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Duelos argentinos: el honor y algo más en juego

Desde los años de la Independencia, los duelos intentaron zanjar las ofensas personales. Con el correr del tiempo, se transformaron en una marca de status.

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Lisandro de la Torre frente Hipólito Yrigoyen. Arturo Frondizi frente a John William Cooke.  Alfredo Palacios y Lucio V. Mansilla duelistas y padrinos en más de treinta ocasiones. Arturo Jauretche el último retador en 1971.  San Martín redactó un primer código de duelo para sus granaderos en los casos del honor mansillado, y fue padrino de Juan Lavalle. Grandes protagonistas de la historia argentina resolvieron a los sablazos, espadas o pistolas diferencias que se ocasionaban en la política, principalmente, o los chismes.  Desde 1869 se registraron 2467 desafíos, de los cuales 852 fueron arreglados por padrinos, con las disculpas públicas de algún oponente,  156 se dirimieron en tribunales de honor y 584 se concretaron, con menos de 200 muertes contabilizadas. Entre las profesiones sobran abogados y militares. Fue un acto de hombres aunque las mujeres también participaron según los testimonios  indirectos de Belgrano y Güemes, sin quedar registros más que rumores. En síntesis, los duelistas argentinos fundamentalmente delimitaron un rango social, que Juan B. Justo consideraba “bárbaros”, y que pretendía alejarlos con sangre de los inmigrantes “sin honor” y los criollos, los gauchos -aunque el duelo criollo, luego malevo, nunca era a muerte, más civilizado, y consitía en “marcar” solamente el rival. El duelo nacional fue un símbolo de pertenecer. Y pertenecer tiene sus privilegios.

Sin bien existe un lejano antedecente en Hernandarias, el primer virrey criollo de estas latitudes, quien dicen que ganó un territorio en Santiago del Estero por un duelo contra un jefe indio, los primeros registros chequeables nos ubican en 1814. Y en el actual Parque Lezama. Allí se batieron Juan Mackenna, héroe de la Independencia chilena, y Luis Carrera, hermano del ex dictador de Chile, y artífice del retroceso revolucionario en la región. Ya habían intentado hacerlo en Santiago de Chile y Mendoza sin éxito, incluso en el último intervino en contra San Martín por la amistad que lo unía a Mackenna “Usted ha ofendido el honor de mi familia con suposiciones falsas. Tendrá que retractarse públicamente y por las armas”, envía Carrera la misiva retadora, ambos en ese entonces en Buenos Aires. Y el irlandés Mackenna retrucó, “La verdad siempre he dicho y sostendré. Elija el día, lugar y hora y hágamelo saber con tiempo para preparar las armas” Una medianoche de noviembre, ante la mirada de los padrinos Guillermo Brown y el comandante Taylor, se oyeron dos disparos, uno hizo volar la galera de Carrera, el segundo los intestinos de Mackenna. La horrorizada sociedad porteña solicitó al Directorio medidas y Gervasio Posadas el 30 de diciembre de 1814 decretó la prohibición de batirse a duelo,  “estableciendo la irremisible aplicación de la pena de muerte a quienes se desafíen a un duelo o asistan a duelos en calidad de padrinos, considerándoselos a aquellos “como a verdaderos asesinos”, no obstante que un falso y criminal sentido del honor, se esfuerce en disculparlos”, sostuvo. Y a partir de esa fecha estuvo prohibido y penalizado en la Argentina. La “Gazeta de Buenos Ayres” del día siguiente comentaba, “Aplaudimos la firme decisión de nuestros gobernantes que nos pone a la altura de las naciones más civilizadas: las que han anatematizado esta desdichada costumbre que cobra anualmente tantas víctimas. En efecto: si las vidas de los ciudadanos deben exponerse por el bien de la patria, no es lícito que en graves momentos se desperdicien existencias valiosas por falsos puntillos de honra o mezquinos deseos de venganza. Los duelos, cuando no finalizan en ridículos simulacros, suelen tener trágico corolario, no sólo para el energúmeno que desafía  y para el que acepta por furor o compromiso, sino también para sus familias, amigos y la sociedad toda. No hablemos de los hermosos ojos de nuestras madres, esposas, novias y hermanas, que pueden quedar llorando para siempre por algún malogrado duelista. Inútil abundar en luctuosas anécdotas, algunas de fresco recuerdo, cuando a esta altura de la civilización,  poseemos tribunales que zanjan las querellas personales sin necesidad de las venganzas de sangre cuyo carácter interminable, nos remite a los tiempos de los Atridas -según la mitología griega un linaje maldito de asesinos-”, remata el progresista medio que pretendía, además, desterrar cualquier resabio español; el duelo es uno de sus legados.

Allí se inaugura una línea de jurisprudencia argentina en la materia que declara el duelo, simple y llanamente,  delito. Sin embargo luego del periodo de Rosas, quien perseguía a los duelistas aplicando la legalidad de la pena de muerte, y el ocaso de las crónicas guerras civiles en 1880, existió un notable repunte de los duelos, en particular en el círculos aristocráticos. Carlos Tejedor presenta al Congreso un proyecto que lo preveía como un delito especial, menor al homicidio y lesiones, y en un criterio que seguía en la materia el benévolo Código Penal de 1887. El proyecto de 1891 auspiciado por los legisladores nacionales Rivarola, Matienzo y Piñero establecía directamente la impunidad, apelando a una amplia fundamentación: “...El duelo no puede ser delito porque no es tal en la opinión, porque lo contrario piensa todo el que necesita, de la ofensa recibida, una reparación que la sociedad no le puede dar. Toda ley tendiente a reprimir el duelo carecerá de todo prestigio; será una ley contra sentimientos tenidos por honrosos y caballerescos; y no es la ley por cierto la que debe definir a cada uno lo que ha de entender por honor...” Ninguna iniciativa que legalice la venganza privada prosperó por la decidida labor, casi en soledad, de los socialistas de Justo.  

Una artimaña que encontraron los aristócratas fue radicar en Colonia las actas de los duelos. En Uruguay se declaró ilegal hace menos de tres décadas, y aún se recuerda al presidente Mujica añorando “otros tiempos” en sus chisporreteos con periodistas y políticos.  Muchos duelos en Buenos Aires se realizaron en una casona ubicada entre las calles Cuba, Echeverría, Sucre y Arcos, y que era propiedad del doctor Carlos Delcasse. Se la denominaba la “Casa del Ángel” por una estatua femenina alada. En los registros que dejó el propio dueño constan 384 duelos con espada, sable y pistola.

Carlos Pellegrini, quien fue retado a duelo por Alem aunque resolvió sus diferencias en el tribunal de honor previo a toda contienda, mencionó en el funeral de Lucio Vicente López, prestigioso profesor de derecho y nieto del autor del himno patrio, esta “muerte arrancó al país un lamento de amarga pena, grito airado de justa protesta, mezcla confusa de tristeza e indignación” López se había batido a duelo con el coronel Carlos Sarmiento debido a las acusaciones que hizo en la intervención de la provincia de Buenos Aires sobre una compra fraudulenta del militar de tierras en Chacabuco -que efectivamente eran espúreas. Detenido unos días después del fallecimiento de López, el Coronel Sarmiento recuperó su libertad. Desde ese 28 de diciembre de 1894 en el actual Hipódromo de Palermo uno de los padrinos, Lucio V. Mansilla, dejó un hábito que lo manchó a él de sangre en 1880, cuando mató a Pantaleón Gómez, su amigo del diario “El Nacional” La Nación publicó “La nota sangrienta“ unos días posteriores y que señalaba: “Es absurdo admitir que el funcionario responda ante la vindicta privada y no ante la ley. (...) Permitir que se obligue a responder con las armas en la mano a quien fuera su representante y por resoluciones adoptadas por él en cumplimiento de leyes del Congreso y con instrucciones del presidente de la República y sus ministros, tolerando así el alzamiento de un jefe del ejército, es complicidad”, con absoluta claridad.

Veinte años adelante, Justo, Nicolás Repetto y Enrique Dickman expulsarían del partido socialista al diputado Palacios, el primero socialista del continente en 1902, por la afición de éste de golpear con el guante a sus adversarios políticos, “el duelo es una costumbre de clase, constituyendo, desde el punto de vista político, una traba a la libre acción de los representantes del proletariado, estimando además que estorba a la educación política del pueblo y mantiene en él un concepto erróneo y peligroso del honor, por lo cual el Partido Socialista es de continua y franca oposición a esa práctica”, comenta el punto de los socialistas el historiador Alberto Dalla Vía. Respetuoso de sus dirigentes, y de sus principios caballerescos, Palacios declamaba ante la cámara nacional, “una disidencia en materia de honor me separa del partido al que di los mejores años de mi vida, y debo irme. Mi honor, señores diputados, es mi dignidad exteriorizada en el conjunto de datos que forman mi conducta. Y nada hay más subjetivo que la dignidad, no he de discutirla (...) Reafirmando, señores diputados, mi profunda fe socialista, no obstante el prejuicio caballeresco, que no he podido arrancar de mi alma, porque me viene de la raza, porque lo tengo en mi sangre criolla y castellana; prejuicio que, como socialista, no puede avergonzarme, lo tuvo Lasalle, lo tuvo (Jean) Jeaurés; lo tiene Van der Velde, el sabio y austero compañero nuestro, hijo de la Bélgica inmortal” Pocos meses después fundaba el Partido Socialista Argentino.

 

Duelos por amor

Si bien a mayoría fueron por cuestiones políticas, o de honor masculino, en las crónicas podemos encontrar algunos por amor. En 1907 el poeta Belisario Roldán se enfrentó con el banquero Teodoro de Bary, debido a que éste alemán se oponía a su relación con Arnolda Brinkmann. Distanciados por de Bary, Roldán se batió a duelo con el hombre de negocios, y resultó herido a primera sangre -los duelos podían detenerse allí, algo que era lo habitual, o ir hasta la muerte, según se acordaba entre padrinos. La pluma de Belisario conquistaría  más tarde el corazón de Arnolda, quien aseguran quedó conmovida con los versos del poeta en la revista “Caras & Caretas”, “Pues sabes que de pie sobre mis penas,/ ya en las angustias donde tiembla el paso,/ por disfrazar de aurora aquel ocaso,/ lo teñí con la sangre de mis venas”

Otro fue el caso de Leopoldo Lugones. Mantuvo durante décadas un romance clandestino con Emilia Santiago Cadelago y que fue la comidilla de la alta sociedad porteña. Rodolfo Quesada Pacheco se mofó de la relación entre un hombre mayor y una joven de veinte años, durante una reunión social, y Lugones decidió obligarlo a batirse a duelo con cartas irrespetuosas. Con fecha del 15 de junio de 1927 consta, “Reunidos los señores Barón Antonio De Marchi y el Dr. Wenceslao Paunero, en representación del Dr. Rodolfo Quesada Pacheco, y los señores generales Enrique Mosconi y Alonso Baldrich -nótese los apellidos de peso en la historia argentina, desde uno de los fundadores de la Liga Patriótica, De Marchi, al impulsor de Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF), Mosconi-, en representación de don Leopoldo Lugones, resolvieron que a raíz de una carta que el señor Lugones ha dirigido al doctor Quesada Pacheco, los representantes de ambas partes concertaron celebrar un encuentro entre dichos caballeros, eligiéndose como arma la espada de combate a pedido de los representantes del doctor Quesada Pacheco” Lugones era una excelente espadachín y lo lastimó round a round en el Salón de Armas de la Casa del Ángel hasta que los médicos tiraron la toalla a Quesada Pacheco. Ya cuando la relación de Emilia y Leopoldo estaba concluída por las presiones sociales, y las reglas del decoro de la pacata sociedad porteña,  Lugones le escribió una de sus tantas cartas a Emilia, dejándole en claro que se había batido por ella.

 

El último duelista, Arturo Jauretche

A los 65 años Arturo Jauretche seguía siendo un fogoso pensador y político, y no dudaba en ir hasta las últimas consecuencias. En una columna del diario “La Opinión” de Jacobo Timerman, Jauretche defenestraba el general Oscar Colombo, designado interventor en YPF, “¿Colombo es o se hace? Es conciente de que participa en -un proceso de “desnacionalización”- y es utilizado” Colombo, de cincuenta años, lo conmina a duelo y los padrinos, entre ellos Oscar Alende, tratan desesperadamente de que se retracte Jauretche, que sufría varios problemas de salud, y amparados en un código de honor que fija la edad máxima en 65. Vanos intentos llevan a una fría mañana del 16 de junio de 1971 -fecha sintomática en la memoria popular desde los bombardeos a la población civil en Plaza de Mayo de 1955,  con más de 300 muertos-, en el criadero avícola de “La Tacuarita” -guiño caro al nacionalismo- de San Vicente, a 50 km de la Capital. Se eligió un corredor de 80 metros entre galpones y contienda con pistolas. El general Arredondo fue designado el juez del lance y los duelistas dejaron sus sobretodos “como si fueran capas” en una larga mesa. Colombo, de gris, Jauretche, de azul. Mientras Arredondo ultimaba los detalles de las armas escogidas con el armero, Jauretche tosía. A las 8.21, en la crónica de Horacio Verbitsky, los padrinos ubicaron a las contendientes de espaldas. Luego pusieron las pistolas y a dar quince pasos “¿Están listos señores?” se escuchó entre ruidos de gallos y calandrias. Al unísono repitieron “Estamos listos” Alende miraba a la distancia acariciando un bulto sobre la cintura, posiblemente un arma. A las 8.22 el juez grito, “fuego, 1,2,3” Colombo torsionó la cintura e hizo fuego en el 1. Jauretche permaneció erguido y disparó entre el 1 y el 2. Fallaron. Y los dos descalificados porque el tiro debía ocurrir después de la cuenta de 3. Los duelistas decidieron dar por terminado el reto pese a que ninguno ofreció disculpas.  A media mañana de ese otoño inclemente se lo podía escuchar a Arturo Jauretche, en su querido café de Esmeralda y Córdoba, relatando el último duelo de la historia argentina.

 

Fuentes: Hamilton, M. Duelos, los combates por el honor en la historia argentina. Buenos Aires: Planeta. 2019; Gayol, S. Honor y duelo en la Argentina moderna.  Buenos Aires: Siglo XXI.2008; https://elarcondelahistoria.com/duelos-y-duelistas-1591/, Sangre y honor: los duelos en la Argentinaen https://www.ancmyp.org.ar/user/FILES/3-%20DALLA%20VÍA.pdf

Fecha de Publicación: 25/11/2020

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