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Bandidas argentinas: las pistolas las carga la mujer

Las bandidas rurales, luego urbanas, tienen una larga historia nacional. Desde la hechicera Macagua hasta Pepita la Pistolera, todas ellas son objeto hoy de devoción popular.

Historia
bandidas rurales

En los inicios de la Colonia quedaba claro que no había oro ni plata en las pampas y que las piedras preciosas tenían otro color. Rojo Sangre. El ganado fue la piedra preciosa del Plata y a fines del siglo XVIII se inicia el cuatrerismo, el primer delito argentino sistemático -además del contrabando. En estas bandas, muchas lideradas por estancieros rivales y ricos comerciantes, prototipos de la patota aristocrática, se recurría al gauchaje errante sin importar el sexo. Muchas mujeres criollas, las chinas, tuvieron el bautismo de fuego en el descontrolado abigeato, a veces por razones de fuerza, a veces por hambre.De allí que no sea tan difícil explicar que hayan sido heroínas en las guerras de la Independencia, diestras en el cuchillo y las tácticas de guerrilla. Allí Martina Chapanay, bandolera de San Juan, y chasqui de San Martín. Separadas por una delgada línea, los mujeres indias también tuvieron participación en la resistencia armada al avance del estado nacional. No era raro que ante el ataque sorpresivo de una patrulla del ejército argentino en el sur de Buenos Aires o Río Negro, a mediados de 1860, desde dentro de las tolderías se responda a los balazos. Con la salvedad que las algunas mujeres en estas comunidades aborígenes eran respetadas en su condición de curanderas o hechiceras. Una de ellas era Macagua, o Antonia Gueche.   

“En el mes de enero de 1908, en la casa de Antonio -era en realidad Antonia, quien se vestía de varón- Gueche (alias) Macagua, presenció el asesinato de dos turcos” -comienza la declaración de uno de los inculpados, supuestamente de la banda de Macagua, y que eran en su mayoría indios araucanos chilenos que iban y venían de la frontera como lo hacían centenariamente- “Antonio se disponía a comprar una manta…a la seña convenida le pagaron un tiro a un turco…mientras se arrojaron enseguida al otro…una vez en la tierra Gueche con un fierro le quebró el cráneo a uno de los turcos y al otro le dio unos golpes con un palo grueso en la cabeza…dio aviso Gueche que junten leña…para quemar las víctimas…le extrajeron el corazón y los testículos…e hizo asar un pedazo de carne humana…al declarante lo invitaron a que comiera, probando un bocado, el cual arrojó porque la parecía muy salado y despedía mucho agua” rubrica el testimonio el comisario José Torino, a cargo de la regional de Cuy, quien encabezaba una investigación oficial ante la presión de los inmigrantes sirios al embajador francés,  y el gobierno argentino.  Eran los tiempos desamparados del Territorio de Río Negro. Y los “Caníbales de la Patagonia” llegaron a las tapas de la asustadiza Buenos Aires, que incrementó su pavor cuando se supo que usaban los huesos para amuletos y armas.

“Los voy a sacar y guardar porque es bueno para tener coraje matar a turcos y cristianos” parece que dijo Macagua a un aterrorizado oficial, ya habían desaparecido casi 70 inmigrantes en las rutas del sur, y con un siniestro eco de la fundacional matanza de Tandil de extranjeros en 1872 -y que la Sociedad Rural en su momento se ocupó de ocultar por su presidente Eduardo Olivera y su célebre discurso “el cuatrerismo es más importante que la muerte de un par de extranjeros” A propósito, se decía que Macagua en las Lagunitas, todavía en la actualidad un paraje perdido en la vacía meseta patagónica, tenía mil vacas, 12 mil ovejas y 200 yeguas.  Pero lo que más llamaba la atención de los pobladores era la ferocidad de Macagua, especialmente “gringos y milicos”, y decían que pasaba al degüello a cualquiera con una destreza admirable y “chupaba la sangre para ahuyentar el gualicho” Curandera de la zona, Antonia, o Antonio, siempre vestida de chiripá, soldado del Ejército Nacional en 1897 (sic) y que convivía con dos mujeres, era muy apreciada entre los indígenas y campesinos humildes. Ellos oficiaron su escape de la redada policial, aunque también ayudó la superstición del comisario y un general de la Nación que prestó su colaboración, nadie quería hacerla enojar a la dama que usaba de amuleto testículos disecados. Desapareció en la neblina de los caminos aunque es una santa popular en amplias zonas de Río Negro y La Pampa.

 

De La Inglesa a La Pistolera

El cuatrerismo según la prensa era el principal problema de los estancieros y latifundistas en todas las latitudes, cuando aún no eran provincias en mayoría, y la presencia de las fuerzas del orden eran escasísima. Aunque las estadísticas entre 1880 y 1909 arrojan en Buenos Aires el robo de solamente 44 mil cabezas de vacas y 286 mil de ovejas, nada comparado a las millones de cabezas bovinas y ovinas que pastaban en las millones de hectáreas en manos de pocos, las medidas represivas se intensifican persiguiendo a las bandidos rurales -y los gauchos que podían ser cómplices por una simple resolución de los temibles jueces de paz, un cargo emponderado en el rosismo y que vivió en la campaña hasta bien entrado el siglo XX. Eran los tiempos de “la muerte en fuga” ejecutada por las partidas policiales o militares, o sea el fusilamiento indiscriminado. Ese fue el final aparente un 31 de marzo de 1915 de Elena Greenhill, o La Inglesa, la pesadilla de los hacendados de la Patagonia, especialmente en Chubut y Río Negro.   

A Elena la describían como una belleza nórdica, experta tiradora, y que con un muy civilizado “estos animales son de mi propiedad” arreaba con el ganado de los vecinos hacia su chacra en Monón-Niló. Cansados los vecinos en 1909 solicitan la intervención policial, que acude con el comisario Domingo Caligaris y una numerosa partida fuertemente armada. Sabían de su fama de disparar antes de preguntar y de cómo misteriosamente enviudó de un primer marido en General Roca. Lo que no preveían es que al grito de “Nadie se mueve” un lluvia de balas partió desde el rancho, incluso disparaba una comadre que pasaba a tomar mate y comprar unas mercancías de unos sirios. Fueron reducidos, secuestrados y vejados por los secuaces de Elena y su pareja, Martín Coria. La curiosidad es que Coria denunció a la partida por “abuso de autoridad” ante el comisario del caso de Macagua, Torino, y se lo contrató en la misión que arrestó a los “Caníbales de la Patagonia” A los meses fue denunciado por robar la hacienda que había quedado sin protección en Lagunita, acota Virginia Huare. El cuatrerismo fue y era (¿es?) un círculo vicioso entre terratenientes, políticos, policías y bandidos rurales.

Unos años después La Inglesa regresa a Chubut por un tierras adeudadas y es sorprendida en un olvidado arroyo, algunos dicen una venganza por la humillación de 1909 “Los viejos pobladores recuerdan que la bandolera  estaba lavando la ropa, arrodillada junto al agua y había dejado sus pistolas sobre el suelo. No hubo tiroteo: Valenciano le disparó por la espalda”, afirmaban los vecinos entrevistados por Francisco Juárez. El Valenciano que se refieren es Félix, un oscuro policía que extorsionó a los sobrevivientes de la Patagonia Rebelde, fue oficial recomendado en Formosa, Río Negro y Salta, y terminó como rico productor y juez de paz en Lago Argentino. La Inglesa descansa en el Cementerio Británico de Buenos Aires y en la Angostura de Chacal un cruz popular es decorada cada marzo.

“El pistolero es audaz, de gran temeridad y rápido en la acción” describía el oficial Manuel Barrés en “El hampa y sus secretos” (1934) Una buena tarjeta de presentación de Margarita Di Tullio, o Pepita la Pistolera.

 

El renegado social como ¿necesidad?

“A los siete años. Le robaba a la gruta de Lourdes todo lo que los giles de los católicos le dejaban. Cuando mi vieja empezó a sospechar porque tenía demasiada suerte, caminaba con ella del brazo, tiraba el afano en la vereda y decía: Uy, mami, mirá, ¿qué es esto? Así lo blanqueaba”, comentaba jocosa Margarita a Cristián Alarcón, en un tremendo reportaje aparecido en el diario Página/12 en 1997. Había sido exonerada de las cargos en el homicidio de José Luis Cabezas, y los asesinatos en serie de prostitutas en las rutas de Mar del Plata. En ese momento quisieron utilizarla de chivo expiatorio  a quien era conocida como Pepita la Pistolera, la reina del bajo fondo de la calle 12 de Octubre. Sus cabaret eran las más famosos de La Feliz, punto de encuentro de marinos, hampones y una humanidad variopinta que incluía un enano, travestis vendiendo tartas y un coreano cantor de tangos. En la senda de las Chapanay y las Inglesas, mujeres sin amos, Pepita organizó a golpes de puños a las 18 años una banda de ladrones de automotores, “no quise ser nunca asalariada, sometida. A mi manera pero siempre fue libre”. Una libertad, una vida, que defendió a los tiros junto a su familia en un ajuste de cuentas en 1985 matando a tres agresores, y nació su apodo, la Pistolera, “odio a la persona que mata. Somos humanos. Si vos discutís conmigo te voy a dar un defensa, jamás te voy a disparar a traición” Jamás como el policía Valenciano.

En la zona del puerto marplatense aún se la venera a Pepita, quien falleció de un ACV a los 61 años en 2009. Y se la extraña con sus cabaret cerrados hace un par de años. “Detrás de la barra, al lado de una botella de champán y una peluca rubia, había una foto gigante de Margarita –iluminada con una lucecita– con la leyenda "Nuestra Pepita"”, en el recuerdo de un habitúe de Neissis para Rodolfo Palacios, “Ese cuadro era una especie de santuario: los clientes lo miraban con nostalgia y las prostitutas le rendían tributo con una copa en la mano. En otra de las paredes había un afiche con una foto de Pepita con una escopeta. Los clientes y los amigos de la madama escribieron frases en su homenaje. "Marga, que con vos no se muera la noche"” Y dicen que se extraña ese orgullo de Pepita nacido en los de abajo, y de mujeres que no quieren someterse a los poderosos ni a los hombres, “ni al destino de un país pisoteado y lleno de esclavos” Bairoletto y Mate Cosido estarían contentos con una hija que no conocieron, Pepita.

“En una sociedad mal constituída, o constituída con descontento, el elemento antisocial representa una gran parte de los sentimientos reprimidos de la misma sociedad: la sociedad latente”, analizaba con la soga al cuello Ezequiel Martínez de Estrada en 1933, en el seminal “Radiografía de la Pampa”, “De ahí el carácter heroico y simpático que en algunos casos recubre la maldad del guapo -agregamos, bandido rural, pistolero, pibe chorro- Es una forma de tomarse venganza el pueblo, por delegación en ese infeliz. Con su coraje y desafuero, con su paso silencioso hace que la masa honesta de vecinos recobre el sentido de su fuerza y de su protesta, sofocadas, contra el orden  y la justicia”

 

Fuentes: Schnirmajer, A. ¡Arriba las manos! Crónicas de crímenes, “filo misho” y otros cuentos del tío. Buenos Aires: Eterna Cadencia. 2011; Haurie, V. Dos truculentas historias de mujeres patagónicas en revista Todo es Historia nro. 321 Abril de 1994. Buenos Aires; Chucair, Flores, A. I. Casos famosos de la crónica policial argentina. Buenos Aires: Editorial Orión. 1975; https://www.infobae.com/sociedad/policiales/2018/04/15/la-leyenda-negra-de-pepita-la-pistolera-la-madama-y-ladrona-que-llego-a-los-almuerzos-de-mirtha-legrand/

Fecha de Publicación: 12/01/2021

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