Ser Argentino. Todo sobre Argentina

El fusilamiento de Liniers. Esto es la Revolución

Un 6 de agosto de 1810 los patriotas de Mayo capturan al contrarrevolucionario Santiago de Liniers, héroe popular, en un paraje salvaje de Córdoba. Tres semanas después sería ejecutado en el altar de la Independencia.

El héroe de la Reconquista, Conde de Buenos Aires, colmado de honores, de títulos, de prestigio y de adhesiones, convencido que su misión de siempre era lealtad al Rey de España, resolvió encabezar la contrarrevolución contra el primer gobierno Patrio. Eso resume la situación de Santiago de Liniers unos meses después de Mayo de 1810. Y eso lo transformó en el peor enemigo posible para los planes de la Primera Junta. Su fusilamiento en un olvidado paraje cordobés marcó un punto sin retorno, plantó bandera de la voluntad emancipadora de los Mariano Moreno y Manuel Belgrano, y fue el inicio oficial de las Guerras por la Independencia. Prólogo bañado en sangre.

 

Apenas resueltos los hechos de la Revolución Mayo, el depuesto virrey Cisneros comenzó la contrarrevolución, con el apoyo del Virrey del Perú y la Audiencia de Chuquisaca, ambos responsables de las masacres a los americanos en 1809. Córdoba, pero también Asunción, Salta, Mendoza y Tucumán, con lazos consistentes con el dominio colonial realista, mucho más fuertes que la liberal Buenos Aires, encabezó el rechazo a las novedades que venían del Río de la Plata; a sabiendas que Montevideo, “la Cártago de Buenos Aires” en palabras de Cornelio Saavedra, resistía a las medidas de los sediciosos porteños. Unos días antes del destierro a Cádiz en junio, Cisneros cede a Liniers el mando político y militar del Virreinato con amplias facultades para combatir la insurrección. Esta medida no sorprende al ex Virrey, que a fines de mayo había participado de una reunión contrarrevolucionaria en Córdoba, en donde se hallaba por la compra de unas tierras en Alta Gracia, y en la cual se decide resistir allí en principio, con la opción de marchar a Lima en busca de refuerzos, en la moción del gobernador Juan Gutiérrez de la Concha. Se suponía que el encuentro era secreto pero la traición del Deán Gregorio Funes, aliado de los revolucionarios, en particular de lado de Saavedra, alerta al Cabildo criollo de los planes pro realistas.

 

Liniers, en una carta a Martín de Sarratea, su suegro, del 14 de julio de 1810, le expresaba: “[...] le digo en esta ocasión, entre otras cosas, que nada acredita más la inepcia, la ignorancia y la presunción de los autores de esta execrable revuelta [se refería a la Revolución en Buenos Aires], que de pensar que todos los demás pueblos del Virreinato y del continente seguirían sus criminales huellas; por descontado, Montevideo y Córdoba se han explicado con energía en contra; Mendoza que al primer momento se había dejado alucinar, ha abjurado de un error momentáneo y se ha reunido a la buena causa; a Salta le sucede lo mismo; el Tucumán y Santiago del Estero [...] anuncia el mismo arrepentimiento; desde luego Potosí, Chuquisaca, Cochabamba y La Paz no solamente nos han comunicado su adhesión y fidelidad, pero mandándonos la primera cuantiosa Remesa de Dinero nos anuncia las fuerzas armadas [sic], a las que con la misma aceleración se reunirán las del Cuzco, Arequipa y del todo el Alto Perú”, en una cita de Julio Rubé. Sin embargo los más de mil hombres que consigue alistar, y una importante artillería, empieza a sabotearse por criollos rebeldes; y las deserciones y el clima de agitación diezman la fuerza militar de Liniers. 

 

Mientras tanto Buenos Aires reúne un ejército de mil quinientos soldados, muchos veteranos de las Invasiones Británicas junto a ardorosos porteños, varios hijos de la naciente aristocracia terrateniente, y fleta la primera expedición auxiliar a las provincias interiores, de las tres quizá la más exitosa pese a los desastrosos resultados en combate, debido a que llevaba las promesas de liberación del yugo virreinal. El capitán Francisco Ortiz de Ocampo daba a conocer una proclama en su tranquila entrada a Córdoba, una vez que los aislados contrarrevolucionarios habían huído el 31 de julio: “En este instante, hermanos y compatriotas, pisáis ya el terreno que divide a vuestra amada patria de la ciudad de Córdoba; de esa ciudad que habiendo dado en todos los tiempos tantas y tan distinguidas pruebas de fidelidad y amor a sus legítimos señores, hoy se mira oprimida y agobiada, bajo el yugo feroz de un déspota que quiere a su antojo medir su suerte por su fortuna miserable. Soldados, a libertarlos vais de tan vergonzosa esclavitud, y a enarbolar en ella el pabellón augusto de nuestro amado Fernando VII de cuyo sagrado nombre abusan los malvados para encubrir su desmesurada codicia y su insaciable sed de dominar”, cerraba quien había sido despedido con honores en la Plaza Mayor. Sí, de ambos lados peleaban todavía en nombre del soberano cautivo de los franceses, aunque en la mente de los porteños estaba el sueño de la Revolución en llamas. Uno de ellos era Juan José Castelli, el brazo político enviado por la Primera Junta, que cargó sobre sus hombros buena parte del futuro de la insurgencia en su conflictivo camino al Alto Perú, no solamente por sus rivales, sino por las pujas sociales, y los viejos enfrentamientos puerto versus provincias,  que destapaban los “abajeños”

 

“En el momento que todos o cada uno de ellos sean pillados, sean cuales fuesen las circunstancias, se ejecutará esta resolución, sin dar lugar a minutos que proporcionasen ruegos y relaciones capaces de comprometer el cumplimiento de esta orden y el honor de V.S. Este escarmiento debe ser la base de la estabilidad del nuevo sistema y una lección para los Jefes del Perú, que se abandonan a mil excesos por la esperanza de la impunidad”, venía con las instrucciones de fusilamiento sin juicio Castelli, directamente con la firma del secretario de Guerra, Moreno. Y un poco más, ante el irresoluto Ortiz de Ocampo, que prefería que los contrarrevolucionarios fueran juzgados en Buenos Aires, también conociendo el peso en la plebe de la figura de Liniers, algo que terminó sacando de las casillas al abogado Moreno, “pillaron nuestros hombres a los malvados, pero respetaron sus galones, y cagándose en las estrechísimas órdenes de la Junta, nos los remiten presos a esta Ciudad. No puede usted figurarse el compromiso, en que nos ha puesto, y si la fortuna no nos ayuda, veo vacilante nuestra fortuna por este solo hecho…Vaya Vuestra Merced, y espero en que no incurrirá en la misma debilidad que nuestro general; si todavía no la cumpliese la determinación tomada, irá el vocal Larrea, a quien pienso no faltará resolución, y por último iré yo mismo si fuese necesario”, cerraba no tanto en un gesto de mano dura sino sabiendo que un héroe amado por los porteños, pero especialmente por su Regimiento Patricios apostado cerca de la Casa de Ejercicio Espirituales -actual barrio de Constitución-, hubiese sido un hueso duro de roer, foco de revuelta. Por eso firmó la orden morenista hasta su enemigo íntimo, Saavedra, que no quería tampoco que se rebelaran sus tropas. A propósito, Liniers involuntariamente colaboró en la Revolución de Mayo cuando se negó a desarmar a los 2000 criollos, entre ellos los Patricios, luego del ataque británico de 1807. Esto le generó el encono del Cabildo porteño, en ese momento pro español, que si bien lo consolidó como Virrey en 1808, lo terminaría destituyendo al año siguiente; acusado además por francés -nació en Niort, Francia, el 25 de julio de 1753- y por sus relaciones pecaminosas con una mujer casada, Madame Anita “Perichona” O´ Gorman, supuesta espía de los ingleses. La base militar del 25 de Mayo, simiente de los ejércitos  que libertarían medio continente con San Martín, partiría de una decisión de Liniers.

“Hay momentos en que la moderación no es cordura”

Fueron las palabra de una impetuoso Moreno. Para cuando llega Castelli solamente cincuenta hombres se mantienen leales en la escapada de Liniers, que es sumamente penosa por la hostilidad creciente de los gauchos de las postas. Un partida al mando de Antonio Balcarce ubica al veterano militar francés, que había liberado Uruguay de la invasión portuguesa en 1776 y fue un progresista gobernador en Misiones en 1803, en San Francisco del Chañar, y el 6 de agosto lo detiene en las inmediaciones de la Estancia de las Piedritas, ya en Santiago del Estero. Fue delatado por un moreno que había tratado de sobornar. José María Urien, un capitán de los Patricios de sólo 19 años y pariente de Bernardino Rivadavia, entra a la choza mísera donde se hospedaba quien había batido a decenas de corsarios ingleses, valiente marino, y tiene suerte porque la escopeta de Liniers no funcionó. Inmediatamente lo apresa y  humilla delante de la tropa, robándole sus pocas pertenencias -Liniers vivía de manera modesta, padre de ocho hijos, dos veces viudo-; en una “irrespetuosa” acción que merecería un castigo por la Junta porteña. Otras partidas atrapan rápidamente al resto de los cabecillas, Gutiérrez de la Concha; Victorino Rodríguez, teniente asesor del gobierno de Córdoba, y que había vendido a Liniers los terrenos en Alta Gracia -pariente del futuro presidente Derqui-; Santiago Allende, coronel de milicias de la caballería del rey; el oficial real Joaquín Moreno; y el obispo Rodrigo de Orellana.

 

Urien los hizo marchar en condiciones inhumanas, apaleados en varias ocasiones por los soldados, y fue la población local la que se movilizó para asistirlos por el Totoral y Fraile Muerto -actual Bel Ville- En tanto, en Córdoba, y otras ciudades cercanas, se movilizaba la sociedad pidiendo clemencia, sin saber aún la orden de ejecución; incluso la clemencia apoyada por los patriotas Hipólito Vieytes y Deán Funes. Algunos se acercan a Liniers con un plan de fuga, que parece rechaza convencido que en Buenos Aires nadie se atrevería a tocar un pelo a su Benemérito Protector. Además el trato mejora con los detenidos gracias al capitán Manuel Garayo, que reemplaza al vil Urien.

 

“¿Qué es esto Balcarce?” dicen que preguntó Liniers a su viejo conocido Antonio, su hermano Juan Ramón había defendido su virreinato en la asonada de Álzaga del 1 de enero 1809, aquella tarde del 26 de agosto de 1810,  cuando el carruaje donde eran llevado prisionero a Buenos Aires se desvió del camino para internarse en un monte perdido “No lo sé; otro es el que manda”, respondió cortante el jefe patriota, ante la llegada de los cincuenta Húsares al mando de Castelli y Domingo French. Tal vez se alegró al ver a French, a quien había ascendido a teniente en 1808, tal vez observó la cara de espanto de Balcarce. Paul Groussac describió esos últimos momentos del Conde de Buenos Aires, primer mito popular de estas tierras,  en la localidad cordobesa de Cabeza de Tigre, en el Monte de los Papagayos, “Al levantarse la espada de Balcarce todos los fusiles se bajaron, apuntando al pecho; hubo dos terribles segundos de espera para asegurar el tiro, y luego, al grito de ¡fuego! un solo trueno sacudió el bosque [...]. Algunas aves huyeron de los árboles, y fue el único estremecimiento de la naturaleza impasible por la muertes de los que habían mandado provincias y conducido ejércitos”, retrató el instante que llueven las balas sobre los contrarrevolucionarios, menos Orellana que fue salvado a petición de la curia de Buenos Aires, que ya empezaba a negociar su supervivencia con los nuevos gobernantes “Morimos orgulloso por nuestra fidelidad a la Patria” supuestamente dijo Liniers, que no murió aseguran en la primera ráfaga de arcabuces, detonada aparentemente también por ingleses que combatían junto a los criollos, ellos capturados por Liniers, y que recibió el tiro de gracia de su promovido French. Fueron enterrados a una fosa común en Cruz Alta y, prontos, los patriotas siguieron rumbo al Norte, satisfechos con el escarmiento ejemplar, un domingo sacrílego, y el cumplimiento de los ideales patrios -aunque la mayoría no sabía bien qué convicciones estaban defendiendo.

“Esto es la Revolución”

“Don Santiago Liniers fue autor de todas las medidas y disposiciones para resistir nuestras tropas que se dirigían a no obligar a los pueblos por violencia, sino a librarlos por solicitud de ellos mismos de la opresión en que los tenían abatidos…Los conspiradores de Córdoba han cometido el mayor crimen de Estado, cuando, atacando en su nacimiento nuestra grande obra, trataron de envolver estas provincias en la confusión y desórdenes de una anarquía. Ellos querían el exterminio de la Junta, por más justos que fuesen los fines de su instalación; y juraban la ruina de los pueblos… Semejante empeño condena a la América a una perpetua esclavitud… Aunque la sensibilidad se resista, la patria imperiosamente lo manda. A la presencia de estas poderosas consideraciones, exaltado el furor de la justicia, hemos decretado el sacrificio de estas víctimas a la salud de tantos millares de inocentes”, aparecería en el diario Gazeta de Buenos Ayres, órgano estatal de la Junta, el 10 de octubre de 1810, cuando el descontento arreciaba en las provincias frente a la furia revolucionaria.

Nicolás Rodríguez Peña, testigo y actor de ese tiempo, refiriéndose a Castelli, que quedó como cruel y sanguinario, justificó aquella decisión extrema: “Castelli no era feroz ni cruel. Castelli obraba así porque así estábamos comprometidos a obrar todos. Cualquiera otro, debiéndole a la patria lo que nos habíamos comprometido a darle, habría obrado como él. Lo habíamos jurado todos y hombres de nuestro temple no podían echarse atrás. Repróchennos ustedes que no han pasado por las mismas necesidades ni han tenido que obrar en el mismo terreno. Que fuimos crueles ¡Vaya el cargo! Mientras tanto ahí tienen ustedes una patria que no está ya en el compromiso de serlo. La salvamos como creíamos que debíamos salvarla. ¿Había otros medios? Así sería; nosotros no los vimos ni creímos que con otros medios fuéramos capaces de hacer lo que hicimos [...]. Arrojemos la culpa al rostro y gocen los resultados [...] nosotros seremos verdugos, sean ustedes los hombres libres”, sentenciaba una vez consumada la Independencia del 9 de Julio de 1816, y pintaba un crítico contexto donde solamente José de Artigas obtenía triunfos en el Litoral guiando un movimiento de cuña en las masas; pueblos que se habían malquistado los soberbios porteños con medidas radicales, y que alteraban las viejas tradiciones comunitarias.

Santiago de Liniers descansa en el Panteón de Marinos Ilustres de San Carlos, de la ciudad de San Fernando, Cádiz, España, luego de que el presidente Derqui exhumara sus restos en 1861, y que el presidente Mitre enviara sus cenizas en 1862, en señal de buena voluntad con España para que reconozca nuestra Independencia, algo que recién haría al año siguiente. Liniers, héroe de dos mundos, parte de la intolerancia nacional, y que escuchó de Balcarce, “Esto es la Revolución, Don Santiago”

 

Fuentes: Groussac, P. Santiago de Liniers, Buenos Aires: Estrada. 1965 / Sierra, J. A. Fusilados. Buenos Aires: Sudamericana. 2008 /  Levene, R. (comp) Los sucesos de Mayo contados por sus actores, Buenos Aires: El Ateneo. 1928 /  https://www.colegiomilitar.mil.ar/

 

Rating: 4.00/5.