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El amor en tiempos de Rosas

El cine y la literatura han transitado más de una vez esta historia. Su trágico destino recuerda una época donde la intolerancia parecía regir el corazón de los hombres.

Probablemente todo haya ocurrido porque el destino lo quiso así. Nadie puede afirmarlo completamente. Lo cierto es que un impulso irrefrenable hizo que el Padre Ladislao Gutiérrez, de pronto, encontrase el amor en los ojos de Camila O’Gorman. Adolfo, el padre de aquella típica muchacha de la alta sociedad bonaerense, había permitido esa mañana que su hija visitara la capilla acompañada por Rita, la criada en la que él más confiaba.

Corría el año 1847. Adolfo O’Gorman se despidió de Camila y la dejó cerca del santuario. Tenía que acordar ciertos términos con la Santa Federación y pronto su coche tirado por cuatro caballos, se perdió en el horizonte.

Atenta a las órdenes del patrón, Rita, de piel cetrina y rostro amable, vestida de blanco y delantal de lienzo, fue muy cuidadosa a la hora de vigilar a la niña Camila. Jamás la perdió de vista. Para ella resultaba toda una responsabilidad. Respecto a esto, es preciso decir que, en cuanto llegaron a la capilla, Camila decidió confesarse.

El Padre Gutiérrez se hospedaba en un cuarto cercano a la sacristía. Abrió repentinamente la puerta, caminó hasta el confesionario y se encerró sin mirar a nadie. Tenía que escuchar a la joven O’Gorman. Era su obligación. Entonces se preparó como siempre lo hacen los sacerdotes.

Pero las cosas no eran tan sencillas. Cada vez que Ladislao Gutiérrez veía los ojos de Camila, quedaba paralizado. No sabía cómo proceder.

Es probable que Rita, mientras esperaba, se hiciera algunas preguntas. ¿Qué pecado podría haber cometido una mujer tan joven y bien educada? ¿Qué iba a hacer en un confesionario, más que hablar de cómo transcurrían sus aburridos días en la estancia? Nadie, ni siquiera ella, fue capaz de sospechar hasta entonces, que los delicados labios de Camila podían ser tan imprudentes. ¿Por qué decir la verdad en ese justo instante?

“Lo quiero, Padre”, susurró en la intimidad del confesionario.

No había más para explicar. Marta Merkin, en “Camila O`Gorman, la historia de un amor inoportuno” (Editorial Sudamericana, Buenos Aires 1997), cuenta que la joven conocía a Ladislao desde los 18 años. Él, apenas un año mayor, había sido nombrado párroco de los O’Gorman y frecuentaba mucho a la familia.

La versión cinematográfica de María Luisa Bemberg que estuvo nominada al Premio Oscar como Mejor Película Extranjera en 1984, se convirtió para todo el mundo en la imagen oficial de aquel momento prodigioso, cuando Camila confesó su amor prohibido.

Si la historia hubiera quedado ahí, tal vez no sabríamos de ella. Pero Camila y Ladislao concretaron aquel secreto vínculo dejando de lado todo lo que habían aprendido. Se ocultaron como pudieron de Adolfo O’Gorman y de toda la familia. Cultivaron silenciosamente sus más íntimas pasiones. Representaron sus papeles ante la sociedad hasta llegar al agotamiento.

Por eso, un día tomaron una decisión irreversible. Abandonaron las leyes que coartaban sus deseos más íntimos. Hartos de la desesperación a la que lleva el ocultamiento, ahogados por muros de incomprensión, escaparon de Buenos Aires. Huyeron lo más lejos que pudieron. Querían vivir su amor en un lugar tan secreto como sus decisiones.

Los tiempos del Gobernador Rosas no serían los más sencillos para dos amantes que buscaban apartarse del mundo. La Federación, además de tener un fuerte blindaje político y militar, era Santa. Por eso se la llamaba, precisamente, la “Santa Federación”. Seguía las normas de la más cruda religiosidad, oponiéndose violentamente a los sofocados movimientos anticlericales de Buenos Aires.

El escándalo protagonizado por Camila y Ladislao, rápidamente se hizo público. Los negocios de la familia O’Gorman y la Federación estaban en juego. Al mismo tiempo la estabilidad política del Gobernador Rosas pasaba por un momento de zozobra. No podía permitirse semejante violación a la ley de castidad y celibato. La noticia estaba en boca de todos. Hasta Sarmiento, desde su exilio uruguayo, aseguró que lo ocurrido era inaudito.

A nadie le interesaba mucho lo que sentían Ladislao y Camila. Tal vez Manuelita, la hija de Rosas, fue la única que pidió clemencia yendo al despacho del Gobernador. Habían sido íntimas desde la niñez. De alguna manera padecieron juntas las limitaciones que enfrentaban las adolescentes de mediados del siglo XIX.

Pero Camila fue más allá. Se convirtió en el arquetipo de la sacrificada heroína que los románticos soñaban. Acompañada nada menos que de un sacerdote, decidió dejarse llevar por sus emociones.

Después de vivir en Corrientes por unos ocho meses, aparentemente la pareja preparó su huída a Brasil. Pero la policía de Rosas y los hombres que trabajaban para Adolfo O’Gorman, los ubicaron un día en la actual ciudad de Goya. Parecía mentira, pero eran ellos. Estaban ahí, participando inocentemente de un evento social.

Como si fueran delincuentes, los transportaron en un largo viaje hasta la cárcel de San Andrés, provincia de Buenos Aires. Allí comenzó el suplicio. Camila esperaba un hijo. El escarnio público, el dolor de no haber podido ser quienes ellos hubieran deseado, marcó su largo encierro. Algunas voces se levantaron esta vez contra el fusilamiento del cura y su amante. Pero el orden debía imponerse al caos. El castigo tenía que ser ejemplar.

Cuando gritaron “fuego”, los mazorqueros de la Federación irguieron sus armas. Algunos se negaron a fusilar a una mujer embarazada. Pero pronto el estruendo de la muerte los envolvió en la confusión. Luego, los pájaros huyeron de los árboles cercanos, como horrorizados por la matanza.

Quizás el film de María Luisa Bemberg está en lo cierto cuando indica que, solos en la intimidad de aquel trágico instante que los unió para siempre, Camila le preguntó al único hombre que había amado:

 

— Ladislao, ¿estás ahí?

— A tu lado Camila —susurró él y el silencio los abrazó por el resto de la eternidad

María Luisa Bemberg en el proceso de filmación de “Camila” (Producción de Lita Stantic, 1984).

Camila y Rita, según la película de María Luisa Bemberg.

Ladislao y Camila antes de ser fusilados por orden de la Federación.

El libro de Marta Merkin.

Daguerrotipo que muestra el verdadero rostro de Camila.

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