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1880: inicio de la Nación Argentina

Hace 150 años la federalización de Buenos Aires supuso finalmente la constitución de un Estado Nacional. Un capítulo más de un dilema argentino.

La mañana del 24 de junio de 1880, los porteños despertaron con los cañonazos del buque de escuadra Villarino. Durante una hora Plaza de Mayo, y el Sur de la ciudad, recibieron un castigo sostenido por las fuerzas nacionales contra la sediciosa Buenos Aires. Unas horas antes se había intentado una tregua entre Bartolomé Mitre, jefe del ejército rebelde porteño, y representantes del presidente Nicolás Avellaneda. Tal gestión era el resultado de los sangrientos días anteriores donde el general de la Nación, Nicolás Levalle, había aplastado a los defensores del separatismo en Puente Alsina y en Los Corrales –actual Parque Patricios–, y desde Plaza Constitución comandaba los ataques sobre la calle Salta y paralelas. Entre empedrados y zaguanes respondían a tiros y piedras, desde barricadas informales, vecinos de Monserrat y San Telmo. Tres mil muertos en las calles y plazas fueron el precio por resolver definitivamente la integración de Buenos Aires a la Nación Argentina, algo que había quedado en suspenso en la constituyente de 1853 y su reforma de 1860. En medio, las batallas de Cepeda y Pavón entre nacionales y autonomistas. Una grieta dolorosa que se podría rastrear hasta los días del Virreinato. Y que se puede extender a la actualidad, ciento cincuenta años después, porteños contra provincianos no tiene fin.    

El mayor movimiento de milicias civiles desde la caída de Rosas

Aquel año medular en la historia argentina había arrancado con la disputa por la sucesión presidencial. Un debilitado gobierno de Nicolás Avellaneda convivía con una ciudad que lo consideraba un huésped, en palabras del gobernador de Buenos Aires, Carlos Tejedor. En enero de 1880 la legislatura bonaerense autoriza la compra de armamentos, ignorando las leyes nacionales, y los soldados rebeldes desfilan a los tiros disfrazados de bomberos frente a las casas de diputados nacionales. Mientras tanto las principales familias porteñas envían a sus hijos a los cuarteles rebeldes como generales de cotillón, el más grande campamento sedicioso en la actual Plaza Miserere, aquellos muchachos aristócratas quienes “por primera vez en la vida toman mates cebados por sus propias manos”. Un diario porteño titulaba el 2 de junio: “¡A las armas! ¡Viva Buenos Aires!”, y remataba el diario La Nación a coro: “Basta de presidentes provincianos, o será porteño, o iremos a una guerra civil”.

Desde Córdoba, Julio Argentino Roca ansiaba su hora. Este era un militar liberal que provenía de una familia tradicional tucumana, y que era un producto de la joven administración estatal argentina, más después de finalizar “exitosamente” la autodenominada Conquista del Desierto. Un hombre joven de 37 años que desea que, por primera vez desde la Revolución de Mayo, el mal llamado “interior” pase a la ofensiva, hábil político de “ribetes de un federal”, fundador de la Liga de Gobernadores; y que batalla en sigilo contra las aspiraciones de reelección de Mitre –o Sarmiento– y las sombras de la segregación porteña. Escribe Roca: “Mitre será la ruina del país. Su partido es una especie de casta o secta que cree tener derechos divinos para gobernar a la República”, describe el tucumano a los porteños mitristas y alsinistas, a quienes ya había derrotado en el alzamiento de 1874.  Roca, único vencedor, verdadero padre del Estado Argentino, ocupará con ideas y acciones la escena política desde 1880 a 1914.

Una vez que se conoce el triunfo electoral de Roca en abril de 1880, comienza un espiral de violencia política, y amenaza de guerra civil, que estallará en los días de junio. En junio hubo rifleros presentes en el Congreso Nacional, que funcionaba en la actual esquina de Balcarce e Hipólito Yrigoyen, dispuestos a disparar sobre diputados provincianos que ratificaban la victoria roquista. Horas después, el cordobés Felipe Yofre estampa en una carta al gobernador Juárez Celman, testigo el diputado del hecho detenido con el grito “¡No es tiempo!” por el mismísimo Mitre. Dice Yofre: “Por todas partes ruidos de tambores, de cornetas, ecos de guerra; batallones de voluntarios (a un patacón por día de servicio) haciendo movimiento marciales de izquierda a derecha, de derecha a izquierda. ¡Esta provincia se arma pues a gran prisa!... Estamos, pues, colocados ante este dilema: o nos defendemos de las agresiones ad hoc preparadas para eliminar nuestros votos en la Cámara, o nos dejamos apalear”. Algo que no era figurado, ya que hasta el presidente de la Nación, Avellaneda, tuvo que huir luego de que emponchados balearan su casa de Moreno 522. Junto a los diputados nacionalistas, unos escasos 40, fijó la sede del gobierno nacional a un rural pueblo de Belgrano, actual barrio porteño.

1880, punto de partida del Estado Argentino

En los combates de junio de 1880 participaron 20 mil hombres, muchos de ellos inmigrantes italianos que no sabían hablar español entre los porteños, y unas 80 piezas de artillería desplegadas en trincheras fortificadas con fusiles remington. Las milicias de los hermanos en armas habían movilizado un total de 50 mil de bonaerenses; y otros 50 mil del sector comandado por el ejército argentino, que venían de todas las provincias en ferrocarril. Y un barco de guerra del lado del Estado, claro. La victoria categórica de las fuerzas nacionales derivó en la demorada ley de federalización de Buenos Aires, enviada por Avellaneda el 24 de julio pese a sus reticencias y temores. Temores que compartía con el único diputado que votó contra la ley, Leandro N. Alem, y que decía con un ojo en el futuro: “Los partidarios de la centralización se equivocan en los resultados que esperan… ¿Qué haremos con esa nueva Capital que se levantará imponente, peligrosa y amenazante en todo sentido?”.       

Fuente: D´Amico, C. Buenos Aires, sus hombres, su política (1860-1890). Buenos Aires: Editorial Americana. 1967; Ramos, J. A. Del patriciado a la oligarquía (1862-1904). Buenos Aires: Editorial Plus Ultra. 1973; Luna, F. Soy Roca. Buenos Aires: Sudamericana. 1989.

 

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