indivisibilidad de la Revolución sin existencia de federales y unitarios; de ahí, la necesidad de retroceder, hacer la unión y recoger las experiencias”.

Ya en sus años finales, sin dejar escribir literatura, allí los poemas "El Ángel caído" y "La Guitarra", donde sigue profundizando una posible escritura argentina, Echeverría dedica sus menguantes fuerzas a la instrucción pública en Uruguay. Funcionario público, trabaja con la certeza de que “había que ilustrar a las masas sobre sus verdaderos derechos y obligaciones, educarlas con el fin de hacerlas capaces de ejercer la ciudadanía y de infundirles la dignidad de hombres libres, protegerlas y estimularlas para que trabajen y sean industriosos, suministrarles los medios de adquirir bienestar e independencia”. Estas palabras, escritas al filo de 1840, constituyen los antecedentes inmediatos que inspirarán a Sarmiento, y a toda la generación del 80, cuando instauren cuarenta años después la educación primaria obligatoria y laica asociada a la idea de progreso económico.

Olvidado por sus contemporáneos, fallece en Montevideo en 1850. No llegó a ver sus sueños democráticos, populares y republicanos plasmados en Paraná en 1853. Tampoco tuvo un entierro acorde a su aporte fundacional en la literatura y educación, tanto para argentinos y uruguayos, y no se sabe dónde terminaron sus restos. Un monumento de Torcuato Tasso de 1905, erigido en su centenario a iniciativa de los alumnos del Colegio Nacional Buenos Aires, donde fue alumno cuando se llamaba Colegio de Ciencias Morales, Echeverría nos recuerda  en la esquina de Florida y Marcelo T. de Alvear de Buenos Aires, “vosotros argentinos lucháis por la democracia

Fuentes: Prieto, A. Sociología del público argentino. Buenos Aires: Ediciones Leviatián. 1956; Alberdi, J.B. Mi vida privada y otros textos. Buenos Aires: FNA. 2010; Chiaramonte, J. C. Ciudades, provincias, estados: Orígenes de la Nación Argentina 1800-1846. Buenos Aires: emecé. 1997

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