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1983: año cero de la democracia argentina

El triunfo en las urnas de Raúl Alfonsín no solo marcó el regreso del estado de derecho, sino que inauguró un nuevo ciudadano, menos partidario, más liberal y legalista. Aunque usted no lo crea.

En tiempos en que se discuten populismos y gobiernos, y con la sombra del “que se vayan todos”, una mirada al proceso que llevó a Raúl Alfonsín un 30 de octubre de 1983 a la presidencia proyecta una instancia inédita en la historia argentina. A fin de la dictadura, romper el movimiento pendular democracia/golpes estaba en el horizonte de toda la dirigencia, incluso de los justicialistas que luego serían la renovación peronista de Carlos Menem y Antonio Cafiero, sin embargo fue el pensamiento del doctor Alfonsín -y su equipo, luego denominado Grupo Esmeralda-que propondría una solución dentro de la democracia surgida en 1912 con la Ley Sáenz Peña. Y el huevo de la serpiente se encontraba justamente “en la misma constitución y comportamiento de las fuerzas políticas populares, en sus pretensiones hegemonistas y en su escasa disposición a aceptar el pluralismo y la negociación, que en el mismo pretorianismo militar que muchas veces era su consecuencia”, analiza Gerardo Aboy Carlés sosteniendo que iba incluso en contradicción a la declamación alfonsinista del Tercer Movimiento, y amplía que a partir de 1983, “nuestra democracia ha tomado así una forma específica e híbrida que ya no se reconoce ni en el antiguo molde de la democracia populista, ni se termina de identificar en el modelo normativo de la democracia liberal, del cual se encuentra, por cierto, muchos más cerca” La incorporación de una inédita dimensión liberal inclusiva, no la exclusiva dominante entre 1853 y 1916, es el gran legado de Raúl Alfonsín, que supera al ser campeón de la democracia, porque a partir de él ninguna fuerza se podrá arrogar el derecho de una voluntad unitaria. Algo que es muy fácil de comprobar con la multiplicación de las voces legitimadas en la escena política que no pueden ser acalladas en el contemporáneo populismo atemperado; uno que  continúo vivo desde 1989, más o menos cercano a la justicia distributiva, más o menos realizando “cirugías mayores” contra la inflación, siguiendo a unos, siendo bienvenido por otros, o en un país para todes.

“Con la democracia se come, con la democracia se educa, con la democracia se cura, no necesitamos más -decía en la campaña Alfonsín de 1983, la última multitudinaria argentina - que nos dejen de mandonear, que nos dejen de manejar la patria financiera, que nos dejen de manejar las minorías agresivas, totalitarias, inescrupulosas que por falta de votos buscan las botas para manejar el pueblo argentino”, cerraba el candidato radical denunciante de un infame pacto militar-sindical, aquel que pretendía impunidad para los responsables que habían diezmado un país. Ítalo Luder, candidato peronista, se había apresurado a imaginar una amnistía como la de 1973 pero no comprendía que el país era otro, y la ciudadanía, también.

Otra línea histórica surge entonces, no la liberal de los Hombres de Mayo a Roca, ni la otra de las democracias de masas de Yrigoyen a Perón, sino una distinta con menos monumentos y bombos, más respetuosa de las leyes y la sociedad, una de Urquiza a Alvear. Alfonsín quiso sumarse en este tándem de grandes acuerdos nacionales y pluralidad en el respeto de las diferencias.  Y no pudo tanto por limitaciones propias, su esencia política siempre fue más cercana a la intransigencia, como a los condicionantes externos de la economía, enemigos internos -¿Junta Nacional Coordinadora? ¿ministros díscolos?- y las fuerzas opositoras.

Trece paros generales, uno a pocos meses de la asunción, fueron la respuesta insalvable de cualquier intento radical de diálogo directo con las bases de trabajadores y desempleados. Tampoco ayudaron sus tempraneros intentos de socavar el poder sindical con la inconsulta Ley de Reforma Sindical, o Ley Mucci, tal cual adelantó  en el Congreso,  el glorioso 10 de diciembre de 1983, día del pleno retorno democrático, “debemos ayudar a nacer al nuevo sindicato, que tendrá poderío nacional y económico, pero deberá tener, fundamentalmente, contenido humano. El nuevo sindicato debe organizarse de abajo hacia arriba, reafirmando sus raíces en las bases y en el interior de la República”, cerraba aplaudido. Alfonsín fue el único presidente que se enfrentó en serio al poder sindical, y lo hizo mucho antes de las más recordada silbatina de la Rural de 1988. Y perdió. El resto es conocido aunque no menos triste: entrega anticipada del poder en 1989 a un presidente peronista que estuvo diez años en el poder.

 

No hubo toma de la Bastilla

También es una clave de la democracia liberal que no termina de ser “Es evidente que existe ahora un notable sentimiento de libertad, justicia y distención. Esto puede ser positivo en la medida que la gente esté dispuesta a poner un poco el hombro”, decía desde París, Julio Cortázar. Algo que ocurrió en cuestiones vinculadas a los derechos humanos pero quedó rengo en el avance de la conciencia y la solidaridad ciudadana. A diferencia de otros momentos de mayor unidad por una sociedad democrática, 1945 o 1973, la llegada del voto fue una consecuencia mayormente de la debacle del último gobierno militar, tras Malvinas. A los 700 bravos que murieron en la isla debemos mucho de esta democracia. La derrota alejó definitivamente a los militares de la cosa pública, que soñaban en el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional como el broche de oro del golpismo autoritario iniciado contra Yrigoyen, y, sobre todo, se instauró un descrédito a las fuerzas armadas -que aún persiste- sin retorno. En medio del descalabro del régimen, que pactaba con las fuerzas sindicales sin contacto con sus bases, la sociedad expresó un hastío inusual contra las viejas dirigencias. Al principio en silencio, luego a los gritos, los argentinos necesitaron una figura que aglutine la vuelta de página. Y ese fue Alfonsín, que había reinventado al radicalismo y su figura, acelerado se estrella además por la muerte del viejo líder radical Ricardo Balbín en 1981.

Aquel sentimiento de justicia era uno de las principales columnas que sostenían al candidato radical, pero él tenía una interpretación diferente al “Juicio y castigo a los culpables” que apareció por primera vez en la Marcha por la Vida de octubre de 1982, organizada entre otros por las Madres de Plaza de Mayo.Mientras se inauguraba el “show del horror” a principios de año siguiente, con decenas de denuncias y apertura de tumbas NN en el Conurbano bonarense, el futuro ministro del Interior, Antonio Troccoli, redactaba junto a los filósofos del derecho Jaime Malamud Goti y Carlos Nino una salida intermedia que no hunda de entrada a una democracia recién recuperada. Además, eran los tiempos en el que derecho internacional cuestionaba la ley de Talión aplicada a los nazis desde 1945. Entre los futuros dirigentes nacionales germinaba pues la propuesta del juzgamientos limitado a los cúpulas por crímenes de lesa humanidad, incluídos los grupos guerrilleros de los setenta -pero excluídos los mismos militares antes de 1976 (sic)- y la obediencia debida. Unas semanas antes Alfonsín aseguraba que de resultar electo distinguiría a “los que planearon y emitieron las órdenes correspondientes; quienes actuaron más allá de los órdenes, movidos por la crueldad, perversión o codicia, y quienes las cumplieron estrictamente”, cerraba cuatro años antes del “Felices Pascuas. La Casa está en orden” frente al levantamiento militar “carapintada”

También comienza a sostener que la Argentina “inocente” fue destruída por dos tenazas del terror, el guerrillero y el Terrorista de Estado. Exponía por primera vez la “Teoría de los dos demonios” y,  a la vez, deslindaba responsabilidades en la sociedad civil, algo que se remota a su actitud ante la violencia política en el gobierno de la presidenta María Martínez de Perón (1974-1976) según Emilio Crenzel.  Y empieza tomar forma la idea de una comisión de notables, bajo su control político, que pudiera contener esta idea limitada de justicia y, además, los reclamos de los organismos de derechos humanos. La realidad es que la acción de la CONADEP -Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas- en búsqueda de la verdad “sin límites” zarandeó al gobierno radical, y lo enemistó de muchos de sus votantes, ya que demostró que “no hubo excesos ni errores”,  y que se instauró un plan sistemático de desaparición de personas, con cientos de responsables fuera de las cúpulas. Y este espíritu de búsqueda de la verdad sin filtros aún es una onda expansiva que lejos está por cerrarse con la “cascada de justicia” Sin embargo otro logro iniciado por Alfonsín en aquel 1983 es que la venganza personal ha sido desterrada, que en el viejo país del degüello y la picana es decir bastante, y que los conflictos deben ser dirimidos en los estrados judiciales. O sea que emerge una ciudadanía inédita con sus ojos muy atentos en la institución judicial, y que trasciende a los nombres circunstanciales que pueden estar desacreditados. Alfonsín, lo hizo.

 

Extra, extra, democracia, democracia

Los días previos a la elección del 30 de octubre de 1983 dos concentraciones masivas explotaron la avenida 9 de Julio. Con un millón de personas, Alfonsín diría, “no hay dos pueblos, uno radical y otro peronista, sino uno solo…se acaba la Argentina de las fábricas muertas, la especulación y de los matones” Dos días después, Luder ante un millón y medio, aseguraría un triunfo seguro, algo que no arrojaban las encuestas pero era una sensación generalizada, incluso entre los radicales, y observaba atónito como el candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires, Herminio Iglesias, quemaba un cajón, y flores, con los colores de la Unión Cívica Radical.  Un gesto que suele verse como madre de la derrota pero que no era más que una larga cadena de errores -y tradiciones- dentro del justicialismo,  que había visto un proceso violento en la elección de sus candidatos.

Una importante parte de la sociedad asumió a la largo de las campañas que se debían solucionar aspectos impostergables del orden social y político, y que el peronismo era parte del problema mismo. Tan importante fue esta noción que un 52% eligió a Raúl Alfonsín como el vigésimo noveno presidente constitucional argentino, un oriundo de Chascomús que había declarado muy temprano ese día, “hoy arranca una Argentina distinta” Y que terminó diciendo a las 4 de la mañana del 31 de octubre de 1983 ante miles de votantes, entre los que había radicales, peronistas, socialistas, trabajadores, desocupados, activistas sociales, amas de casa y todas las voces, todas, “este día debe ser reconocido por los argentinos como el día de todos. Hemos ganados pero no hemos derrotado a nadie. Levantamos las banderas de la unidad nacional, levantamos las banderas de la convivencia democrática, levantamos las banderas de las justicia social, de la solidaridad y de la ayuda fraterna. Y de esa manera tenemos que trabajar para adelante. No va a ser nada fácil, pero no habrá nada imposible para un pueblo absolutamente resuelto que quiere ocupar el lugar que le corresponde…Terminemos el día desconcentrándonos pacíficamente, y como corresponde, para ir a saborear en la intimidad de nuestras casas una alegría que va a durar muchos años” remataba un par de años antes de que su ministro de economía, en las fauces de la hiperinflación, diría resignado “les hablé con el corazón y me respondieron con el bolsillo” “Vamos a hacer realidad la esperanza de recuperar la vida, la justicia y la libertad…Tenemos un método: la democracia para la Argentina” estampaba desde el Cabildo el 10 de diciembre. Alfonsín, defensor de la democracia argentina, de una Nación posible para un país imposible, en su fracaso reconocemos a la República perdida.

 

Fuentes: Gargarella, R. Murillo, M. Pechany, M. (comps) Discutir Alfonsín. Buenos Aires: Siglo XXI. 2010; Feld, C. Franco, M. (dir) Democracia, hora cero. Acciones, políticas y debates en los inicios de la posdictadura. Buenos Aires: FCE. 2015; Novaro, M. Historia de la Argentina (1955-2010). Buenos Aires: Siglo XXI. 2010

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