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Elpidio González. “La comunidad nos debe merecer respetos y sacrificios”

En tiempos que se habla de vicepresidentes y vicepresidentas, la figura de Elpidio González se agiganta. De mano derecha de Hipólito Yrigoyen a vender anilinas en Avenida de Mayo, “No esperaba, pues, esta recompensa, ni la deseo” dijo rechazando la pensión vitalicia.

“Haber tenido las posiciones que tuvo este hombre y no haberse hecho millonario, ¡qué imprevisión!” se escuchaba por lo bajo en la empobrecida Avenida de Mayo de la Década Infame, dicho por “algún aprovechado político detrás de su lujoso Cadillac”; pinta el periodista y humorista gráfico Ramón Columba, tal vez quien mejor conoció la casta dirigencial de la primera mitad de siglo pasado. El hombre era un anciano que se movía con un raído portafolio, larga barba blanca y traje apolillado, persiguiendo a deudores incobrables de una fábrica de anilinas o, si el estómago apretaba afirmaban sus correligionarios, vendiendo ballenitas en los tranvías. El hombre era Elpidio González, el rosarino radical que fue legislador, vicepresidente de la Nación, dos veces ministro de Guerra, ministro del Interior y jefe de policía. Y que fallecería en la pobreza total rechazando dádivas y pensiones oficiales. Convencido de que los funcionarios públicos deben merecer a "la comunidad respetos y sacrificios, y cada individuo debe darle lo que pueda de sí", sin cobrar por sus servicios. Ni durante ni después.

Pertenecía Elpidio a una familia de larga tradición federal en Córdoba, y que peleó junto a Chacho Peñaloza. Al lado de su padre Domingo participó en la revolución radical de 1893, con menos de veinte años el nacido el 1 de agosto de 1875, y nuevamente en la intentona fallida de 1905, sufriendo cárcel ya en su Córdoba natal. No sería la última vez que Elpidio González acabaría con sus huesos en mazmorras por defender la democracia y la libertad popular.

Al año siguiente conoce a las autoridades del Comité Nacional de la Unión Cívica Radical en la provincia mediterránea, entre ellos el futuro presidente Roberto M. Ortiz, que firmaría la ley en 1938 que instituyó las pensiones vitalicias a presidentes y vice justamente por la mísera situación de Elpidio. “No esperaba, pues, esta recompensa, ni la deseo y, al renunciarla, me complace comprobar que estoy de acuerdo con mis sentimientos más arraigados...Confío en que, Dios mediante, he de poder sobrellevar la vida con mi trabajo, sin acogerme a la ayuda de la República por cuya grandeza he luchado y que, si alguna vez, he recogido amarguras y sinsabores me siento recompensado con crecer por la fortuna de haberlo dado todo por la felicidad de mi Patria. Saludo al Señor Presidente”, serían la conceptuosa carta con la que González rechazó el subsidio estatal de 2000 pesos, estirando en la panza el pan con manteca de la mañana hasta la noche, y a punto del desalojo,  en la pulguienta pensión céntrica. Elpidio, que entró en la función ejecutiva en 1916 con 350 mil pesos, se retiró –golpe de Estado de 1930 mediante-con 65 mil. En deudas.

 

“Haber servido a la Nación con desinterés”

“¡Viva el doctor Hipólito Yrigoyen, futuro presidente de la República”, el grito en el andén cordobés de Elpidio que impresionó a Don Hipólito en 1906 y, que a partir de ese día, trabajaría codo a codo con este abogado rosarino, egresado en La Plata. Diputado nacional en 1912, elector del presidente Yrigoyen en 1916, tuvo varias veces la chance real de candidatearse de gobernador de Buenos Aires, pero optó por transformarse en el alfil que el Peludo necesitase. “Yo me ha jugado hasta la vida por él” sería la frase de una fidelidad irrompible e incuestionable, como cuando el líder radical lo designó ministro de Guerra, ante el malestar de la cúpula castrense por la llegada de la “chusma” al poder, o la jefatura de policía en el caliente y sangriento verano de la Semana Trágica de 1919 –aunque la responsabilidad en la cruenta represión de González cabe también al General del Ejército Luis Dellepiane, y a la siniestra Liga Patriótica profascista, organizada por las clases altas argentinas, ante el terror rojo y judío.

“Ustedes saben que si el doctor me pide que ande desnudo por la calle, yo no titubiaría en hacerlo”, fue la advertencia que espantó del despacho de la presidencia del Senado, que ocupara González, el vice de Marcelo T. Alvear entre 1922 y 1928, a los antipersonalistas radicales enfrentados a Yrigoyen. Deberá soportar desplantes, injurias, faltas de respeto y hasta pedidos de juicio político, Don Elpidio, entregado de alma y cuerpo a las “inquietudes de la Unión Cívica Radical, persiguiendo anhelos de bien público” Del otro lado de la vereda, sus antiguos compañeros negociaban con las golpistas del 30 y solicitaban que la minoría yrigoyenista sea “traída por la fuerza pública”. Y Elpidio responde obediente, citando el consejo de Don Hipólito, “¡A los senadores no se les puede traer con la fuerza pública! Y usted como presidente del Senado y Vice de la Nación, no puede permitir eso”, concluía el Peludo, en la modesta casa de la calle Brasil; el dirigente que volvería plebiscitado a la presidencia en 1928. Con Elpidio de lancero.

Este respeto de González por las investiduras de los poderes republicanos se repetiría la triste tarde del 6 de septiembre de 1930, tras ser echado por el presidente de facto Uriburu, y varios de los políticos conservadores que enfrentó dos décadas por el derecho del pueblo. Se dirigía a su casa de la calle Gurruchaga y un policía ordenó que se detenga. “Cumpla con su deber” conminó González,  a un anterior subordinado, y pasaría dos largos años en presidio, entre la Isla Martín García y la Penitenciaria Nacional, para salir sin casa, le habían ejecutado por moroso, la madre enferma, no pudo costear su entierro, y sin ahorros, ni trabajo. Sólo deudas y penas en 1933 pero con el orgullo de “haber servido a la Nación con desinterés”, recalcaba González, que renunció a partir de la vicepresidencia a los sueldos estatales, siguiendo el ejemplo de su maestro Yrigoyen.

 

“Elpidio González vale más que nunca”

Bordeando los sesenta años, Elpidio González consigue un modesto empleo de cobrador en Anilinas Colibrí, fundada en 1911 por la amistad Germán Ortkras; quien le ofreció un dinero mensual para no trabajar, con semejante foja de servicio público. Y que rechazó Elpidio. Tampoco sería la primera vez porque unos años después, en momentos en que se abría la avenida 9 de Julio, y el transformador presidente fraudulento Justo derribaba los viejos inquilinatos, el primer mandatario acercó sotto voce un voluminoso sobre a minutos de terminar González en la calle; en recuerdo el general de que ambos formaron parte del gabinete del presidente Alvear. “Abro el sobre y se me llenan la mano de billetes nuevos. Yo no sé cuánto sería, pero eran muchos papeles de mil pesos. Felizmente lo alcancé al señor que me lo había dejado y se los devolví. No lo quería recibir de vuelta y tuve que ponerme serio y decirle que no iba a permitir que me ofendiera así, el Presidente ni nadie”, destacaba Columba de González, que se acercaba a los diarios, en este caso La Prensa, para seguir su campaña por los valores republicanos e intransigentes del radicalismo. Y, de paso, por si lo invitaban un café con leche, el vicepresidente de la Nación que residió en el Hotel de los Inmigrantes, una vez que perdió el hogar por la piqueta.

Pasó los últimos años admirado por la muchachada radical contraria al Contubernio alvearista, cercana a la Unión Cívica Radical Junta Renovadora que respaldaría al presidente electo en 1946, Juan Perón, aunque Elpidio apoyaría la fórmula de la Unión Democrática, José P. Tamborini - Enrique Mosca. Tamborini, finalmente antipersonalista, que iba en el mismo tren de Don Hipólito, en aquel día iniciático de González de 1906. Y también admirado el veterano luchado radical Elpidio por el pueblo llano, que valoraba que trabaje duro para ganarse el pan; haciendo olvidar las duras críticas, y burlas, por su servilismo sin límites por Yrigoyen. O lealtad, en un medio que no es moneda corriente, teñido de panquequismo desde, para quien se inventó el término, Lucio V. Mansilla, hasta el último nombre que quiera completar el lector.

“Los que ayer condenaron su falta de personalidad, tienen hoy que reverenciar la austeridad de su vida, a cuya humildad agrega un coraje tranquilo en la militancia partidaria –destacaba Columba en los cuarenta para Elpidio González, el hombre poderoso del yrigoyenismo que falleció el 18 de octubre de 1951 en el Hospital Italiano, nosocomio en el que permaneció casi un año porque no tenía casa ni recursos, y que descansa en el Panteón de la Revolucionarios del 90, junto a su amigo y guía Yrigoyen, en La Recoleta- Si antes era considerado un instrumento de Yrigoyen…-ahora- orienta a sus correligionarios y pronuncia discursos que traslucen el profundo misticismo de sus convicciones –González alcanzó a terciario en la Orden Franciscana-…sin automóvil oficial, ni cargos, ni inmunidades, a pie, cuando Elpidio González vale más que nunca…pasa por las calles céntricas y es saludado con simpatía por el desconocido transeúnte…configura una figura popular. En los tranvías y colectivos, le ceden el asiento, no le dejan pagar el boleto, ni su café con leche en las confiterías” De allí al presidente Illia que viajaba en subte e iba al cine sin custodia, nadie más, nunca más.

 

Fuentes: Scenna, M. A. Elpidio González en revista Todo es Historia Nro. 101 Octubre de 1975. Buenos Aires; Columba, R. El Congreso que yo he visto (1914-1933) Buenos Aires: Ediciones del Autor. 1949; Del Mazo, G. Historia del Radicalismo 1922-1952. Buenos Aires: Raigal. 1955.

Imagen: La Prensa

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