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Hesperidina. El gran aperitivo nacional

Historia del primer licor criollo y la primera patente de la industria. Nota inaugural de la serie exclusiva sobre las marcas locales señeras que atestiguan la pasión emprendedora argentina.

La Hesperidina, el amargo argentino por excelencia, salió a las calles porteñas el 24 de diciembre de 1864 y giró por el mundo portando fundacional la Marca País. Hesperidina fue a las trincheras de la Guerra del Paraguay y a la Conquista del Lejano Oeste norteamericano, el Perito Moreno lo compartía con caciques en la Patagonia, lo bebían en las pulperías los últimos verdaderos gauchos a fin de siglo XIX -quienes jamás bebieron tinto-, entró en los salones paquetes de la aristocracia y en los zaguanes de nuestros antepasados, acompañó a las familias y amigos bajo el lema “El gran aperitivo nacional”, y en la actualidad, es de los vermuth sensación en las noches porteñas y europeas.

Un invento argentino de un empresario estadounidense que representa además la defensa de la propiedad intelectual en Latinoamérica, la primera patente argentina para la creación de Melville Bagley en 1876, y la pasión emprendedora que traza el camino para las nuevas generaciones. A la gran pueblo argentino, salud!

El abrazo fraterno con las copas llenas del brebaje que prometía curar “todos la males”, en sintonía con la época dorada de los tónicos, materializó el éxito de un verdadero visionario industrial y publicitario. Melville Bagley había arribado a Buenos Aires con poco más de veinte años en 1862 desde su natal Maine, en Estados Unidos, decidido a abrirse camino en un país, que recién empezaba a organizarse como tal bajo la presidencia de Mitre. Un país de apenas 1.500.000 contra las casi 20 del gigante de América del Norte y con menos del 10% dedicado a la industria y comercio, particularmente dedicado a las curtiembres. Y casi todos empleados entre los 140 mil habitantes a la vera del Río de la Plata. Este panorama desolador no desalentó a Bagley, que sin un motivo declarado para emigrar a las lejanas tierras del Sur, arrancó aquí en la inexistente industria editorial.

Al poco tiempo entraría a trabajar en la Farmacia La Estrella de los Demarchi, aún en funcionamiento en la calle Defensa, y comenzaría los experimentos con las naranjas y hierbas exóticas, que prometían aliviar los recurrentes problemas estomacales de la población -el potabilidad y el acceso del agua fue el gran problema de aquellos porteños. “Remedio salvador de todos los males” encontraría con esa fórmula que utilizaba naranjas amargas de su quinta de Bernal, donde vivía con su esposa Mary Jane, antes del nacimiento de sus cinco hijas, y antes de instalarse en la calle Maipú al 200.

Genio inventor, maestro de la publicidad

Tres meses había dejado Melville macerar las cáscaras de naranjas con alcohol fino y luego agregaría veinte hierbas de Asia, Europa, África y locales, además de agua de azahar y destilada de Barracas. Con la mecanización llegaría a producir 10 mil litros, cada ocho horas, en la mítica planta de la calle Hornos. Faltaban décadas aún para la inauguración de aquella Planta Bagley, de las primeras totalmente mecanizadas en Argentina, y que se distinguiría definitivamente en la fabricación alimenticia en galletitas y tortas. Y Hesperidina sería el mojón cero de una de las icónicas marcas argentinas inspirada en el mito de Ulises y las ninfas del fin del mundo, las Hespérides, que custodiaban las manzanas doradas -o naranjas, que no conocían los griegos.  Pero necesitaba un golpe de afecto para sacudir la modorra provinciana y encontró una manera que adelantaba recursos publicitarios ignotos en estas pampas.

 

 

Una gris mañana del 15 de octubre de 1864 los vecinos se encuentran con la palabra Hesperidina en las aceras. Nadie sabe de qué se trata. Casi cuatro décadas antes que la publicidad argentina naciera, Bagley utilizaba las modernas técnicas publicitarias del suspense. Dos largos meses que la opinión pública, tan poderosa en la Argentina naciente, ponía al tope de la agenda qué diablos era eso que seguía apareciendo misteriosamente en los cordones. Hasta que la espera terminó en el anuncio del diario “La Tribuna” del 24 de diciembre de 1864 y ya estaba a la venta la Hesperidina en “cafés, bares, boticas y droguerías”. El éxito del licor fue inmediato apalancado por el paisanaje que la mezclaba a la caña y la ginebra, recordemos que este aperitivo posee el doble de alcohol del vino común y cuatro veces más que la cerveza; sumada a la fuerte -e inédita- inversión en periódicos y cartelería en las ciudades. Otra novedad fue el diseño exclusivo amarronado, en forma de tonel, replicando dónde se almacenaban, y que perduró casi hasta los noventa pasados.

Contra la Hesperidina trucha

Al suceso sobrevinieron los problemas de falsificaciones para Bagley. Avisos alertando sobre las imitaciones inundaron las publicaciones, “no compre si el valor es menor a 30 pesos”, advertía un anuncio, aunque Melville sabía la imposibilidad de la copia exacta debido a que la fórmula entera jamás, después de él, la tuvo un sola persona hasta los dos mil. Restaba proteger el envase que podía engañar pese al capolavoro que la Cristalería Rigolleau había realizado en el original.

Entonces Melville encargó al Bank Note Company de Nueva York las etiquetas con la misma calidad gráfica que se utilizaba para los dólares y las acciones bancarias. No contento con ello consiguió una audiencia con el presidente Avellaneda en 1876 y lo convenció de instaurar la Oficina Nacional de Patentes y Marcas. Como reconocimiento, el 27 de Octubre de ese año se le otorgó a Hesperidina la Marca Registrada Nro. 1. Así que Bagley es triple pionero: industrial, publicista y paladín del derecho intelectual.

Ese 1876 no es un año cualquiera en la trama nacional porque es el inicio del proteccionismo estatal a la industria, luego de los famosos debates en el Congreso frente a la primera de las recurrentes crisis del modelo agroexportador, los albores de la Unión Industrial Argentina, y la industrialización del campo con el viaje inaugural de Le Frigorifique, exportación de carnes al Viejo Continente, y las campañas de alambrado masivo. Tampoco lo era para Melville que empieza a producir en serie sus bizcochos únicos, que antes se importaban de Inglaterra, sus Galletitas Bagley. Bagley, como los Bieckert que empleaba 600 obreros en su cervecería, o Noel, que proyectaba sus dulces fuera de las fronteras, empezaban a cambiar la mentalidad criolla, conscientes de “que no podemos vivir del pasto y el aire” según Carlos Pellegrini. Lamentablemente Melville no vería los frutos de esta segunda etapa de su emprendimiento, ya que fallece a los 42 años en 1880.

 

 

Chupate esta naranja bien argenta

Se vendía en farmacias como un amargo, tónico o bitter, que “facilitaba la digestión” y “estimulaba el sistema nervioso”. Médicos de antaño lo recetaban como hoy los digestivos o analgésicos. En la revista Caras y Caretas, y otras publicaciones, por décadas, era una fija en los bordes de las páginas, en cita a su origen de cordón. Julio Cortázar, Abelardo Castillo, Haroldo Conti, Molina Campos y el Polaco Goyeneche, que no pasada día sin su copita de Hesperidina pronta en La Sirena de Saavedra, lo soldaron en la memoria colectiva.

En la actualidad se sabe que los flavonoides contenidos en la hesperidina, además de favorecer la función circulatoria y analgésica-y por ello resultó tan efectiva en zonas de stress como las guerras y conflictos-, resultan indicados para tratar várices, hemorroides, úlceras varicosas, insuficiencia venosa crónica y prevenir los moretones. En los últimos tiempos, se constató en estudios clínicos que redujo la hipertensión, el colesterol, detuvo la pérdida de densidad ósea, posee propiedades contra el dolor agudo, y ayuda a los enfermos de artritis reumatoidea. Chupate esta naranja, ahora cosechada en San Pedro, y producida por el Grupo Cepas desde 2018.  

Ahora búscate la Hesperidina y preparala como nuestros bisabuelos, un 30 pura y un 70 de soda, con hielo, limón y a revolver. O, para una versión más potente, cambiar la soda por tónica y hacer mitad y mitad. O echale vodka o cointreau, o las miles de versiones que los barman millennial descubrieron para volver a las fuentes emprendedoras que ya saboreaban el gaucho y el malevo. Un sorbo de Hesperidina, simplemente argentinidad.

 

 

Fuentes: Dorfman, A. Historia de la Industria Argentina. Buenos Aires: Solar/Hachette. 1970; Schvarzer, J. Industriales en “La vida de nuestro pueblo. Vol. 3”. Buenos Aires: CEAL. 1982; Manzoni, C. “La historia de la fórmula secreta que se convirtió en la primera marca argentina” en lanacion.com

Imágenes: Grupo Cepas

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