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24 de marzo de 1976: los últimos días de la víctima

Durante 1975 la República Argentina, la víctima, se encontraba en medio de una escalada de violencia civil y militar sin parangón. A 45 años del golpe de Estado, voces del pasado nos cuentan un trágico presente.

Historia
24 de marzo de 1976

“Las Fuerzas Armadas, en cumplimento de una obligación irrenunciable, han asumido la conducción del Estado”, firmaban Videla, Massera y Agosti una proclama golpista a las 3.20 de la madrugada del 24 de marzo de 1976, que ampliaba el tristemente célebre comunicado número uno, aquel finiquitaba el estado de derecho en el país e imprimía con letras de sangre el signo represivo del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional. “Esta decisión persigue el propósito de terminar con el desgobierno, la corrupción y el flagelo subversivo, y sólo está dirigida contra quienes han delinquido o cometido abusos de poder. Es una decisión por la Patria… así la República llegará a la unidad de los argentinos y la recuperación del Ser Nacional…en esta nueva etapa hay un puesto de lucha para cada ciudadano… se impone el ejercicio severo de la autoridad para erradicar definitivamente los vicios que afectan al país….Las Fuerzas Armadas han asumido el control de la República…-que- alcanzará, con la ayuda de Dios, la plena recuperación nacional”, remataba la declaración de un proceso cívico-militar que avivó grietas sociales y culturales, lesionó vilmente los derechos humanos, perfeccionando el Terrorismo de Estado a una escala desconocida, destruyó el aparato productivo, elevó astronómicamente la deuda externa e interna, condujo el desastre de la Guerra de Malvinas, y sumió a la misma institución militar en un descrédito que parece irremontable a 45 años de la peor hora en la historia nacional contemporánea. Pero estas palabras de los genocidas, condenados en la presidencia de Alfonsín, encastraban perfectamente a los últimos meses de la presidenta Isabel Perón, que no solamente fueron la antesala del horror social y económico venidero, sino que cimentaron la actitud de una sociedad que reclamaba mano dura: “Es inminente el final. Todo está dicho”, titulaba exultante el vespertino La Razón el 23 de marzo de 1976, mientras más adelante el financista peronista Jorge Antonio declaraba; “Si la Fuerzas Armadas vienen a poner orden, respeto y estabilidad, bienvenida sean”. Distinto a él, que fue indemnizado con 80 millones de dólares en su retorno en 1976,  millones de argentinos no tuvieron ni orden, ni respeto, ni estabilidad durante la última dictadura.   

“Perón  ha puesto al peronismo en el centro… ha optado… por una síntesis de programas y una coalición de fuerzas antes que por instaurar un movimiento…autoritario”, analizaba el conservador diario La Nación tras la victoria de septiembre de 1973 de la fórmula Juan Perón-Isabel Perón, históricamente antiperonista, “ha sido incuestionablemente consolidado un régimen pluralista de partidos políticos. Estamos haciendo pues una nueva experiencia… lo auténticamente novedoso de la política argentina es este sentido extendido del compromiso”. Hasta el fallecimiento el 1 de julio de 1974 del líder justicialista, la “experiencia” arrojó un profundo retroceso en las garantías democráticas, lejos del pluralismo que se avizoraba un año antes, fundamentalmente por el giro hacia la derecha respaldado por la burocracia sindical, y ejecutado por el siniestro ministro López Rega. Cualquier tendencia que se presumía de izquierda, una de las “novedades” en la denominada Primavera Camporista de 1973, fue borrada sin miramientos, varias provincias intervenidas, universidades con designaciones de rectores directamente fascistas, y la persecución extendida de militantes disidentes, especialmente los más jóvenes, y obreros de base. Si bien durante la dictadura de Onganía hubo indicios del Terrorismo de Estado, nunca antes existió en el siglo XX desde el Gobierno un grupo paraestatal como la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), hostigando y asesinando a dirigentes, intelectuales y artistas. “El gobierno está empeñado en la liberación del país no solamente del colonialismo sino de estos infiltrados que trabajan dentro, y que traidoramente son más peligrosos que los que trabajan de afuera. Hoy resulta que algunos imberbes pretenden tener más méritos que lo que lucharon durante 20 años”, dijo Perón en el fundamental discurso del 1 de Mayo de 1974, el definitivo adiós a los lazos institucionalizadores con las organizaciones guerrilleras, que vaciaron Plaza de Mayo, y también con la tendencia levemente de izquierda anterior, aquella “nueva experiencia”, en la que el inédito pacto social del ministro Gelbard era una esperanza de aperturismo entre contrarios sectores de la economía y el trabajo. Y el final represor del tercer gobierno de Perón se pareció mucho al endurecimiento luego del fallecimiento de Evita en 1952.

A partir de allí todos los caminos llevaban al enfrentamiento en la puerta de cualquier vecino, con un explosivo que detonaba cada tres horas en Argentina, un muerto cada cinco, se alternaban violentos intentos de copamientos desde Azul a Formosa con asonadas militares como el “Navarrazo” en Córdoba -y que derivó en una cruenta limpieza de la “Tendencia” peronista- a la par de una creciente militarización de los agrupaciones guerrilleras -Montoneros llegó a 5 mil combatientes, un número similar al PRT-ERP, Partido Revolucionario de los Trabajadores, y su estructura militar, el Ejército Revolucionario del Pueblo-. Estas agrupaciones guerrilleras denotaban un ostensible alejamiento de sus mismas bases, y la realidad de las clases populares y sectores medios, y eran combatientes aislados en una burbuja ideológica. En el medio quedaba la población civil, entre resignada y temerosa, “el vuelco aparente hacia la derecha en el campo político tiene sus peligros si la reacción hacia la subversión se vuelve irrazonable”, constataba espantada una editorial del diario La Nación a fines de 1974, y agregaba Heriberto Kahn, también horrorizado en el diario progresista La Opinión, a modo de balance: “1974 ha sido uno de los años más violentos que registra historia argentina. La cantidad de muertos y heridos por razones políticas ha alcanzado cifras sin precedentes desde la Organización Nacional”. Y el reino de la sinrazón y el terror se instauró en 1975.

 

1975: el año de lo que vendrá

“Volcar todas las fuerzas para encabezar la resistencia popular contra la ofensiva imperialista que en realidad  ha copado posiciones de gobierno” era el manifiesto de Montoneros en septiembre de 1974, cuando de nuevo pasan a la lucha armada, ahora contra un gobierno elegido en las urnas. Unos meses antes la presidenta Isabel Perón había autorizado a los militares la ocupación sin restricciones de Tucumán. El “Operativo Independencia” no solamente desactivó los vínculos de la guerrilla del ERP con pobladores, también aniquiló al margen de la ley, “de ellos no quedaba más que restos semicalcinados”, recogía Héctor Simeoni de un teniente, y, además, inauguró contra cualquiera que no cuadrara en la “Argentina de la propiedad, la tradición y la familia”, una ola de detenciones-desapariciones ilegales, y centros clandestinos, que serían la dolorosa realidad y geografía para el año siguiente. Cuando en octubre de 1975 el presidente Luder, en ejercicio por licencia de Isabel Perón, puso en manos de los militares la represión y “exterminio” de los subversivos, este plan estaba en marcha mucho antes. A lo largo del gobierno justicialista de Perón-Perón, las fuerzas armadas fueron subordinando,  y doblegando, provincia a provincia ante la inacción, y contubernio, de los tres poderes.

El vacío de poder era evidente a mediados de 1975 pero la estrategia de los militares fue la paciencia, “la estrategia de la manzana podrida”, repetían, y frente a los otros golpes anteriores, no hubo necesidad de golpear las puertas de los cuarteles. A la luz pública durante todo 1975 se alistaron los sectores afines para un gobierno militar que se sabía inexorable “en la actualidad se ataca como nunca antes en la subversión, se ha enderezado la cosas de la universidad y lo oposición colabora con la institucionalización del país. Si el gobierno modifica su política económica va a tener un amplio respaldo”, alababa, ¿amenazaba?, la Sociedad Rural. Los sucesivos planes ortodoxos de Celestino Rodrigo, el destructivo de la industria argentina “Rodrigazo”, y Emilio Mondelli, “fue la primera vez que en un programa económico peronista se incluían objetivos explícitos y públicos de una reducción  de los salarios reales”, anota Guido Di Tella,  mediados por el efímero gradualismo de Antonio Cafiero, sirvieron de concretos bancos de pruebas del nuevo orden posterior a marzo de 1976, orientados en una fenomenal redistribución de la riquezas (en 1974 se había logrado una recuperación de los salarios llegando al 44% pese a la inflación. Nada de eso quedó hacia 1975), la primacía del sector agroexportador (se estaban exportando maquinarias, siderurgia y químicos pese a la alta conflictividad laboral, y parecía que al fin en 1975 se perfila hacia un modelo industrial. Nada de eso quedó hacia 1980) y exponencial endeudamiento externo (que se había mantenido estable desde la década del sesenta y que fue pasando de los 8 mil millones a los 45 mil millones en el ciclo 1975-1983. A partir de allí la pesada herencia de la deuda fue el karma argentino)

“El uso discrecional del poder que tiende a generar enfrentamientos sin precedentes en la historia de nuestro Movimiento, entre la jefa del mismo y su trabajadores” era la última frase del llamado de la CGT -la peronista Confederación General del Trabajo- a la huelga nacional del 7 y 8 de julio, la primera realizada contra un gobierno peronista. La movilización de más de 100.000 personas, y la presión contra la burocracia sindical que maneja los hilos del poder con el lopezreguismo remanente de Raúl Lastiri, conquistaron un retroceso en las medidas impopulares y la renuncia de López Rega, a partir de allí prófugo de la justicia argentina, y el ministro Rodrigo. Los partidos políticos y los sindicatos renovaron sus votos de confianza en el orden democrático mientras los militares avanzaban en el armado del futuro gobierno y tentaban a José Martínez de Hoz para un ministerio esencial del régimen de facto, Economía. El orden constitucional estaba herido de muerte e la presidente Isabel, el 6 de noviembre de 1975, aseguraba “seguir en la lucha” porque “cuento para ello con el apoyo que hacía el orden constitucional que represento me han expresado reiteradamente las instituciones que forman nuestra vida nacional: Fuerzas Armadas de la Nación, Iglesia Católica, movimiento obrero organizado, centrales empresarias, partidos políticos”. Otra ventana de cómo se entenderían los estamentos de la “Reorganización Nacional”, con unas fuerzas armadas ante todo,  e imbuídas de un espíritu mesiánico; con la idea de que no solamente salvarían al país de terrorismo sino de todos los errores civiles desde 1916.

El futuro presidente de facto Videla gatillaría la Nochebuena de 1975 en Tucumán, ante los soldados del represivo e ilegal “Operativo Independencia”, “aceptamos -la tarea- con patriotismo y espíritu de servicio, miramos consternados a nuestro alrededor y observamos con pena, pero con la sana rabia del verdadero soldado, las incongruentes dificultades -históricas- en la que se debate el país, sin avizorarse solución… la paz no sólo se ruega, la felicidad no sólo se espera, sino que también se gana”

 

1976: el infierno tan temido

“No habrá solución en Argentina si no nos damos cuenta de la necesidad de lograr una síntesis nacional que planteé, frente al desastre de gobierno, una alternativa válida, correcta, viable, sensata y precisa, que nos permita salir del marasmo en que estamos viviendo”, decía el líder radical Raúl Alfonsín, ante la inercia del histórico dirigente de su partido Ricardo Balbín, “tenemos que buscar soluciones en el campo democracia y por eso toda convocatoria debe originariamente ser motorizada por partidos políticos”, recordaba en enero de 1976 intentando salvar lo insalvable. Alfonsín fue uno de los impulsores de la multipartidaria en las cámaras que debía sostener a la presidente y que empezaría a funcionar a la tarde del fatídico 24 de marzo. No ocurrió, claro.  Del lado de la muerte, “la vida no cuenta nada, la muerte violenta se convierte en un hecho habitual y aun deseado, particularmente para el adversario… el episodio de Monte Chingolo (el 23 de diciembre de 1975 el ERP intenta copar un arsenal en la provincia de Buenos Aires, en lo que fue un terminal fracaso debido a que el ejército estaba infiltrado en la organización, una táctica de guerra sucia que repetiría con Montoneros luego de 1976. La represión fue particularmente cruenta en las villas de emergencia contra militantes de variados signos, obreros y curas), produjo un sentimiento de alivio: cien muertos son cien enemigos menos, y si fuera más, mejor, cualquier haya sido la manera de su muerte”, aparecía en un editorial de la revista católica Criterio.

Hacia comienzos de 1976 todo propiciaba la caída del gobierno de Isabel Perón. “Un noventa por ciento de la gente habla del golpe de Estado”, aparecía en la tapa del diario La Opinión, los sindicatos, antiguos garantes de la gobernabilidad, se levantaban en un ¿irresponsable? plan de lucha “que rechaza los principios reaccionarios liberales del gobierno” e impiden el tardío juicio político a Isabel, en el Congreso había “tranquila resignación” (sic),  y los militares aguardaban que la manzana caiga solita, “-el político liberal Álvaro- Alsogaray pide paciencia a los militares por un tiempo más… hasta que quede claro que la única alternativa es una intervención total… algunos bromistas comentaban: Estamos por llegar a ese punto al mediodía de hoy”, confiaba a sus superiores el embajador norteamericano.

Junto al deterioro político y económico, la violencia guerrillera, paramilitar y represiva también influía en la mentalidad de los ciudadanos, que anhelaban un ordenamiento “sea como sea” La base de la legitimidad de la represión del Proceso deben hallarse allí, junto con el terrible “por algo será”, en una comunidad exhausta de la violencia estructural que definía al país. Intelectuales  como Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato, en sintonía a los medios masivos, reclamaran el monopolio de la violencia para la fuerzas armadas, “había crecido la maleza y ahí quiere que destino nacional se hallaba desbordado” refería Videla en el conservador diario La Razón una vez consumado el golpe, y que sería la cabeza de un régimen que efectivamente haría monopolio de la violencia y, ahora, el terror. Julio Cortázar, uno de los escritores argentinos de mayor prestigio en el exterior, incluso en las primeras horas concordó con los militares, que habían depuesto a “un gobierno de improvisados, politiquillos e impacientes ladrones, encabezado por un hombre (López Rega) que se convirtió en símbolo del vasto escarnio” Desde París, Cortázar se arrepentiría a medida que llegaban los primeros testimonios de la peor represión ejecutada desde el Estado argentino moderno, que incluyó ejecuciones deleznables, torturas cobardes, robos de bebés y pillajes contra la propiedad, “impacientes ladrones”,  a toda escala.

“Las Fuerzas Armadas asumen el poder, detúvose a la Presidente”, decía en la tapa el La Nación el 24 de marzo de 1976, en un edición especial ya que tuvieron menos de dos horas para armar la tapa (sic), “fue rechazada una propuesta tendiente a evitar la ruptura del orden institucional, la Junta de Comandantes Generales se haría cargo del gobierno hoy a las 5, la señora de Perón ha sido trasladada al Sur”, más precisamente detenida en el Hotel El Messidor de Villa La Angostura, Neuquén. Entre los propósitos del Proceso, aparece en el diario La Opinión (que sería intervenido, como tantos otros medios, y su director Jacobo Timerman, torturado ferozmente por su condición de judío) el 25 de marzo de 1976, “vigencia  de los valores de la moral cristiana, de la tradición nacional y la dignidad del ser argentino”, con las primeras líneas que dispararon la censura inquisidora, y la supresión total de la libertad de pensamiento y expresión.

Unas semanas después del golpe de Estado que regaría de sangre y rencores la trama nacional por siempre, “-debido a que- se  impuso en las clases dominantes la necesidad de reorganizar profundamente los lazos sociales, forzar a los pequeños y medianos empresarios para adaptarse al nuevo escenario o perecer, disciplinar rápidamente a la clases trabajadoras, quebrar los lazos de solidaridad que las unían con la parte los sectores medios… -era borrar de la faz de la Tierra- lo que algunos sectores de derecha empezaban a llamar “populismo”…-quitar del medio- los límites que imponían las leyes e instituciones democráticas”,  analiza Ezequiel Adamovsky,  el 18 de abril se jugaba el súper clásico Boca-River. “Vamos hacia un cambio en profundidad”, titulaba el desarrollista diario Clarín a partir de las declaraciones del dictador Videla, y abajo, chiquito, mencionaba en letras chicas el matutino que insólitamente quedaban 20 mil entradas para el partido más popular, esperado y trascendental del fútbol argentino. Este era el clima de Terror, Miedo, Aislamiento y Paranoia que nos legó la última dictadura militar. Y que empezó a las 3.20 de la madrugada, un 24 de marzo de 1976. Aunque suene trillado, una vez más, Nunca Más.

 

Fuentes: Blaustein, E. Zubieta, M. Decíamos ayer. La prensa argentina bajo el Proceso. Buenos Aires: Colihue. 2015; Di Tella, G. Perón-Perón 1973-1976.Buenos Aires: Hyspamerica. 1983; AAVV “La caída de Isabel” en Historia de la Argentina. Dirección Félix Luna. Buenos Aires: Hyspamerica.1994

Fecha de Publicación: 24/03/2021

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