Ser Argentino. Todo sobre Argentina

Argentina. Diciembre 2001. Camino al “Que Se Vayan Todos”

A 20 años las víctimas serán, justamente, recordadas y la calamidad hija del neoliberalismo, oficialmente, repudiada. Pocos recordarán los 740 días del presidente De la Rúa, o la suma de todos los errores propios y forzados que empujó al abismo.

Dos tercios de los argentinos dentro del segmento de pobreza o pobreza extrema, el desempleo por encima de 20%, la economía rumbo a una contracción de 10% anual, patacones y monedas provinciales, asambleas y trueques, corralito y corralón, cacerolas y piquetes. Datos y postales del 19 y 20 de diciembre de 2001, la peor crisis argentina quizá desde 1890, y que cambió para siempre el país en formas aún insospechadas, en lo más profundo del ser nacional. Acertadamente un diario parisino titulaba el 1 de enero de 2002, “Argentina no existe más” Al menos, la que conocimos en el siglo XX, granero del mundo y estado de bienestar. También 2001 canceló las viejas tácticas de la política criolla.  Apenas eyectado el presidente De la Rúa instaló la idea del complot, sea opositor, sea de los grandes poderes económicos, algo histórico en una democracia de alfileres como la nuestra, de Mitre en adelante. “El gobierno de De la Rúa se desestabilizó solo. Esto no quiere decir que no haya habido, puntualmente, en algún lado del país, algo más organizado. Pero no fue lo determinante de la jornada”, recordaba Juan Cruz Daffunchio, uno de los referentes en los dos mil del Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) Aníbal Verón. Lo determinante hace veinte años resultaron la sucesión de errores y falencias de un gobierno de la Alianza que entró, por así decirlo, con “la sien herida a la batalla”. Y perdió un país.

La Alianza que vencería el 48.50% de los votos en las elecciones presidenciales de 1999, la fórmula De la Rúa- Carlos Álvarez, nació con los pies de barro en un lejano 1997. Aquella primera derrota del peronismo en diez años en elecciones, el resurgimiento del radicalismo y, especialmente, el empecinamiento del presidente Menem en un tercer mandato, inconstitucional, aglutinaron un variopinto arco político opositor. Con más ansías de detener a Menem que de gobernar; las caída en picada de la industria y el comercio, la pobreza y desempleo en crecimiento y el descaramiento de la ficción de la Convertibilidad, la paridad cambiara dólar-peso que no podía ser eterna a medidas que no quedaban joyas de abuelas, empresas del Estado a vender; no formaban parte de las preocupaciones mediáticas de los líderes de la Alianza: de De la Rúa, el ala conservadora desde la UCR -Unión Cívica Radical-, Chacho Álvarez, el bando progresista del FREPASO -Frente País Solidario-, ni Graciela Fernández Meijide, madre de un detenido-desaparecido. Y si bien hubo elecciones internas abiertas -experimento de las PASO -primarias- actuales- en 1998, consagrando las candidaturas al Ejecutivo de 1999, no existieron acuerdos entre segundas líneas, mayor conexión legislativo ni una estrategia conjunta eleccionaria -una déficit que los constructores de Cambiemos tomaron debida nota; al igual que la “transversalidad” de la Alianza que fue mejorada durante las presidencias kirchneristas.

A todo esto el presidente Menem, que se aferraba al sillón de Rivadavia, tenía una imagen positiva de sólo el 15% en 1999. No sirvió la agresiva campaña de julio, “Menem: La Fuerza del Destino”, y no quedó otra que apoyar a desgano a sus candidatos Duhalde-Ortega, haciendo lo posible para arar un campo minado a futuro, con fugas previsibles de capitales de grandes y pequeños ahorristas. Además al riojano más preocupaban los incontables juicios de corrupción que perseguirían a los responsables de su gobierno en salida,  durante la denominada “fiesta de pizza y champagne” Los argentinos el 24 de octubre de 1999 votaron a la opción supuestamente más seria, “Dicen que soy aburrido”, disparaba marketinero el entonces Jefe de Gobierno de Buenos Aires De la Rúa, prometiendo pleno empleo, reducción de la pobreza, viviendas, estímulo al tercer sector, alfabetismo cero, recuperación del PAMI -obra social de los jubilados y pensionados-, transparencia política, lucha contra el narcotráfico y una interminable lista de comité.  El presidente De la Rúa asumió el 10 de diciembre de 1999, siete días después la represión policial ordenada por el gobierno en el puente entre Corrientes y Resistencia mató a dos personas. Once días después el presupuesto 2000 incluía un ajuste de 1400 millones de dólares, afectando seriamente el área social, y un impuestazo que extendía el IVA -impuesto al valor agregado-, las contribuciones personales y bienes personales. Dicen que soy aburrido.

 

 

Renuncia del vicepresidente Álvarez. Crónica de una muerte anunciada.

Cuando el 29 de marzo de 2000 el sindicalista Hugo Moyano denunció al entonces ministro de trabajo, Alberto Flamarique, que se estaba coimeando a los legisladores de la Nación, la famosa BANELCO, nadie se sorprendió. Es un problema de larga data,  el uso discrecional de fondos en el Congreso Nacional. En cuestión estaba una aprobada Reforma Laboral que lesionaba los derechos de los trabajadores, dando status legal a la precarización de los empleos. Lo novedoso fue la escala, que empezó a tomar cuerpo con denuncias periodísticas en junio, e hizo explotar por los aires la ya endeble Alianza.

Mientas el vice Álvarez impulsaba la investigación, el presidente De la Rúa procuraba limitar los alcances, temiendo la pérdida de confianza de los justicialistas y las autoridades monetarias internacionales. Tampoco en ese momento los dirigentes en el poder se apercibían que la población bordeaba el 50% de pobreza, el 25% de indigencia y la desocupación rebasaba el 20%. Solamente visitando los miles de clubes del trueque que proliferaban en ciudades y pueblos, donde las personas cubrían un 40% de sus necesidades, o escuchando las asambleas en los barrios, hubiesen atendido y entendido una olla a punto de explotar – a propósito, ni los clubes del trueque ni las asambleas son un aparición de 2001, durante los noventa ya podían observarse reuniones informales de vecinos en las esquinas de las periferias empobrecidas, discutiendo los problemas de la comuna y tratando de intercambiar lo poco que tenían. Menem lo hizo.

El 6 de octubre de 2000 presentó la renuncia Álvarez por divergencias irreconciliables con el presidente, sumándose al radical Alejandro Gómez, renunciante en 1958 contrario a los acuerdos petroleros del presidente Frondizi, “parece paradójico y a la vez resulta cada vez más chocante: cuanto más avanza la pobreza, la desocupación, el escepticismo y la apatía, desde no pocos lugares se responde con dinero negro y compra  venta de leyes, más pragmatismo y más protagonismo para quienes operan en la política como si fuera un gran negocio…. Esta situación debe enfrentarse con una enorme cuota de coraje y decisión. O se está con lo viejo, que debe morir, o se lucha por lo nuevo, que ésta crisis debe ayudar a alumbrar”, casi profético avizoraba el político peronista, que tuvo cargos en el MERCOSUR en la gestión Kirchner, y que el presidente Fernández había pensado en el embajada del Perú antes de la pandemia. La crisis del 2001 marcó otras rutas menos transitadas por el vice renunciante.

Diciembre 2001. Los últimos días de la víctima: Argentina.

Entradas y salidas de funcionarios nacionales marcaron el pulso de los primeros meses de 2001, con un ministro de economía, actual diputado por Juntos por el Cambio con cara mala, que propugnaban nuevos recortes en educación, salud, subsidios y viviendas, y echaba empleados públicos sin ton ni son. Aclamado en la Bolsa de Comercio, renunciado por la presión popular.  El presidente De la Rúa cancela toda conexión con el pueblo que lo votó -y la realidad, encerrado en cuidar los jardines de Olivos de miradas de intrusos- y  nombra en abril a Domingo Cavallo, antes el perverso ejecutor de la expoliación menemista, ahora el salvador de la Convertibilidad -dicho sea de paso, que los argentinos apoyaban en más de 80% en abril de 2001, sin importar los ejércitos de hambrientos y cartoneros que deambulaban por las calles, ya con los primeros saqueos en Rosario. En agosto el superministro dictó la Ley de Intangibilidad de los depósitos para evitar las corridas y fugas, lo que logró que a diciembre,  las reservas caigan a la mitad. Tampoco evitó la catástrofe de la elecciones parlamentarias de octubre de 2001, con los peronistas recuperando el control legislativo y un poco más, y el “voto bronca”, un índice impactante del padrón sin ejercer el derecho ciudadano.

Llegamos a la hecatombe de diciembre, caos social y cinco presidentes. Cavallo dictaría el 1 de diciembre de 2001 el infausto corralito que evitaba el retiro de dinero y que volvió a beneficiar descaradamente a los grandes bancos. Unos meses antes ganaron millones de dólares como comisionistas del Megacanje y Blindaje, un gigantesco endeudamiento público que derivó en fuga de capitales -similar a las acontecidas entre 2015 y 2019-; ahora los ganaban porque los bonos fueron imprescindibles para cualquier operación que supere los 250 dólares. Célebre es la frase del presidente Bush en la gira de De la Rúa, unas semanas antes del derrumbe, “es hora que dejen de ganar los bancos”. No solamente no se escuchaba a la inmensa mayoría de los propios ciudadanos, sin un pan en el mesa, tampoco se recibe acuse del presidente de los Estados Unidos de Norteamérica.