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Biblioteca Nacional: una historia argentina

Fundada por la Revolución de Mayo y su proyecto modernizador, la biblioteca en Buenos Aires es imagen del pensamiento nacional tanto por sus nombres como en la realización arquitectónica.

Historia

Mariano Moreno y Juan José Paso fueron los promotores dentro del primer gobierno patrio de las medidas libertarias. Ambos hombres eran los eruditos y dignos de la confianza popular, en palabras de Tomás Guido. Y de ambos parten relámpagos los decretos modernizadores como aquel que la Gazeta de Buenos Ayres sintetizaba como “Educación” y que, entre otros puntos donde promovían la urgente educación popular con las Escuelas de la Patria, iniciaban la vida de la Biblioteca Pública, actual Biblioteca Nacional, un 13 de septiembre de 1810, fecha que se celebra el Día del Bibliotecario en la Argentina.

Para la historia quedó Moreno, “la luz del gabinete patrio”, como el fundador aunque en su época él mismo se llamaba “protector”. De ello queda registro en una nota original del 12 de noviembre dirigida al Cabildo solicitando los recursos para los sueldos de dos bibliotecarios y, argumentando, que la citada biblioteca ya estaba proyectada antes de las invasiones británicas, por la misma institución. Asimismo se había presentado con ese título cuando donó un libro de latín al fondo bibliográfico, que esencialmente se nutrió de importantes donaciones de otros ilustres porteños, como el humilde Manuel Belgrano o el gran educador Luis José Chorroarín, más la expropiación de la nutrida biblioteca del obispo Orellana, juzgado como contrarrevolucionario. Cuando Chorroarín fue director de la Biblioteca en 1811 también movilizó a nombre de la Junta Grande, y Triunvirato, varios libros del colegio donde había sido rector, el Real Colegio San Carlos.

Como adivinamos desde sus mismos inicios, la biblioteca pública de Buenos Aires acompañó la marcha y contramarcha de los argentinos. Testigo y partícipe. Si bien la biblioteca, primero porteña, luego nacional, no cuenta con el volumen de sus hermanas brasileñas o mexicanas, la importancia social de sus acciones culturales y el pensamiento de sus directores no es indiferente a la sociedad. Recordemos la visceral polémica con la designación del anteúltimo director, Alberto Manguel, un escritor argentino que prácticamente hizo su carrera en el extranjero, y que en 2020 dona su biblioteca de 40 mil ejemplares a la Biblioteca de Lisboa. O más atrás cuando el escritor antisemita Gustavo Martínez Zuviría, el popular Hugo Wast, estuvo al frente del edificio de la calle México por veinticinco años. En la actualidad, la dirección del periodista, escritor e investigador Juan Sasturain seguramente imprimirá un sello en que las futuras generaciones podrán analizar cuáles eran las políticas culturales, y el pensamiento, de una época.

Una joya arquitectónica de Buenos Aires

A punto de quedar ciego Jorge Luis Borges renegaba en un atestado edificio de San Telmo, que había sido originalmente pensado como sede de la Lotería Nacional. Incluso quedaban perdidos algunos bolilleros. Un lector desprevenido seguramente pensaría en que entraba en un cuento fantástico borgeano, algo no muy distinto a cuando hoy pisamos la Biblioteca del Congreso Nacional entre las ventanillas del viejo banco hipotecario. En aquellos años se comienza con la búsqueda de la sede definitiva, la última tras los pasos en la Manzana de las Luces y la calle México. Una versión asegura que fue el mismo Borges que eligió el solar de la Av. Libertador, entre las calles Austria y Agüero, demoliendo la casa donde habitaban Evita y Juan Perón. Los monstruos que lo habían desplazado de auxiliar de la biblioteca Miguel Cané en Boedo a inspector inspector de aves, conejos y huevos, aunque una investigación de Jorge B. Rivera jamás encontró esa directiva en los papeles oficiales, únicamente un apercibimiento por cuestiones administrativas, a lo que luego el escritor renunció debido a su antiperonismo.

La historia del edificio también tiene esos vericuetos del pericón nacional. En 1958 el Ministerio de Educación y Justicia formó una comisión para el emplazamiento y programa definitivo de la Biblioteca Nacional. Se elige la exresidencia presidencial de la quinta Unzué y, debido a las turbulencias políticas, derrocamiento del presidente Frondizi por medio, el concurso recién se efectivizó en octubre de 1962. Obtuvo el primer premio la propuesta de los arquitectos Francisco Bullrich, Alicia Gazzaniga y Clorindo Testa. Todos ellos militaban en las corrientes que trastocaban los conceptos de la arquitectura moderna, con una fuerte impronta rebelde que era cercana a los informalismos y el arte Pop. También nuevos materiales, módulos de hormigón y plástico, irrumpían frente a los materiales tradicionales. Asimismo en la formación de los arquitectos confluían el diseño gráfico y la sociología hacia puntos de vistas extremadamente originales. Testa representa muy bien esta eclosión y el riesgo modernizador porque en sus proyectos la organización funcional y el tratamiento de las piezas salta al vacío con una audacia, allí los increíbles volúmenes del Banco de Londres –hoy Banco Hipotecario– en plena city porteña, gemelo de la Biblioteca Nacional.

Dentro de la tendencia estructuralista-brutalista, Bullrich, Gazzaniga y Testa patearon el tablero a cómo se diseñaba una biblioteca en el siglo XX. Hasta ese momento se pensaba que los lectores debían ubicarse en torno, o en contacto, con la torre destinada a los libros. Ellos propusieron aprovechar la pendiente del terreno, en continuadad a la línea urbana y recuperando la vista al Río de la Plata, para lo cual el diseño enterró los depósitos y posó sobre grandes pilares el volumen de las salas de lectura. Tan innovadora es la idea que, además, prevé un espacio subterráneo que contenga más depósitos.

Tanta genialidad tuvo que esperar una década para su piedra fundamental, ahora bajo el gobierno militar de la autodenominada Revolución Argentina, y casi dos para abrir las puertas, un laberíntico proceso, bien borgeano, por las cuales pasaron tres constructoras diferentes. Finalizada en 1992, aún restan áreas que completen el proyecto original. Recién a partir del 8 de enero de 2013 la Biblioteca Nacional lleva el nombre de su protector, Doctor Mariano Moreno.

Paul Groussac, todos los directores, el director

Desde sus primeros directores y bibliotecarios, Saturnino Segurola y Fray Cayetano Rodríguez, hasta Sasturain los apellidos nos cuentan de la gravitación que tiene ese sillón en la cultura nacional. Allí estuvieron Marcos Sastre, el librero animador de la Generación del 37, y el mismísimo hermano de Mariano, Manuel Moreno. O  Carlos Tejedor, en las antípodas del pensamiento federalista de esa generación, luchando luego por la secesión de Buenos Aires. También José Mármol, autor de la seminal Amalia, ciego dirigiendo una biblioteca, al igual que Borges, Chorraorín y Groussac. Tal vez todos ellos inspiración para el personaje capital de El nombre de la rosa de Umberto Eco, tan borgeano, claro.

Paul Groussac resultó el alma máter desde 1885, y por cuarenta años, de otorgarle un inédito papel activo en la sociedad, verdadera plataforma intelectual de los hombres que inventaron la Nación Argentina. La trayectoria anterior de este hijo de una buena familia de Toulouse arrancaba desde muy joven en la educación, con la docencia en el Colegio Modelo del Sud, justamente enfrente de la biblioteca donde sería luego longevo director, y continúo como culto periodista en la Revista Argentina. Allí apoyó las políticas educativas y culturales del presidente Avellaneda. Designado inspector nacional de educación recorrió el país, se casó con una santiagueña, Mercedes Alcorta de Beltrán, y residió varios años en Tucumán.

Desilusionado en un regreso a su Francia, Groussac retorna al país con la firme idea de convertirse en un intelectual argentino –si bien nunca abandonó el sentimiento de “escritor de dos patrias, escritor de fronteras”–. En esos años llega el nombramiento de Eduardo Wilde para la Biblioteca Nacional de Buenos Aires. Pese a las resistencias iniciales por su carácter de extranjero, el director se instaló decidido en el despacho de Perú y Moreno con un plan modernizador que incluía, entre otros adelantos, una catalogación con criterio científico, áreas para documentos históricos, una ley de depósito de todo libro argentino en la biblioteca y un fichero público, que dicen confeccionó de puño y letra. Fue quien en 1901 logró el histórico edificio de la calle México al 500. Groussac imaginó una Biblioteca Nacional creadora de una sociedad ilustrada y crítica a fuerza de la palabra, y tuvo proyectos de difusión impactantes como la revista La Biblioteca, órgano influyente de la difusión cultural finisecular, y que fue interrumpida por el segundo gobierno del presidente Roca por sus críticas a las negociaciones territoriales con Chile.

“La biblioteca era un caos de 30 mil volúmenes alineados sin orden, en un casa secular en ruinas, privada de aire y luz. Conformó allí una biblioteca bastante presentable, instalada en un local cómodo”, refiere en tercera persona el mismo intelectual francés sobre su llegada a la función pública, que a fin de siglo resguardaba 62.707 libros, y en el punto final de su gestión se acercaba a los doscientos mil –en la actualidad superan los 900 mil–. “Árbitro, juez y dictador cultural”, lo definió Ricardo Piglia, el polígrafo Groussac (1848-1929) polemizó con varios intelectuales argentinos, de todas las tendencias, saberes y edades, Bartolomé Mitre, José Ingenieros y Leopoldo Lugones sólo algunos, instaurando una figura dominante para los argentinos: el director de la Biblioteca Nacional.

 

Fuentes: Bruno, P. Pioneros culturales de la argentina. Biografías de una época. Buenos Aires: Siglo XXI.2011; Liernur, J. F. Arquitectura en la Argentina del siglo XX. La construcción de la modernidad. Buenos Aires: FNA. 2001; Atlas de la Arquitectura Mundial del siglo XX. Barcelona: Phaidon-Océano. 2012; https://www.cultura.gob.ar/institucional/organismos/museos/biblioteca-nacional/

  

Fecha de Publicación: 13/09/2020

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