Un muchacho, José Antonio Brancato, se pasaba las tardes de los diez estudiando bioquímica. José de las primeras camadas de la pública Universidad de Buenos Aires, y mientras, ayudaba a su mujer en el conventillo a llevar la ropa, con la palangana en la cabeza. Y leía un libro de la facultad para no desperdiciar el tiempo de los pobres. Así a Brancato se le vino a la cabeza algo para fijar el pelo y darle brillo. Poco tiempo después de egresado, siendo humilde boticario auxiliar de una farmacia de Florida al 600, en plena Galería Güemes, inventaría la gomina, esencial para la muchachada porteña por varias décadas desde 1914 y, con el tremendo embajador de Carlos Gardel, en el mundo. Casi una década después los norteamericanos tendrían a Glostora, mismo producto, incomparable a nuestra Gomina Brancato. Aquel emprendedor terminó comprándose la farmacia y, junto a su familia, siendo de los pioneras de Villa del Parque en la Ciudad de Buenos Aires.
Hasta la genialidad de José se usaba jabón, que rápidamente secaba y endurecía, o peor, grasa animal, un festín de las moscas. Así que detectó una necesidad y experimentó con agua y polímeros fijadores hasta llegar a la Gomina, nombre que deriva del uso de distintas gomas que se usaban en otros menesteres como la librería. Con el inmediato suceso, ayudado por el presto patentamiento y campañas de marketing, pudo adquirir la farmacia y, años más tarde, la gran planta industrial en Villa del Parque, donde fabricó hasta 1962 casi setenta productos hechos en Argentina, siendo además el introductor del uso de la leche de almendras en la cosmética local.
Sin embargo fueron el cenit las décadas del veinte y treinta, con Carlos Gardel confesando que tras la guitarra venía la Gomina Brancato, y Octavio González Roura, corresponsal del diario Crítica, vendiéndola como pan caliente en París. Los imitadores no tardaron en aparecer -¿los norteamericanos?- pero la fortaleza y credibilidad de la marca Brancato concitaba a la estrellas incluso del Cine de Teléfono Blanco nacional de los cuarenta.
"Atrayente espécimen engominado”
A Carlos Arce, uno de los últimos argentinos de manteca al techo en cabaret parisinos, el maestro tanguero Enrique Cadícamo solía recordarlo:
“era un tipo netamente argentino, morocho, buena estatura, 25 años. Para las mujeres de las alegres noches de Monmartre él era un novedoso y atrayente espécimen engominado”.
En Francia antes de la Segunda Guerra al dandy se lo llamaba gominé, y desde aquel momento en toda Europa al fijador se lo llama gomina. La empresa argentina original hace más de sesenta años que no existe más.
Ni hablar de las decenas de clásicos tangueros inmortales "Niño bien" o "Bailarín compadrito” que nombran la marca de Brancato, empezando con el arrollador "Tiempos viejos" en la voz de Julio Sosa.
Gomina Brancato, somos inseparables
En la actualidad el bisnieto Lucas Vezzo lleva la estela emprendedora en la perfumería regional que marcó su bisabuelo. "La gomina de José Antonio Brancato no solo resolvió un problema de estilo, sino que se convirtió en un símbolo de elegancia masculina, trascendiendo fronteras", afirma Lucas, y marca el destino indestructible de la industria argentina.
Imagen: Pulpería Quilapán
Periodista y productor especializado en cultura y espectáculos. Colabora desde hace más de 25 años con medios nacionales en gráfica, audiovisuales e internet. Además trabaja produciendo Contenidos en áreas de cultura nacionales y municipales. Ha dictado talleres y cursos de periodismo cultural en instituciones públicas y privadas.