Ser Argentino. Todo sobre Argentina

“Es curioso que un gaucho rebelde represente a una Nación”

Junto al historiador Ezequiel Adamovsky divisamos, repensamos, 500 años de historia argentina. “Somos un país que ha tenido dificultades para definirse“, dice

Si uno pregunta a una librería sobre un compendio de la historia argentina se llevará la sorpresa de que recomiendan libros de prestigiosos historiadores, Félix Luna o Luis Alberto Romero, que tienen décadas. Incluso algunos terminan en la Argentina de 1955. “Es un libro de divulgación para un público amplio que intenta sintetizar lo más relevante de la investigación histórica contemporánea”, enfatiza el historiador Ezequiel Adamovsky sobre su reciente “Historia de la Argentina. Biografía de un país. Desde la conquista española hasta nuestros días” (Crítica/Paidós), y agrega el investigador del CONICET, “toda mi generación vivió como una carencia el aislamiento entre la academia y la difusión masiva. Y ver que en los últimos años muchas personas con diversas formaciones hablaban de historia en los canales de comunicación, sin el real conocimiento de todas las novedades en el campo, y citando teorías ampliamente rebatidas o perimidas. A mí particularmente siempre me interesó la divulgación y tenía la fantasía de redactar en un sólo volumen breve desde la Conquista a la actualidad”, señala el autor galardonado en 2020 con el Premio Iberoamericano Book Award.

En los reconocimientos postreros se observará un largo listado de historiadorxs que renovaron el campo en los últimos tiempos, profusamente citados con investigaciones y datos, y que están vertebrados “con las problemáticas que investigo frecuentemente: la cuestión de los sectores populares, la pregunta étnico racial, y también mis argumentos sobre la formación de las clases medias. Además aparecen conclusiones de mis estudios sobre el criollismo popular, el peronismo y el derrotero de este milenio” sostiene Adamovsky, un historiador que ya en la tapa nos propone una lectura desde abajo, con una multitud de frente al Cabildo, símbolo del espíritu asambleario de la Revolución de Mayo -y de espaldas a la Casa Rosada “La historia es algo demasiado importante para dejarla en manos solamente de historiadores” nos alienta Ezequiel a completar nuevos renglones.

Periodista: Ante el crecimiento del interés por la historia nacional, ¿qué aporta su libro?

Ezequiel Adamovsky: Me interesaba reponer algunos ejes que no aparecían en las historias tradicionales. El eje en étnico-racial recién ahora es un tema que se está tratando. Traté también de incluir en cada capítulo un eje de género, atento también a las relaciones históricas de hombres y mujeres, la nueva sexualidades y la irrupción política de la sexualidad de disidentes. Y una tema largamente omitido como la dimensión ecológica. Cómo fue cambiando el vínculo entre la sociedad y el medioambiente nos sirve para entender algo que será crucial en este mundo. Finalmente polemizar con algunos mitos, o prejuicios, de la historia argentina.

P: ¿Por ejemplo?

EA: Uno que se instaló fuertemente en las últimas décadas: la Argentina se encuentra en declive hace un siglo. Junto con eso, otro que tiene en el Centenario a una Argentina potencia mundial. Ambos son falsos. Los datos reales de la economía arrojan grandes problemas estructurales que no permiten tomar el número absoluto del PBI sin un contexto deficiente y dependiente.

Creo que la persistencia de este relato tiene que ver con las discusiones de la actualidad. Por ejemplo esta idea nueva del “pobrismo”, que parece condenar a quien se preocupe  por la situación de los pobres. Como parte de la retórica contra el populismo, se quiere revertir, y acallar, todas las interacciones de los  sectores populares que hicieron una sociedad más igualitaria, y justa, con gobiernos de todos los signos. Otra falsedad es la idea de que cualquier intervención del Estado es nociva. Se ha instalado la idea que que existía un país fantástico hasta que en 1930 el Estado empezó a intervenir. La realidad económica arroja otro diagnóstico. Las mayores tasas de crecimiento de la historia argentina fueron en etapas de mayor intervencionismo, en sintonía con las tendencias del mundo. Entre 1945 y 1975 Argentina creció a tasas mayores que Estados Unidos y Australia. El declive argentino comienza con el Rodrigazo -ministro Celestino Rodrigo, gobierno de Isabel Perón- y las políticas neoliberales de los militares. Se carga las tintas sobre los periodos de mayor participación social, y  se omite el daño a la economía, casi irremontable, producido por las etapas de mayor desregulación.  

P: ¿Eso significa que estaba todo bien en esas tres décadas?

EA: Para nada. Tampoco era una maravilla. Tenemos sectores exportadores pequeños y no alcanzan para generar las divisas necesarias que sostengan la economía y el crecimiento. Ningún gobierno ha conseguido resolver este problema de fondo. Lo que sí queda claro para historiadores económicos, de todas las tendencias, es que el desempeño argentino había sido bastante bueno. En general los analistas de hoy en día, incluso los más liberales, coinciden en que el Argentina de 1910 no era una fiesta, profundamente desequilibrada y concentrada,  ni tampoco era comparable con Canadá o Europa.

P: Con estas dificultades en concordar una mirada sobre el pasado, ¿qué ocurre al pensarnos argentinos?

EA: Somos un país que ha tenido dificultades para definirse cómo es. Cómo es el ser argentino, qué cuerpo tienen los que dicen encarnarlo. Y esa pugna derivó en representaciones altamente conflictivas. En “El gaucho indómito: de Martín Fierro a Perón, el emblema imposible de una nación desgarrada” (Siglo XXI) traté de demostrar el hecho de que un gaucho criollo reo, con su reflexión Martín Fierro tan amarga sobre el Estado, haya sido entronado como representación del ser argentino,  es un síntoma de nuestra problemas para definirnos. Es curioso con un gaucho rebelde represente a una Nación.

Todavía no tenemos definido si Argentina es un país criollo, mestizado, popular y plebeyo, tal cual el Martín Fierro; o debería ser blanco, europeo y liberal. Lo bueno es que a partir del 2001 estamos discutiendo de manera explícita, a pesar de las lógicas fricciones que la polémica acarrea y acarreará. No debemos temer al debate, sí al silencio.

P: Y uno piensa en la larga disputa a favor, o contra, del peronismo…

EA: Una que empezó antes de que existiera el peronismo mismo. Si uno se para en enero de 1945 observará que ya está construido el antiperonismo, en parámetros parecidos a los actuales, mientras que el peronismo todavía no existía. Varias cuestiones del peronismo se entiende no tanto por las ideas de Perón, o la de sus seguidores, sino como respuesta al diálogo tenso con sus opositores.

P: En 2009 publicaba “Historia de la clase media argentina. Apogeo y decadencia de una ilusión, 1919-2003”, que aún es materia de discusión porque afirma que la clase media es una invención, ¿por qué?

EA: Yo no aseguraba allí que los marcos que dieron lugar a la aparición de las clases medias fueran todos digitados desde arriba, desde un discurso, y quien lea el libro se dará rápidamente cuenta de eso. Lo que digo es que esos cambios dentro de la economía y la sociedad fueron utilizados por ciertas narrativas para que una persona, sea un almacenero, un médico o un maestro, se imaginara como parte de una misma clase. Y así fue una manera totalmente fracturadora del tejido social. Aún a muchos les cuesta entender por ello un planteamiento a discutir.

Otros me parece que se enfrentaban a que la narrativa de mi historia de la clase media es contraria a la narrativa dominante, y  que cuenta la historia argentina como un proceso de modernización. Mi trabajo cuestiona esa idea misma de modernización con la intención de abrir un debate más amplio del pasado.

P: O sea que podemos hacer una larga historia de la grieta, también.

EA: Hay que separar los tantos. Varias agendas de la grieta se hallan en la dificultad de definirnos como país. Por ejemplo hay mucha gente que no se siente muy cómoda de compartir un país con personas de otras razas o etnias, gente que no se acomodarían al ideal de Argentina Blanca y Europea. Sumemos la persistente fractura muy real de la división peronismo y anti peronismo.

Sobre estas viejas discusiones políticas, económicas y sociales de qué país queremos ser, la grieta agregó una inédita banalización del debate público y donde cualquier adversario es demonizado, lapidado en foro mediático. La grieta es hija sin dudas del declive intelectual en el debate público. Y no tiene comparación con la historia argentina porque si bien existían fracturas, no cabía esta idiotización en las posturas de los frentes. Claro animada por algunos sectores que la exacerban y tienen rédito político y mediático.

P: ¿Espera que sus trabajos sirvan en la arena pública? ¿Y en los tantos escribas de la historia, de todo pelaje?

EA: Una ilusión que uno tiene, si no ¿para qué escribir? No sé si tenemos esa posibilidad los historiadores pero trabajo en la hipótesis de colaborar en el debate nacional.

Y con respecto a lo demás, no tengo una postura tan reactiva como otros colegas. Reconozco que hay mucha divulgación de baja calidad. Pero la historia es algo demasiado importante para dejarlo en manos solamente historiadores. La historia es propiedad de toda una sociedad. No hay una voz autorizada para hablar del pasado. Me parece justo que otras voces se sumen a preguntar sobre el pasado buscando respuestas al presente. Creo que los académicos humildemente debemos entablar un diálogo con esa demanda múltiple de sentido aunque teniendo en claro que escribir historia es distinto si uno utiliza un método científico.

P: ¿Se puede hablar de tradición sabiendo que es una noción aún en pugna?

EA: No veo por qué no. Tradición es lo que uno recibe del pasado. Estamos hechos de tradiciones.Por supuesto eso no significa que uno debe apegarse a las tradiciones porque cambian todo el tiempo. Las sociedades tienen el derecho de reescribir sus tradiciones. Hay tradiciones que son movilizantes, y otras, que pueden ser paralizantes, depende de los contextos y los colectivos. No se puede hablar de la tradición como si fuera algo globalmente malo o bueno.

P: Algo que destaco en “Historia de la Argentina. Biografía de un país. Desde la conquista española hasta nuestros días” es dejar de vernos como un caso excepcional, inexplicable, incorregible…

EA: Un poco la apuesta del libro es no pensarnos como un hecho extraordinario, una historia inexplicable, sino que quería entendernos en nuestras propias circunstancias. Hay algo típico de Argentina, y que nos acerca a los países latinoamericanos, y es que la historia se cuenta como un fracaso. Porque se supone en nuestras narracciones nacionales que debemos medirnos con los países centrales, en cuanto modernización y progreso. Había un presupuesto de un desarrollo normal, al cual estábamos condenados, y que nuestras propias torpezas hicieron que fracasemos.

Y lo que está pasando, mucho antes de la pandemia, es que vivimos en un mundo donde no se sabe dónde está la vara de la normalidad. No existe una fiscalía universal de la normalidad. El mundo está bastante desquiciado y no hay un país que uno puede identificar, en un movimiento progresivo, e imitar. Esto permite a nuestra generación contar la historia de un país no particularmente desquiciado,  y en el contexto de un mundo poco cuerdo.

 

 

 

 

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