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Buenos Aires - - Domingo 23 De Enero

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Antoine Saint-Exupéry. Me sentía en la Argentina como en mi propio país.

Los vuelos argentinos del escritor y aviador francés que marcarían su futuro. Y el de millones. Vivió en grandes ciudades y regiones increíbles, aventuras a granel, pero entre nosotros fue el Principito.

Historia
El Principito

Después de la Biblia, el libro más citado es sin duda “El Principito”, que editado en 1943 por Antoine Saint-Exupéry, textos y dibujos propios, convierte en fieles instantáneos a millones y millones de lectores. La famosa frase que el Zorro ofrenda al pequeño príncipe, “No se ve sino con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos”, y varias otras memorables, retoman preceptos de la filosofía clásica, imbuídos de corrientes místicas milenarias y arquetipos de distintas culturas, y que se condensan en uno de los últimos libros realmente humanistas. Y todo hizo eclosión en Argentina. Para Saintex, el apodo de sus amigos porteños, las calles de Buenos Aires, los cielos interminables patagónicos y los palacios entrerrianos, los añorados días argentinos, inflamarían cuerpo y espíritu, “me sentía en la Argentina como en mi propio país”, confesaría el francés, a Rufino Luro Cambaceres. Como sostiene Álvaro Abós, uno de sus incontables biógrafos, Saint-Exupéry, un caballero de alma gigante “hecho para ser jardinero” de pocas rosas, en un siglo de horrores,  “fue aquí cuando llegó a un momento de la vida que no todos alcanzamos. El momento en el que alguien descubre la verdad sobre sí mismo y adquiere su auténtica identidad. En la Argentina, Saint-Exupéry supo que sería hombre, piloto, escritor, amante. Por eso titulé mi libro con una frase que me había impresionado, tomada de su “Piloto de guerra”: “Mira la catedral que habitas”. Es decir, no olvides nunca que la vida tiene algo de sublime”, en palabras certeras para un artista galo que su vida podría caber en esta máxima suya, “no sé vivir fuera del amor. No he jamás hablado, ni obrado, ni escrito, que por el amor”


Para cuando Antoine de Saint-Exupéry arriba a la Argentina, el 12 de octubre de 1929, era un experimentado piloto, entrenado en las duras rutas del Sahara africano para la compañía de correo aéreo Latécoère. Aeroposta Argentina, la filial argentina, contaba con una adelantada red de distribución que cubría Buenos Aires-Santiago de Chile-Asunción, entre los que volaban leyendas como Jean Mermoz –existe un monumento en Costanera Norte para este pionero de la aviación civil mundial-, y pretendía ampliar su oferta a otros puntos, respaldado por los crecientes encargos del Estado. El presidente Marcelo T. de Alvear colaboraría con la compra de los terrenos para los hangares y pista en General Pacheco –en ese emplazamiento funciona hoy la Escuela Nº 45 del Partido de Tigre y se conservaba uno de los hangares. El futuro autor de “El Principito”, protector de los animales, tendría allí un mini zoo, con especies que encontraba lastimadas en sus viajes. En su departamento porteño llegó a cuidar una foca-. Saint-Exupéry fue nombrado director técnico y encargado de organizar una nueva ruta al sur que ligara Buenos Aires con Río Gallegos, además de abrir un puente aéreo con Río de Janeiro.

Saint-Exupéry

“No tiene gracia habitar en Buenos Aires, es una ciudad lúgubre. Gentes tristes y ni un lugar donde pasear. Los arquitectos volcaron su genio en privarla de todas sus perspectivas (...) amaba mi existencia anterior. Me parece que esto me hace envejecer”, diría a su madre un desencantado Saint-Exupéry, quien ya había publicado un libro con relativo suceso en Europa, "Correo del Sur". Luego de esa publicación, firmó con la prestigiosa editorial Gallimard para siete novelas. Al partir de la Argentina, dieciséis meses después, en sus valijas iría el manuscrito completo de la novela “Vuelo Nocturno”, que tendría versión hollywoodense con Clark Gable, y en su primera edición, en tapa, la bandera argentina. Allí volcaría con fascinación las tierras inhóspitas del territorio nacional que lo cautivaron, Saintex amante en las alturas de la naturaleza y el silencio frente a las ciudades y el bullicio, y desfilaban en bellas descripciones la Cordillera de los Andes, los bosques, la estepa, los valles y las costas patagónicas. El piloto galo, otro pionero de la aviación civil nacional, avistó el Fin del Mundo en la provincia de Tierra de Fuego, en esas motocicletas con alas que eran las avionetas Laté 24,  y unió las localidades de Bahía Blanca, Viedma, Trelew, Puerto San Julián, Comodoro Rivadavia, Puerto Deseado y Río Gallegos.

 

“Ningún periodo que prefiera a aquel que he vivido entre vosotros”

“No hay campiña en la Argentina. Nada. No se puede salir jamás de la ciudad. Fuera de ella solo existen campos cuadrados sin árboles, con una barraca en el centro y un molino de hierro para el agua. Durante cientos de kilómetros no se ve más que esto. Imposible pintar. Imposible pasearse”, seguía despotricando en los primeros días Saint-Exupéry, en el departamento 605 encima de la Galería Güemes, en plena calle Florida –hoy convertido en lugar turístico, que un contemporáneo al escritor francés, el argentino Roberto Arlt, había lapidado, “la Babel de Yanquilandia trasplantada a la tierra criolla”-,  y recomendaba a su adorada madre, en pleno invierno europeo de 1930, que no visite éste “país siniestro” Sin embargo en el primer best seller “Vuelo  Nocturno”, la historia profética de un piloto que se pierde en la inmensidad, alimentada en sus propias experiencias de temerario en estelas inexploradas del Sur, terminará diciendo que “Buenos Aires ya llena el horizonte con su fuego encarnado y muy pronto brillará con todas sus piedras como un fabuloso tesoro”

 

En sus meses porteños desarrollará una intensa vida social, pese a su carácter introvertido y su negativa a incorporar nuevas lenguas. El francés se transforma en una habitué del Teatro de revistas Tabarís y otros cabaret, con varios amores de una noche, amante del tango “una música triste”, escuchando el ascenso de las Orquestas Típicas de la Guardia Joven y el suceso de Carlos Gardel, y bohemio de horarios estrictos, nunca faltaba a su pasión que era volar en las misiones comerciales –llevó a los médicos argentinos a la final de la Copa del Mundo en Uruguay-  Saint-Exupéry frecuentaba los restaurantes de la Cortada Carabelas, no existía la avenida 9 de Julio, hervidero de artistas y otras yerbas, a la sombra del Mercado del Plata, e iba en particular con Mermoz a uno francés, el Conte. Otro lugar favorito gastronómico era la Vieja Cervecería Munich de Costanera Sur. Prefería este tipo de derivas urbanas, se deleitaba en los zaguanes de La Boca y Belgrano, y escapaba lo más que podía a las reuniones de las clases altas, seducidas ellas en este raro piloto-escritor francés, altísimo de cara aniñada, y que era recomendado por el venerado André Gide. No congeniaba en las tertulias que organizaba Victoria Ocampo en San Isidro. En uno de ellas osó, en el recuerdo de María Rosa Olivier, en cortar uno de los jazmines de la irascible Doña Victoria. Lo suyo era fijar la mirada en el más allá, “con los hombres también se está solo”,  sea en el Delta, en los médanos de Ostende, o en la austral Isla de los Pájaros, la inspiradora silueta del elefante y la boa de su célebre historia del niño que nunca dejó de ser niño, El Principito.

 

“Mi querido Luro…mi partida de vuestro país y de la Aeroposta Argentiname ha apenado mucho más de lo que vosotros os podéis imaginar. No hay, en mi vida, ningún periodo que prefiera a aquel que he vivido entre vosotros”, escribía Saint-Exupéry  a su colega en la compañía, ya instalado en Francia a partir de su partida de Buenos Aires el 1 de febrero de 1931, empresa que luego de una sonada quiebra, pasaría muchos años después al control estatal argentino, en su carácter decano de la aviación civil local, y agregaba el escritor en la cita de Bernardino Montejano, “los viajes al Sud, la construcción de la línea, los vientos de Comodoro, las fatigas, las inquietudes y las alegrías… me sentía en la Argentina como en mi propio país y pensaba vivir largo tiempo…estoy muy feliz de poder…escribiros y agradeceros todo lo que Argentina me ha dado”, señalaba el escritor con una “dulce melancolía” ¿Qué le dio nuestro país? En principio, una mirada al infinito que trastocaría sus trabajos narrativos en cada vez más cargados de metafísica y sabiduría atemporal, que sólo se adquiere en el roce con personas de todas las procedencias y vitalidades, y que en “El Principito”  será la brújula para no estar “solos en el desierto”. Y en el alma, Su Rosa, Consuelo, el gran amor del Principito; y las hadas mágicas, aquellas niñas entrerrianas de Concordia. Nada menos.

Saint Exupery

De rosas y princesas

La artista salvadoreña Consuelo Suncin-Zeceña Sandoval arribaba a Buenos Aires en el convulsionado agosto de 1930, a fin de cobrar unos sueldos adeudados a su esposo, amigo personal del presidente Hipólito Yrigoyen. Al guatemalteco Enrique González Carrillo, Legión de Honor francesa y representante de varias naciones sudamericanas en París, lo había nombrado Yrigoyen, cónsul argentino en París. No era una desconocida Consuelo. Ella había tenido amoríos con José Vasconcelos, uno de los líderes culturales de la revolución mexicana, y su nombre circulaba veloz en los ambientes artísticos latinoamericanos. Fue invitada a una conferencia en los Amigos del Arte, en la calle Florida al 900 –mismo solar donde luego funcionaría el Instituto Di Tella-, y Saint-Exupéry resultó de inmediato flechado, “Soy un oso grande, ¿no quisiera domesticarme usted? “, recordaría Consuelo de las primeras palabras, que terminaron en un paseo aéreo nocturno, con la amenaza de Antoine que se tiraría al Río de la Plata si no conseguía un beso y promesa de casamiento. Con ella de copiloto en su primer vuelo, a bordo de un endeble Laté 24.

 

“Como no quería estar sola con ese desconocido –contó Consuelo en el diario La Prensa, en 1968, al periodista Antonio Requeni- fui al campo de aviación, en General Pacheco, con varios amigos. Pero en la cabina de la máquina cabían únicamente dos personas y así fue como me encontré sola con él, en el aire, entre las estrellas –había caído la noche- cuando me pidió naturalmente que lo besara. Le respondí que las mujeres como yo solamente besaban cuando estaban enamoradas. Se puso triste y me dijo que no lo besaba porque era calvo y feo –tenía una incipiente calvicie-. Me enternecí y le di un pequeño beso. Varias semanas después yo volvía a Francia. En enero de 1931 Antoine regresó –a Francia- y nos casamos”, refería descontando, además, otra versión que indicaba que se habían conocido en la Confitería Richmond, también de la calle Florida, por intermedio del director de cine y crítico Luis Saslavsky. Algunos historiadores comentan que fue Saint-Exupéry quien la ayudó a escapar de Argentina debido a que los golpistas del 6 de septiembre la buscaron en su departamento, con ansías de revancha contra aquello que puede “oler a Yrigoyen” La relación con Consuelo fue problemática, con separaciones y conciliaciones, incluso convivieron en el exilio del escritor en New York en los primeros años de la Segunda Guerra Mundial, aunque Antoine nunca dejó de estar enamorado y preocupado de la mujer que lo deslumbró en los cielos argentinos, a quien entregó el primer manuscrito de “Vuelo nocturno” y una carta firmada “vuestro novio” en la confitería Munich, y que inspiró su Rosa, “mi Flor…soy responsable ¡Y es tan débil! Tiene cuatro espinas insignificantes para protegerse contra el mundo” Cuando en 1998 unos pescadores accidentalmente encontraron en el Mediterráneo una cadena de plata con los nombres de Saint-Exupéry y Consuelo, dando por tierra las versiones sobre que el escritor había sobrevivido a la metralla nazi del 31 de julio de 1944, frente a las costas francesas, regalaron la imagen del enamorado piloto Antoine, rumbo finalmente al planeta de la Rosa, con un talismán entre las manos.

Saint-Exupéry - Consuelo Suncin-Zeceña Sandoval

En “Tierras de Hombres” Saint-Exupéry relata un Oasis en Concordia, Entre Ríos. Y dos hadas princesas en un castillo llamado San Carlos. En esa crónica que aparecería primero en las prensa francesa en 1932, el escritor narraba la experiencia de una aterrizaje accidental en unos campos muy verdes, mientras buscaba pistas de aterrizaje alternativas en el litoral argentino, y cómo mientras luchaba con la rueda del avión, incrustada en una vizcachera, escucha en perfecto francés “¡Qué tonto! ¡No vio la cueva!” Son las voces de Suzzane y Edda,  dos niñas que se acercan a caballo, y que ofrecen la ayuda del padre Georges Fuchs Valon, un francés que alquilaba un “destartalado” Castillo San Carlos, a las afueras de la ciudad entrerriana –hoy sitio histórico, había sido construído por un empresario francés en 1887, y  era propiedad en ese momento del municipio-   A Saint-Exupéry se le asemeja un monasterio “encantado”, con paredes de piedra y una vieja biblioteca,  y pasa la noche,  entre las chanzas de las “hadas misteriosas” que pretenden asustarlo con víboras bajo la mesa. Aquel acontecimiento calaría hondo en el escritor, un “cuento de hadas”, y en “Tierras de Hombres”, se preguntaba en el capítulo “Oasis”, parte del artículo periodístico que llamó antes “Las princesas argentinas”, “¿Qué  habrá sido de aquellas hadas? ¿Se habrán casado? Llega el día en que en la mujer se despierta la muchacha…entonces un imbécil se presenta. Por primera vez aquellos ojos tan agudos se equivocan…el hada le concede su corazón, que es un jardín salvaje, a él que solo ama los parques cuidados. El imbécil se lleva a la princesa y la convierta en esclava”, cerraba preocupado por la adultez de aquellas princesitas entrerrianas. Suzzane y Edda jamás se casaron, nunca dejaron los jardines salvajes, nunca fueron esclavas. Por otra parte, la víbora rastrera y ladina, el avión roto, el accidente, el piloto malhumorado y la irrupción mágica, imaginadas en las estrellas entrerrianas, ¿le suena?     

 

“Todo lo que escribió Antoine es autobiográfico. El pequeño príncipe que visita planetas y habla con flores y animales, simboliza el alma del piloto Saint-Exupéry, un alma que nunca envejeció, que siempre tuvo la edad de la infancia”, enmarcaba Consuelo en 1968 a un escritor que escribía en “Ciudadela”, su último opus inconcluso, “Yo he construído este cirio. A ti te toca encenderlo” “Si llegáis a pasar por allí, os suplico: no os apresuréis, esperad un momento, exactamente debajo de la estrella. Si entonces un niño llega hacia vosotros, si ríe, si tiene cabellos de oro, si no responde cuando se le interroga, adivinaréis quién es. ¡Sed amables entonces! No me dejéis tan triste. Escribidme enseguida, decidme que el principito ha vuelto”

 

Fuentes: Saint-Exupéry, A. El Principito. Varias ediciones; Abos, A.  Mira la catedral que habitas. Buenos Aires: Sudamericana. 2018; Montejano, B. Jardinero de hombres. Buenos Aires: Distal. 2017; prosaeditores.com.ar/post/el-principito-saint-exupery-buenos-aires-argentina; saintexupery.com.ar / Ministerio de Cultura Argentina

Fecha de Publicación: 31/08/2021

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