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Batalla de Curupayty. Qué importa un brazo si es por la Patria

La peor derrota del ejército argentino en un lodazal sudamericano es silenciada pese a que ese día los soldados nacionales recibieron la gloria eterna, comparable a los honores guerreros de Tucumán o Maipú.

Historia

Fraga. Charlone. Roseti. Paralelas del barrio de Chacarita en Buenos Aires que pocos saben que las une un fin trágico. Y el crimen de la guerra. Apellidos de militares muertos bajo la bandera patria, acribillados a la vera del Río Paraguay en la batalla de Curupayty, única victoria aplastante del mariscal Francisco Solano López en la Guerra del Paraguay, o de la Triple Infamia, en palabras de Juan Bautista Alberdi. El 22 de septiembre de 1866 perecía la crema y nata de la sociedad bonaerense, sumergida en barro, espinas, alimañas y sangre, en la controvertida carga ordenada por el generalísimo Bartolomé Mitre. No existe una calle que recuerde aquellas cuatro horas en el infierno, en donde resplandeció en el sol litoraleño el desinteresado amor de estos jóvenes por la Patria. Ninguna recuerda un desastre militar y político antesala del final de las guerras civiles en el Cono Sur, un impensado triunfo paraguayo que prolongó la contienda desigual y exterminadora durante tres años más, aniquilando a casi toda la población guaraní, asesinada entre el plan sistemático de los aliados y el sanguinario dictador Solano López. Una falta de respeto para ilustres desconocidos como el soldado negro argentino, ensangrentado y desorbitado, que se presenta en la dantesca retirada al campamento de Curuzú, y ante el general Emilio Mitre, que pierde un batallón casi entero intentando quebrar la fortificación enemiga, exclama, “Yo soy el soldado Carranza de la primera línea y ésta es su bandera” Hombres que dieron su vida por la Bandera. Héroes nacionales que ninguna derrota puede olvidar.

Explicar la Guerra del Paraguay a la distancia requiere cierto extrañamiento de las pasiones. Alejarse de una versión canónica y oficial, que entiende la mayor conflagración sudamericana del Siglo XX, una que involucró a catorce millones de paraguayos, brasileños, argentinos, uruguayos, con la muerte en batalla de 600 mil guaranís –la guerra de Secesión Norteamericana significó la misma mortandad pero en una población de casi 32 millones, y de ambos lados-, en una cuestión de defensa nacional por la invasión a Misiones y Corrientes. También desentrañar la explicación de que era para liberar al país hermano de la dictadura del bárbaro Solano López, que ciertamente había sumido a la población a un estado policiaco, atrasada en varios aspectos sociales y económicos, aunque con grandes adelantos tecnológicos e industriales. Plausible hasta que se examina el Tratado de la Triple Alianza que establece el reparto del territorio paraguayo entre los vencedores argentinos y brasileños, en una especie de continuidad imperialista de la Guerra contra el Brasil 1825-1828.  Del otro lado, quienes acusan de guerra infame, hablan del intento de destruir un proyecto alternativo proteccionista-industrial latinoamericano, que molestaba los planes colonialistas económicos de las potencias extranjeras, aunque el interés de Inglaterra y Francia era más bien marginal, ellos preocupados en la amenaza del aparato de guerra de los alemanes. Ninguna de estas vertientes debería primar pero tampoco descartarse de plano.  

Otra cuestión discutida es la extensión de la contienda, que insumiría largos años en apestosas trincheras, un anticipo de la Primera Guerra Mundial que se mezclaba con anticuadas cargas de caballería, de la época de los granaderos de San Martín, barridas por el fuego de la metralla –ni hablar del problema de logística, hoy obvio, de transportar caballos por el impenetrable Chaco- Más sabiendo que ya el primer año de guerra los paraguayos tuvieron 60 mil bajas, en un plan irracional de Solano López de atacar en simultáneo a Brasil y Argentina, y apoyar a los blancos en las revueltas internas del Uruguay. Gran parte de la explicación de la larga guerra se halla en el atraso militar aliado frente a los paraguayos, que tenían unas impresionantes fuerzas armadas, munidos con armamento de fabricación propia, y que rondaban los casi 70 mil profesionales, más 20 mil en la reserva –llegaría a movilizar a 150 mil- En 1865 Brasil tenía 25 mil, Argentina 6 mil, y Uruguay dos mil, todos deficientes pertrechados, que en el transcurso de la guerra se irían engrosando, nuestro país llegó a tener entre los batallones provinciales y la Guardia Nacional unos 25 mil, y que son los verdaderos orígenes del poder militar en la región. La Guerra del Paraguay hizo ejércitos y generales transcendentales en la vida futura de los respectivos países: el único alto mando que sobrevivió a la masacre de Curupayty fue el dos veces presidente argentino Julio Argentino Roca. Lo que se dice, el destino.  Finalmente, contando claro la coerción del dictador paraguayo que fusilaba ante el menor rastro de deserción o traición, reales o inventadas, la ineludible garra de los guaranís que combatían tuvieran, o no, los elementos, arrojando piedras, arena o tenedores, en defensa de su suelo. Los aliados tuvieron varios heridos intentando capturar prisioneros, que luchaban kamikazes en duelos de uno contra diez o veinte; aunque también supieran que si los brasileños los capturaban terminaban de esclavos en cafetales, y si los atrapaban los argentinos, los hacían pelear contra sus compatriotas.  

De Tuyutí a Curupayty. ¿En tres meses en Asunción?

La rendición de Uruguayana a fines de 1865 fue el último intento de ofensiva de Solano López, que más por especulaciones erradas, apoyos de litoraleños federalistas, que por conocimiento militares, había emprendido un demoledor ataque relámpago en la Cuenca del Plata - y que se anticipó al blitzkrieg de los nazis en 1939. Lo que quedaría de contienda se disputaría en tierra paraguaya. Los ejércitos aliados quedaron separados en dos grupos en la primera fase de la invasión al Paraguay, uno a los órdenes del comandante general Mitre que desembarca en Paso de la Patria, y el otro con los brasileños del general Marquez de Souza, en el Alto Paraná. Todos los ejércitos se concentraron en un área que no superaba los veinte kilómetros, cercanos a la fortaleza de Humaitá, la principal de la guerra defensiva que enmarcó la estrategia de Solano López desde 1866 al fin de sus días, en Cerro Corá, en 1870. Nadie avanzaría por casi dos años, estaqueados en sus trincheras y campamentos. En enero de 1866 Mitre probó las dificultades de cualquier avance en un suelo pantanoso y selvático, plagado de pestes, con la derrota de Pehuajó, cuando gauchos a caballo al mando del general Conesa fueron casi aniquilados por un puñados de paraguayos parapetados en los montes. Dardo Rocha, futuro fundador de La Plata, y enemigo político de Mitre, salvó la vida de milagro.  Igual no sería la derrota anterior de Curupayty de Mitre porque también es batido en julio en Boquerón, en los cuales pierde 5 mil hombres, y la gran mayoría de uruguayos, que a partir de ese cimbronazo tendrían una presencia simbólica en la coalición.

Los 14 mil hombres que regresaron a defender Paraguay, la mayoría lucharon en Corrientes, fueron concentrados por Solano López en una serie de fortificaciones costeras. Curuzú, Curupayty, Humaitá, Timbó y Tahí con pesada artillería debían proteger la ruta fluvial a la capital Asunción, muchas más sencilla que la agreste de las riberas, un verdadero laberinto de riachos, charcos, pantanos y lagunas infestadas –los brasileños calculan que de sus bajas, unos cien mil, la mitad correspondía a muertos por cólera y diarreas. La Guerra del Paraguay colaboró en elevar los estándares sanitarios futuros. Recibirían en una primera oleada a 42 mil aliados, de los cuales casi 30 mil eran brasileños “Atrás al negro trompeta”, era el grito de guerra de los paraguayos.  

Con el ominoso contexto de Estero Bellaco, que dejó un tendal de muertos horriblemente mutilados de ambos lados, las fuerzas volverían a chocar en Tuyutí el 24 de mayo de 1866.  Cinco horas y media de lucha encarnizada en la mayor acción bélica del Continente en su historia, 60 mil almas chocaron bayonetas y lanzas, cuerpos y balas, en el anegadizo campo de Tuyutí, rodeado de punzantes juncos, y que finalizó por el poder abrumador de la artillería aliada, que pudo contener la ventaja inicial de los 9000 mil jinetes paraguayos que hacían volar las cabezas de sus rivales, y que no contaban con un plan coordinado de avance, lo que sería fatal para ellos a medida que se topaban con más y más batallones argentinos y brasileños. Desconocedores de la mínima ciencia militar los generales paraguayos, empezando por Solano López, no enviaron fuerzas de reserva –acantonados 20 mil en el cercano Paso Pucú- que hubiesen empujado a sus enemigos al río Paraná.  

Durante dos días los soldados brasileños trabajaron denodadamente para enterrar tres kilómetros de cadáveres, se calcula que murieron entre  10 y 6 mil paraguayos, entre 5 a 3 mil aliados, y que esos cuerpos humeantes, que crepitaban en piras altísimas, sellaron el último intento paraguayo de retomar la iniciativa. La suerte de la guerra parecía echada. Y faltó dicen los críticos iniciativa de Mitre de perseguir a las maltrechas fuerzas de Solano López y retrasó la victoria aunque, en verdad, los triunfadores no disponían de la logística necesaria para internarse en el Chaco. Además se agravó una constante de la Triple Alianza. La crónica desconfianza de argentinos y brasileños, ahora agudizada con el conocimiento público del infame tratado entre argentinos, brasileños y uruguayos -lo que motivó una ola de descontento popular en Argentina que puso en peligro a la presidencia de Mitre-, y la reunión del mandatario argentino, y comandante de las fuerzas multinacionales,  con el salvaje Solano López. 

En Yataytí-Corá el 12 de septiembre Solano López propuso la paz, y un exilio asegurado, a cambio de que no sea arrase el Paraguay; o que Argentina se retire, con grandes elogios a los militares argentinos empezando por el mismo Mitre, y dejen solo a Brasil, “esos negros son fáciles de vencer”, remató entre risas compartidas. Mitre, pese a los desconfianzas de los imperiales, ratificó la lealtad a un acuerdo expansionista “Quedan reabiertas las operaciones de guerra”, fue la respuesta de Mitre, quien había prometido en junio de 1865 a la fervorosa Buenos Aires que en “tres meses estarían en Asunción”, y en el preludio de la masacre de Curupayty.

 

Descenso a los infiernos en Curupayty

“Hemos llegado a la cumbre: miremos al sol”, escribía el periodista paraguayo Juan E. O´ Leary en 1902, “después del efímero triunfo de Curuzú –por los imperiales del general Porto Alegre- viene la hecatombe de Curupayty, donde queda confirmada la nulidad militar del que dirigía la operaciones del enemigo…inmediatamente después del triunfo de los brasileños, Mitre, mordido por la envidia…Mitre estaba seguro del triunfo –pese a las resistencias en al ataque frontal de sus aliados- Halagaba su espíritu decaído después de tantos descalabros…iba a vengar a los caídos de Boquerón…pero el 17 empezó a caer una lluvia torrencial, que paralizó las operaciones del enemigo, dando tiempo a que terminaran las fortificaciones de Curupayty” señala de un hecho fortuito que detuvo la ansiedad del comandante, que había logrado que la armada imperial se ponga bajo sus órdenes por primera vez. Mientras tanto los paraguayos construían fosos de cuatro metros de ancho y dos de profundidad, muros y cercos de abatís, los árboles abatidos con filosas puntas, y un sistema de trincheras, ideado por el mejor general del Solano López, José Eduvigis Díaz.  Los aliados deberían enfrentar, una vez que los imperiales “hagan polvo” las baterías al río, dicho por el almirante Tamandaré, una trinchera de dos kilómetros defendida por cinco mil veteranos soldados, armados con 49 cañones.      

 En el “Álbum de la Guerra del Paraguay” el argentino general José Ignacio Garmendia cuenta que “en  un almuerzo que tuvo lugar antes de la batalla, donde se encontraban reunidos Charlone, Roseti, Díaz, Luis María Campos y otros, Manuel Fraga –pariente de Rosendo Fraga- profetizó su muerte y Roseti, Charlone y Díaz cada uno la suya y las heridas que recibieron los otros jefes. Todo salió fatalmente cierto” Son varios los testimonios de una “rara alegría” en el campamento de los aliados la noche anterior, “un bienestar inesperado ante la proximidad de la muerte”, y recordemos la última carta de Domingo Fidel Sarmiento a su madre, Dominguito, que es una alegórica misiva de despedida.   

A las siete de la mañana del 22 de septiembre de 1866 empiezan cinco horas de bombardeo que fue un enorme fiasco, debido a que la potencia de fuego sobrepasa las fortificaciones paraguayas. Pero esto lo desconoce Mitre. También que el uruguayo Flores y el brasileño Polidoro permanecerían “churrasqueando” en el campamento de Tuyutí con 13 mil hombres, afortunadamente para ellos.  El responsable máximo Mitre decide pasado el mediodía disponer en dos grandes grupos al ataque frontal, de un lado 10 mil argentinos al mando de su hermano Emilio del centro a la Laguna López, del otro diez mil brasileños con Marquez de Souza hacia el Río Paraguay “He visto muchas formaciones de tropas, muchas paradas de ostentación y brillo, pero jamás un desfile más brillante ni más importante que el de ese mañana fatal”, recordaría treinta años más tarde el general argentino Fotheringhan.  Se escuchó la diana de Obregoso, veterano de Maipú, y se abrieron las fauces del infierno “Las columnas aliadas habían recorrido ya buena parte de los mil quinientos metros que los separaban de su objetivo cuando la trinchera enemiga pareció estallar. En el intervalo de pocos segundos decenas de cañones y millares de fusiles lanzaron sobre las compactas formaciones una verdadera lluvia de fuego…decenas de hombres que marchaban al frente cayeron segados por la metralla, pero la masa prosiguió inmutable su marcha”, grafica Mario Díaz Gavier de un valentía inadmisible de la infantería aliada, que sorprendía a los mismos paraguayos que tiraban una y otra vez hasta cubrir la zanjas de dos metros con cadáveres argentinos y brasileños, civiles de clases medias y altas en su mayoría. Son descabezados prácticamente todos los batallones de la Triple Alianza de sus jefes, los brasileños pierden doce, los argentinos cuatro, pero ningún batallón nacional pierde una bandera. Ni una. Roca vuelve con una bandera despedazada, sobreviviente junto a unos pocos de sus valientes salteños, un batallón de 800 masacrado.

Dos horas lleva a Mitre darse cuenta que estaba dirigiendo el peor desastre del ejército argentino. Decide enviar una misión de reconocimiento –antes se había negado a una observación en globo, las vistas aéreas un novedad en el frente como las armas automáticas- y, con una información confusa de trincheras abatidas, que eran en verdad una primera defensa paraguaya, vuelve a exigir que carguen sus capitanes, ante la incredulidad de los coroneles Arredondo y Rivas que volvían exhaustos. Rivas con una grave herida en la mano, “Qué importa un brazo si es por la Patria”, le retruca a un médico que sugiere rápida amputación “Bueno, ahora sí vamos a una muerte segura”, dicen ambos militares volviendo a la carga, mientras la obstinación del comandante, en unos prudenciales kilómetros del mar de cuerpos, logra que el Regimiento de Patricios sea aniquilado. A las cinco de la tarde ordena el repliegue ante la hecatombe. Entre los muertos, varios de los hijos de los dirigentes de la Generación del 80,  se encuentra el primogénito del vicepresidente Marcos Paz, y entre los heridos, Lucio V. Mansilla, el dandy  que salva valiente a varios de sus soldados, y Cándido López, que pierde la mano, y sería uno de los grandes pintores del siglo XIX.

Curupayty2

Distintas ópticas, sea canónicas o revisionistas, se enumera una cantidad imprecisa de víctimas, entre 5 y 10 mil, muriendo unos dos o tres mil argentinos en un sola batalla –en la Guerra de Malvinas de 1982 fueron 649.  92 fueron las bajas del general Díaz. Fue una enorme victoria paraguaya, festejada con champagne por Solano López, en vez de perseguir un ejército desmoralizado, no solamente en lo anímico sino en lo material, debido a que los vencedores se quedaron con uniformes, fusiles y las libras esterlinas en los bolsillos de argentinos, previa matanza de los moribundos. Hasta largas horas de la noche se escucharon las detonaciones y los gritos.  Y quedó como una amenazadora advertencia para los aliados durante catorce meses. Mitre quedaría totalmente desprestigiado, con sublevaciones y montoneras en las provincias argentinas, y entregaría al mando al brasileño Duque de Caixas, veterano de la guerra sudamericana que derrocó a Rosas en 1852, y quien cumpliría la promesa de Don Bartolo. A partir de esa dura caída fue una guerra del Brasil contra Paraguay, con el apoyo más bien logístico y monetario de la Argentina. Tres años más crímenes de guerra.

“Por lo general, en Sudamérica la guerra no tiene más que un objeto y un fin, aunque lo cubren con mil pretextos: es el interés de ocupar y poseer poder…la guerra civil o semicivil, que existe hoy en Sudamérica erigida en institución permanente y manera normal de existir, es la antítesis y el reverso de la guerra de Independencia…ella es tan baja en su objeto, tan desastrosa por su efectos, tan retrógrada y embrutecedora…los héroes de la guerra civil son monstruos y abominables pigmeos, lejos de ser rivales de Bolívar, de Sucre, de Belgrano y San Martín”, enunciaba en un texto póstumo Juan Bautista Alberdi, “El Crimen de la Guerra: 1870”, el ideólogo de la Constitución Argentina que fue tildado de “traidor a la Patria” en Buenos Aires por oponerse a la sangría americana. Otra historia aleccionadora de héroes y villanos, Curupayty, que sigue derramando en la grieta su bilis amargo.       

 

Fuentes: Doratioto, F. Maldita guerra. Nueva historia de la Guerra del Paraguay. Buenos Aires: Emecé. 2002; Rosa, J. M. La Guerra del Paraguay y las montoneras argentinas. Buenos Aires: Punto de Encuentro. 2008; O´ Leary, J. E. Recuerdos de gloria. Asunción: ServiLibro. 2010; Díaz Gavier, M. En tres meses en Asunción. De la victoria de Tuyutí al desastre de Curupayty. Buenos Aires: Ediciones del Boulevard. 2005

Imágenes: Ministerio de Cultura Argentina

Fecha de Publicación: 22/09/2021

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