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Un hombre llamado José de San Martín

Dos caminos se cruzaban en la vida de los héroes del siglo XIX. El fervor patriótico y la devoción hacia el ser amado.

Historia
PORTADA HISTORIA(21)

No es posible entender la vida exactamente como fue hace dos siglos. Resultaría inútil explicar todas las formas mediante las cuales se manifestaban el patriotismo, la lealtad, el amor... Nada parecido a aquello que sentían los hombres y las mujeres de entonces ha llegado genuinamente a hasta nosotros. Sólo la literatura nos transmite sus palabras. Algunos detalles que intuimos, el arte, los documentos, la comunicación epistolar. Sin embargo nuestra percepción no es más que una reconstrucción.

Ver cómo Don José de San Martín luchaba por ser un caballero, parece extraño en nuestros días. Más allá de sus modales y la educación que había recibido, el sentido social del término como se aplicaría en el 1800 no tenía el mismo significado para él que para nosotros.

Es preciso recordar que había entrado legalmente a la Logia Mayor de Caballeros Racionales liderada por la Orden Libertadora de América, la cual había instituido el “lautarismo”en las Provincias Unidas. Consecuentemente, su visión consistiría en mutar hacia una versión decimonónica de los caballeros medievales.

Aparentemente, la excepcionalidad de las claves propuestas por el Papa Juan X antes de su muerte en el año 928, conferían a la Orden un comportamiento que acompañó a los antiguos reyes europeos hasta el siglo XIII. Juan anexó a las virtudes humanas, una que se imponía a las demás: la fidelidad. Por eso se dice que el amor y el heroísmo constituirían la dinámica del corazón de los caballeros. Valientes, devotos de Dios, fieles a las nociones de la camaradería. Ése era el tipo de hombres que la Lautaro forjó, estableciendo un objetivo sagrado: “la liberación de la Tierra Santa”. Así como durante tres siglos en la Edad Media fueron a liberar los territorios cristianos del dominio musulmán, los “lautarianos” de los siglos XVIII y XIX pensaron en librar América de España. Esta parte del mundo fue su propiaJerusalén.

Se deduce entonces que la actitud de Don José hacia su esposa siguió los mismos patrones de comportamiento. Como acredita la lápida de Remedios de Escalada en el Cementerio de la Recoleta, el General consideraba a su mujer según las leyes caballerescas redactadas por Juan X. Diciendo que no fue únicamente su esposa, sino su amiga, dejó para el futuro la más pura imagen de Remedios. Aquella mujer íntima que escuchaba, opinaba, entendía, contribuía y admiraba a su caballero, también sería admirada por él.

Dicha figura se acerca mucho a los ideales góticos que proyectaron las historias de los siglos XI y XII.

Por estas cuestiones tan complejas que tenían las órdenes secretas del romanticismo, no sería sencillo concretar el gran amor que unió a Don José y Remedios. El día que Antonio de Escalada y Tomasa de la Quintana invitaron al joven José de San Martín a su casa, debió ser fascinante.

El encuentro con la hija de Antonio y Tomasa sería para Don José como ver a un ángel. A pesar de la diferencia de 19 años que había entre ellos, la joven intuyó con pasmosa precisión los detalles de la personalidad de su pretendiente.

Remedios de Escalada contaba con 14 años de edad en 1812. Sin embargo no fue hasta los 18 que dio a luz a la única hija que tuvo de Don José. Si bien la boda se celebró antes de la fundación de la Logia Lautaro, la esposa de San Martín vivió con sus padres en su casa dela calle Caseros, hasta que él pudo avanzar en su carrera.

Cuando estos acontecimientos tenían lugar, cierto obstáculo hizo de aquel intenso amor cortés una pesadilla. Bernardino Rivadavia estuvo en la residencia de la familia Escalada la misma noche de 1812, cuando Don José decidió pedir la mano de Remedios. Rivadavia y San Martín eran hombres distintos. Al verse por primera vez, supieron que serían enemigos.

Hay quienes dicen que Bernardino también pretendía a Remedios. No lo sabemos. Especular sobre este asunto es difícil, pero hay que decir que la realidad aportó sus pruebas. Las cartas de ambos hombres reflejan ideas enfrentadas y eso es lo que demostraron en la casa de los Escalada. La noche terminó en una impúdica discusión que avergonzó a todos los invitados.

Como dijimos en la Crónica XX, la Logia Lautaro invalidó el poder de Rivadavia en el momento de derrocar al Primer Triunvirato. San Martín partió a su Campaña Libertadora Sudamericana y tras cumplir su cometido, llegó a la Gobernación de Cuyo. Mientras tanto una constante correspondencia entre Mendoza y Buenos Aires, acrecentó el deseo de compartir la vida entre Remedios y Don José. Recién entonces ella se mudaría con su marido a Mendoza, donde nacería Mercedes Tomasa San Martín y Escalada.

Mientras tanto, el poder se centralizaría cada vez más en Buenos Aires. Los sectores que se habían visto afectados por la influencia de la Lautaro, conspiraron aprovechando la intensa actividad de sus integrantes. Paralelamente, se aliaron al olvidado Martín Rodríguez  tentándolo con el puesto de Gobernador. La antigua ciudad portuaria, fue constituida en “provincia” y creció en una burbuja donde el poder se repartía según reglas internas cada vez más centralistas. Entonces el flamante Gobernador recurrió nada menos que a Bernardino Rivadavia, designándolo Ministro de Gobierno en 1820.

Dice San Martín en una de sus cartas a Martiniano Chilavert:

Al regresar de Perú establecí mi cuartel general en mi chacra de Mendoza y, para hacer más inexpugnable mi posición, corté toda comunicación (excepto con mi familia), y me proponía en mi atrincheramiento dedicarme a los encantos de una vida agricultora y a la educación de mi hija. Pero en medio de esos planes lisonjeros, he aquí que el espantoso Centinela (diario publicado por Rivadavia en Buenos Aires) principia a hostilizarme; sus carnívoras falanges se destacan y bloquean mi pacífico retiro” (Comisión Nacional del Centenario, documento IX del archivo dedicado a San Martín, tomo III).

Como ya era costumbre, las Provincias Unidas se dividieron entre los partidarios de la
Campaña Libertadora y del gobernador Rodríguez, apoyado interesadamente por la fructífera prensa “rivadaviana”.

Entonces, durante esta guerra de egos masculinos,surgió un drama inesperado. Remedios, expuesta a los duros inviernos mendocinos, enfermó de tuberculosis. San Martín supo que únicamente trasladándola a la casa de la familia Escalada en Buenos Aires, podría recuperarse. Por eso Remedios volvió a la propiedad de sus padres en la calle Caseros, exactamente cuando su marido emprendía el regreso de la Campaña de Chile.

Otros “lautaristas”como Manuel Belgrano y José María Paz ayudaron a San Martín a trasladar a su mujer. Además de estar en campaña, desde principios de 1819, tuvo prohibida la entrada a las regiones aledañas al Río de la Plata. Decía el General sobre sí mismo que “había figurado demasiado en la revolución” para que se le permitiera vivir como él quería.

La pertinaz controversia con Rivadavia fue tan demoledora que terminó bloqueando la poca comunicación epistolar que ambos esposos podían mantener. De manera sistemática los pedidos humanitarios que San Martín enviaba al Ministro de Gobierno, eran revocados.

Por estas razones Don José jamás volvió a ver a su esposa, a su amiga. Ella clamó por él durante cuatro años, desde su lecho de muerte, pero Bernardino Rivadavia jamás le concedió el permiso al General Libertador para ingresar en Buenos Aires.

Desesperado, después de mucho batallar, Don José llegó a la zona de la calle Caseros, no sin esquivar la encarnizada persecución delos hombres del Ministro Rivadavia. Oculto en las sombras de los sauces llorones, como un forajido, atravesó la calle Monasterio y casi le pareció que el viento porteño le traía la voz de Remedios. Pero no era más que una ilusión. Ella, con apenas 26 años, había muerto cuatro meses antes, cuando él peleaba aún en el camino de Rosario a fin de contemplar el rostro de la única mujer que amó.  

Don José de San Martín. Reconstrucción facial realizada en 2018 por el diseñador digital  Ramiro Ghigliazza.
El conjunto de pasiones que guiaría la vida de Don José de San Martín, escapa por completo a nuestra percepción actual. Los valores que el incipiente pero poderoso movimiento romántico había despertado en todos los ámbitos de la vida, bullían en América y Europa a la vez.
Gracias a un autor como Johann Wolfgang von Goethe, que en 1774 publicó "Las desventuras del joven Werther", interpretamos algo del frenesí exaltado luego por Víctor Hugo y Alejandro Dumas, entre otros grandes escritores. Existe una clara continuidad documental dentro de la novelística y la poesía, la cual describe con intensidad el carácter de aquellos tiempos. El arte, con su universalidad, nos acerca la fuerte incidencia de las acciones más sencillas en esas personas.
Es verdad que las brillantes páginas que entonces generó la literatura, idealizaron su propio tiempo mirando hacia atrás. Muchos de los argumentos y épicas del 1800 recrearon las sagas de los héroes medievales, sembrando esa misma heroicidad en sus vidas. Los grandes escritores, lo músicos y hasta los historiadores, tomaron como fuente las leyendas del Rey Arturo y el romance de Lancelot y la Reina Ginebra. La historia de los Nibelungos y los romances de las Cortes de Amor. Esa pasión,esa entrega absoluta y a su vez el abandono del propio ser, nos resulta hoy exagerada, dramática y hasta neurótica. Pero su origen no era humano. Hay que comprender que mucho tiempo atrás, incluso antes de los días de las Cruzadas,la iglesia, representada por el Papa Juan X presentó las reglas del caballero,proponiendo un comportamiento ejemplar.
Cuando semejantes cuestiones, tan trascendentes, se trasuntaron a las acciones privadas, supieron estos hombres que debían hacer un esfuerzo a fin de transferir a sus vidas, inteligentemente, un sentido de esta nueva moralidad. Algo tan elevado los llevaría a entender el mundo de un modo muy distinto al que había existido hasta entonces. Debían convertirse en seres nobles, devotos, sutiles, profundos, cordiales y valerosos no sólo en relación a los actos sagrados y públicos, sino también en la intimidad con sus mujeres.
“Es mi deber decir a ustedes”,escribiría Rivadavia en 1824 acerca de San Martín, “que es un gran bien para este país que dicho general esté lejos”. Norberto Galasso  en “Seamos libres y lo demás no importa”(Editorial Coligüe, Buenos Aires, 2000), transcribiendo una carta de Rivadavia a la administración del gobierno de la provincia de Buenos Aires.
Lápida del Cementerio de la Recoleta.“Aquí descansa Remedios de Escalada, esposa y amiga del General San Martín” (1823).

Fecha de Publicación: 09/06/2019

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Comentarios


Por: Maribel 09 junio, 2019

Alguna vez había pensado que iba a llorar con la historia de San Martín?????? Amigos que leemos al profesor Prudencstein esta crónica me hizo llorar. Pobre San Martin, pobre Remedios. Gracias profesor. Me ayuda a pensar.

Por: JO 09 junio, 2019

DICE "Ella, con apenas 26 años, había muerto cuatro meses antes, cuando él peleaba aún en el camino de Rosario a fin de contemplar el rostro de la única mujer que amó." Y SE ME PIANTÓ EL LAGRIMÓN. ES MUY TRISTE PROFESOR. MUUUUUUUY. GRACIAS POR HACERNOS VER A SAN MARTIN COMO UNA PERSONA

Por: Jony 09 junio, 2019

profe es una historia de amor tan bien pensada EMOCIONANTE

Por: Martín 09 junio, 2019

La película para cuándo? Hicieron tantos vidrios insostenibles...... Hagan esta película y veremos otro San Martín. Gracias profesor

Por: María Alvarez 09 junio, 2019

Me enamoré de San Martín esta mañana. Gracias Profesor Prudencstein

Por: carlos 09 junio, 2019

San Martin fue ante todo una persona. Qué lejos están nuestros políticos de reflejar esta sensibilidad

Por: Andrés de Miramar 09 junio, 2019

No se imaginan el amor que me despertó San Martín. Gracias. Gracias. Gracias

Por: Juan de Capital 09 junio, 2019

Profesor muy feliz por leer algo tan humano sobre el padre de la patria. Necesitamos saber cosas asi Juan

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