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El turco, el ruso y el tano: Parte III

¿Es posible que la figura del “tano”, propia de los tiempos de la inmigración, tenga una historia mucho más antigua de lo que imaginamos?
Historia
Historia-55
| 03 febrero, 2020 |

Nápoles es una ciudad que se encuentra a la sombra de un indómito volcán, llamado Vesubio. Gran parte de los habitantes de aquella zona, en realidad provienen de pueblos muy antiguos, que ya vivían en la Península Itálica antes de que los descendientes de Rómulo (según cuenta la leyenda), edificaran el omnipresente Imperio Romano. Con sus logros, la civilización había llevado una nueva forma de vida a toda la Cuenca del Mediterráneo. Incluso más allá, tanto hacia el este cómo hacia el oeste. Europa y su cultura, no se hubieran desarrollado del mismo modo sin la presencia de los romanos.

Pero Nápoles, en tiempos de la fundación de Roma, ya tenía su propio carácter. Había sido un centro de atracción para los griegos de la época anterior a Alejandro Magno. Era un punto neurálgico, ubicado en el límite norte de la Magna Grecia en Italia, al que se le dio el nombre de Nea-polis: la Ciudad Nueva.

Con el nombre de Magna Grecia, se conoció a las tierras donde los griegos tenían colonias. Nápoles, cuyo nombre deriva de Nea-polis, estaba al norte de los últimos dominios de Grecia en la Península Itálica.

Los napolitanos, a pesar de esta asociación directa que los une al pasado clásico, fundaron muchas otras ciudades importantes. Todas ellas serían significativas desde los primeros siglos posteriores al nacimiento de Cristo.

La muy conocida Pompeya, cercana al golfo, terminó siendo uno de los centros más populosos de la región hacia el año 70. Era una villa de verano donde los ricos de Roma iban a pasar largas temporadas. También existía un pueblo de habitación permanente, que terminó de modo trágico con la erupción del Vesubio en el año 79.

Si bien nadie supo de Pompeya entre su desaparición y su redescubrimiento el 23 de marzo de 1748, hoy constituye una referencia fundamental a la hora de hablar de las poblaciones que se generaron alrededor del centro de influencia de Nápoles. Sus asombrosos restos, como congelados en el tiempo, siguen a la sombra del mismo titán geológico que la sepultó.

Lo cierto es que los napolitanos se desarrollaron con la misma firmeza y determinación por dos milenios sin rendirse. Obviamente, a pesar de esa capacidad innata de resiliencia que los caracteriza, la ciudad tuvo, como otras urbes importantes del mundo, profundos momentos de crisis.

Uno de esos períodos desafortunados, está relacionado con la invasión de la Italia Central, que importunó el normal progreso de toda la región. La instalación de los borbones españoles en el trono de las llamadas “Dos Sicilias”, contrarió a muchos revolucionarios que esperaban la unificación italiana.

La monarquía borbónica en la zona, se ubica a mediados del siglo XIX. Fue entonces cuando comenzó una gran migración sin precedentes en toda la historia del país. Los napolitanos independentistas comenzaron a dejar su antigua ciudad y por primera vez buscaron su destino lejos, en otros puertos.

Distintos lugares se transformaron en los preferidos de estos migrantes inesperados. Sin embargo, la mayoría terminaron estando más allá del mar y del océano, en América, tanto en Estados Unidos como en Argentina, especialmente en Buenos Aires.

El rastro genético de los italianos, alcanza al menos al 50% de los habitantes de la Argentina. Se supone que entre 20 y 26.000.000 de argentinos tienen algo de sangre italiana, por parte de madre, padre o algún ancestro genético. Esto hace que la sangre italiana, sea el segundo componente migratorio más profuso en nuestra población En Argentina hay 3.600.000 descendientes de árabes, equívocamente llamados “turcos”. Al menos 600.000 son musulmanes y el resto pertenece a otras religiones (fuente: Página oficial de la confederación de entidades argentino-árabes). Los descendientes de judíos son menos numerosos: alcanzan los 181.000, muchos de los cuales son “judíos laicos” (que no profesan la religión (fuente: Vis a Vis, Matías Szpigiel, citando a la Oficina Central de Estadísticas de Israel).

En esos años, entre 1850 y 1914, la inmigración napolitana fue muy significativa. El Río de la Plata terminó siendo un destino natural para quienes huyeron de otras futuras crisis. Las dos guerras mundiales del siglo pasado y el fascismo, acabaron por convertirse en otros de los dos grandes factores de dispersión.

Por esta razón tan concreta (por el flujo constante de napolitanos a nuestra región), mucho antes de 1920 llegó a existir en la Argentina una identificación de todos los italianos con los inmigrantes llegados de Nápoles. Esta causa hizo que, la contracción del gentilicio “napolitano”, terminara convirtiéndose en el uso local mediante el cual se terminaría conociendo a los italianos. “Tano”, en conclusión, viene de la contracción del itálico “napoletano”.

Inmigrantes llegados a la Argentina. Fotografía: muestra “Argentina, tierra de inmigrantes”, en el hall central del Pabellón Argentina de Ciudad Universitaria.

Lo cierto es que fueron muchos los millones de otros italianos que llegaron al país. La caída de Napoleón Bonaparte los había pauperizado en 1814. Las diferencias entre unitarios y federales (tan parecidas a las sufridas en Argentina), causó numerosos exiliados. Muchos veían en el Papa al rey de Italia y otros a Victorio Emanuel II. La invasión Austríaca causó desmanes y la idea de país, no llegaba a consolidarse.  

Por entonces, tantos italianos de Lombardía, Piamonte, Sicilia y Calabria se habían instalado en Argentina, que su rastro genético alcanza al 50% de los habitantes de la población actual existente. Se supone que por lo menos unos 24.000.000 de argentinos tienen algo de sangre italiana, ya sea por parte de madre, padre o algún ancestro generacional. Esto hace que dicha inmigración, pueda establecerse como el segundo componente migratorio más profuso en nuestra población. En primer lugar, estaría el rastro cultural y genético hispánico.

Lo cierto es que el “tano” de la tradición popular rioplatense, un día dejó de ser exclusivamente  “el napolitano” y se transformó en todos los italianos.

La figura del “tano”, propia de los tiempos de la inmigración y del “lunfardo”, tiene una historia mucho más antigua de lo que imaginamos. Se remonta al nombre Nea-polis que los griegos le dieron a Nápoles, muchos siglos antes de que Italia existiera. La más posible evolución del término se remontaría la forma latina derivada del griego “nea”, como nea-poletano, transformada en na-poletano, poletano y finalmente tano.
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