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Bandidos rurales: tumbas de la gloria

Desde el Martín Fierro, la estampa de los héroes populares trastabilla en la legalidad. Bandidos rurales, la sangrienta página que se inició un primero de enero de 1872.

Historia
Bandidos rurales: tumbas de la gloria

Los bandidos rurales son santos en Argentina. Y no hace falta referirse al mayor de ellos, el Gauchito Gil. Cantores populares de todas las épocas, uno de los últimos León Gieco, dedican sus versos a estos “jinetes rebeldes por vientos salvajes/ Bandidos rurales, difícil de atraparles/Igual que alambrar estrellas en tierra de nadie”, ensimismados en las leyendas a la Robin Hood, robar a los ricos y repartir a los pobres. Si bien la evidencia histórica habla más bien de estrategias de protección de los ladrones, negociadas con el campesinado empobrecido, en pos de refugios clandestinos, y esporádicas acciones directas de los bandoleros contra hacendados, los mitos erigieron a estos pistoleros de las Pampas en padres involuntarios de la lucha contra la injusticia. Juan Moreira pasó de ser un matón bonaerense a un símbolo de la resistencia contra la opresión, que recibió vítores y aplausos desde su aparición en el folletín y circo. Queda para otro artículo una reflexión de los argentinos y la ley, o una religiosidad nacional sin dioses autóctonos. Ahora proponemos una breve historia que enlace famosos bandidos rurales con una hipótesis de origen poco discutida.  

Pastor Luna, Hormiga Negra, el Tigre de Quequén y los hermanos Barrientos son los que inspirarán, y atemorizarán, a toda una sociedad que vivía fuertes cambios, entre el avance irresistible del modelo agroexportador a nombre del progreso y la inmigración aluvional. Estos hombres representan la última frontera de una Argentina que cambiaba los rostros y la manos hacia el futuro. Pero para los que estaban desde antes, y seguirán siendo las anónimas manos, son un estandarte que se enfrentan a las desigualdades diarias, a los desplazamientos y las miserias. Poco importa si no sólo matan terratenientes o capitalistas, a veces las víctimas mortales son simples empleados de Bunge & Born o La Forestal. En los ojos de los campesinos sin tierras, reducidos a jornaleros pagados con insultantes vales, constituyen ajusticiamientos de una mano divina y reparadora. Dioses para los pobres.

Uno de los primeros santuarios a un bandido rural lo encontramos en Saladas, Corrientes, en la tumba de Olegario Álvarez, “El gaucho Lega” Abatido en 1906 todos los 23 de mayo se repite el desfile de personas que lo invocan, y dejan los tradicionales correntinos “paños de la cruz”, una costumbre que se extendió a todos los altares populares argentinos.

Los dos primeros apellidos que se cruzan de bandidos rurales son los del santafesino Juan Bautista Bairoletto y el tucumano Segundo David Peralta, o Manuel Bertolatti, o más conocido, Mate Cosido. Como se adivina en los apellidos ya no eran solamente los gauchos quienes delinquían en tiempos donde las primeras generaciones de inmigrantes padecían a los insaciables latifundios. La mayor concentración de bandidos rurales se dará en los Territorios Nacionales del sur y el noroeste, grandes extensiones en pocas manos, y con serias deficiencias en seguridad e infraestructura. Tan serias que los ricos de la Patagonia organizaron la temible parapolicial Policía Fronteriza del Chubut, bajo las órdenes del impiadoso mayor austríaco Mateo Ghebard. Entre sus apresamientos, y fusilamientos sin juicio, se encuentran el cuatrero uruguayo Asencio Brunel, un gaucho conocido también como El Malvinense, y los norteamericanos William Wilson y Bob Evans, quienes siguieron los pasos argentinos de famosísimo pistolero Butch Cassidy.  En 1911 se regaba con sangre las heladas tierras del sur en un cruento anticipo de la Patagonia Rebelde.

 

Bairoletto y Mate Cosido, hermanos fuera de la ley

Soy una fabricación de las injusticias -acusaba Mate Cosido en la revista porteña “Ahora” en enero de 1940, cuando era buscado por tierra y aire- que siendo muy joven ya comprendí de las persecuciones gratuitas de una policía inmoral y sin escrúpulos” Hacía principios de los veinte llevaba un estruendosa ruta delictiva en Córdoba, Santiago del Estero, Chaco y Corrientes, incluso en Paraguay, que lo ubicaban fácilmente en el enemigo público número uno de la región. Apresado en 1926 en Misiones y encarcelado en Resistencia durante seis años, en ese periodo en las sombras ensambló una formidable banda con los míticos delincuentes el Calabrés, el Vasco, el Chileno y el Vasco Noy. A partir de 1933 retornó a las correrías y  logró amasar una gran fortuna robada a corredores y bancos de terratenientes, “en una línea de conducta justiciera”, se justificaba en “Ahora” El Gran Golpe de película fue el 6 de julio de 1936, un asalto al tren en Presidente Roque Sáenz Peña, Chaco. Menos de treinta años antes había asistido ese mismo paraje al último malón de los indios desplazados de la selva, talada y expoliada, y ahora Mate Cosido robaba 15 mil pesos de la algodonera Anderson, Clayton & Cía. No es muy difícil imaginar que la banda de Mate Cosido pudo esconderse donde quiso en una fechoría que muchos consideraron justicia divina. Con los años se supo que se había albergado en un humilde rancho y, una noche, un niño se largó a llanto pelado. Mate Cosido fue hasta Sáenz Peña y trajo al médico sin miedo a que lo detenga la policía. Y pagó la cuenta. La supuesta imbatibilidad del hampón se terminó el 8 de enero de 1940 con un secuestro frustrado a Jacinto Berzón en Villa Berthet, Chaco, y la delación de un lugarteniente, Julio Centurión. Una balacera de la gendarmería, que tenía la orden de captura del vivo o muerto, acabó con los secuaces y hería malamente a Mate Cosido. Alcanzó a remitir desde Rafaela el descargo a la revista y desapareció en los mismos caminos polvorientos que tanto asoló durante tres décadas. No alcanzó a volver a la casa de sus viejitos en Tucumán ni a los brazos de su querida Ramona en Córdoba. O nunca se supo.

Un año después terminaría la era de los bandidos rurales en la Argentina. Rodeado por la policía en Mendoza, y también delatado por un ladero, Vicente Gazcón, Bairoletto se suicidaría en brazos de su amada Telma “San Rafael. 14 de septiembre. En su ley, de acuerdo a su propia vida, cayó esta madrugada, frente a una nutrida comisión policial, el bandolero con ribetes románticos, quizá el último de su clase, Juan Bautista Bairoletto -aparecía en Noticias Gráficas, cita de la investigación de Francisco Juárez- En un rancho donde había establecido su guarida, en unos campos de San Pedro de Atuel, departamento de General Alvear, tuvo un encuentro con la policía. Cayó para siempre Bairoletto y herido su compinche. La policía no salió indenme…localizado el rancho a las 5 de la mañana, fue sitiado por la policía…una fuerza de 20 hombres”…contra Bairoletto, un peón llamado Asia y la mujer con sus dos pequeñas hijas. Llevada retirado casi un lustro a pedido de Telma, haciéndose llamar Francisco Bravo, y con la supuesta protección de algunos políticos y policías. Incluso su último acto criminal fue el asalto a La Forestal en Cote Lal, un frustrado hecho planificado codo a codo con su hermano fuera de la ley, Mate Cosido. Ambos se admiraban aunque Bairoletto envidiaba en privado la fortuna que amasó su colega. Juan Bautista nunca fue más que un bandido de poco monta, con relatos orales donde poco se desprende un real robinhoodismo,  aunque eso no impide que en septiembre peregrinen devotos a su tumba en General Alvear.

Bairoletto inicia su foja con el asesinato del cabo Farach en 1919, que la había detenido injustamente por un problema en un burdel de Eduardo Castex, La Pampa, y en compañía de un pupila de un prostíbulo se transforma en el terror de los ricos pampeanas -y el héroe de los campesinos desplazados y trabajadores apaleados en la Semana Trágica. Los anarquistas lo transforman en el ejemplo del ácrata tras el atentado a un caudillo radical, Pedro Cometta. La verdad es que Bairoletto también era un matón a sueldo de las internas políticas y no dudó en disparar a quien solía atenderlo. La primera mitad de los veinte encuentra al bandolero entrando y saliendo de cárceles provinciales hasta que a partir de 1926 enhebra algunos atracos de magro botín y varias víctimas fatales entre Mendoza y Río Negro. Incluso una violación documentada en La Pampa en 1929. Así es un poco complicado explicar por la envergadura romántica y social que acompaña a Bairoletto. Uno de los pocos hechos registrados en la tradición oral narran cierta vez que unos colonos llamaron al “amigo de los pobres” cuando un “usurero árabe” pretendía cobrar unos pagarés. Y Bairoletto a punta de Winchester, el rifle preferido de los estancieros y las bandoleros, rápido y contundente, obligó al prestamista a quemar en un tronco los documentos.  Córdoba, San Juan, San Luis y Mendoza rinden culto al Gaucho Bairoletto. Incluso en Eduardo Castex, La Pampa, existe el Circuito Bairoletto, que con fines turísticos recrea los escenarios su primer crimen y la chacra familiar. Con este bandido rural, que parece en los papeles tan distante a un héroe social, se patentiza una vez más la tendencia argentina de poner ciertos reclamos sociales en los lugares equivocados, diría Gonzalo Bonadeo en la entrevista a serargentino.com.

 

¿Fue la matanza de Tandil el inicio de la era de los bandidos rurales?

En la madrugada del 1 de enero de 1872 al grito de “Viva la Religión”, “Viva la República” y “Mueran los gringos y masones” un grupo de cincuenta hombres instigados por Tata Dios, un mesiánico Gerónimo G. de Solané, masacran a 36 personas, en su mayoría inmigrantes de una próspera Tandil, provincia de Buenos Aires. Tata Dios reúne acólitos bajo delirios milenaristas en la estancia “La Argentina” de Ramón Gómez y a punta de afiladas tacuaras y divisas punzó pasan a degüello a los trabajadores labradores y almaceneros que interrumpen el tranco hacia el poderoso estanciero Ramón Santamaría, quien salva su vida de milagro por cambiar su rutina diaria. Al día siguiente sale una comisión de vecinos y policías que interceptan a los asesinos en el arroyo  Langueyú y la mayoría se rinden porque no quieren “peliar con argentinos” Unos días después “misteriosamente” es ultimado el Tata Dios en la cárcel de Tandil. Y en un juicio “expeditivo” se decide el fusilamiento en la plaza pública de sus cómplices. Juan Fugl, un colono danés, explicaría este misterio poco misterioso en su memorias, “algunos de los estancieros opinaban que la inmigración y el cultivo de la tierra eran una desgracia para el país y una usurpación de los derechos de los terratenientes…a Tata Dios lo protegían Gómez y el juez Juan Figueroa…-querían- dar un susto a los extranjeros para que menguara la inmigración” En las pampas de los saladeros, y el pastoreo sin límites antes de los campos dorados y los frigoríficos, las chacras de los gringos fueron al principio los claros enemigos. Pero hay otra llama para avivar al gauchaje, a los “vagos y malentretenidos”, en el delito.

“¿Cuál es la pasado, cuál es el presente de mis defendidos y de cualquier hijo de la campaña?”, alegaba el abogado defensor de los seguidores de Tata Dios, el uruguayo Tomás Aguirre, en la rescate de Juan Carlos Torre, “de padres a hijos han pasado sucesivamente de un yugo a otro. Los unos sufrieron el coloniaje, los otros la tiranía, las más los jueces de paz y los comandantes…ni antes ni ahora tienen justicia”,remataba en una tónica similar al José Hernández que está incubando el Martín Fierro en iracundas notas periodísticas contemporáneas. Ampliando la lente, los asesinatos de Tandil son un primigenio manotazo de ahogado, manipulado puede ser, de un movimiento de desclasados, sin futuro, y que tendrán en el nuevo siglo quienes condesaran el desamparo y la furia, los bandidos rurales. A ellos, estampitas y cintas, y que nos protejan.

 

Fuentes: Torre, J. C. Los crímenes de Tata Dios. El Mesías Gaucho. En revista Todo es Historia. Año I Nro. 4. 1967; Juárez, F. Los bandidos rurales. En La vida de nuestro pueblo Volumen 1. Buenos Aires: CEAL. 1982; Caimari, L. La ciudad y el crimen. Delito y vida cotidiana en Buenos Aires. 1880-1940.Buenos Aires: Sudamericana. 2009; Chumbita, H. Bairoletto, prontuario y leyenda. Buenos Aires: Marlona. 1974.

Fecha de Publicación: 07/01/2021

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