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El fracaso de San Martín. Buenos Aires, 1822

En un capítulo crítico de la campaña libertadora, el Gran Jefe envió a su país un desesperado llamado de “un poco de metálico y un pequeño armamento”. Y el enviado Gutiérrez de la Fuente se fue como vino: sin nada.

Historia
San Martin

“Por cuanto el interés sagrado del América exige la cooperación de las Provincias Unidas del Sur para libertar a los habitantes del Alto Perú de tirano yugo español, en combinación con las operaciones del ejército unido y libertador que va a emprender su marcha por el frente de los enemigos…. Lo que importa, que la fuerza disponible de dicha provincia se ponga en actitud ofensiva, y que van detalladas de las instrucciones”, entregaba de puño y letra el General San Martín al comandante de escuadrón peruano Antonio Gutiérrez de la Fuente. Corría agosto de 1822 y el emisario del Libertador realizaba un periplo diplomático y militar por Chile y Argentina. Y si en el país trasandino poco podía hacer un débil Bernardo O´Higgins, del lado del Río de la Plata, ni siquiera existían más las Provincias Unidas.

Los paisanos del Interior argentino prestan inmediato apoyo de todos modos a la orden del Protector del Perú, que estaba al borde de sus fuerzas, peligraba su vida con enemigos íntimos que buscaban beneficios mezquinos, y no podía cumplir con la gesta patriótica americana que alumbró en estas tierras, en el glorioso campo de batalla de San Lorenzo, una década atrás. Pero será la Buenos Aires de Rivadavia que cerrará las puertas al sueño de la Patria Grande, “es más útil para nosotros que Perú continúe en manos españolas”, dijo el ministro unitario Manuel García, y no quedará otra a Don José de Yapeyú que dar paso al arrollador Bolívar, el venezolano quien garantizaba el ansiado final de las Guerras de la Independencia, e iniciar nuestro Libertador un exilio de treinta años.

Para entender esta situación hay que remontarse un año atrás cuando San Martín entra sin disparar a Lima. Recibido con efusión al principio por la sociedad limeña, aclamado en Buenos Aires por órdenes del gobernador Martín Rodríguez y el mismo Rivadavia, el prestigio y devoción a San Martín en el Continente preocuparía a más de uno. En Lima, sus medidas liberales, como fundar bibliotecas o estimular el teatro, no son bien recibidas por una casta conservadora; que tampoco ve con buenos ojos la relación con Rosita Campusano, o “La Protectora”. Por otra parte, le endilgan errores militares por no perseguir a los realistas y dejarlos hacerse fuertes en el sur del Alto Perú, masacrando poblaciones enteras -aquí San Martín lamentaría el “inoportuno” asesinato de Güemes en 1820, que dejaría sin líder natural la ofensiva patriota desde Salta- También recriminaban haber instaurado ciertas tradiciones que recordaban a la Colonia, como la Orden del Sol, y el mal manejo con los veteranos del Ejército de los Andes, que motivaría el alejamiento de los leales argentinos Gregorio Las Heras y Mariano Necochea. Estos errores políticos de San Martín estallaron cuando los republicanos peruanos se enteraron de la supuesta misiones secretas de Juan García del Río y Diego Paroissen, con el fin de contar con un monarca en Lima de las casas de Gran Bretaña, Rusia, Portugal o Francia, “evitando por este medio los dolores de la anarquía ¡con cuánto placer veré, en el rincón en que pienso meterme, constituida la América bajo una base sólida y estable”, confesaba el abatido San Martín a O´Higgins.

Los últimos planes de San Martín

Fracasadas las conversaciones con los liberales españoles bajo el mando del Virrey La Serna, masones como él pero leales a Fernando VII, el Libertador no cuenta otra opción que solicitar ayuda a los chilenos, a través de sus puertos, y a los argentinos, para que distraigan ellos las fuerzas realistas en la actual Bolivia. Y así encarar la gran ofensiva que hubiese acabado con los sufrimientos de los altoperuanos mucho antes de 1825, fecha de la última batalla por la Independencia, la batalla de Ayacucho.

Cientos de kilómetros rumbo el Atlántico, en Buenos Aires, la mención de San Martín causa temor en el partido unitario. Los desafiantes caudillos, y los federales porteños, tantean la posibilidad de nombrarlo Director Supremo. Loco, borracho, corrupto lo llama la prensa adicta a Rivadavia, y lo acusa de haberse “robado” un ejército y combatir de mercenario al servicio de Chile y Perú.

Muy diferente era la percepción que se tenía de San Martín en los pueblos del Interior, como queda rápidamente demostrado con la llegada de Gutiérrez de la Fuente a Córdoba, donde es recibido con “la mejor disposición”,  el 15 de julio de 1822 por el gobernador Juan Bustos. Se compromete el cordobés, que impulsó un saboteado congreso federal de las provincias en octubre de 1821, a reunir 2000 hombres y, en manos de Gutiérrez de La Fuente, envía una carta al gobernador bonaerense, “yo me hallo invitado por el SE el Protector del Perú acordarme al frente de una fuerza que debe operar por la espalda de los enemigos… he asegurado al comisionado de señor San Martín y aún a la América toda, y que cualquiera que sea su jefe que prepararé todos las auxilios que tiene mi esfera sin reservar nada a tan sagrado interés”, cerraba el caudillo federal y hombre de confianza de Manuel Belgrano. Gutiérrez de la Fuente, un americano que empezó siendo realista y terminó siendo un patriota peruano, vicepresidente de su país, arriba al puerto del Río de la Plata el 29 de julio de 1822. Tiene la certeza de que obtendría el apoyo irrestricto de los compatriotas, los paisanos, del Libertador. Pero la mala señal de las cartas sin abrir que había remitido desde Mendoza, anticipando tan delicado asunto que comprometía la libertad de América, se iba a materializar cuando expuso en la Cámara de Representantes de Buenos Aires, el 2 de agosto. Unos días atrás, el mismo cuerpo, discutía una ayuda por 20 millones de pesos a España, a fin de llegar a un armisticio “comprado”, y el sueldo del cónsul inglés, que se pagaría del erario público.

“Eternos enemigos del General San Martín”

“Todos los diputados estaban complotados para el efecto y la mayor parte eran eternos enemigos del General San Martín, incluso los tres ministros” se quejaría el peruano luego de las largas sesiones, que se prolongaron hasta el 16 de agosto. Allí el ministro García, sindicado de turbias negociaciones antes para entregar la Banda Oriental y Entre Ríos a los brasileños, postula que la guerra era mejor acabarla “negociando y no por el horror de las bayonetas” y el cura Julián Agüero señaló que “los españoles estaban liquidados y que San Martín tuvo ya bastante ejército (sic)”, mientras los realistas dominaban tres quintas partes del Alto Perú. Aún no le perdonaban al Libertador que no se desenvainara su sable en las guerras fratricidas domésticas.

Cabe una disquisición en este punto siempre polémico. Porque tanto en la mente de los líderes criollos, hablamos de San Martín y Rivadavia en este caso, aunque no compartieran las formas, coincidían en que el apoyo de Inglaterra era fundamental. Y, como deja muy claro Rivadavia en el último discurso ministerial, si las vías de negociación se agotasen, “será preciso completar por la espada la obra de nuestra Independencia”; no tan lejana a la mirada del General San Martín que utilizaba la opción militar de último recurso. Algo que no percibió un disgustado Gutiérrez de la Fuente que pegó el portazo de la sesión del 16 de agosto “movido de la bilis de oír tantos disparates”. En aquellas discusiones los voces disidentes estuvieron en los doctores Esteban Gascón y Juan José Paso, uno que no entendía cómo había argentinos que preferían que el Perú sea de España, y el otro, que certeramente señalaba que emergía un recelo político ante el prestigio de Libertador en media América. Unos días después, la misma cámara que negó “el metálico y un pequeño número de armamento” a un urgido San Martín -que solicitaba en verdad un préstamo, respaldado por las arcas peruanas-, autorizó por ley al Ejecutivo a contraer un empréstito de “3 o 4 millones de pesos valor real (sic)” a la casa inglesa Baring Brothers. 19 de agosto de 1822, día del nacimiento de la Patria Financiera, representada en el Banco de Descuentos o Banco de la Provincia de Buenos Aires -que abre sus puertas el 6 de agosto con menos de la cuarta parte de capital pagado por los accionistas, en su mayoría extranjeros, papeles al viento, y que con su ruinosa conversión inicial hizo que 1.358.814 pesos oro salieran rumbo a Londres, en su primer ejercicio-, y la Deuda Externa Argentina.

Del otro lado del alambre, un derrotado Gutiérrez de la Fuente, escribía el 27 de agosto de 1827 a un perplejo gobernador Bustos, “yo veo, general, que estos señores deliran o buscan pretextos nulos y falsos para excusarse y para no decir rotundamente que no quieren”, al tiempo que vuelve sin nada a la Lima, cada vez más hostil con San Martín. Agravado este cuadro con la anexión de Guayaquil, aquella que tenía esperanzas de permanecer al Perú, a la Gran Colombia, de un irrefrenable Bolívar. Desolado y amargado con las noticias que llegaban de los países que ayudó a liberar, Chile y Argentina, San Martín echa mano al último recurso. Abdicar en Guayaquil. Como admitiría a su lancero Tomás Guido, a bordo del bergantín Belgrano, navegando a Valparaíso y cerrando el paso glorioso de San Martín combatiendo por la Libertad y la Hermandad, “le diré a usted sin doblez. Bolívar y yo no cabemos en Perú” El renunciamiento que salvó la meta independentista y que se hizo inevitable con el fracaso de la misión de Gutiérrez de la Fuente. O cuando los argentinos, los porteños, negaron a San Martín.

 

Fuentes: Perrone, J. Diario de la Historia Argentina. Tomo 1. Buenos Aires: Ediciones Latitud 34. 1979; Pasquali, P. San Martín confidencial. Correspondencia personal del Libertador con su amigo Tomás Guido (1816-1849) Buenos Aires: Planeta. 2000; García Hamilton, J.I. Don José. La vida de San Martín. Buenos Aires: Sudamericana. 2000
Imagen: Télam

Fecha de Publicación: 17/08/2022

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