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El Huracán que arrasó Buenos Aires

El 19 de marzo de 1866 ocurrió un raro fenómeno que destruyó puerto y ciudad de Buenos Aires. Ojo: en el nuevo milenio los meteorólogos pronostican más huracanes en la Reina del Plata.

Historia
Huracán Buenos Aires

En abril de 2012 los diez millones porteños y bonaerenses vivieron las escenas de pánico que creían lejanas. Imágenes de cine catastrofe. Tres tornados causaron la muerte de diez personas y la destrucción de grandes zonas pobladas del Conurbano, desde la localidad de Luján hasta Avellaneda. En la Ciudad de Buenos Aires, los barrios afectados fueron Mataderos, Villa Soldati, Pompeya, Barracas y La Boca, y se calculó un destrozo de 300 millones de pesos. Según la NASA las tormentas con vientos que superan los 200 kilómetros por hora se acrecentaron principalmente en dos países en los dos mil, Estados Unidos y Argentina. Dato que apoya el Servicio Metereológico Nacional con estadísticas que indican que, sin antecedentes, en los últimos años al menos un tornado azota, principalmente, a la provincia más rica. Invariablamente como el terrible tornado en Tandil, 2017, y el ciclón en los costas del Río de la Plata de 2021. Tranquilos. Nuestros abuelos de la ciudad polvorienta del siglo XIX estaban más que acostumbrados a ellos. Convivían en medio de crecidas del río, sudestadas descontroladas, y lluvias torrenciales que transformaban los huecos, las antiguas plazas, en lagunas a metros del Fuerte, la Casa Rosada. El 19 de marzo de 1866 quedaría registrado por nuestros antepasados como el único huracán real que sufrió Buenos Aires. Por ahora. “Me escondí en la habitación, temblaban las puertas y escuché cuando explotaron mis ventanales. Fueron cinco minutos pero pareció una eternidad. Ahora vivo con el miedo que se repita”, contó Roxana Verdún a la prensa, quien presenció un tornado mientras estaba en su departamento en Villa Domínico, partido de Avellaneda, 2010.

 

 

Para dimensionar los estragos producidos en el cuarto año de la presidencia de Mitre, plena Guerra contra el Paraguay en 1866, debemos viajar a la Buenos Aires que, según los viajeros, no era ni linda ni fea, era un pobre llano polvoriento y ventoso en demolición. Las ambiciones modernizadoras de los vencederos de Caseros, de arrastrar su ciudad emblema a disfrutar las comodidades burguesas, hacía estragos en los viejos edificios coloniales, que solían derrumbarse por piquetas cercanas, o provocar inmensos baches, debido a la fiebre inmobiliaria. Eso sin contar la inveterada costumbre de los porteños de arrojar residuos e inmundicias a la calle, que produjo que uno de los problemas recurrentes de los cabildades, o las flamantes autoridades municipales, fuese liquidar las jaurías y las manadas de ratas. Tampoco ayudaban los múltiples mataderos, en varios puntos de la ciudad, que recién se acabarían con la Fiebre Amarilla de 1871. Curiosamente, si bien desde 1854 la municipalidad tuvo existencia institucional y financiera, reafirmada en 1882, las primeras medidas de los funcionarios porteños, en vez de orientarse a los graves problemas hidráulicos, gran cantidad de arroyos en una superficie casi a nivel del mar, e infraestructura, un ejido urbano vetusto sin ninguna planificación, pésima iluminación y la ausencia de obras educativas y sanitarias, éstos primos lejanos de Uspallata al 3100 se dedicaron a pintar de verde unitario, sobre el punzó rosista, y a hermosear los huecos, transformándolos en plazas. Nada que sorprenda al lector prevenido, claro.  La llegada de Mitre al Ejecutivo impondría una serie de cambios radicales urbanos, levantando los edificios pioneros que anunciaban una ciudad opulenta, comenzando con la Bolsa de Comercio en 1868. Nada que sorprenda al lector prevenido, claro

“Una tempestad espantosa”

“Después de todo aguacero torrencial, las calles laterales se convertían en arroyos furiosos, encerrados entre altas aceras”, describía Buenos Aires circa 1866 Robert B. Cunninghame Greene, el socialista escocés que mejor entendió a la Pampa junto a W. H. Hudson, “entonces aparecían hombres con unas tablas que tendían de una acera a otra, a guisa de puente, recogiendo pingüe ganancia de los transeúntes que querían pasar al otro lado”, semblanteaba a estos muchachos llamados de cordel, por los patrones, changadores por la plebe porteña, semblantea Cunninghame Greene.  Este cuadro no era muy diferente al que pintaba en 1822 José A. Wilde, “sobrevino -luego de las Fiestas Recoletas, prohibidas por Rosas y Roca, y congregadas alrededor de la Iglesia del Pilar y la Calle Larga, actual avenida Las Heras, los 12 de octubre- una tempestad espantosa; volaron tiendas o barracas, lienzos, banderas, tablas, causando muchas pérdidas y algunas desgracias personales. Centenares de personas se refugiaron en la iglesia” En una ciudad de menos de cien mil personas hacia 1860, la defensa civil se cubría aún yendo a un lugar seguro, en general las iglesias, que con sus cúpulas sobresalían en la chatura de las casas particulares.  

El científico checo Francisco Latzina en “La Argentina considerada en sus aspectos físico, social y económico” (1910) historizaba por primera vez los tornados en estas pampas, ubicando en 1858 el más próximo al desastre en Buenos Aires, cuando barcos de “dos pies de calado” navegaban sobre el muelle de Rosario, tras el paso de un vendaval que elevó el Río Paraná, y sumergió a la ciudad santafesina. Este matemático y meteorólogo, pionero en el Observatorio Nacional Argentino y la Oficina de Estadística Nacional, reseñó el suceso del 19 de marzo de 1866, “se desencadenó un huracán sobre Buenos Aires que provocó graves destrozos en la ciudad. Donde se sintió mayormente la fuerza del huracán fue en Tigre. Varias personas quedaron heridas o muertas, más de 50 mil cabezas de ganado ovino perecieron en las estancias vecinas. El huracán duró una hora”, acotaba. Luego enumeraba tragedias similares en 1878, cuando fallecieron 80 personas y cuatro buques de ultramar dieron vuelta campana, y en 1881, aún sin previsiones de las autoridades recalca el científico, que hizo que se desplome el edificio instalado en la Plaza 11 de septiembre -plaza Miserere que celebra la secesión de Buenos Aires en 1852-, un palacio que mostraba los “progresos argentinos”

“La ciudad completamente en las tinieblas

Un testigo directo fue Emilio R. Coni, hijo de un editor señero de la época, y que estaba por ingresar al Colegio Nacional Buenos Aires, “Recuerdo que el 19 de Marzo de 1866 sobrevino en Buenos Aires una tormenta de tierra como no ha habido jamás otra igual. Eran las cinco de la tarde cuando sobrevino, de súbito, un violento huracán de tierra, que dejó a la ciudad completamente en las tinieblas, durante quince minutos. Los destrozos y desgracias personales fueron numerosísimos, como se comprende. Varias calles servían de cauce de derivación de las aguas de lluvia, convertidas en torrentes imponentes, arrastrando personas, vehículos, bestias, muebles, etc., y demás objetos de las casas colindantes, por efecto de las inundaciones, determinadas por las copiosas lluvias. En este sentido se distinguían, especialmente, las calles Paraguay, Viamonte, Chile y Méjico; en la primera de éstas el nivel de las aguas alcanzaba, algunas veces, a cerca de tres metros. Estas calles formaban los terceros, que tenían que cruzarse por medio de puentes giratorios. Los terceros eran verdaderos ríos, temibles por la masa considerable de agua que arrastraban y la enorme velocidad de su corriente. En muchísimas otras bocacalles se hacía materialmente imposible cruzar de acera a otra, inconveniente subsanado con el auxilio de fornidos changadores, quienes, a horcajadas sobre sus espaldas, trasladaban a los viandantes, con gran contento de los vecinos del barrio, que se procuraban así un agradable pasatiempo. Los terceros, que tantos perjuicios ocasionaban a los propietarios colindantes, por efecto de las inundaciones y la humedad que dejaban detrás de si, en pisos y paredes, no desaparecieron sino cuando las Obras de Salubridad hicieron construir los cuatro caños de tormenta, destinados a llevar al río de la Plata las aguas torrenciales de las lluvias, y que ocupan las calles Paraguay, Cangallo, Méjico y Garay”, retrataba el destacado higienista y precursor de la salud pública, Coni propulsor de la Maternidad del Hospital San Roque (hoy Ramos Mejía), la primera en el ámbito municipal, y de la Escuela de Enfermeras creada por Cecilia Grierson, entre otras empresas notables -y que acabaría Don Emilio en el ostracismo político.

La ciudad saturaría esas heridas de 1866 en el camino idílico a la París americana. Grandes obras vendrían, majestuososo edificios, impactantes paseos. En el torbellino del Centenario confluirían las altas aspiraciones de la Generación del 80. Mientras tanto la sombra de entrada del pasillo de tornados, a Buenos Aires persigue. “Se les aconseja no dejar objeto sueltos en patios, terrazas o balcones; cerrar bien las ventanas y puertas; alejarse de árboles y todas aquellas cosas que puedan llegar a caer o volar por efecto de los vientos fuertes; y no circular por las calles ni a pie, ni en ningún vehículo poniéndose a resguardo seguro”, se alerta en las áreas rurales como Bragado, provincia de Buenos Aires. Por ahora.

 

Fuentes: Coni, E. R. “Higiene Social, Asistencia y Previsión Social" Buenos Aires Caritativo y Previsor. Buenos Aires: Imprenta de Emilio Spinelli, Editor. 1918; Wilde, J. A. Buenos Aires desde 70 años atrás. Buenos Aires: Eudeba. 1960; Carretero, A. Vida cotidiana en Buenos Aires. 1810-1864. Buenos Aires: Planeta. 2000; Raffetto, M. En Buenos Aires se registran cada vez más tornados en Eterdigital.com.ar; Clima.com

Fecha de Publicación: 19/03/2022

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