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9 de Julio de 1816. Diario de la Independencia

Una de las primeras medidas de los congresales en Tucumán fue un diario de sesiones, editado por Fray Cayetano Rodríguez. Rumbo al Acta de la Independencia por El Redactor.

Historia
9 de Julio

Se venía la noche en 1815. Los ejércitos patriotas eran derrotados una y otra vez en Alto Perú, el rey de España preparaba una poderosa fuerza, los portugueses acechaban en la Banda Oriental, y las divisiones políticas y económicas carcomían a las provincias, a fuego cruzado con el manto del Protector de los Pueblos Libres, José Artigas, y las medidas dictatoriales de Carlos María de Alvear. Y sin embargo este año decisivo, caótico, alumbró el camino para el 9 de Julio de 1816, la declaración de la Independencia de las Provincias Unidas en Sud América, como se juró, no “de” Sud América, aquella llama de libertad inflamaría un Continente desde Caracas a Tierra del Fuego, más allá del estrecho Río de la Plata. Lo que para las fechas escolares es una fecha fin, en verdad fue un proceso emancipador que se inició en Chuquisaca en 1809, caló hondo en Buenos Aires del 25 de Mayo de 1810, tuvo un frustrado intento federal en la Asamblea del Año XIII, y recién acabó con la Constitución unitaria de 1819, que fue obra de ese mismo Congreso Nacional que arrancó sesionando en Tucumán. A partir de allí nuestra historia, unitarios y federales, nacionales y autonomistas, radicales y conservadores, peronistas y antiperonistas, y más capítulos, que se ligan a los hombres que se reunieron “en el lugar intermedio en el territorio de la Provincias Unidas”, a escasos kilómetros en que los realistas acosaban a los bravos gauchos y altoperuanos. Porque no sólo se habló de Independencia, se habló de maneras de sostener el fisco, de los símbolos patrios, de la institución de las fuerzas armadas, planes de urbanismo y límites territoriales, de las divisiones entre porteños y provincianos –en verdad, el tema cotidiano junto a monarquía, hoy sería presidencialismo, o república-, educación y justicia, de las maneras de representatividad, y cómo gobernarnos. Asignaturas pendientes.

El Congreso de Tucumán nació censurado aunque se espíritu era francamente democrático, “distante del Poder Ejecutivo y de las bayonetas”, tal cual impuso la facción que derrocó a Alvear, y que serían los federales del mañana. El convocador Estatuto de 1815, un engendro de la Junta de Observación porteña que actualizaba la impronta horizontal de la Sociedad Patriótica de 1812, pero que volvía a dejar el poder a los cabildos -al fin al cabo fueron las ciudades más que las campañas quienes llevaron la voz cantante en la Revolución- obtuvo fuertes rechazos en cuanto a la liberal elección de los diputados, uno cada quince mil “almas”, “no considerarlo oportuno al actual régimen de provincias”, diría la gobernación de Cuyo al mando de San Martín. Paraguay rechazaría la invitación porque se consideraba “república libre y soberana” desde 1813. Tampoco confluirían los artiguistas de la Banda Oriental, Entre Ríos, Corrientes y Santa Fe, que ya habían tenido su Congreso de Arroyo de la China en 1815, con un sesgo democrático, agrarista y popular, y desconocía a las autoridades porteñas que insistían “independizar” a la actual Uruguay. Mientras el Congreso de Tucumán trabajaba para declarar la Independencia de un país, la diplomacia del Río de la Plata negociaba en Río de Janeiro para desmembrarlo.

Hacia mediados de marzo de 1816 comenzaron a llegar los congresales, “diputados de los pueblos –no la Nación como en la Asamblea del Año XIII-”, aunque más bien representaban a las cascos urbanos. No arribaban en galeras ni carruajes, sino en humildes carretas, o caballo solitario. Tengamos en cuenta que los tucumanos recién vieron un carruaje con la llegada de Belgrano desde Europa, un medio de transporte además innecesariamente costoso por el mal estado de los caminos. Y fueron hospedados en distintas casas, no en la Casa de Tucumán,  los menos en  esta propiedad que se alquiló a Francisca Bazán de Laguna por veinticinco pesos mensuales ¿Por qué no sesionaron en el cabildo, más espacioso? Porque estaba en refacciones. Igual debió ser acondicionado el patio interno de Doña Francisca, la habitación principal era minúscula, y las famosas sesiones ocurrieron lejos de la calle, sin ventanas para que el “pueblo” siga las intervenciones, la mayoría altamente reservadas.

Hubo al fin el 24 de marzo de 1816, treinta y tres congresales, dieciocho de ellos eran abogados o doctores en leyes; once, religiosos –nueve sacerdotes, dos frailes-, y solamente cuatro, militares. Las provincias representadas fueron catorce, once de la actual Argentina, y tres de la actual Bolivia. Durante la tercera expedición auxiliadora al Alto Perú habían sido elegidos diputados de Chichas, Charcas y Mizque, los últimos en incorporarse,  mientras que los de la Paz, Cochabamba, Santa Cruz de la Sierra y Potosí no pudieron sumarse porque habían sido recapturadas por los realistas. También se sumaron problemas en la admisión en los representantes de Santiago del Estero y Tucumán, vetados por sus mismos Cabildos, y que fueron salvados por la firmeza de los congresales. En Tucumán se congregó la mejor intelectualidad de la burguesía letrada del Cono Sur, universitarios de Charcas, Córdoba y Chile, y que levantaron los principios liberales que llegarían a la vigente Constitución Nacional, “igualdad, libertad, seguridad, propiedad y resistencia a la opresión”

“El Congreso Soberano de las Provincias Unidas del Río de la Plata, la esperanza de los pueblos libres…se ha instalado en la benemérita ciudad de San Miguel de Tucumán del modo que permiten las críticas circunstancias”, comentaba el órgano oficial del Congreso, tanto por la amenaza de la poderosa fuerza realista del Conde Pablo Morillo, que afortunadamente fue desviada a Venezuela, como por la crisis política salteña ocasionada por el enfrentamientos entre José Rondeau y Martín Miguel de Güemes, la asamblea destinó varios esfuerzos en moderar este tipo de conflictos políticos antes que en discutir la independencia y una constitución, su original razón de convocatoria, “americanos: en unión seremos invencibles, divididos seremos presos del primero que quiera subyugarnos”, admitía un resignado Fray Rodríguez, maestro de Mariano Moreno. Las primeras sesiones tuvieron la presidencia del porteño Pedro Medrano, y la asistencia de Juan José Paso, un hombre indispensable de la emancipación argentina, y José Mariano Serrano, quien sería el impulsor de un acta en idiomas  quechua y aymará.    

Fray Cayetano Rodriguez

San Martín, arquitecto de la Independencia

“Mi amigo, el más apreciable: ¡Hasta cuándo esperamos declarar nuestra Independencia! –un disgustado José de San Martín a su representante, Tomás Godoy Cruz, un 12 de abril de 1816- ¿No le parece a usted una cosa bien ridícula acuñar moneda, tener el pabellón y cucarda nacional, y por último hacer la guerra al soberano de quien se cree que dependemos? ¿Qué no falta más que decirlo? Por otra parte, ¿qué relaciones podremos emprender cuando estamos a pupilo? Los enemigos, con mucha razón, nos tratan de insurgentes, pues nos declaramos vasallos…¡Ánimo, que para los hombres de coraje se han hecho las empresas! Veamos claro, mi amigo: si no se hace, el Congreso es nulo en todas sus partes, porque reasumiendo este la soberanía, es una usurpación que se hace al que se cree verdadero, es decir, a Fernandito”, espetaría ante un diligente diputado, que constataría también presto, “no es soplar y hacer botellas”  San Martín no sólo estaba urgido para enfrentar a las “corporaciones de Buenos Aires”, y apaciguar los roces con los cordobeses artiguistas y sus “abominables ideas de Federación”, sino que no desea emprender la gesta que está cociendo en Cuyo, transformada en un gigantesco campamento militar, sino en nombre de un estado independiente. Será  Juan Martín de Pueyrredón, diputado por San Luis –donde estaba detenido desde 1812 por contrario al Triunvirato-, una vez ungido en mayo como Director Supremo, quien inviste a San Martín con el grado de Capitán General, con los poderes conferidos por el Congreso de Tucumán. El plan político y militar de San Martín, que liberaría media América del Sur, empieza tomar forma con los congresales del 16, apurados con su insistencia desde Mendoza.

También a fines de mayo, después de dos meses que las cuestiones coyunturales absorbieran la atención de los diputados, se propone un plan de trabajo,  y fija como tema prioritario la Independencia. En esta organización  fue clave el jujeño Teodoro Sánchez de Bustamante y el porteño Esteban Gascón, más el citado Serrano, que poseían una sólida experiencia asamblearia, y permitieron encauzar un congreso errático. Debieron además superar las resistencias de cordobeses y salteños, que recelaban y embarraban las determinaciones de las comisiones, por su acendrado autonomismo, y simpatías con la causa de los federales de Artigas. Incluso el diputado cordobés Miguel Calixto del Corro, encomendado a negociar con los pueblos del Litoral, terminó incorporado al proyecto artiguista y, una suerte, de enviado diplomático de la Liga Federal en Tucumán. No olvidemos que su par provincial, José Antonio Cabrera, había asistido al congreso organizado por el Protector de los Pobres en la actual Concepción del Uruguay. Córdoba entonces participaría de dos asambleas, una federativa en 1815, otra centralista en 1816.

Entre la agenda de los días de junio, discutida en reuniones cerradas, se barajaban proyectos de constituciones, los recursos para sostener la guerra, un sistema militar centralizado, el arreglo de una Marina, las rentas generales del Estado, una casa de la moneda en Córdoba, cuestiones sobre educación, ciencias, artes, minerías, agricultura, caminos, demarcación de territorios, creación de ciudades y villas, repartimiento de terrenos baldíos, la cuestión de los indios e infinidad de temas más. Era una tabula rasa legal, y jurídica, casi imposible de acabar. Pero en cada intervención se enfatizaba siempre un punto nodal, “qué forma de gobierno sea más adaptable a nuestro actual estado, y más conveniente para hacer prosperar las provincias unidas” Y allí surge el famoso debate del 6 de julio cuando Manuel Belgrano, que dando un informe de cómo Europa veía a América, más con temores de anarquía que de independencias, postula, “así como el espíritu general de las naciones, en años anteriores, era republicanizarlo todo, en el día se trata de monarquizarlo todo…la forma más conveniente para estas provincias sería una monarquía temperada, llamando a la dinastía de los Incas por la justicia de restituir a la misma despojada inicuamente del trono, en cuya sola noticia estallará un entusiasmo general de los habitantes del Interior”, cerraba el general, sabiendo de lo agobiados que estaban los provincianos, el tema recurrente de cada sesión del Congreso, y con la intención de reactivar el fervor patriótico de los americanos, en sintonía con Bolívar y San Martín.

9 de Julio, “no es soplar y hacer botellas”

Analizando el monarquismo de Belgrano y San Martín, en contraposición al republicanismo de un Tomás de Anchorena, o la influencia de los caudillos del Litoral, cabe considerarlo con cuidado. Porque no sería la misma postura monárquica del Libertador, que sostenía un Estado fuerte superador del federalismo aislacionista de las provincias; que las posturas de los porteños monárquicos, que buscaban integrar el país a los cortes europeas; o el monárquico de Belgrano, que respetaba el linaje americano. Mientras que el republicanismo muchas veces escondía en algunos diputados los intereses británicos, más proclives a esta forma de gobierno de tendencias centrífugas, frente a los republicanos federales, que más bien reproducían una tendencia popular al pluralismo y la autonomía, reactivas a los viejos despotismos virreinales y un mandato nacional. 1816 no sería el año que se resolvería esta cuestión, que tras cuatro años de deliberaciones ahora en Buenos Aires, motivo de la desafección de varios diputados del pueblo del Interior, moldearía la constitución  unitaria de 1819.

El primero de julio asume la presidencia del Congreso el sanjuanino Francisco Laprida, brillante legislador olvidado, degollado en 1829 por unitario y, rápidamente, presiona para que en días subsiguientes se discuta principalmente “la declaración de la Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata de la dominación española, suspirado objeto de los ardientes votos de todos sus habitantes”. Se sucedieron discusiones acaloradas, no en particular sobre el punto, sino debido al álgido enfrentamiento entre Rondeau y Belgrano.

Y finalmente llegaría el 9 de julio de 1816. Los diputados comenzaron a sesionar más temprano que lo habitual y, según testigos de la época, el clima apacible de Tucumán se convulsionó. Había cierta emoción en el aire que presagiaba que no sería un día común, “romper las cadenas que vergonzosamente nos ataban al carro de las dominación europea” Y no lo fue “(Es una materia que) desde mucho antes  de ahora ha sido objeto de las continuas meditaciones de los señores representantes, quienes contraídos en este acto a su examen, y conferidos entre todos los irrefragables títulos (sic), que acreditan los derechos de los pueblos del sur, y determinados a no privarlos un momento más del goce de ellos, presente un numeroso pueblo convocado por la novedad e importancia del asunto, ordenaron al secretario presentase la proposición para el voto; y al acabar de pronunciarla, puestos en pie los señores diputados en sala plena, aclamaron la Independencia de las Provincias Unidas de la América del Sud de la dominación de los reyes de España y su metrópoli, resonando en la barra la voz de un aplauso universal con repetidos vivas y felicitaciones al Soberano Congreso. Se recogieron después uno por uno los sufragios de los señores diputados, resultaron unánimes sin discrepancia de uno solo”, realiza la crónica ajustada El Redactor. Fue Sánchez de Bustamante que propuso el orden de ese día, “la libertad e independencia del país”, y que promovió que se leyera el Acta de la Independencia en voz “bien alta” para que la gente de la lejana vereda pudiera escucharla. En la propia ciudad de Tucumán se realizaron inmediatos festejos, y bailes, en la misma Casa del Congreso, “crea usted que hubiera echado la casa por la ventana”, aseguraba un eufórico San Martín el 16 de julio.

Una fecha tan importante como el nueve ocurrió diez después. Porque fue síntoma de que los congresales legislaban para todas las provincias, para todo un país. En efecto, el 19 de julio se agregó al acta para la jura de los ejércitos, “de toda otra dominación extranjera”, en parte para contentar a los disidentes federales numerosos en tropas y campaña, en otra para “sofocar el rumor maligno de que el Director de Estado, el general Belgrano y algunos individuos del Congreso Soberano alimentaban la idea de entregar el país a los portugueses”, rescata Miguel Bravo Tedín. Quizá la real fecha de la Independencia sea 19 de julio de 1816.

Claro que los meses siguientes no apaciguaron la lucha fratricida, sin valorar el enorme gesto de unidad dado en Tucumán, y la política de Pueyrredón y los congresales se enfocaron en corroer a la Liga de los Pueblos Libres, siendo indiferentes a la ofensiva portuguesa en el Este. Era vox populi  una política pública de Buenos Aires, solidarizándose con los pueblos de Artigas que repelían la invasión, y otra secreta, que negociaba en Río de Janeiro. Se sucedían los levantamientos federales, que los directatoriales reprimían sangrientamente, con la anuencia del Congreso de Tucumán, “gendarme volante” al decir de Ernesto Palacio. En este marco no resulta extraño que el acta original, con las veintinueve firmas de los diputados presentes, se haya extraviado en algún punto del sur cordobés rumbo a Buenos Aires, robada al chasqui Cayetano Grimau y Gálvez, nunca claro si con el contubernio entre cordobeses y soldados artiguistas. “Nos, los representantes de las Provincias Unidas de Sud-América…investirse del alto carácter de Nación libre e independiente” era nuestro destino de unidad a cumplir. Aún.

 

Fuentes: Bicentenario de la Independencia 1816-2016 Edición Especial. Revista Todo es Historia. Nro 587 Junio de 2016. Buenos Aires;  Independencia 1816-2016. Catálogo. Biblioteca Nacional. Buenos Aires. 2016; Gianello, L. Historia del Congreso de Tucumán. Buenos Aires: Academia Nacional de Historia. 1966.

Fecha de Publicación: 09/07/2021

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