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Camino a la Revolución de Mayo

Los patriotas el 25 de Mayo de 1810 en Buenos Aires subían el primer peldaño a la libertad de una manera distinta a la que planearon. En la previa, y hasta el desesperante 1816, la independencia no era lo que nosotros llamamos Independencia.

Historia
Camino a la Revolución de Mayo

Desde la orilla de enfrente, el comandante del apostadero naval de la realista Montevideo, enfrentada a la subversiva Bueno Aires que declaraba su autogobierno el 25 de Mayo de 1810, aunque no la Independencia del Rey Fernando VII de España, informaba a sus superiores en Lima, “la revolución de Buenos Aires está meditada hace ocho años, según pública confesión de Juan José Castelli al señor virrey, intentada y siempre frustrada” Por lo tanto, en las fuentes oficiales del enemigo godo,  la marea sediciosa empieza antes de las escolares reuniones en el jabonería de Hipólito Vieytes en 1809, o las resistencias a los invasores británicos en 1806/1807. Además, contrariamente a la historia oficial de un grupo de iluminados, el militar señala que no existía una agrupación única, el famoso partido de los patriotas enfrentados a los sarracenos/españoles, sino que se entremezclaban como bien señala el caso del secretario de la Primera Junta Mariano Moreno que podía defender antes los intereses del ultrarealista Martín de Álzaga.

En mayo de 1810 actuaron simultáneamente varios núcleos con difusas vinculaciones, citemos a los comerciantes Rodríguez Peña en las antípodas de un popular Cornelio Saavedra, y sin un plan previo ni orgánico de acción. Casi una década esperaron, urdieron, confabularon en plácidos cafés y vistosas cacerías en el campo,  los porteños, mientras otros americanos se desangraban en Haití o el Alto Perú. La Revolución cayó en balde sin tomar la Bastilla ni pensar en Independencia con mayúsculas, más bien independencia para defenderse conservadoramente de un mundo que cambiaba de manos. Apenas golpear las puertas del tambaleante Cabildo y, recién allí, Buenos Aires fue el faro de libertad que llegó hasta el Caribe.

“La gente de Buenos Aires creyó que Beresford venía para independizarlos”

Para entender este deriva que casi empujó a los criollos a declarar sus derechos de propio gobierno se debe remontar a las ideas que los jóvenes como Manuel Belgrano o Bernardo Monteagudo empezaban a difundir como un pacto de unión entre los pueblos –que no remitían a una identidad nacional y, que en la tradición hispánica, se asentaba en el “amor al soberano”-, y la necesidad de pensar en la retroversión del poder a este “pueblo” en momentos de gran agitación europea,  con el avance incontenible de Napoleón. Nuestros patriotas en esa década no querían pertenecer al dominio francés pero estaban dispuestos a continuar bajo los Borbones, el fundamento del carlotismo, en referencia a la princesa Carlota de Portugal, hermana de Fernando VII, o directamente, en la protección inglesa, a la cual varios de ellos imploraron repetidamente.

“La gente de Buenos Aires creyó que Beresford venía para independizarlos, pero cuando éste les dijo no tener órdenes, sobrevino la Reconquista”, informaba a Londres el 1 de mayo de 1807 lord Castlereagh, y agrega una línea que regiría la política británica sobre la Argentina en los próximos 200 años, “quizá la mejor solución sería abandonar la conquista y seguir el comercio inglés, como antes el contrabando consentido por todo el mundo”, justificando la conducta de los criollos, que pensando que Inglaterra ayudaría en sus planes autogestivos, caían en un entramado que podía hacerlos colaborar con la fuga del derrotado Beresford y, pese a ello, no conseguir el respaldo de la pérfida Albion, ahora aliada de la invadida España. En criollo, donde se come, no se defeca.  

Esta aviesa actitud de la potencia colonialista motivaría que los rebeldes porteños cambien de planes sobre la marcha y empiecen a estrechar lazos con los oficiales y jefes de milicias, la mayoría criollos. En una ciudad de 40 mil, 8 mil eran soldados, una fuerza de poder nada despreciable, con una autonomía inédita, y que serían fundamentales en vida política siguiente. Más aún desde que el naciente ejército argentino evitó el 1 de enero de 1809 el derrocamiento del virrey Liniers, acusado de favoritismo francés, por el gobernador de Montevideo, Elío, donde se constituiría la primera Primera Junta del Río de la Plata. Y que no pensaba acatar la autoridad de un militar elevado al virreinato por el clamor popular. Entre quienes habían apoyado la elevación de virrey de Liniers, en el Cabildo de 1806, se encontraban Juan José Paso, Manuel José de Lavardén, Joaquín Campana y Juan Martín de Pueyrredón, “mozuelos despreciables…fueron los que tomaron la voz…y con una furia escandalosa intentaron probar que el pueblo tenía autoridad para elegir a quien mandase, a pretexto de asegurar su defensa”, expresó preocupado el virrey Sobremonte, y cerraba en otra misiva al marqués de La Paz, a fin de ese año, que en el Virreinato había una profusa circulación de pasquines segregacionistas de España y que, especialmente, preocupaba Buenos Aires fuertemente armada a punto de “hacer uso de ellas para sus ideas particulares”.

El partido carlotista

La situación española era crítica en 1808. No solamente estaba soportando la ocupación de Napoleón, que finalmente decide encarcelar al rey Fernando VII y ungir a su hermano José I en Madrid, desatando así una guerra sin cuartel en la península –y la primera derrota de las águilas imperiales en Bailén, batalla de la cual participó José de San Martín; por otra parte, novedosa aparición de una táctica que impondría en el continente el Libertador de América, la guerra de guerrillas-, sino que debía recelar de sus colonias, especialmente en el Sur donde los portugueses habían instalado la corte en Río de Janeiro, luego de la huída de Lisboa, amparados por los ingleses.  La última guerra entre españoles y lusitanos había ocurrido en 1801 y la corte de Braganza aún ocupaba casi toda la Banda Oriental y buena parte de las antiguas misiones de los jesuitas en el Litoral y Misiones. Buenos Aires temía una conquista violenta, una revolución plebeya, o ambas a la vez, y sus hombres comienzan a tender puentes con la intrigante Carlota Joaquina Borbón de Braganza, casada –aunque en ese momento, separada- con el rey Juan VI. Y si bien sus aspiraciones de transformarse en la Reina del Plata duran unos pocos meses, cortadas de cuajo por el rey portugués, aconsejado por lord Strangford, que vetan el permiso de arribar a Buenos Aires, su sombra será omnipresente hasta mediados de 1810.

“Lo único que puede hacernos felices es reconocer a la infanta Carlota Joaquina de Borbón para regente de estos dominios”, sostenía Belgrano en un diálogo imaginario entre un americano y un europeo, y que tuvo una amplia circulación en los salones porteños.  El 20 de septiembre de 1808 se fecha una Memoria, que firman Castelli, Antonio Beruti, Vieytes, Nicolás Rodríguez Peña y Belgrano, donde se reclama la intervención de Carlota para contener “partidos republicanos…-que podrían- inspirar a los incautos e inadvertidos”, y, de esta manera, reforzar la fidelidad a la corona española, a través del hermano rey cautivo de Napoleón.

A través del agente Felipe Contucci se cruzan decenas de cartas en 1809, en las cuales Belgrano, que no ceja de peticionar que desembarque Carlota con una fuerza de “20 mil hombres”, narra los alzamientos de La Plata – Chuquisaca- y La Paz. Honda impresión causó en los porteños el levantamiento en Chuquisaca, justo un año antes de nuestro 25 de mayo, “¡Qué tranquilos vivían los tiranos y qué contentos los pueblos con su esclavitud antes de esta fecha memorable!”, reseñaba un protagonista directo, Monteagudo en 1812, y en La Paz, el 16 de julio de 1809, “¿Debe seguirse la suerte de España o resistir en América?”, la pregunta replicada en miles paceños. Paceños reunidos en la Junta Tuitiva y Representativa de los Derechos del Pueblo, arribeños del Alto Perú despreciados por los abajeños del Río de la Plata, que no tendría empacho en declarar, “ya es tiempo de organizar un sistema nuevo de gobierno fundado en los intereses de la patria, altamente deprimida por la bastarda política de Madrid. Ya es tiempo, en fin, de levantar el estandarte de la libertad en estas desgraciadas colonias, adquiridas sin el menor título y conservadas con la mayor injusticia y tiranía…jamás perdáis de vista la unión que debe reinar entre todos –americanos-“, interpelaba un documento que parece más en sintonía con el San Miguel de Tucumán de 1816, o el artiguista Congreso en Arroyo de China de 1815, que con el Buenos Aires de 1810. Estas palabras, y la brutal represión española ordenada por los virreyes Liniers y Cisneros, masacrando pueblos enteros de criollos, mestizos e indios, despertaría  en el ala más radical porteña el “ningún amo” belgraniano. Entre las medidas de la junta del Alto Perú, que fue ajusticiada por el sanguinario Goyeneche, estaba no remitir más caudales a Buenos Aires para destinarlos a la “Patria Americana”, y que se reúna un congreso de representantes de los cabildos que integraban el Virreinato. De criollos e indios.   

“Los americanos empiezan por primera vez a hablar de sus derechos”

La llegada del virrey Cisneros fue el revulsivo que necesitaba Buenos Aires para tomar el toro por las astas. Llegaría el 29 de julio de 1809 bien recibido por la población general y tratando de contemporizar en los dos “partidos”, los peninsulares bajo el mando de Álzaga; y los criollos, que asentaban el poder en las milicias, y no pocos españoles, que también pretendían independizar el país pero por razones económicas – y asegurar el libre comercio con Inglaterra y Holanda. Belgrano, que había intentado en vano que Liniers desconozca a Cisneros, “inobediencia al ilegítimo gobierno de España” –arrinconada la Junta en Sevilla-,  escribía libremente el deseo de “que formásemos una de las naciones del mundo”.  Como pondría en una carta Saturnino Rodríguez Peña al conde de Linhares, en los contactos de los patriotas con los portugueses borbónicos, se estaba incubando el “partido de la independencia en la América española”, y los americanos, ahora menciona Belgrano en sus memorias, “empiezan por primera vez a hablar de sus derechos”.  Como sostiene Goldman, aparece “independencia” pero matizada no en términos de soberanía, o liberación, sino en posibilidad de autogestión, pensada en modos administrativos, dentro de la misma monarquía.

Pueyrredón, Vieytes, Castelli, Rodríguez Peña, la delantera de la Revolución de Mayo

Como reconocerían Saavedra y Martín Rodríguez, “a los nueve meses de estar Cisneros ocupando la silla virreinal, creímos que era tiempo de pensar en nosotros mismos”, quien empezó la chispa del 25 de Mayo de 1810 fue Pueyrredón, que reunió en su casa a todos los jefes militares, criollos y españoles, el 12 de junio de 1809. Un articulista de 1826, Fray Gregorio Torres, señala además que en simultáneo, Nicolás Rodríguez Peña –a quien pertenecía la célebre jabonería-, Vieytes y Castelli fueron lo que llamaríamos núcleo duro del proceso revolucionario del 10, y que se fueron sumando luego Belgrano, Antonio Chiclana, los hermanos Irigoyen, Beruti, y los militares Bustos, Viamonte y Balcarce.

El deán Funes, actor mismo de los sucesos de Mayo, alabando en 1816 a los hombres “atrevidos en quienes el eco de la libertad hacía una impresión irresistible, se unen secretamente –Cisneros había impuesto una Junta de Vigilancia y perseguía las reuniones y a la prensa, no solamente las noticias de la caída de Sevilla que arribaron unas semanas antes del 25 de mayo en un barco inglés- exponiendo su tranquilidad, su fortuna, su vida, con tal de extirpar la tiranía, levantan el plan de esta revolución”, sumando a Juan José Paso, Martín Thompson, José Darragueyra, y dejando afuera otros que fijaría la posteridad como Saavedra –aunque en su memorias surge claramente su participación, casi necesaria en su rol de líder respetado de la poderosa milicia- y Mariano Moreno. Tomas Guido señala especialmente al “alto clero, cuyo sufragio fue siempre propicio a nuestras libertades, y procurábase el mayor número de adictos para exigir un movimiento imponente, un cambio en la administración y una junta de gobierno, por voto popular”, retrucando el lancero de San Martín sobre el prejuicio de conservadurismo atribuído a la curia per se. En Mayo de 1810, varios curas, Fray Manuel Aparicio, el presbítero Sáenz y el padre Juan Salcedo, entre otros, eran revolucionarios.

“Entonces –escribe Martín Rodríguez, a días del llamado a Cabildo Abierto del 22 de mayo de 1810, en un escenario distinto a los cafés bajo la recova de la Plaza Mayor, donde se reunía la  intelligentsia porteña ligada al comercio- le propuse a Viamonte a cargo de tres batallones del Regimiento de Patricios-…que se pusiese a la cabeza de ellos, y esa misma noche venía abajo Cisneros. Vino Viamonte y le propusimos nuestra idea, pero el negó diciendo que si no estaba Saavedra nada podía hacer…en el acto escribió a él y a Castelli”, cerraba quien sería gobernador de la provincia de Buenos Aires, del llamado al presidente de la Primera Junta, primer gobierno patrio, y al Orador de la Revolución. Castelli en la defensa en 1809 de Saturnino Rodríguez Peña, imputado de intrigante carlotista, diría que era ilegítimo el “vasallaje de vasallos sobre vasallos”. En esencia, el mismo argumento esgrimido el 22 de mayo de 1810 para decir que Cisneros estaba “cesado” con la caída de la Junta de Sevilla en enero de 1810. Y que los criollos disponían de la soberanía del autogobierno.  Era el punto final a un proceso sedicioso porteño largamente anhelado, por momentos sin control de los patriotas, tensionados por circunstancias e intereses foráneos. Lo que empezó en esa hora lo sintetizó un soldado español en sus memorias, una fechada el 18 de mayo de 1810 con el llamado al Cabildo Abierto, “desde Este día adelante Revoluzión”

 

Fuentes:  Torre Ravello, J. Cómo se llegó a Mayo en revista Buenos Aires. Revista de Humanidades. Año 1 Nro 1. 1961; Taborda Terán, N. Estandarte de Libertad. Ensayo histórico de las rebeliones de Chayanta,  Tungasuca, Madrid, Charcas, La Paz, Quito y Buenos Aires. Buenos Aires: Punto de Encuentro. 2010; Goldman, N. ¡El pueblo quiere saber! Historia oculta de la Revolución de Mayo. Buenos Aires: Sudamericana. 2009; Saavedra, C. Belgrano, M. Rodríguez, M. Guido, T. Los sucesos de Mayo contados por sus actores. Buenos Aires: El Ateneo. 1925

Imagen: Freepik

Fecha de Publicación: 25/05/2022

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