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Buenos Aires - - Lunes 17 De Enero

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Adolfo Alsina. El caudillo olvidado

Dirigente porteño clave en la Organización Nacional, centralista acérrimo, se encuentra en el linaje de conservadores, liberales, radicales y, hasta, peronistas. Un demagogo de barricada que haría escuela vivando o apaleando a uno u otros, según convenga.

Historia
Adolfo Alsina

En la Buenos Aires previa a la federalización un hombre estaba destinado a la grandeza. Era Adolfo Alsina. El político más popular de la época, nadie se perdía sus discursos en atrios y comités, y que había logrado solapar su visceral odio a los “trece ranchos”, Buenos Aires sobre todo, en una improbable conciliación que podía aguantar en el mismo techo a Roca y Mitre. Sus dotes explosivos en la arena pública con una verba que hablaba de intangibles principios, luego transformados en postulados por el radicalismo y verdades por el peronismo, se inflamaban en el aura de compadrito munido de su mortal bastón de plata, amigo de los matones como Juan Moreira. Don Adolfo prefigura un estilo muy particular de liderazgo virilizado, macho, que marcaría a políticos tan distintos como Yrigoyen o Perón ¿Pero quién recuerda hoy a Alsina? Pocos tirando a nadie. Nadie quiere recoger la antorcha de un político que quiso matar al presidente Urquiza, el odiado líder de la “chusma montonera” del Interior, y, diez años después, se abrazo con él para destronar al presidente Sarmiento. Menos a quien impuso a la patota, los pandilleros, hoy las barras, como método de respaldo de Poder. Pero Alsina está en el ADN de la política criolla, es cuestión de escarbar unos milímetros. Aquel será su legado imperecedero y quien quiera oír, que oiga. 

No estamos forzando el análisis de un pasado personal que se hunde en lo mejor y lo peor de la política criolla, esa que despreciaban Juan Bautista Alberdi, Juan B. Justo y Rodolfo Walsh. Adolfo Alsina había nacido en un hogar de abuelo federal, asesinado por el rosismo, y padre unitario, lapidado por la Confederación Argentina, un 14 de enero de 1829 en Buenos Aires. Dónde, si no. Porque a lo largo de la carrera, atemperado según las circunstancias, bregó por el autonomismo sesionista porteño, al igual que papá Valentín, que había huído de la Reina del Plata enfrentado a Rosas -que querían algo parecido, tal vez menos legalista el Restaurador de las Leyes, el raro federalismo terrateniente bonaerense. Cuenta Miguel Ángel Scenna un hecho de pequeño de Alsina que marcaría una vida: a los seis años se arrojó piedra en mano a defender a la madre de unos borrachos. Otra de las características de Don Adolfo, que resultó un corajudo comandante de las Guardias Nacionales, en realidad la fuerza defensiva porteña a los intentos de un país de hermanarse, y se destacó en las batallas de Cepeda (1859) y Pavón (1861), alabanzas allí de Mitre, en ese entonces uno de sus ídolos. En aquel tiempo Don Bartolo proponía lisa y llanamente que Buenos Aires sea un Estado Autónomo. 

Su entrada en la esfera pública se da tanto por las acciones militares como por la participación incendiaria en la legislatura, cuando los porteñistas se identificaban con el amarillo frente el blanco de los nacionalistas. También cobraba relevancia sus correrías como pandillero, que ya venía con la fama de guapo en Montevideo, defensor Alsina a ultranza del Puerto y el Campo bonaerense a espaldas de la Nación, y trama el asesinato del presidente Urquiza con la logia Juan-Juan. Un coscorrón oportuno del padre ministro de la Buenos Aires sublevada a la Constitución, Valentín, baja las ansías asesinas del joven abogado recibido con la tesis “Pena de muerte por homicidio” (sic).

“Lo que es perjudicial para Buenos Aires, es perjudicial para la República”

La gloria llegaría para Adolfo en agosto de 1862, en las célebres sesiones sobre la federalización de Buenos Aires. Mitre entendió que la única manera de acabar con el derramamiento de sangre, y que Buenos Aires no pierda los privilegios, era federalizar la ciudad, para horror de sus viejos camaradas, entre ellos Alsina. Presenta el mismo plan de Urquiza, o sea nacionalizar la provincia por un periodo para gobernar a la vez territorio y país, mientras Don Adolfo escucha ceñudo, con ese gesto desafiante, entre bufidos, lo que él creía una sentencia de muerte para -las arcas- porteñas. Hasta que le toca el turno. Aquel 6 de agosto de 1862 lanzó una encendida perorata contra los enemigos de Buenos Aires, ahora el odiado Mitre a la cabeza, con sutilezas del calibre que “en 1852 echamos a cañonazos la Constitución” o “lo que es perjudicial para Buenos Aires, es perjudicial para la República” (sic), para terminar con estruendoso aplauso de los pandilleros que habían copado el viejo congreso pegado al Fuerte -Casa Rosada-, “¡Quién le hubiera dicho a Buenos Aires, señor Presidente, que los últimos cañonazos de su ejército disparados en Pavón a la turba colorada fugitiva -alguien por lo bajo le recordaba que el loco y traidor Urquiza decidió retirarse, en realidad-, no serían otra cosa que la salva fúnebre, precursora segura de su muerte…¿Cómo extrañar que Buenos Aires resista a esa transición repentina, de pueblo independiente a territorio federalizado? ¿Cómo pretender que debe dejar lo conocido por lo desconocido, lo cierto por lo dudoso?”, remachaba dejando un estela unitaria y defensora del status quo que impregnaría a cualquier partido vecinal nacido luego en los límites de la General Paz. 

“Como todos los grandes caudillos populares, Alsina aunaba en su actuación la iniciativa resuelta e impulsora que impone a los partidarios, con la llaneza cordial que les atrae y encadena. En sus quince años de jefatura política supo mostrarse el más autoritario y eficaz, al par que el menos formalista y solemne de los conductores de hombres: el más indómito ante la resistencia irracional, a la vez que el más dócil casi siempre a la razón persuasiva”, escribiría la necrológica Paul Groussac, que premonitoriamente señalaba que poco quedaría de alguien que no estampó doctrina, pragmatista consumado, y que cobijó y desbandó a las mejores mentes de su época en su flamante Partido Autonomista, Julio Argentino Roca, Nicolás Avellaneda, Leandro N. Alem, Dardo Rocha, Carlos Pellegrini y continúan las firmas de los arquitectos de la Generación del 80. 

El 2 de mayo de 1866 el Partido Autonomista, a punta de facón y pistola, consigue el primer gran triunfo y lleva a la gobernación de la provincia de Buenos Aires a Adolfo Alsina, tal como habían ejercido el abuelo y el padre -e inicia la maldición que cae en los mandatarios de la provincia más rica, que jamás llegaron a la presidencia. Con Avellaneda y Mariano Varela encara una progresista gestión, que trae mejoras en varios aspectos, administrativos y policiales, comunicación (trenes y telégrafos), educativos (Avellaneda inicia un plan que completaría en la presidencia de Sarmiento), salud (aguas corrientes) y apoya los deseos de la nueva Sociedad Rural, comenzando a pensar planes definitivos para solucionar el “problema del indio” e incorporar más leguas -que Alsina, también digamos, pensaba repartir prioritariamente entre los gauchos; algo que lo hizo muy popular en la campaña. Pese a los disidencias, apoyó al gobierno nacional en la Guerra contra el Paraguay y, más de acuerdo, en la aniquilación de los últimos caudillos. 

El eterno candidato al sillón de Rivadavia

En 1867 inicia una fuerte campaña presidencialista, con poco eco en el Interior, y entonces resumía su programa en las provincias bajo un nebuloso “reparación”, que luego retomaría el ideario radical. No contó con el veto del presidente Mitre, para quien Alsina representaba “la liga inmoral de poderes usurpados por los gobiernos locales”; que más realista políticamente pensaba en el afrancesado/aporteñado Sarmiento, el sanjuanino un amalgama que acolchone los reclamos de los trece ranchos. No le quedó otra que negociar con un detestado Sarmiento, y a la sazón, fue Alsina el vice de la fórmula ganadora en 1868. El loco Sarmiento, temeroso de la estrella porteña de Alsina, que acaparaba multitudes apenas pisaba la vereda de la calle Potosí -actual Alsina, a metros de Defensa-, lo relegó a que “toque la campanita del Senado y, de vez en cuando, venga a comer a casa para que vea mi buena salud”. Así que el vozarrón de Alsina se escuchó más en cafés y prostíbulos que en los meandros del Poder. Solamente saldría de la modorra para aplastar la revolución mitrista de septiembre de 1874, degradando públicamente a Don Bartolo -unos años después, le restituiría los honores necesitado de la venia del ex presidente, autonombrado historiador y militar. 

Aquellas elecciones de 1874 pretendieron ser la revancha de Alsina pero, ahora, quienes se oponían eran Sarmiento, Mitre, Avellaneda y un ascendente Roca; y varios de su propio partido. Sin embargo, quizá por primera vez, Alsina tuvo la visión de su carrera a largo plazo, y antes que Roca, entendió que a falta de epopeyas que lo hagan conocer más allá de los campos bonaerenses, bueno sería ocupar el territorio de los indígenas de norte a sur, de Italó, Trenque Lauquen, Guaminí, Carhué -la joya del cacique Namuncurá- y Puán. 

Y aquí empiezan los equívocos de la historia, que fue escrita desde la óptica de la “destrucción de los nidos de indios” de la autodenominada Conquista del Desierto. Primero es falso que el plan del ministro Alsina consistía solamente en cavar kilómetros de improductivas zanjas porque en marzo de 1876, en respuesta al tremendo y salvaje malón que devastó el sur de Buenos Aires, en unos pocos meses, remington en mano del ejército del general Levalle, avanzó arrollador dos mil leguas hasta Puán; reduciendo a solamente 180 kilómetros la frontera.  Además era un proyecto modernizador porque estimulaba el asentamiento de población, colonias agrícolas, con escuelas, trenes, caminos, etc., de gauchos e indígenas; algo que jamás estuvo en los planes de Roca que terminó repartiendo las enormes extensiones a pocas familias latifundistas. Alsina incluso parlamentaba con los indios antes de disparar y así consiguió que las tribus se establezcan en Azul, tras una línea defensiva contra el bandidaje…de “cristianos” Namuncurá, de la estirpe del poderoso Calfucurá, cacique de la multitudinaria Confederación de Salinas Grandes, confiaba en Alsina porque pensaba que sólo él podría “definir los tratados de paz y vibir como hermanos”. Nada de esto sucedió a partir de 1879.

Estos logros de Alsina en la cuestión de la frontera, e integrar un eficaz gobierno del presidente Avellaneda, que estaba corrigiendo el desastre económico y social que dejó Sarmiento, tuvo el cenit el 7 de octubre de 1876 con la Conciliación, un acuerdo entre el autonomismo y el nacionalismo mitrista; que tal vez hubiera evitado la Revolución de 1880, la federalización de Buenos Aires no hubiese sido tan costosa en vidas y bienes, y, por supuesto, Roca nunca accedería a la primera magistratura e instituiría el régimen conservador y excluyente por casi medio siglo. Pero la vida tenía reservada a Adolfo Alsina un doloroso final que se extendió los últimos meses de 1877, posiblemente una afección gástrica o renal que lo había llevado a Europa una década antes, en el único viaje cruzando el Atlántico. Arrancó en Azul el 29 de octubre con fuertes dolores, agotamiento y una fiebre incontrolable, en momentos que observaba el éxito de su estrategia, y que derivó en un mes de pobre atención en pueblos que eran más bien toldos. A principios de diciembre observa una leve mejoría, motivada por el triunfo en la provincia de Buenos Aires de su fórmula Tejedor-Moreno sobre Del Valle-Alem, todos discípulos suyos, pero retornan los delirios a mediados de mes. “Namuncurá…Levalle…indios…expedición”, resonaba con esa voz de trueno en la casona de Potosí. En la madrugada arriba el doctor Montes de Oca y Alsina le toma del brazo, “Monstruo, dame algo para despacharme pronto”. Cada tanto preguntaba angustiado, “¿Contestó Levalle?” Minutos antes de las siete de la tarde el secretario dice que el general batió a Namuncurá. Alsina expira así el 29 de diciembre de 1877 acariciando la banda presidencial y Buenos Aires se viste de luto despidiendo al hijo pródigo,  a su primer caudillo, unitario y federal, pragmático y demagogo salvaje. Monumentos en la Plaza Libertad y el cementerio de la Recoleta recuerdan a Alsina, aunque poco miden la relevancia que significó para los contemporáneos, que lo adoraban, le temían, lo respetaban. “Era jefe popular entre orilleros, peones y matarifes, entre criollos, negros y blancos; respetado entre comerciantes y estancieros; arrastraba tras de sí a los federales porteños y tenía aceptación en las provincias”, reflexiona Ema Cibotti. ¿Quién le teme a Adolfo Alsina?

 

Fuentes: Scenna, M. A. Adolfo Alsina. El mito olvidado en revista Todo es Historia. nro. 127. Diciembre 1977. Buenos Aires;  Noble, J. Cien años, dos vidas. Buenos Aires: Editorial Bases. 1960;  de Marco, M. A. en La Nacion.com.ar.

Imagen: FM Radio Cultura

Fecha de Publicación: 14/01/2022

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