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16 de junio de 1955: bombas sobre Plaza de Mayo, fuego en Buenos Aires

La intentona militar de derrocar al presidente Perón selló una de las cruces negras de la historia argentina. Un chispazo de guerra civil que pudo ser.

Historia
 Bombas sobre Plaza de Mayo

“Los relojes marcaban las 12.40 del 16 de junio de 1955. Un acto en homenaje al General San Martín practicado por la Fuerza Aérea se convirtió en un verdadero infierno”, recordaría el histórico periodista Roberto Di Sandro, de una fecha que quedará en la memoria de la infamia argentina. Los marinos, y parte de pilotos golpistas, decidieron tirar bombas sobre la población civil en pleno centro porteño. Su objetivo no solamente era destituir al presidente Perón sino que matarlo, y a todo aquel que se acercara a la defensa de un gobierno constitucional, de allí los tiros que partieron desde el ministerio de Marina, detrás de la Casa Rosada, hacia la multitud convocada por la CGT de los trabajadores. A media tarde nuevamente las bombas  golpearían sobre los contingentes de obreros, y simpatizantes del regimen en la calles, con imágenes de guerra civil que fueron la simiente de la resistencia peronista, antes de la caída del gobierno en septiembre de ese año.  El historiador Roberto Baschetti afirma que la cantidad de bombas lanzadas sin compasión fue mayor a las que arrojaron las alemanes para arrasar la republicana la ciudad de Guernica, en la Guerra Civil Española  “Traten de evacuar inmediatamente el lugar. Se está por producir un hecho insólito, increíble, tremendo, que nadie podrá creer” gritaba Perón a sus colaboradores mientras se refugiaba enfrente, en el Edificio Libertador custodiado por el leal Franklin Lucero y, asistido, por el futuro golpista Pedro Eugenio Aramburu. Los fantasmas del ayer, la Semana Trágica y la Patagonia Rebelde, y del mañana, la última dictadura y diciembre 2001, cayeron a teñir de sangre un pueblo.

“Cuando el humo se disipa, la multitud rescata el cuerpo de una anciana muerta”, en la novela de Hugo Salas, “El derecho de las bestias” (Interzona), “la mujer aún aferra con fuerza dos imágenes: una de Perón y otra de Evita, esta última ajada de tanto besarla. La chusma se mira anonadada, como si su salvaje irrupción en la Historia nunca hubiese tenido posibilidad de serles cobrada, y los ánimos se caldeaban… no pueden retirarse en paz”, en la antesala de lo que fue una noche de terror porteña, con saqueos a iglesias y casas particulares, como no se habían visto desde los días posteriores a Caseros cien años antes, cuando los soldados desbandados rosistas se mezclaron con el ejército multinacional urquicista, y destrozaron una azorada Buenos Aires.  Compartían a la distancia temporal, en la misma coordenada existencial, el mismo revanchismo de clase y de ideología.

La comunidad organizada de Perón, asentada ideológicamente en la Constitución de 1949, había comenzado a padecer el viraje de las políticas laboristas hacia otras más ortodoxas, a fin de contener el deterioro económico y social progresivo desde 1950. Se había acabado la felicidad peronista. Entre el abanico de este giro autoritario se tendió a un régimen excluyente de cualquier oposición que cuestione las directivas, acentuado a partir de 1953, por ejemplo que ataque los ruinosos acuerdos petroleros con los norteamericanos, de quienes Perón había dicho que se “cortaría un brazo” antes de negociar con ellos. O que dispute las bases sociales, un terreno común que compartía en buenos términos con la Iglesia hasta 1950. De hecho, las sectores católicos fueron fundamentales en las victorias peronistas de 1946 y 1952, en buena medida porque el justicialismo era el único partido argentino que explícitamente incorporaba la doctrina católica en sus programas -y lo sigue siendo en la actualidad. Pero la búsqueda de expandir consensos, que blinden a una gestión que empezaba a mostrar las limitaciones de una distribución de la riqueza sin crecimiento, ni plan que modernice un perimido modelo agroexportador,condujeron al peronismo a disputar palmo a palmo sectores de la población cercanos a la iglesia. Y para ello se valió de un renovado impulso anticlerical, sancionando medidas que socavaban el financiamiento eclesiástico,  en la tan demorada separación del Estado, y que venía desde el roquismo. El momento no era el adecuado sin embargo para este tipo de maniobras de apostasía, mucho menos la extensión de los derechos a las mujeres, tradicionalmente cercanas a las asociaciones parroquiales,  porque desde la década del treinta la Iglesia se había convertido en actor político de peso, con amplia capacidad de movilización -Congreso Eucarístico de 1933- e influencia en todos los niveles, especialmente en los altos mandos militares y la incipiente burguesía nacional.  Los golpistas de septiembre del 55 partieron desde la clerical Córdoba. Y la cúpula de la Iglesia argentina sería su sostén, como en 1966 y 1976. 

Ya antes hubo intentos golpistas contra el presidente Perón. En septiembre de 1951, sectores del Ejército católicos, muchos del golpe del 43 desencantados con un Perón obrerista, no un cristiano “armonizador de clases”,   fueron prestamente desactivados. En abril de 1953, grupos opositores juveniles, algunos ligados a Acción Católica, usaron métodos terroristas en un acto favorable a Perón y mataron a siete personas. En un prólogo a lo que pasaría dos años después, los adictos al líder justicialista incendiaron el Jockey Club y destruyeron las sedes de radicalismo, el conservadorismo y el socialismo -quemando la sede socialista de Caballito que había sido construída por el ímpetu de Juan B. Justo, inspirador de varias leyes favorables a los trabajadores sancionadas desde 1943, y con el fuego, perdiendo incunable documentación de la historia obrera. Igual en 1955, que con las iglesias céntricas ardieron papeles de la época virreinal y de la Independencia, irrecuperables.

A principios de 1955, Perón y la Iglesia eran enemigos irreconciliables, más cuando el presidente acusaba públicamente de golpista a la plana mayor de la curia, incluído el cardenal Santiago Copello -que era cercano al peronismo, en verdad, y que sería desplazado por Antonio Caggiano, luego quien promovería una “lucha a muerte” contra la subversión. Caggiano también colaboró con la fuga de nazis-

En tanto los católicos se lanzaban a organizarse con cada vez más apoyo de los militares, para quienes Perón con su discurso obrerista era finalmente la puerta de entrada al “comunismo”, Perón decretaba a una serie de medidas autoritarias que lo reafirmaban como conductor único de la sociedad -y lo alejaban, en simultáneo, de un sindicalismo que retomaba viejas banderas anticlericales. Y Perón redobló la apuesta eliminando feriados de la liturgia cristiana, y la enseñanza obligatoria de religión en la escuelas públicas, que su gobierno había ratificado ley, el decreto suscripto por él mismo en el gobierno golpista de 1943 – y una prueba más de la intimidad que existía entre el pensamiento del primer peronismo y la Iglesia. Dos prelados llamaron  en protesta, entonces el 11 de junio,  a un multitud inédita para la festividad de Corpus Christi, frente a la Catedral porteña, y, luego la columna se dirigió al Congreso, causando desmanes, y quemaron la bandera argentina, al grito de “Muera Perón”, “Viva Cristo Rey”, “Cristo Vence” Para muchos Perón era el anticristo (sic), que quería imponer una religión peronista, con Eva y él como dioses herejes, en medio del insensato culto el personalismo que había instaurado el gobierno. La última leyenda vivada,  “Cristo Vence”, estaría pintada en los bombarderos, que encabezaron el mayor acto terrorista de la historia argentina.

 

¡Tiren bombas, maten el tirano!

“La primera bomba de un avión Catalina de la Marina, que apareció un vuelo rasante, cayó… en las escaleras que desembocan en la sala de periodistas… murió el único trabajador que estaba allí… llamé a Télam “¡Están bombardeando la Casa de Gobierno!””, continúa el recuerdo di Sandro, que enumera a catorces granaderos asesinados en la defensa de Balcarce 50, y setenta bombas que no llegaron a estallar. En la Plaza de Mayo, una gran cantidad de civiles, convocados por un acto en homenaje el Libertador de América, y simplemente desprevenidos transeúntes de un día laboral común, fueron blanco del lamentable bautismo de fuego de las fuerzas aéreas argentinas -que se cubrirían de gloria recién en Malvinas en 1982. Daño colateral ya que el objetivo de los Glenn Martin y Douglas DC3,  de la Marina, era matar al presidente, y los historiadores prefieren apuntar a la falta de destreza de los pilotos, no a una decisión consciente de matar a centenares de civiles indefensos, sin previo aviso. Perón, en la voz de Lucero, rápidamente refugiado, dirigió la represión a mano firme, si bien facilitada por la falta de coordinación de los golpistas y las malas condiciones climáticas. El grueso de la tropa permaneció leal a la Constitución, y  el gobierno llamó a la CGT para que los trabajadores salgan a defender la República. Grave error. Los leales al peronismo se concentraron en la cercanías del ministerio de Marina, y bajaban de camiones venidos desde avenida de Mayo, y a media tarde recibieron una lluvia de balas y bombas, ahora de los Gloster Meteor de la Fuerza Aérea. De todos modos los manifestantes cegetistas, varios ya armados, avanzan hacia el edificio, y que resultaba defendido reciamente por los sublevados. A las 17.40 se producen los últimos bombardeos sobre Plaza de Mayo, que vivió como nunca cinco horas de horror y muerte.  Alrededor de las 18 se rinden los terroristas al ejército regular, no querían entregarse a las milicias cegetistas, que sufrieron grandes bajas, y, en el instante, el jefe de la infantería de marina, Benjamín Gargiulo, se suicida en su despacho.  Fueron apresados el ministro de la Marina, y su jefe de Estado, y llevados a juicios sumarísimo. Por lo demás, juicios que si bien tuvieron condena de cadena perpetua en doce casos, ninguno derivó en pena de muerte, como podría haber ocurrido si se aplicaba en rigor la justicia militar.

Aunque el golpe, y tiranicido (sic), era un plan eminentemente de los militares y círculos católicos, incluso las bases navales de Puerto Belgrano y Mar del Plata estaban preparadas para una segunda fase que nunca ocurrió -Mar del Plata, ahora sí bombardeada en el golpe de septiembre del 55-, hubo civiles involucrados. Según el contraalmirante Guillermo Oliveri esa mañana se desarrolló una reunión en el ministerio de Marina, entre los altos mandos militares y tres dirigentes políticos que respaldarían el golpe de estado, Adolfo Vicchi, del Partido Conservador, Américo Ghioldi, uno de los jefes del partido socialista, y Miguel Zavala Ortiz, el partido radical. Incluso señala, de acuerdo a Alain Rouquié, que se había decidido posponer la acción anticonstitucional porque no había plafond seguro para los aviones, una orden que llegó tarde a la base aeronaval de Punta Indio, de donde despegaron los aviones rumbo a la ignominia. Después de la rebelión, 39 aviones aterrizaron en Uruguay, y en uno de ellos iba el radical Zavala Ortiz. Eran parte de los aparatos que le dieron de lleno a un colectivo repleto de niños, a varias cuadras de la Casa Rosada.

 

La noche que no durmió Buenos Aires

“Como era de esperar, el estrépito aumenta y ya comienza divisarse el resplandor del fuego, mientras aquellos insolentes huyen contentos, enfervorizados, cargando consigo distinto botines del saqueo… varias iglesias, ante la mirada atónita y piadosa de vírgenes y santos. Para eso, a fin de cuentas, sirve la leña: para prender fuego”, sigue la narración de Salas, que cita las palabras de Perón del 53, “Eso de leña que me aconsejan, ¿por qué no empiezan a darla ustedes”, continúa Salas, “en ningún caso impide la policía el bárbaro accionar. Los bomberos se limitan a evitar que las llamas se propaguen a los edificios linderos,  pero parecen sobradamente decididos a dejar que las instituciones de la República ardan hasta sus cimientos”, cierra el escritor, y se recuerda las palabras del peronista general Lucero en el 55, “-ver arder a las iglesias- fue lo más triste que ví en mi vida” Sin cifras oficiales, se habla entre 350 y 700 muertos y miles de heridos, aunque otras versiones elevan las cifra a dos mil asesinados, enterrados de apuro en la Chacarita a la medianoche, algo que no sería descabellado porque ni a Perón, ni CGT, ni militares, ni Iglesia, convenía quedar ligado a una matanza civil sin parangón. Para entender también por qué millares de militantes peronistas, entre ellos un joven Agustín Tosco, futuro líder sindical no peronista -fallecería perseguido por la Triple A-,  que habían salido a defender con su vida al presidente,  volvieron a sus casas “desilusionados” por la falta de “solidaridad obrera” de la CGT, que los envío en camiones a una masacre con las manos vacías. Y no saldrían el 16 de septiembre de 1955.

Con los cadáveres aún desperdigados en el Casco Histórico, empezó la violencia en signo contrario, y la primero que ardió fue la sede del arzobispado nacional. Santo Domingo -destruyendo, o robando, gran parte de la documentación belgraniana, incluído un cuadro de Antonio Berni-, San Nicolás de Bari, Las Victorias, San Ignacio -donde se robaron hasta las sotanas para improvisar misas a “San Perón-, La Merced, y decenas de iglesias en todo el país, padecieron la furia de simpatizantes peronistas. Después Perón echaría la culpa a “comunistas”, y los militares y católicos a españoles “anarquistas y troskistas”, los últimos debido a que escuchaban que “vociferaban salvajes, en gallego (sic)” El gobierno tenía las horas contadas por más que Perón manifestaba, unos días después, que la etapa de la “revolución nacional” estaba concluída, y que era el presidente de “todos los argentinos”

“Yo me calenté con la sangre y le arrimé otro viaje con un cascote que le aplasté la oreja y ya perdí la cuenta de los impactos, porque el bombardeo era masivo”, de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares en el cuento "La Fiesta del Monstruo" de 1947, publicado primero en Uruguay en 1955, una vez derrocado Perón, y que lo incluyen en “Nuevos Cuentos de Bustos Domecq” en 1977, plena dictadura, éste relato del 17 de octubre de 1945 que podría ajustarse al 16 de junio de 1955, el día que Buenos Aires ardió, “Fue desopilante; el jude se puso de rodillas y miró al cielo y rezó como ausente en su media lengua. Cuando sonaron las campanas de Montserrat se cayó, porque estaba muerto. Nosotros nos desfogamos un rato más, con pedradas que ya no le dolían. Te lo juro, Nelly, pusimos el cadáver hecho una lástima. Luego, Morpurgo, para que los muchachos se rieran, me hizo clavar la cortaplumita en lo que hacía las veces de cara” No es el fin, lamentablemente.

 

Fuentes: Cichero, D. Bombas sobre Buenos Aires. Buenos Aires: Vergara. 2005; Di Stéfano, R. Zanatta, L. Historia de la Iglesia Argentina. Desde la Conquista hasta fines del siglo XX. Buenos Aires: Mondadori. 2000; Di Meglio, G. Serulnikov, S. (comp) La larga historia de los saqueos en la Argentina. De la Independencia a nuestros días. Buenos Aires: Siglo XXI. 2017

 

Fecha de Publicación: 01/07/2021

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