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El turco, el ruso y el tano: Parte II

Lejos de nuestra casa. Lejos de cualquiera de los barrios de Buenos Aires, más allá del mar, atravesando miles de kilómetros, cada año muchos judíos argentinos buscan sus raíces.

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Cuando los aliados revelaron los crímenes contra la humanidad que habían perpetrado los nazis en Auschwitz y tantos otros campos de exterminio, los judíos encontraron finalmente un lugar en el mundo. Israel nació a partir de uno de los protectorados orientales de Europa junto a otras naciones de Medio Oriente como Jordania y los Emiratos Árabes. Sus límites modernos fueron establecidos según una aproximación al antiguo emplazamiento del reino bíblico.

Allí se abre la llamada Ruta del Mediterráneo Oriental, que atrae a los viajeros al campo de las batallas y los milagros del Antiguo Testamento. Lleva de manera inexorable a las reminiscencias de la denominada Tierra Santa, donde las sorpresas son muchas.

Jerusalén es el centro religioso de judíos, cristianos y musulmanes. Siempre es visitada por millones de turistas atraídos por sus innumerables tesoros.

Por supuesto, como ya dijimos, pese a la milenaria historia del judaísmo, Israel es un país muy joven, que supo transformar el desierto en un vergel gracias a la aplicación de tecnologías muy sofisticadas. Sus avances han sido mundialmente reconocidos en muchos campos del conocimiento. Se trata de una tierra tan particular que en ella conviven lo antiguo y lo extremadamente novedoso con absoluta naturalidad.

Judíos ortodoxos orando frente al muro. El Segundo Templo fue destruido en el año 70 por el emperador Tito. Es decir que, en tiempos de la diáspora, ya estaba en ruinas.

Es verdad que las referencias a la Biblia que la arqueología hizo surgir en Israel, son escasas pero no del todo ausentes. Aunque parezca increíble, algo de aquellos inmemoriales tiempos llegó hasta nosotros.

Ahí, donde además existen conflictos que parecen imposibles de resolver, contingentes numerosísimos de creyentes llegan a orar a un lugar muy concreto que revela por sí mismo su antigüedad. Se trata de un resto arquitectónico de época romana: el Muro de las Lamentaciones. Una inmensa grada que sostenía al Segundo Templo de Jerusalén, aún cuando vivía Jesús.

La impresionante construcción se levantó además sobre los restos más antiguos del llamado Primer Templo, destruido por Nabucodonosor en el 587 a.C., durante el exilio de los judíos en la antigua Babilonia.

Dicen los israelíes actuales que sería más preciso llamar a aquel sitio tan importante, simplemente "Muro Occidental", porque es el nombre que allí usa la comunidad judía para referirse a él. A veces la sencillez guarda grandes secretos. El Templo de Jerusalén era un inmenso edificio que se orientaba según los puntos cardinales. Miraba, desde el monte, hacia los cuatro lados del mundo.

Ahora bien, uno de los más importantes enigmas del pueblo de la Biblia, viene sin embargo de tiempos modernos. Se ha instalado en nuestra sociedad como una duda sostenida desde al menos el siglo XIX. La pregunta es: ¿son los judíos actuales descendientes de aquellos que reinaron en Israel?

Durante el año 135, después de una ley promulgada por el emperador romano Adriano, tuvo lugar un episodio denominado “la diáspora”. Parece que el emperador, harto de las distintas sublevaciones judías, decidió desterrar al pueblo completo de lo que los romanos denominaban la provincia de Judea. El concepto se basaba en apartar a la comunidad de sus lugares de origen y esparcirla por aquellos cuatro lados del mundo que su propio templo señalaba. ¿Cuál sería la finalidad de esta práctica? Que los descendientes de los exiliados, olvidaran los antiguos lazos de sus ancestros.

Como creía Adriano, tras su largo desarraigo, los judíos dieron lugar a diversas comunidades muy mezcladas étnicamente que llegaron desde Egipto a España, así como de Marruecos a Siria. Desde el Cáucaso se internaron en Turquía, pasando además a Alemania por Polonia y, obviamente, por Rusia.

En unos mil años, hasta la Edad Media, aparecieron entonces judíos de muchas nacionalidades y aspectos diversos. Pero, contrariamente a la creencia del emperador, lo que los hacía judíos no se desintegró: todos conservaron, a través del tiempo y la distancia, su cultura y tradiciones.

Un nuevo orden y un nuevo edicto, esta vez de los Reyes Católicos, obligaría a muchos “hijos de la diáspora” a abrazar la fe católica durante la conquista de Granada. Probablemente, el flujo de judíos a estas latitudes, data de tiempos de Garay. Ya se registra la llegada a América de judíos conversos en épocas muy cercanas a la segunda fundación de Buenos Aires.

Claro está que, entonces, revelarse como “no cristiano” podía ser motivo de condena social y hasta de muerte. Dice la novela de Marcos Aguinis, “La gesta del marrano”:

“Maldonado da Silva tardó en recuperarse, pero logró demostrar a sus verdugos que podía sufrir no menos que un santo. En su maloliente mazmorra el estragado prisionero suele evocar su odisea. Nació en 1592, exactamente un siglo después de que los judíos fueran expulsados de España y Colón descubriera las Indias Occidentales” (“La gesta del marrano”, Marcos Aguinis, Editorial Sudamericana – Buenos Aires).

La épica de Maldonado da Silva, resulta ser un antecedente de posteriores acercamientos del judaísmo no converso a las tierras de este lado del Atlántico. Pero con el tiempo, a partir de diversas migraciones mucho más recientes, comenzaría a aparecer una historia local del judaísmo.

Son dos los grupos importantes que se instalaron en nuestra región: los sefaraditas y los asquenazíes. Unos venían de los Países Árabes y otros de Europa. Los primeros, como contamos en la crónica del domingo pasado, serían apodados “turcos”. Pero los que venían especialmente de Europa Oriental, adquirieron el mote de “rusos“.

Archivo de fotografías 1: Inmigración Judía a la Argentina 17 Adar I 5779 (22 febrero, 2019)
Archivo de fotografías 2: Inmigración Judía a la Argentina 17 Adar I 5779 (22 febrero, 2019)

En este punto vuelve a aparecer la duda que nos ocupa. Pensando en lo lejana que parece la tierra de Medio Oriente, origen del patrimonio cultural judío, se nos hace que poco tiene que ver con Rusia. Siendo así, ¿por qué entonces surgió alguna vez esta extraña relación que aún crea dudas y controversias?

A fin de explicarlo, tenemos que apelar a cierta traslación semántica moderna nacida precisamente en tiempos de una práctica muy posterior a la diáspora y al Edicto de Granada. Una que proviene del tiempo de los zares, que finalmente hace intercambiables las nociones de judaísmo y nacionalidad.

El evento sucedió antes de la Revolución Rusa. Se denominó “progrom”, (“devastación”), a un proceso de persecución y aniquilamiento de la presencia judía en toda la Rusia imperial. Tuvo lugar en muchas oportunidades y en extendidas regiones.

Gran parte de los judíos de Rusia, entonces, escaparon de dichas persecuciones y terminaron en lugares tan lejanos como Argentina. Luego hubo otros grupos y familias que más adelante, también escaparon, pero esta vez de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Algunos de ellos vivían en Lituania o Polonia, pero cuando llegaron a nuestro país, venían con documentación soviética.

Repitiendo el caso de la confusión turco-árabe, su contraparte ruso-judío se transformó muy rápido en la norma coloquial vigente. No resulta casual pensar que tomó especial importancia en los barrios de Once y Almagro, donde la presencia judía terminó siendo muy numerosa.

Lamentablemente, el antisemitismo o la judeofobia, no tardarían en reaparecer. En su trabajo de investigación “La Semana Trágica”, Daniel Lvovich (UNGS – CONICET), revela que en las primeras décadas del siglo XX, la asimilación entre los términos ruso y judío hizo estragos. Llevó a explicar, entre otras razones, una situación sin precedentes.

Ante el alzamiento obrero al que consideraban en Buenos Aires de origen bolchevique, dice Lvovich, interpretando la visión tendenciosa puesta sobre este binomio de vocablos intercambiables:

La violencia ejercida contra personas y organizaciones judías, a las que se caracterizaba como responsables de los sucesos no sólo como resultado del desplazamiento semántico entre los conceptos de “ruso” y “judío” - factor tantas veces postulado como explicación -sino también a causa de unas representaciones conspirativas sobre el judaísmo-”.

A pesar de esta circunstancia tan desgraciada, la relación ruso-judío tomaría fuerza, popularizándose en la literatura, en la charla diaria y en los estereotipos populares. El humor judío, con esa increíble capacidad que tiene de asimilar lo trágico hasta el punto de transformarlo, ayudó también a popularizar este “desplazamiento semántico”, para convertirlo en uno de los términos más comunes dentro de nuestro lenguaje.

Archivo de fotografías 3: Inmigración Judía a la Argentina 17 Adar I 5779 (22 febrero, 2019)

Fecha de Publicación: 26/01/2020

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Comentarios


Por: JO 26 enero, 2020

A SER ARGENTINOS: LAS FOTOS SON CHIQUITAS COMO ESTAMPILLAS. NOTA BUENISIMA PERO EL DISEÑO WEB ES UN DESASTRE

Por: Martín 26 enero, 2020

espectacular poro de acuerdo con Jo - las fotos no se ven tienen un problema de programación y edición

Por: mabel 26 enero, 2020

Yo veo bien las fotos... Grandes y claras. No se porqué los chicos dicen que no las ven.

Por: Juan de Capital 26 enero, 2020

definitivamente el sitio tiene un problema de diseño. La nota es genial. Al sitio que revisen el diseño porque hay gente que lo ve bien y hay gente que lo ve sin fotografias

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