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Peligro en las tierras del sur I

1876: los pueblos que habitaban la Patagonia se prepararon para la guerra. La Conquista del Desierto se avecinaba.
Historia
23 octubre, 2019

La asunción del heredero del cacique de los Chulila Küne debía ser automática entre los tehuelches septentrionales. El ritual se produjo en ese instante de soledad donde padre e hijo se intercambiaron. Ese acto proponía por sí mismo una obligación política heredada por sangre. Un principio biológico que superaba a cualquier otro argumento. El póstumo instante de soledad entre el muerto y su heredero había sido suficiente para arrogarse los poderes renovados de la ley terrenal y divina.

Sin embargo, el ritual de acceso al mando, debía celebrarse después de un tiempo prudencial y no podía dejarse de lado, porque suponía el paso del heredero al sitial inconmensurable que ocupaba el “jefe de todos”.

Por estas razones, y por otras que no es posible enumerar porque eran secretas, cuando terminó el período de duelo se celebró el ascenso del sucesor de los tehuelches.

Contrario a lo que su pueblo imaginaba, el nuevo líder no eligió para la noble ceremonia el nombre de su padre a fin de ascender al sitial de los poderosos. Tampoco su nombre español. Como acto único de lealtad a su lucha contra la llegada de los soldados de Julio Argentino Roca a los territorios del sur, el heredero de la estirpe Chulila Küne, reveló sus intenciones.

Eligiendo  el nombre del antiguo guerrero al que deseaba representar, decidió hacerse llamar únicamente Inacayal, para demostrar que la identidad de su pueblo había vuelto a su antigua gloria. Milenios atrás, los grandes caciques hablaban idiomas perdidos. Ahora, el hombre que guiaría a los tehuelches, se había convertido en el jefe de un inmenso ejército.

Cuentan algunas viejas leyendas, que la elección exclusiva del nombre Inacayal, tuvo su origen en una situación muy cruel. Parece que en la tierra de aquella nación tehuelche, habitantes de las tolderías de Chubut, tres chamanes corrieron hasta los pozos donde la madre de las aguas subterráneas hablaba. Querían preguntar cuál sería el nombre que elegiría el heredero. La Señora del Agua conservaba ciertas palabras ancestrales que pocos eran capaces de comprender. Pero, antes de que pudieran llegar a comunicarse con la voz del agua, unos hombres desconocidos se los llevaron lejos, quién sabe dónde.

Días más tarde, encontraron muy al sur a uno de ellos, en el monte de los vientos, donde se alimentaban las aves sagradas que llegaban al cielo. Su cabeza estaba flotando en un río que zigzagueaba entre las cumbres. Al segundo lo vieron colgado entre las ramas de un árbol solitario, con los tobillos atados, recreando la forma de castigo aplicada a los indios rebeldes. Su cadáver no tenía una gota de sangre porque le habían tajeado el cuello de lado a lado. El tercero fue el único a quien hallaron vivo, pero le habían cortado la lengua. Vagaba por el desierto balbuceando cosas incomprensibles como un espíritu desolado.

Por lo visto, todo este asunto ya no se trataba de una simple rivalidad entre grupos locales de aborígenes y colonos. Los ejércitos de Buenos Aires avanzaban.

La guerra contra los conquistadores del desierto, había comenzado. Inacayal  estaba listo. La hora del encuentro resultaba inminente. Es cierto que las asimétricas fuerzas de ambos bandos harían del futuro algo siniestro. Pero los tehuelches decidieron luchar igual y su pelea era por los espíritus del cielo, recordando a los sacerdotes atacados por los mercenarios blancos y por el mañana que, en esos días, era incierto.

La Conquista del Desierto no fue tal. Muchos pueblos habitaban la Patagonia. Aquello no era un “desierto”. La historia de los tres sacerdotes o chamanes aparece en la Carta del Indio Andrés, citada por Diomedes Murúa (“Asuntos Sudamericanos”, Ediciones Fortnel). Se aplica a varios caciques. No es claro si el “Señor de las Manzanas”, un cacique mayor a Inacayal, fue el destinatario verdadero de esta leyenda. Sin embargo el nombre del cacique de las manzanas no coincide con el episodio bélico. Por eso Murúa aplica la anécdota a la vida de Incayal. El cuento de Benito Quintana “Los espíritus ajenos” describe el episodio como el inicio de la resistencia  de  las  etnias  Gününa y Chulila contra el hombre blanco. Pascacio Moreno definió a Inacayal como de estirpe  Huilliche.
Retrato de Inacayal. Hijo de Huincahual, tomaría un nombre de guerra muy antiguo, venido de etnias que lo antecedieron. Su resistencia a la conquista tuvo un final catastrófico. Sus restos se convertirían en víctimas de un siniestro accionar que aún resulta inexplicable (te invitamos a ver “Peligro en las tierras del sur II” el domingo próximo). 
Archivo General de la Nación. Musters: indios cazando.
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