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Escarapela Nacional: con la fuerza del pueblo argentino

El primer símbolo patrio nació de la voluntad popular, anónimo, y determinante tanto para la Bandera como en el Himno. Versiones, patriotas y otra vuelta de tuerca al Triunvirato de Rivadavia.

“Excelentísimo Señor: Parece que es llegado el caso de que V.E. se sirva declarar la escarapela nacional que debemos usar para que no se equivoque con la de nuestros enemigos y no haya ocasiones que puedan sernos de perjuicio, y como por otra parte observo que hay cuerpos del ejército que la llevan diferente, de modo que casi es una señal de división que, si es posible, debe alejarse, como V.E. sabe, me tomo la libertad de exigir de V.E. la declaración que antes expuse. Dios guarde a V.E. muchos años. Rosario, 13 de febrero de 1812” eran las palabras de Manuel Belgrano ante el Triunvirato, escritas a la vera del Paraná,  en Villa del Rosario de Santa Fe. Al creador de la bandera, héroe de Salta y Tucumán, le habían ecomendado impedir el paso de las tropas realistas de Pascual Vigodet, después de la derrota de la escuálida flota insurgente de Juan Azopardo. Allí  debía establecer dos baterías de artillería, que se denominaron Libertad e Independencia. La misiva llegaba a un gobierno porteño en la sombra de Bernardino Rivadavia, que en la historia reciente es denostado por vendepatria y centralista, pese de fusilar a los contrarrevolucionarios de Martín de Álzaga, e intentar las primeras medidas en Buenos Aires que institucionalicen la joven tierra criolla. Rivadavia actúo con celeridad para convalidar los deseos de Belgrano por una escarapela nacional.

Solamente cinco días después Feliciano Antonio Chiclana, Manuel de Sarratea, Juan José Paso y Rivadavia (Secretario) establecían,  “En acuerdo de hoy, se ha resuelto que desde esta fecha en adelante, se reconozca y use la Escarapela Nacional de las Provincias Unidas del Río de la Plata, declarándose por tal la de dos colores: blanco y azul celeste; y quedando abolida la roja con que antiguamente se distinguían. Se comunica, a V. S. para los efectos consiguientes a esta resolución. Dios guarde a V. S: muchos años. Buenos Aires, febrero 18 de 1812”, en un primer paso para establecer los símbolos patrios que se continuarían con la oficialización del Himno, por la Asamblea del Año XIII.

Pero antes tuvimos la escarapela como prenda de unión, esbozo de la primera argentinidad, y que celebramos los 18 de mayo debido a que aparantemente hubo una reunión con Cornelio Saavedra de las damas patricias, entre ellas Casilda Igarzábal, esposa de Nicolás Rodríguez Peña y una de las más fervientes revolucionarias de Mayo,  para convencerlo de que era la hora de la libertad, todas ellas con cintillos celestes y blancos, “Coronel, no hay que vacilar, la Patria (sic) lo necesita para que la salve -cita Vicente Cútolo- Ya sabe usted lo que quiere el pueblo, y usted no puede volvernos la espalda y dejar perdidos a nuestros maridos, a nuestros hermanos y a todos nuestros amigos" La fecha conmemorativa se instauró en 1941 a pedido de los maestros de escuelas primarias, Carmen Cabrera, Benito A. Favre y Antonio Ardissono.

Los orígenes de los colores hay que buscarlos en el fragor de la resistencia a las Invasiones Británicas. Para distinguirse de las insignias rojas y azules de los soldados imperiales en 1807, los Húsares de Juan Martín de Pueyrredón utilizaban el celeste y blanco, y luego, los Patricios de Cornelio Saavedra pasaron a incorporarlos a su uniforme. La elección se basaba a que representaban la casa de Borbón, y que eran los colores de una de la más altas condecoraciones de la monarquía española -y que se usaban en una banda al igual que la banda presidencial argentina. Otros prefieren señalar que el celeste es anterior debido al manto de la Inmaculada Concepción, patrona de España e Indias. Y que el blanco era un cintillo que solía usarse en los tiempos previos a la Revolución de 1810, como señal de unión entre españoles y criollos. Cabe destacar que el primer símbolo que apareció en el Río de la Plata fueron los lazos blancos y rojos, a ello la cita de la resolución del Triunvirato, y que portaban en el pecho los Voluntarios Patriotas de la Unión,  quienes pelearon con los británicos en 1806 -y seguirían usando las alas más radicalizadas de los revolucionarios de Mayo como Bernardo de Monteagudo o Manuel Thompson, en alusión al bando de izquierda de las Revolución Francesa, los jacobinos.

 

French y Beruti y el Billiken que no fue

Es un error atribuirle a Domingo French o Antonio Beruti la creación de la escarapela. Como también es errónea la típica imagen escolar del pueblo “que quiere saber de qué se trata” con las insignias celetes y blancas, “en dicho día -se refiere un testigo anónimo del 25 de mayo de 1810- se vió que en lugar de las cintas blancas del primer día, y el ramo de olivo del segundo que se pusieron los de la turba (sic) en el sombrero, gastaron cintas encarnadas”, acota. Se sabe que ese día French y Beruti pidieron a la gente que llegaba a la plaza embarrada, quienes seguían a los insurgentes de la denominada Legión Infernal, algo más que los edulcorados “chisperos de Mayo”, colgarse unos brazaletes con cintas, así distinguirse de los infiltrados contrarrevolucionarios que habían enviado el Virrey Cisneros y Santiago de Liniers. Los patriotas de la Legión Infernal, o Regimiento América, habían sido clave en el Cabildo Abierto del 22 de Mayo impidiendo el voto de hombres favorables al dominio español, a través de todo tipo de métodos…Ahora volvían a la plaza para garantizar el camino que llevaría a la libertad de un Continente. Sobre los colores elegidos de esas cintas “encarnadas”, que fueron adquiridos en una tienda de la Recoba, no hay acuerdo entre los historiadores pero aparentemente no fueron solamente celeste y blanco sino que también hubo verde -aunque esta versión solamente es sostenida por Bartolomé Mitre, llamativamente rescatando uno de los colores de los unitarios junto al celeste.

El cintillo blanco era común por lo demás entre varios patriotas,  en los primeros meses de 1810. Y es posible que el 21 de mayo French y Beruti hayan repartido las cintas blancas, un distintivo que quedó ligado de inmediato a los revolucionarios porque el hermano de Beruti, Juan Manuel, cuenta en sus memorias,  que en junio siguiente ya los rebeldes de Córdoba exhibían lazos de ese color en su vestimenta.

“Las tropas estaban fijas en sus respectivos cuarteles con el objeto de acudir donde la necesidad demandase”, ahora en las memorias de Saavedra, y el recuerdo del tenso 22 de Mayo con vecinos armados “con pistolas y puñales” en el Cabildo, y que pedían la deposición del Virrey, “la Plaza de La Victoria estaba llena de gente y se adornaba ya con la divisa del sombrero de una cinta azul y otra blanca”, en lo que sería la primera aparición de los colores como un distintivo popular que excedía los cuarteles. A partir de ese momento quedaría fijado el uso de esos colores entre los criollos: la Sociedad Patriótica de los partidarios de Mariano Moreno, que resistió la hegemonía militarista de Saavedra en 1811, utilizaba una escarapela blanca con un botón celeste, en una primera versión de la actual escarapela.

 

El Triunvirato de Rivadavia, sí a la escarapela, no a la bandera

Conforme al borrador existente en el Archivo General de la Nación, la disposición firmada por Rivadavia se comunicó de inmediato a los gobiernos de Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba, Corrientes, Salta, Mendoza, San Juan, San Luis, Jujuy, Catamarca y La Rioja, como también al jefe del Estado Mayor y a los generales Belgrano, Pueyrredón y José Artigas. Aquel Triunvirato de Rivadavia en 1812 gobernaba para las Provincias Unidas del Rio de la Plata. No sólo para Buenos Aires.

Lo de Triunvirato de Rivadavia puede sonar excesivo pero si se revisan muchas de las medidas políticas, económicas y culturales de aquel gobierno, tildado de “obstáculo de la emancipación” por la Logia Lautaro de San Martín y Alvear, se comprobará que llevan las alas del espíritu institucionalista de Rivadavia, un joven de treinta años. Volviendo a la escarapela, Rivadavia con el apoyo del Triunvirato impulsa la medida para todas las Provincias Unidas. Y la mayoría de los provincias rechaza la escarapela, que hoy usamos todos, por considerarla una expresión del porteñismo, es más, de una facción en el poder central. Desde Yatasto el general Pueyrredón, que se encuentra reorganizando el Ejército del Norte unos meses antes de su licencia, y la llegada de Belgrano, dice que tales “nimias innovaciones” no caen bien en unos pueblos que “aún no se hallan en estados de gustar de los síntomas de la indepedencia…en circunstancias tan críticas de retógrado y debilidad -era inminente la invasión del experimentado Ejército Real del Perú-” Un 25 de mayo de 1812, en el segundo aniversario de la Revolución, se podían contabilizar en Córdoba tres escarapelas, una celeste y blanco con los partidarios del Triunvirato, otra roja que muestran los federales enfrentados a los porteños -antesala de unitarios y federales, porteños e Interior, etc etc.-, y hasta unas negras, que llevaban los contrarrevolucionarios.

La determinación del Triunvirato explica, además, que Belgrano el 27 de febrero de 1812 ize por primera vez la bandera argentina (según el historiador Armando Piñeiro era blanca arriba, azul en medio y la última blanca, y fue Bernardino Rivadavia quien dispuso la inversión de las franjas. Las dos banderas fueron encontradas en Bolivia, en 1883 la de Belgrano, y en 1885 la de Rivadavia) En todo momento sigue el general la línea de Buenos Aires, por eso adopta esos colores apoyándose en el decreto del 18 de febrero, y solamente se puede objetar que Belgrano toma la decisión sin consultar  a sus superiores, urgido por un pabellón para que los soldados futuros argentinos juren “vencer a nuestros enemigos interiores y exteriores…que América sea el templo de la independencia, de la unión y de la libertad” Enseguida el 3 de marzo el Triunvirato desaprueba el accionar del general debido a juzgarlo “capaz de destruir los fundamentos con que se justifican nuestras operaciones y protestas”, en momentos en que la diplomacia argentina intentaba negociar con las potencias bajo la “máscara de la monarquía” En palabras del historiados Carlos Segreti, una estrategia que trabajaba en el camino de la Independencia intentando no herir las susceptibilidades europeas con nuevos Estados insurgentes, ni gobierno de rebeldes guerreros. Lejos de una claudicación de Buenos Aires ante los extranjeros, en la reprimenda al creador de la bandera nacional, aquella censura intentaba ocultar la posición de debilidad extrema de los patriotas, derrotados en Paraguay y la Banda Oriental, acosados desde Lima. La bandera significaba Estado, que no estaba en condiciones de existir aún, y mucho menos de negociar. Un hábil manejo diplomático que posibilitó el 9 de Julio de 1816.

Dicho sea de paso Belgrano, que defendería con toda franqueza su pabellón debido al deseo irrefrenable de que “estas provincias se cuenten como una de las naciones del mundo”, nunca se anotició del oficio firmado por Rivadavia,  e hizo jurar la enseña patria en Jujuy,  el 25 de Mayo de 1812.  Y vuelve a notificar al gobierno criollo, creyendo que sigue la línea del decreto de la escarapela.  Y se lo vuelve a apercibir el 27 de junio pidiendo “prudencia” en estas acciones que ponen en riesgo las mediaciones entre las Provincias Unidas del Sur, un estado en formación, sin instituciones ni representatividad, e imperios como Portugal, Gran Bretaña y la enemiga España. Hablamos de un Triunvirato de Rivadavia que no se puede objetar de falta de patriotismo ya que impulsa el primer sello nacional, y el primer himno o canción patria. Terminando con la bandera, en mayo de 1815 Álvarez Thomas dictaría un estatuto  de la “bandera de la patria” -azul celeste y blanca- aunque solamente estaría reservada para “situaciones de peligro”  Recién luego de la Independencia se impondría paulatinamente en cada hogar de la Argentina por venir.

 

Fuentes: Segreti, C. La máscara de la monarquía (contribuciones al estudio crítico de las llamadas gestiones monárquicas bajo la Revolución de Mayo 1808.1819). Córdoba. 1994; Piccirilli, R. Rivadavia y su tiempo. Buenos Aires. 1943; Beruti, J. Memorias curiosas. Buenos Aires. 1942; Saavedra, C.  Memorias. Buenos Aires. 1960.

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