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Che Guevara y Argentina: rutas nacionales hasta el fin

Pese que a sus últimos diez años desde Cuba fueron los más conocidos en el mundo, las experiencias argentinas marcarían al revolucionario. Destellos de una vida incandescente.

Historia
Che Guevara y Argentina

“Ya vendrán los revolucionarios que entonen el canto del hombre nuevo con la auténtica voz del pueblo”, escribía Ernesto Che Guevara en 1965 al director del semanario uruguayo Marcha, Carlos Quijano, “en nuestra sociedad, juegan un papel importante la juventud y el partido. Particularmente importante es la primera; por ser la arcilla maleable con que se puede construir el hombre nuevo sin ninguna de las taras anteriores”, sostenía el revolucionario en tiempos que iniciaría su viaje final al Congo y Bolivia, pasando a la clandestinidad. Jerarquizaba a la juventud, simiente de aquel hombre nuevo de una sociedad orientada al prójimo, que nunca dejará de invocarlo, en los sesenta, y en el dos mil, también. Vivió la mayoría de sus años en Argentina, a dónde quiso volver en plan subversivo en su última aventura, y jugó un papel vital en la historia política local, allí sus negociaciones con Perón en el exilio madrileño, y el apoyo de la resistencia peronista. Sin embargo,  no es un periodo demasiado transitado, sin el brillo de la marcha sobre La Habana de 1959, o sus discursos y acciones que sentaron las bases de los sandinistas, aún en el poder en Nicaragua, y tupamaros, de cuyo seno salió el presidente uruguayo, Pepe Mujica. De la Patagonia a las tiendas de entrenamiento en la selva cubana, las razones de un Che que es algo más que una camiseta para los argentinos.

Nacido el 14 de junio de 1928  en Rosario –se inauguró en 2008 una estatua en la accidental ciudad natal, ya que la familia hizo una parada de emergencia en su rumbo a Buenos Aires-, aunque sus padres pertenecientes a la clase alta, Ernesto Guevara Lynch y  Celia De la Serna, manejaban un yerbatero en Puerto Caraguataí, Misiones. Sin embargo la mala salud respiratoria de Ernesto obliga que en 1932 se trasladen a Alta Gracia –hoy museo en Villa Nydia-, y luego a la ciudad de Córdoba, hasta que retornan a Buenos Aires en 1947. El aventurero e inquieto Guevera vivió en doce lugares distintos entre 1928 y 1953. De la experiencia cordobesa, además de la tonada, quedarían grandes amigos, entre ellos Alberto Granado, que era mayor que Ernesto, pero con quien compartía la pasión por el rugby, las mujeres, la literatura y los viajes “Fue un mañana de octubre”, recordaba Guevara en sus “Diarios de motocicleta. Notas de un viaje por América Latina”,  base de la película de 2004 de Walter Salles, “tomábamos mates dulces y comentábamos las últimas incidencias de la perra vida, mientras nos dedicábamos a acondicionar a la Poderosa –la motocicleta británica Norton-…yo tenía algunas desazones –su ruptura sentimental con María del Carmen Ferreyra, hija de un aristócrata cordobés-…¿Y si nos vamos a Norteamérica? ¡A Norteamérica! ¿Cómo?, preguntó Granado –y responde Guevara- ¡En la Poderosa, hombre!”, exclamaba quien ya había tenido experiencias viajeras, recorrió en bicicleta casi 4500 km del norte argentino en 1950, y fue paramédico de la flota mercante petrolera de YPF en 1951, desde Comodoro Rivadavia a Trinidad Tobago. El Chancho Guevara, como le decían a Ernesto por desaliñado y camorrero, estaba decidido en un plan continental que pasaría primero por la Patagonia.   Y que cambiaría su vida radicalmente, en el roce con la América Latina profunda, “ahora miraba el futuro…musitando los versos –de la poeta uruguaya Sara Ibáñez- “Y ya siento flotar mi gran raíz libre y desnuda”

La Poderosa sufrió la travesía por los caminos de ripio patagónicos, aunque Guevara es el primero que detiene la marcha en Choele Choel, aquejado de una violenta fiebre “Libres de las trabas de la civilización” se internan en el corazón del Sur, pasan por Piedra del Águila –Neuquén-, “exponentes de la raza araucana, conservan la desconfianza al hombre blanco que los explota”, anota de los peones, y arriban a San Martín de los Andes, al cual auguran un futuro turístico –hoy existe un museo del Che en el galpón de Parques Nacionales donde durmieron una noche- Allí dejaría una promesa que no pudo cumplir, acribillado en la selva boliviana, “Quizá algún día cansado de rodar por el mundo vuelva a instalarme en esta tierra argentina y entonces, si no como morada definitiva, al menos como lugar de tránsito …habitaré la zona de los lagos cordilleranos”

Serpentean el camino cornisa de Los Siete Lagos, acampan a la vista del Lago Nahuel Huapi,  e intentan reparar la motocicleta una vez más, sin mucha suerte. En Bariloche, en la Modesta Victoria, la lancha con casi  80 años que continúa haciendo el pase a Puerto Blest, cruzan Ernesto y Alberto –se conserva una foto en su cubierta de aquel día- Habían pasado solo unas semanas de una expedición que duró nueve meses, en el norte de Chile, en un leprosario peruano de Iquitos, en las orillas del Amazonas, en Colombia –allí dirigieron un equipo de fútbol- y Venezuela, donde Alberto  se quedaría a trabajar de bioquímico, mientras Ernesto pasaría varios días de lavacopas, y mucamo de una azafata, en Miami. Retornaría en julio de 1952 para recibirse de médico, tal cual había prometido a su abuela Ana Lynch “El personaje que escribió estas notas murió al pisar de nuevo tierra argentina. El que las ordena y pule, “yo”, no soy yo; por lo menos no soy el mismo yo interior. Este vagar sin rumbo por nuestra “Mayúscula América” me ha cambiado más de lo que creí”, confesaría en sus diarios el Che, quien en 1953 realizaría un segundo viaje americano con Carlos “Calica” Ferrer, otro de sus amigos cordobeses, e hijo de un eminente doctor que lo atendía por asma, y ya no volvería por esas montañas patagónicas del Lago Lácar que soñaba. Jamás.

 

Las 16 horas que vivió en peligro el Che en Buenos Aires

En agosto de 1961, Punta del Este se encontraba en convulsión. No eran por las noticias de la farándula sino porque estaban reunidos los ministros de economía americanos en el Consejo Interamericano Económico-Social. Pero la gran estrella era el Che Guevara, quien regresaba al Cono Sur con su aura de aguerrido revolucionario y gestor del estado cubano marxista. Más allá de la retórica insurgente de las sesiones públicas, “la guerra no nos conviene” reconocía finalmente el Che a los estudiantes montevideanos, Guevara estaba encomendado por Fidel Castro a negociar con los norteamericanos. Sus objetivos eran liberar las exportaciones de la isla hacia los países del Este, y dinamizar acuerdos con los capitanes de la industria capitalista, que permitan la industrialización de una economía muy atrasada como la cubana. Y que se lo admita “país socialista” en el seno las naciones que aspiraban a los fondos de la Alianza para el Progreso, algo que Estados Unidos trababa con el recuerdo aún fresco del desastre de Bahía de los Cochinos –la operación de la yanqui CIA que fracasó estrepitosamente, y fue un incentivo para la Crisis de los Misiles, que casi desencadena la Tercera Guerra Mundial atómica en 1962.     Por tratativas de los representantes argentinos y brasileños, las posiciones se acercaron en Montevideo, con la promesa del Che que detendría el financiamiento a las guerrillas en América Latina. Allí surgió el nombre del presidente Frondizi, a quien el presidente Kennedy respetaba sus condiciones intelectuales y diplomáticas.  Para el argentino, era una chance de congraciarse con los militares que lo tenían en jaque, y ganar la estatura de estadista mundial.

El 18 de agosto de 1961 partía del aeródromo de Melilla, en la avioneta Bonanza, el Che, el ministro cubano Ramón Aja Castro y Jorge Carretoni, un radical del ala de izquierda del partido, y a quien el presidente Frondizi había confiado la delicada misión. Con Carretoni compartieron mates la noche anterior con Horacio Rodríguez Larreta (padre)  En Don Torcuato lo esperaba el capitán de corbeta  Fernando García, a cargo de la custodia, y a quien Frondizi preguntó si “defendería con su vida” al Che – según Pacho O´ Donnell en www.infobae.com,  el brigadier Jorge Rojas Silveyra señaló cincuenta años después, “Yo ordené que mataran al Che durante su estadía en Argentina. Pero elegí mal a los hombres y no supieron o no quisieron hacerlo” En un trayecto cargado de nerviosismo a la residencia de Olivos, en el cual el Che desconfiaba de los militares argentinos, únicamente hubo un momento de relajo, “En esa esquina tomaba el colectivo para ir a CUBA (Club Universitario de Buenos Aires)”, disparó Guevara.

La conversación duró menos de una hora, y se establecieron puntos básicos de entendimiento continental, aunque “las enormes presiones que se ejercieron contra esta solución, sobre Kennedy, y sobre los países latinoamericanos que propiciaban el acuerdo, lo hizo fracasar entonces”, citaría resignado Frondizi, quien perfilaba al Che, “era decidido y apasionado…demostraba un gran sentido humano…pero estaba profundamente equivocado en su análisis de la situación latinoamericana. Su tesis de la violencia…no obedecía a la situación actual

Una vez terminada la reunión, y con la urgencia de salir del país antes de las 24 horas, a fin de no oficializar una visita reservada, no clandestina, la indignada fuerza aérea niega la posibilidad del despegue. Máxima tensión en los cuarteles de Buenos Aires. Frondizi personalmente ordena al brigadier  Rojas Silveyra que libere la pista de Don Torcuato mientras el Che disfrutaba un bife jugoso por gentileza de la esposa de Frondizi, Elena Faggionato, a la par que contaba sobre el destino del Club Tropicana y las famosas carreras de galgos. Su último deseo en tierra argentina fue visitar a su tía muy enferma, María Luisa Guevara Lynch de Martínez Castro, en Gelly y Obes y Avenida Libertador, San Isidro. En esa casa Ernesto transcurrió parte de su infancia.

¿La visita del Che Guevara aceleró la caída del presidente Frondizi? Absolutamente “Es que mi canciller Miguel Ángel Cárcano –decía Frondizi a Enrique Llamas de Madariaga sobre un canciller puesto para aplacar la ira de los militares, luego de la visita del guerrillero-, un amigo de la familia Kennedy, que incluso tuvo en su estancia de Córdoba de huéspedes a Jackie y sus hijos, nunca supo explicarles a los militares que yo hablé con el Che Guevara a pedido del presidente John Kennedy. Que fue Kennedy quien me encomendó y casi rogó la tarea que yo debía hacer: que Cuba volviera a ser parte de una América más unida que incluyera a los Estados Unidos. Y Kennedy me dijo que prefería tener un amigo a 150 kilómetros de la Florida antes que una nación enemiga en  su puerta de entrada” No hubo caso.   El 29 de marzo de 1962 sería derrocado el presidente Frondizi.

 

Che Guevara y la insurrección armada argentina

Pese a lo que se suele indicar, el Che Guevara no tuvo ninguna actividad política ni en la secundaria cordobesa ni en la universidad porteña–no fue dirigente de la FUBA como aparece en varios memoriales de la federación universitaria. Su único contacto con el marxismo en sus tiempos de estudiante de medicina resultó a través de Berta “Tita” Infante, que estaba vinculada a la Federación Juvenil Comunista durante el peronismo –si bien no admiraba las políticas populistas de Perón, para el Che Guevara el líder justicialista siempre fue el respetado “Capo” En Punta del Este junto a Alfredo Guzmán, que sería luego parte de las Fuerzas Armadas Peronistas, comienzan a pergeniar los grupos argentinos que recibirían entrenamiento militar en Cuba.Inclusos los primeros reclutados en Uruguay fueron los bonaerenses Mario Damián y Juan Cabret, que terminarían viviendo en la isla, y se instruirían en el “arte militar” en Campo Cero, bajo la atenta mirada del mismo Che. En marzo de 1963 se conforma la Columna 50, íntegramente formada por argentinos, y que era dirigida por un dirigente comunista de Lomas de Zamora, Fernando Escobar Llanos –nombre de fantasía, aclara Isidoro Gilbert. Fueron considerados de los mejores guerrilleros por veteranos de Sierra Maestra y, muchos de ellos, serían duros insurgentes en el mundo, con el lema “uno, dos, muchos Vietnam” Cinco del grupo de compatriotas integrarían el Ejército Guerrillero del Pueblo del periodista Jorge Masetti, en 1963-1964,  la primera guerrilla guevarista, y uno de los primeros grupos armados que actuó en la Argentina.

“En enero de 1965 estábamos en un campamento en Cuba y el Che vino a vernos a la hora de la comida –recuerda Néstor Kohan, cuadro del partido comunista nacional, y que fue uno más de los 180 argentinos que recibieron adiestramiento con armas y estrategia, aunque bastante precario afirman varias fuentes. Algunos de ellos participarían en Montoneros, y el Ejército Revolucionario del Pueblo, en la lucha armada de los setenta- Era muy modesto, y se sentaba en el piso –el Che era el Ministro de Industria de Cuba- Él estaba muy interesado en la preparación de los argentinos, y no solamente del partido comunista…Era un gran tirador, una vez le tiró a una latita con el FAL y lo mantuvo en el aire hasta que se acabaron las balas…-y la última vez que lo ví- me dijo “ Vuestro partido les enseñó a morir como héroes en la tortura pero no les enseñaron a matar. Y un revolucionario también debe matar””, en momentos en que los líderes del Movimiento Comunista Internacional propiciaban la coexistencia pacífica, y desarticulaban en Latinoamérica, “mil equipos armados de cinco hombres” Frondizi tenía razón.    

¿Quería entrar por Bolivia el Che Guevara para continuar la lucha en Argentina? Según Paco Taibo II, uno de sus principales biógrafos, en una nota de www.nodalcultura.am, “Su relación con los peronistas del grupo de John William Cooke es real. ¿Los estaba preparando? Sí. ¿La relación con Masetti? ¿Pensaba entrar a la Argentina? Sí, absolutamente confirmado. Hablé con dos o tres personas que estuvieron en el montaje de la operación, que hablaron con Masetti y estaba claro. La operación de Masetti estaba pensada para que el Che interviniera en el mediano plazo” ¿Volvería clandestino a la Recoleta de su infancia, a la casa de las tías en zona Norte, o se internaría en las villas miserias como el Padre Mujica? Difícil saberlo del hombre que fue asesinado un 9 de octubre de 1967. Y se convirtió en leyenda, y polémica, con un legado político que vuela como hojas de almanaque ¿Existiría un Che Guevara en la época de la posverdad y los confinamientos? ¿Podría liderar en la marea verde? ¿Hay chances de un hombre nuevo?

 

Fuentes: Che Guevara, E. Diarios de motocicleta. Notas de un viaje por América Latina. Buenos Aires: Planeta. 2006; Gambini, H. Frondizi, el estadista acorralado. Buenos Aires: Vergara. 2006; Gilbert, I. La Fede. Alistándose para la revolución. La Federación Juvenil Comunista 1921-2005.Buenos Aires: Sudamericana. 2009

Fecha de Publicación: 29/06/2021

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