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Argentina, 1922: una cruz negra en nuestra historia

Como un macabro adelanto de la tragedia argentina de los setenta, enlazados con las matanzas del siglo XIX, los fusilamientos de la Patagonia pronto cumplirán un triste centenario.

Historia
Argentina, 1922

El último año de la primera presidencia popular argentina, encabezada por el radical Hipólito Yrigoyen, estaba cruzado por fuertes turbulencias económicas y sociales. Al deterioro económico fruto del agotamiento del sistema atado a la libra inglesa, y el estancamiento tras la bonanza luego de la Gran Guerra, se le sumaban un clima de agitación obrera tanto desde el socialismo como el anarquismo. Además, aparecían las corrientes sindicalistas, afines el yrigoyenismo, y germen del futuro peronismo. Por otra parte, se avecinaba la elección presidencial con un conservadurismo que deseaba aplastar a la chusma de clase media y trabajadores calificados, que habían accedido a cargos públicos. Un caldo de cultivo que se ennegrecía aún más con los fantasmas de la Semana Trágica de enero de 1919, y la cruenta represión de los trabajadores de La Forestal en enero de 1921. Y otra vez un enero caluroso, ahora de 1922, arrojaba hirviendo la lucha fratricida con el agravante de viles crímenes por parte del ejército argentino. Una fuerza armada que marchó a la Patagonia con la orden del mismo presidente: “Vaya, vea lo que está ocurriendo, y proceda en consecuencia”, afirman que dijo Yrigoyen al Teniente Coronel Varela.

Era la segunda vez que el militar partía en misión oficial al territorio nacional de Santa Cruz. Para comprender lo que estaba ocurriendo, digamos que, en la segunda década del siglo pasado, existían gigantescos latifundios manejados por pocas familias, en donde los trabajadores estaban obligados a subsistir con vales y una irregular paga en moneda chilena, que solo servía en los almacenes de las mismas familias. Para dimensionar, Mauricio Braun poseía 1.376.160 hectáreas, y que eran parte de los 2,5 millones que el Gobierno de Julio A. Roca había cedido a distintos empresarios extranjeros después de la autodenominada Conquista del Desierto. Otra familia de inversionistas, la de José Menéndez, con cientos de miles de kilómetros en campos también, completó la tarea de Roca en solo veinte años, al diezmar las poblaciones onas y tehuelches con trabajos forzados. En total, la rala población estaba comprendida por indígenas, criollos, inmigrantes y una gran cantidad de chilenos. Este fue un dato manoseado en la prensa para tergiversar los acontecimientos de la Patagonia Rebelde y difundirla como una invasión territorial de Chile, cuando desde antes de la Independencia convivían argentinos y chilenos. No existió ningún interés del país transandino. Patagonia Rebelde es tal una definición de Osvaldo Bayer y que titula un brillante trabajo de investigación que le demandó siete años. Y el exilio.    

El Horror, el Horror…                      

Volvamos a nuestro militar nuevamente en el sur. Unos meses atrás había negociado con los patrones y los obreros mejoras en las condiciones de trabajo, que incluían “tener una tarde libre para lavar la ropa” o “no trabajar en la intemperie”, por ejemplo, y leves aumentos salariales a esquiladores, estibadores y peones. Para las poderosas familias fue visto como una derrota frente al bandolerismo y la influencia extranjerizante de ideologías foráneas –recordemos que uno de los líderes fue Antonio Soto, un tramoyista español ácrata–. Exigían el retorno el orden a sangre y fuego. Con ellos también se sumaba las voces de la influyente Liga Patriótica, la agrupación parapolicial que ya había intervenido en 1920 reprimiendo peones desarmados en la cordillera, y que reclutaba rompehuelgas “por chirolas” entre los más necesitados de Buenos Aires. Mientras tantos incumplieron lo acordado ante las fuerzas nacionales y arrestaron a líderes obreros. Así, a mediados de 1921, se decidió un fuerte paro general en casi todo el extremo sur argentino, paralizando Río Gallegos, Puerto Deseado, San Julián, Puerto Santa Cruz y decenas de estancias que producían esencialmente materia prima para la industria cárnica y textil en el extranjero. Incluía, además, el boicot a los comercios donde los trabajadores estaban obligados a comprar los mínimos víveres. Pero lo que unió esencialmente a los trabajadores fue el reclamo por sus compañeros detenidos. O sea, una de las pocas huelgas argentinas que no se hizo por salarios sino por pura solidaridad. Y, entonces, el Horror. En la estancia “El Cifre” de los Schroeder ocurre el primer fusilamiento del ejército nacional a las órdenes de Varela, sin juicio previo: Luis Triviño Cárcamo, peón, atado a un molino.  Y el espiral de matanzas que no se detiene, estancia por estancia donde llegan los huelguistas en retirada, o son sorprendidos por patrullas militares en el camino, a las órdenes de los segundos al mando, Anaya, Campos y Viñas Arriba, el último que es transcripto por Bayer: “En camino a esta estancia u otra, no sé precisarlo, encontramos un chico de unos quince años, quien dijo que buscaba trabajo. El capitán lo dejó pero resulta que lo volvimos a encontrar dos o tres veces más. Se descubrió que era estafeta de los obreros. Fue fusilado con otros dos. Me llamó la atención la guapeza de este niño pues cuando se vio ante el pelotón le gritó '¡asesino!'”…

…..en el periódico “Unión Sindical” de abril de 1922 puede leerse: “La clase obrera de la Patagonia ha sido asesinada de mansalva. Suman más de dos mil trabajadores fusilados, quemados con nafta, arrojados al mar, enterrados vivos en la Estancia Cifre, en Gallegos, Santa Cruz, Lago Argentino, Estancia Anita, El Cerrito, Punta Alta”, instaurando en democracia un nefasto antecedente a futuro, y que parece profetizado en las palabras del diputado socialista Antonio De Tomaso: “¡Porque la Cámara oportunamente tomaría las medidas necesarias para que la dictadura militar tan peligrosa no pudiera repetirse en el país! En estas cosas, todo es comenzar. Dije y repito —porque nos interesa prevenir la repetición— que no podemos aceptar que se le dé al ejercito un empleo activo en la solución de los conflictos sociales, o que se pretenda ahogar en sangre con la represión cruel y bárbara movimientos que, aunque tengan algún exceso, son determinados por profundas y graves causas sociales”, dichas en un Congreso Nacional que hizo oídos sordos plagado de conservadores y radicales. Los mismos que silenciarían la Patagonia Trágica preocupados por un impacto negativo en el traspaso a Marcelo T. de Alvear a fin de año. Además, con Varela asesinado por el anarquista Kurt Wilckens en otro enero sangriento, esta vez de 1923, quien a su vez fue asesinado unos meses después en una ¡cárcel federal! por Pérez Millán de la Liga Patriótica; la masacre quedó archivada y olvidada.

¡Asesinos!

Quedan en la memoria popular pequeños gestos. Como aquel de una noche de febrero de 1922 cuando los eufóricos soldados del Regimiento 10 de Caballería, una vez terminada la horrenda faena de asesinar a sangre fría a sus hermanos, incluso repudiados por la Marina que no quiso ser cómplice de tal atrocidad, fueron al único prostíbulo de Río Gallegos, La Catalana. Y las cinco prostitutas las sacaron a escobazos al grito de “¡asesinos!” Ellas eran Consuelo García, Ángela Fortunato,  Amalia Rodríguez, María Juliache  y Maud Foster. 

Fuentes: Bayer. O. La Patagonia Rebelde. Coyhaique: Talleres Gráficos FURIA. 2009; Cattaruzza, A. Historia de la Argentina 1916-1955. Buenos Aires: Siglo XXI. 2009; Rock, D. Argentina, 1516-1987. From Spanish Colonization to Alfonsín. Berkeley: University of California Press. 1987.

 

Fecha de Publicación: 28/08/2020

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