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El humor del Padre Castañeda

La sátira política puede ser cruel. Sin embargo es una forma de entender la libre expresión. A veces, por momentos de la Argentina, se transforma en símbolo de un tiempo.

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Milagrosamente, ahí habían ido a parar los pocos libros que se conservaban de la colección robada a los franciscanos por los esbirros del Ministro Rivadavia. Estaba claro que algo así se trataba de una venganza. Únicamente podía responder a la confiscación del Convictorio de San Carlos por parte del Obispado de Buenos Aires en 1801. El Padre Castañeda consideraba aquello poco menos que una señal de los santos. Cuando se enfrentó a los libros, a pesar de su ruinoso estado, el corazón se le salía del pecho. Estropeados, enmohecidos y hasta apolillados, habían sufrido el destrato de las huestes rivadavianas y francamente poco quedaba de su antiguo esplendor. Estaban escondidos en el sótano de la primera sede de la Universidad de Buenos Aires, ubicada en Perú 222.

Castañeda imaginaría que muy poco sabían aquellos pecadores del contenido de semejantes reliquias. Algunas páginas se habían convertido ya en  palimpsestos. Es decir que, sobre la borrosa tinta original, sacerdotes de generaciones posteriores terminaron escribiendo textos nuevos que poco tenían que ver con los originales. Esta vieja práctica se debió al encarecimiento del pliego de papel importado de Europa a partir del siglo XVI. Consecuentemente, tanto la lectura como la interpretación se tornaban confusas.

Sin embargo, un ejemplar ilustrado conservaba todavía intacta cierta miniatura que representaba al Diluvio Universal. No cabía duda que se trataba de una elaboradísima obra concebida alguna vez por un artista anónimo, de aquellos que vivieron en tiempos mejores. Con pasmosa meticulosidad, había dibujado a los hijos de Noé junto al Arca en construcción, ubicada exactamente a la izquierda de un escuerzo grande, muy bien delineado. Su deducción fue inmediata: aquel animal debía ser más importante desde el punto de vista simbólico, que todo el resto de la miniatura.

El escuerzo es un batracio. Los batracios son anfibios. Resultaba lógico pensar que aquel bicho extraño había sobrevivido al Diluvio Universal, más allá de no haber sido invitado al Arca de Noé. Por lo tanto, según la deducción de Castañeda, el escuerzo en cuestión no era otra cosa más que un animal antediluviano. Un monstruo de tiempos en los que Dios se había arrepentido de crear a los hombres.

Resultaba muy claro que el dibujo significaba, de modo abstracto y según su propia interpretación, algo que ya conocía:

Hay que liberarse del monstruo del Diluvio, debió pensar, porque no existe el porvenir maravilloso.

¿Podía una imagen tan fuerte, reflejar en alguna medida el sentir de los argentinos? Su mente comenzó a trabajar en ese preciso instante.

Cerró inmediatamente el libro, lo escondió entre sus ropas y corrió hacia la escalera. Lo esperaban fray Cayetano Rodríguez y un gaucho amigo. Le habían pagado al celador para entrar al edificio de la universidad, donde muchos de los bienes de los franciscanos habían terminado después de la expropiación pedida por el gobierno de Buenos Aires en julio de 1822.

Siguiendo al gaucho, los dos sacerdotes corrieron como nunca lo habían hecho antes. Atravesaron en un santiamén la actual calle Alsina y alcanzaron Chacabuco. De ahí, protegidos por las sombras, llegaron a la Plaza de la Victoria, hoy Plaza de Mayo. Los esperaba en la recova el dueño de la imprenta La Matrona, que publicaba una serie de pasquines donde ambos curas escribían. “Tienen todo en los túneles”, dijo agitado Castañeda. Como autor, este hombre de mirada insondable, se hacía llamar el Desengañador Gauchipolítico. También el Amigo de Dios y de los Hombres. Con el apoyo económico de los federales, La Matrona se había convertido en la imprenta preferida de aquellos que peleaban contra los unitarios.

Llegado a este punto, todos sentían que la política había tomado un giro extraño. Parecía que el país había perdido la razón. El rechazo del Ministro Rivadavia hacia la antigua escolástica significaba también romper con las más arraigadas tradiciones de las Provincias Unidas.

Castañeda escribió esa misma noche sus famosos Versos Sueltos. Decían:

No hay porvenir maravilloso

ni otro contenido más delicado

que librarse del Sapo del Diluvio.

Fue así como comenzó la historia: con el Diluvio de Castañeda. Los Versos Sueltos se transformaron poco a poco en el clamor de la muchedumbre que buscaba ir a los fundamentos de sus más primarias convicciones. La nueva historia que vislumbraba el Pacto Federal se tornaba muy sofisticada. Comenzaron las reuniones en las esquinas, las inquietudes y la desesperanza. Como siempre, una autocracia siguió a la otra. Un corto instante republicano, se frustró viciándose en sus propios errores y en la intolerancia de los que dicen siempre estar del lado de los justos.

Irrefrenable, un día, la Ola Federal terminó con las discusiones. La Guerra Civil no podía detenerse de otro modo porque la mayoría de las provincias respondían a Rosas.

Nadie recuperó finalmente los libros incautados en 1822. Por su parte Castañeda, desterrado al Fortín de Areco por los unitarios, esperó a que las cosas cambiaran y los frutos cayeran de los árboles. Más pícaro que sacerdote, menos santo y más mundano, escribió:

Del nuevo Don Quijote de la Mancha,

de la trompa grandísima,

del inflado con antiparras,

del sapo antediluviano,

del escuerzo de Buenos Aires,

del Rey Loco,

del ombú empapado en aguardiente,

del Doctor en Ignorancia,

de la sota de bastos,

¡Libera nos Domine!

No son pocos los que piensan que su “Monstruo del Diluvio” se transformó en símbolo de los unitarios, a quienes desde aquella infausta sátira, se los identificó como “antediluvianos”. ¿Por qué? Los más avezados creadores de mitos locales, terminaron instalando que esos hombres no merecían ser el Nuevo Hombre.

Cutolo e Ibaguren escribieron un detallado trabajo sobre los apodos usados en la política argentina desde los tiempos de Castañeda. Otra obra que alude a Castañeda, es “Los curas de la Revolución”, de  Calvo, Nancy, Di Stéfano, Roberto y Gallo, Klaus, Emecé, Bs. As., 2002.
La obra de Dibujo de Ch. Decaux, muestra a Fray Francisco de Paula Castañeda en un dibujo publicado por el historiador Adolfo Saldías a finales del siglo XIX. Castañeda fue quien instauró la sátira del diluvio diciendo “Rivadavia es un sapo”.
Antiguos pasajes, túneles y sótanos de la Manzana de las Luces, donde estuvieron los primeros depósitos de la Universidad de Buenos Aires.

Fecha de Publicación: 04/08/2019

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Comentarios


Por: Juana 04 agosto, 2019

muy interesante

Por: Juan de Capital 04 agosto, 2019

Personaje siniestro el tipo este Castañeda

Por: carlos 04 agosto, 2019

Interesante y poco conocido personaje

Por: Andrés de Miramar 04 agosto, 2019

Soberbio ver como nació el humor político en argentina. Una idea fabulosa

Por: Andrés 04 agosto, 2019

Más que humor era insultante. Todo lo laico les parecía malo. Como ahora. El papismo se ha dado siempre en la política argentina y sigue. Es verdad lo de Rivadavia pero también es verdad que los papistas nunca quieren salir del poder y dele que va.

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