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Copamiento del Cuartel de la Tablada: cae el telón de la violencia de los setenta

El 23 y 24 de enero de 1989 marcó el final de la guerrilla argentina nacida en los sesenta. Y manchó de sangre los meses finales del gobierno de Alfonsín.

Historia
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A la distancia resulta difícil explicar el intento de copamiento del Cuartel de La Tablada, en La Matanza, una agobiante madrugada del verano de 1989. En el abismo del estallido social de la hiperinflación, la agitación social iba en aumento, un gobierno democrático a la deriva vaciado de poder, pero nada hacía preveer un golpe militar pese a las dos intentonas del año anterior. Uno de los grandes logros del radicalismo en el poder fue consolidar la democracia como un valor esencial de la sociedad. Durante años se especulará de filtraciones de inteligencia militar para detener el descontento por las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, y demostrar su valía, incluso existe la versión de una interna dentro del mismo radicalismo y la omnipresente Junta Coordinadora Nacional. En todo caso, la evaluación de los altos cuadros del Movimiento Todos Por la Patria (MTP), varios de ellos altamente calificados en la guerrilla urbana y el análisis político como Enrique Gorriarán Merlo, era de un “inminente golpe” y de “tomar las armas para marcar el camino de la insurrección popular que defienda la democracia popular” 29 guerrilleros muertos -varios con escasa instrucción militar-, 4 desaparecidos en plena democracia, y 11 bajas de fuerzas de seguridad y militares -un par muertos por fuego amigo de los fuerzas de seguridad…el comisario Pirker dijo palabras más, palabras menos, “con un par de gases lacrimógenos, y no con 3 mil soldados, terminaba todo en medio día”- convirtió al 23 y 24 de enero de 1989 en la última batalla de la guerrilla argentina.

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Gorriarán Merlo, El Pelado, no era ningún improvisado. Había participado en los setenta del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), junto a Mario Roberto Santucho, y con mano de plomo dirigió en la fuga de la cárcel de Rawson, junto a otros dirigentes guerrilleros del ERP y Montoneros, y el sangriento ataque al Regimiento 10 de Azul en Buenos Aires. Con el golpe militar de 1976 consigue llegar a Nicaragua, donde se transforma en un dirigente del regimen sandinista, y  ejecuta el asesinato de Anastasio “Tachito” Somoza, ex dictador nicagüense, en una emboscada en Asunción del Paraguay, donde estaba refugiado por el dictador Stroessner. En 1983 en Managua lanza la revista “Entre Todos”, dirigida por Carlos Alberto Burgos y su esposa Martha Fernández, que comienza a aglutinar a los militantes del radicalismo, la izquierda, el peronismo y el Partido Intransigente con intereses de defender y apuntalar “el campo popular” Unos años después llegaría la intención de asentar un movimiento en el país, Movimiento Todos Por la Patria, con pretensiones eleccionarias, de magros resultados, y con sedes en distintos puntos del país coordinadas por el abogado Jorge Baños y el fray Antonio Puigjané, en especial en el Noroeste argentino revitilizando el área de influencia del ERP. La organización estaba financiada desde Nicaragua, con miras de extender el socialismo en la región, y también integraba el plan el sostenimiento de medios, como el naciente diario Página/12. Justamente en este diario, pieza clave de la renovación periodística de los ochenta, entre diciembre y enero Burgos y Baños denunciaban un pacto peronista-sindical-militar, el futuro presidente Menem, el militar sedicioso Seineldín y el gremialista Miguel, bajo el título “Los militares se preparan para salir de nuevo” Eso fue el 17 de enero de 1989.  A los cinco días un camión de Coca Cola embestía la entrada principal del Regimiento de Infantería Mecanizado 3, en el cruce de la avenida Crovara y el Camino de Cintura, en La Matanza.

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El último combate de la guerrilla argentina

Joaquín Ramos, uno de los miembros del MTP que entró al cuartel de La Tablada, en el documental Tablada, el final de los '70  confiesa, “Viéndolo desde ahora me parece que teníamos un concepto medio naif de la revolución... Charlábamos en el MTP que la táctica de guerra popular y prolongada que tenían los grupos armados, de hacer una guerrilla que esté años luchando, era como que en Argentina no iba a ningún lado. Siempre se hablaba más de una revolución insurreccional, más al estilo iraní. Después estudiando, en la cárcel tenés mucho tiempo, te das cuenta que las insurrecciones no se hacen así: “vamos hacer una insurrección” y la gente sale. Una insurrección también necesita trabajo, una organización, una planificación, una estructura, que nosotros no teníamos. Pero todo eso no lo pensaba, no lo sentía. A mi me decían que la gente estaba con mucha bronca con Alfonsín y con mucha bronca con los milicos… y pensaba que con eso alcanzaba. Por eso te digo que es medio naif la idea. Que si nosotros generábamos la famosa chispa que incendia la pradera, si nosotros generábamos un catalizador que podía ser la toma del cuartel de La Tablada o la resistencia armada en el caso de que los milicos salieran, como que íbamos a desencadenar la fuerza del pueblo que estaba como dormida, o agazapada si querés, esperando como una señal —si, es medio naif todo—, como alguien que les dijera para dónde sacar toda esa bronca” Y si tenemos en cuenta la realidad, fatalmente naif. No era muy difícil de preveer para estos hombres experimentados rodeados de jóvenes idealistas y provistos con herrumbradas armas enterradas desde 1981 en Jujuy, sin entrenamiento, que el objetivo de copar las cinco unidades y llegar a bordo de tanques, que sólo un par sabía manejar,  a la Plaza de Mayo, era más que una quimera, un suicidio. Por ejemplo dos pelotones enteros de guerrilleros fueron contenidos, y diezmados, por dos francotiradores. La plana mayor monitereaba desde una estación de servicio, entre ellos Gorriarán Merlo, algo que enseguida quedó deshabilitado por la interferencia electrónica de un solo avión militar que seguía las órdenes del general Alfredo Arrillaga, imputado luego en crímenes de lesa humanidad en Mar del Plata.

Según la declaración de los sobrevivientes a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), los asaltantes de La Tablada informaron su rendición alzando banderas blancas a las 9 de la mañana del 23 de enero. Nadie las vio o nadie quiso verlas. Arrillaga aclaró que no tenía un megáfono para iniciar la rendición pacífica. Un fuego a mansalva incendiaba los casinos donde se parapetaron los guerrilleros con rehenes, que de los 46 miembros originales del copamiento estaban reducidos a 24 hacia el mediodía, entre los muertos los líderes Burgos y Baños. A la mañana siguiente, con la inminente llegada del presidente Alfonsín, Arrillaga consigue un megáfono y salen esposados los insurrectos en fila india, 14 hombres y dos mujeres, y enfilan al casino de oficiales. Francisco Provenzano, el “Pancho” buscado ansiosamente por los militares entre quienes se rindieron, y Carlos Samojedny, viejo militante del ERP, permanecen hoy detenidos-desaparecidos; al igual que Iván Ruiz y José Alejandro Díaz, que se entregaron el día anterior, y quedaron registrados en la lente del fotoperiodista Eduardo Longoni. El fiscal Nisman validó las versiones de los militares que los guerrilleros desaparecidos se habían fugado al exterior como Gorriarán Merlo.

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Crímenes de lesa humanidad en la presidencia de Alfonsín

“–¿Y a los jóvenes que participaron en la acción?
–Perpetua. A todos perpetua. El juicio nada tuvo que ver con el derecho. En el juicio acusan a los que entraron con el camión de Coca Cola de haber aplastado al soldado Tadía que estaba en la puerta. Al soldado Tadía no lo mató el camión sino una bala que vino de adentro y de arriba, que tiró el subjefe del batallón Fernández Gutiérrez, que por supuesto estaba adentro. La bala le entró al muchacho en un ángulo de 45 grados. Esto está probado, sin embargo, se siguió diciendo que lo mató el camión. El juicio fue una vergüenza, nadie puede dudarlo. Uno de los colimbas declara con total ingenuidad que en tal o cual momento él pasó por el Colegio Militar para “repasar el libreto”. “¿Cómo? ¿Qué libreto?”, dice el juez, seguramente aterrado y tratando de que el chico se dé cuenta y busque una salida al disparate. Pero el chico insiste, “Sí, sí, para repasar qué teníamos que decir” Pinky mostró en televisión “El cadáver del soldado Tadía aplastado por el camión de Coca Cola” ¡No era el soldado Tadía sino un compañero nuestro Roberto Sánchez, aplastado por un tanque! En este asunto, a un juicio absolutamente tramposo se sumó la complicidad de la prensa.
El capitán Monteli dice en el juicio: “Cuando esta chica pasó, le vacié el cargador en la nuca”.
–“Iba desarmada”, dice también y luego, “Ella cruzó y no me vio”. ¿Qué era esto sino un asesinato? La chica era de Quilmes y fue invitada por un pibe amigo suyo, Ricardo Veiga, a quien fusilaron ¡El fue uno de los cuatro que fusilaron!” recordaba Puigjané a la gran periodista María Esther Gilio en 2004, el fray que fue condenado a veinte años de prisión por el simple hecho de pertenecer al MTP, ya que en ese momento no concordaba con la dirección verticalista de Gorriarán Merlo. Los 13 sobrevivientes y siete detenidos posteriores, que fueron nueve con las detenciones en México del cabecilla guerrillero y Ana María Sívori en 1997,  fueron sometidos a un proceso viciado de nulidad, sin defensa, que a mediados de los noventa empezó a ser duramente cuestionado por organismos internacionales y de derechos humanos, una protesta que fue en aumento cuándo declararon soldados y civiles que presenciaron torturas y fusilamientos.  Las presidencias de la Rúa y Duhalde fueron conmutando penas e indultando sucesivamente a los implicados ante las flagrantes violaciones de los derechos constitucionales, y del justo proceso jurídico, mientras avanzados los dos mil comenzaron las causas contra los militares, jueces y fiscales intervinientes.

“Gorriarán se atuvo, en lo esencial, a lo que más abajo denomino la “versión oficial” de los hechos; aun así, el diálogo prolongado permitió que en los pliegues de esa versión oficial se ratificara una certeza, que a mí me resultaba fuertemente perturbadora de aquella versión oficial: las fuerzas atacantes habían buscado disimular su carácter de “civiles”, arrojando volantes de un ficticio agrupamiento denominado Nuevo Ejército Argentino (en varios medios se difundió la noticia que era un levantamiento militar, carapintada; algo que incluso duró un par de días) Y había sido, en palabras de Gorriarán Merlo, “en el momento en que se empezó a decir que el grupo atacante no era un grupo carapintada sino un grupo de civiles» que la operación naufragó definitivamente” inicia Claudia Hilb su agudo análisis del sangriento e inexplicable copamiento salvo para mentalidades mesiánicas y totalitarias. Una fantasía violenta sin mirar a un pueblo que quería superar los horrores del pasado, vivir en democracia y paz, y que dio vuelta de página a la Argentina de los setenta.

 

 

Fuentes:   Celesia, F. Waisberg, P. La Tablada. A vencer o morir. La última batalla de la guerrilla argentina. Buenos Aires: Aguilar. 2014;  Hilb, C. La Tablada. El último acto de la guerrilla setentista. Instituto de Investigaciones de centro de estudios Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales, UBA/CONICET. 2010. http://historiapolitica.com/datos/biblioteca/2j_hilb.pdf; https://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-30758-2004-01-25.html

 

Fecha de Publicación: 23/01/2021

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